La biblioteca fantasma

La valentía de los renegados

(Reseña de El dios que fracasó, publicada en La Lectura, suplemento cultural de El Mundo, 01/12/2023).

Cuando en 1949 se publicó este libro, el mundo apenas salía de la última guerra mundial y gran parte de Europa continuaba en ruinas. Ese año se crearon nuevos países en todo el mundo —la República Popular China, la República Democrática Alemana, la Indonesia independiente de los Países Bajos—, e Israel, de cuya existencia se cumplía menos de un año, firmaba en la isla de Rodas el armisticio con Egipto, Jordania, Líbano, y Siria. 

Stalin continuaba acaudillando la URSS, ordenaba asesinatos, mantenía el sistema concentracionario del Gulag, movía los hilos de las marionetas que había puesto al frente de los países satélite de la Europa oriental y, pese a todo, atraía las simpatías de numerosos intelectuales occidentales, los popútchiki o «compañeros de viaje», arrobados por los cantos de sirena del comunismo. Muerto Hitler y huérfanos de enemigo, los popútchiki sustituyeron la oposición a los nazis por un enconado enfrentamiento al capitalismo de las decadentes democracias liberales. 

Sin embargo, aquellos cantos de sirena sonaban ya desafinados y chirriantes a los antiguos militantes que habían perdido la fe en el comunismo. Se trataba de un grupo reducido de intelectuales que conocía a fondo los entresijos del sistema, sus trampas dialécticas y la deshumanización a la que conducía el marxismo-leninismo. Su apostasía surgió de un proceso más profundo y trascendental que el simple desencanto ideológico. Mientras los desencantados se recogían en silencio, avergonzados, resignados o impotentes, los renegados se jugaron el cuello, dispuestos a denunciar y a combatir su antiguo credo.

El dios que fracasó recoge el testimonio de seis destacados escritores que explican cómo entraron y salieron del comunismo, de qué manera aceptaron suspender su juicio crítico plegándose a los dictámenes comunistas, y cómo se liberaron finalmente de la idolatría ante la evidencia de la realidad. Todos ellos vivieron una época oscura y pródiga en acontecimientos trascendentales por los que se sintieron obligados a intervenir y militar en una causa, y sus ensayos se imponen sobre el áspero fundamento político gracias al particular atractivo del que gozan las autobiografías. 

Sus circunstancias fueron muy distintas. Arthur Koestler, Ignazio Silone, André Gide y Louis Fischer habían visitado la URSS en algún momento, mientras que Stephen Spender y Richard Wright jamás llegaron a pisar suelo soviético. Sin embargo, solo Gide decidió desvincularse inmediatamente del comunismo como resultado de su experiencia directa en el país. Por otro lado, Koestler, Spender y Fischer solo abandonaron su fe política tras vivir la experiencia de la guerra civil en España. 

El primero en militar en el partido y en salir de él fue Ignazio Silone. Participó en la fundación del PC italiano en 1921 y fue expulsado nueve años más tarde, tras oponerse firmemente a Stalin. Se trata sin duda de un precursor, que no necesitó que le abrieran los ojos ni los Juicios de Moscú de 1937, ni la Gran Purga consiguiente, ni el Pacto Ribbentrop-Molotov de 1939. Sus vicisitudes ideológicas, esbozadas en su ensayo de este libro y tratadas de forma ficticia en sus novelas, darían lugar a una autobiografía intensa y fascinante, Uscita di sicurezza, traducida y prologada por Dionisio Ridruejo como Salida de emergencia (Revista de Occidente, 1969).  

El último en salir del partido fue Richard Wright. Lo hizo en 1942, aunque por cómo desarrolla cronológicamente su relato se deduzca falsamente que fue expulsado unos años antes. En su texto ya transpira el personalísimo estilo que muestra en Pagan Spain (España pagana, Big Sur, 2022), un fascinante libro de viajes por la España de 1954. Demuestra su particular punto de vista racial tanto en la descripción de la todavía solanesca posguerra española como en sus vicisitudes en el partido comunista de los Estados Unidos. Wright había nacido en una plantación de Misisipi y prácticamente toda su obra atendió a la problemática de la comunidad negra y al racismo, del que su partido comunista tampoco supo desprenderse. Sin embargo, el problema de Wright con el comunismo no surgió tanto de la cuestión racial como de la puramente intelectual: pensaba demasiado. Un día recibió el primer apercibimiento por su conducta desviada por parte de un camarada: «Los intelectuales no encajan bien en el partido, Wright».

Por su parte, la apostasía de André Gide fue, quizá, la que más difusión alcanzó y la que más caló entre los intelectuales de su tiempo. La hizo pública en noviembre de 1936, en plena guerra civil española, con Retour de l’URSS (Regreso de la URSS, publicado en España por Muchnik en la colección Archivos de la Herejía). El libro causó sensación, polémica y rechazo en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937 y en el que fue criticado con virulencia, muy especialmente por José Bergamín. Gide, muy mayor cuando se planeaba El dios que fracasó, delegó en la crítica literaria Enid Starkie la selección de los fragmentos de su obra en los que trataba de su apostasía política. Murió muy poco después, en 1951.  

El traicionero cenagal de la guerra civil española fue el detonante del proceso de distanciamiento y oposición al comunismo de  los escritores Stephen Spender y Louis Fischer. El ensayo de Spender sirve como prólogo y trasfondo a las memorias que publicaría dos años más tarde, World within World (Un mundo dentro del mundo, publicado en España por Muchnik y El Aleph), uno de los libros más extraordinarios que se han escrito sobre el oscuro y bochornoso papel que los intelectuales occidentales hicieron en la Guerra Civil. El ensayo de Fischer, por el contrario, bien podría ser el epílogo de sus memorias, publicadas en 1941, en las que narra su reclutamiento en las brigadas internacionales, sus aventuras y desventuras en la base de Albacete y su gran amistad con Diego Martínez Barrio.

La desvinculación de Arthur Koestler con el comunismo también tuvo lugar durante la guerra, tras su experiencia de cuatro meses en las cárceles de Málaga y Sevilla. Con todo, su ensayo no se limita a la mera narración autobiográfica, sino que ahonda en la teoría de la fe y de la apostasía políticas desde un punto de vista psicológico, con su habitual clarividencia y de un modo magistral, categórico y deslumbrante. De hecho, la crítica más detallada a este libro se ceñía exclusivamente a su ensayo. Se trataba de una reseña del historiador Isaac Deutscher titulada «La conciencia de los excomunistas», publicada en 1950 en The Reporter, en la que el historiador demostraba estar todavía imantado a la ideología revolucionaria. Deutscher acusaba estúpidamente a los renegados de no criticar apenas el capitalismo y de no distinguir entre fascistas y socialdemócratas. Pero lo que revelaba indefectiblemente su condición de esclavitud mental fue acusarles de no distinguir entre comunismo y nazismo y de ser unos sectarios y unos estalinistas vueltos del revés. 

A Koestler le corresponden no solo las páginas más brillantes de este libro —sin desmerecer el resto— sino también su génesis. El dios que fracasó nació tras una conversación entre Koestler y el editor del libro, Richard Crossman, un diputado laborista de ideas socialistas, licenciado en Oxford, docente durante ocho años y editor adjunto de las revistas New Statesman y Nation. Crossman formó parte del personal del general Eisenhower durante la Segunda Guerra Mundial y fue el responsable del departamento de guerra psicológica contra Alemania. En 1946 fue representante de su gobierno en la Comisión Angloamericana para Palestina, y plasmó su experiencia en su libro Palestine Mission.

Creo que Crossman comete un error en su prólogo, cuando dice que los seis autores «eligieron el comunismo porque habían perdido la fe en la democracia». Pese a que Koestler recuerda en sus memorias que pronunciaban la palabra «democracia» como una jaculatoria, no me parece que ninguno de estos autores tuviera jamás fe en el sistema democrático. Todos habían nacido en democracias, llámense liberales o burguesas, y fueron demócratas no por convicción sino por herencia. La democracia les produjo el desencanto que les llevó a militar en el comunismo, pero solo tuvieron una fe verdadera en este sistema que los iluminó como las revelaciones de los santos católicos. 

Koestler reconoció más tarde que la democracia es un sistema falible, una «verdad a medias» enfrentada a la mentira de los sistemas cerrados del totalitarismo. Los renegados regresaron a ella con algo más que resignación. Lo hicieron con el convencimiento de que solo en democracia es posible fundar y ejercer las posibilidades del hombre para el discernimiento y la crítica, alejándose así de quienes Koestler llamaba los «ingeniosos imbéciles», abundantes entre los intelectuales de «inteligencia escolástica, talmúdica y minuciosa» que solo les servía para probar todo lo que creían, y creer todo lo que podían probar.   

La edición de Ladera Norte, presentada de manera pulcra y con una esmerada traducción, incluye un prólogo de Félix de Azúa que abunda en las referencias actuales, desde ETA hasta el actual presidente del gobierno. Podrán parecer alusiones extemporáneas, pero quien se adentre en la lectura del libro comprenderá que se ajustan perfectamente a las leyes universales e inmutables de la naturaleza humana. Con una guerra a las puertas de una Europa plagada de defensores de Putin, con el recrudecimiento del antisemitismo tras el pogromo en Israel y la nueva ola de populismo de izquierdas, cabe preguntarse en qué momento aparecerán los nuevos renegados, los intelectuales honestos que reconocerán haber errado el rumbo en un momento de obcecación sentimental, y que decidirán enfrentarse a la ingente legión de los que un día fueron sus fanáticos conmilitones. Que vivamos tiempos en que los «ingeniosos imbéciles» vuelven a cuestionar las democracias, convierte esta nueva edición de El dios que fracasó en algo más que un rescate editorial.

Un Comentario

  1. viejecita

    Muchísimas gracias por ponerlo aquí, y con la tecla especial para imprimir. Que lo había imprimido de EyB, para meterlo en el libro de Ladera Norte, pero quedaba mucho peor, y abultaba mucho más. Y he disfrutado con el libro : con lo que ya tenía en V.O. ( todo Koestler por ejemplo, que alguno que aún no conocía leí por recomendación de este sitio), y con lo que me ha hecho conocer. Me ha encantado lo de Silone, y, lo de Richard Wright, que me ha hecho leer «Pagan Spain», y comprarme «Native Son «.
    Me alegro mucho de que siga «La biblioteca fantasma»

    Muchas gracias, pues, por todo.
    M ( v)

  2. viejecita

    A mí me ha dejado epoustuflada . Lo de Chamaco y el toro : impresionante. ¡ Con decir que me he comprado inmediatamente Native Son, y eso que normalmente tengo un prejuicio en contra de los que se quejan tanto de lo que tuvieron que sufrir sus antecesores ( las mujeres, los indios, los nietos de esclavos, los homosexuales , etc etc ) Y eso que , entre mis escritores superfavoritos, hay alguna mujer , como PDJames, como Anne Tyler, como Edith Wharton, algunos homosexuales, como Oscar Wilde, como Simon Raven, como Vikram Seth , algunos asiáticos como Ishiguro… Pero ninguno de ellos se hace la víctima. Y me parece que a Wright, a poco que me guste Native Son, lo voy a incluir entre mis favoritos.

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