La biblioteca fantasma

Suicidios ejemplares

por Ricardo M. López Bella

suicidios

Tan amparado me siento por el anonimato (¡por muchos años!), aun cuando firmo todo lo que de mi magín sale con mis nombres y apellidos, y por el refugio hallado en este foro que permite tirar la piedra y esconder la mano (ejercicio tan querido por tantísimas personas) que no puedo evitar concederme el placer de escribir sobre tres tipos a los que admiro. Al primero de ellos, por todo lo que hizo a pesar de saber que no iba a conseguir su deseado fin y por su empequeñecimiento voluntario, tras demostrar y serle reconocida su grandeza; al segundo, por su genialidad y clarividencia original, inconscientemente malogradas por encauzar erróneamente su vocación redentora del prójimo y seguir intentándolo, muerto en vida, tras su civilizado y figurado linchamiento y al tercero, por la rotunda frase de imposible reproducción (sólo él sabe cómo sonó) con la que puso punto final a una vida que quizás nunca supo como vivir. Los tres protagonizan unas tragedias ejemplares y tres tipologías de suicidio que uno mismo tiene la tentación de poner en práctica, en los días oscuros, aunque su vida no se asemeje nada a las suyas y la falta de medios, el valor y otros condicionantes lo descarten a las primeras de cambio.

Suicidio por desaparición

chd7741Thomas Edward Lawrence nace en 1888 como segundo hijo ilegítimo de Thomas Chapman y Sarah Maden. Algo más que atracción física habría entre ambos, ya que el señor Chapman era un hacendado de Tremadoc (País de Gales) y Sarah la institutriz de sus hijos legítimos y, contra todo pronóstico y costumbre, no se recurrió al aborto, al despido improcedente reconocido, al abandono en orfanato o algo peor para “solucionar” la incómoda situación: amo y criada se dieron a la fuga conjunta y a la fundación de una nueva unidad familiar, aunque de obligado nomadismo debido a los conocidos prejuicios de la sociedad victoriana. Hubo más natalicios antes y después del definitivo establecimiento de los Lawrence, apellido de adopción por aquello de la discreción, en Oxford el año 1896.

El joven conocido familiarmente como Ned, fue un buen estudiante y pronto se mostró interesado por la arqueología y también por continuar con el nomadismo, ya por su cuenta, alistándose en la Artillería real, en 1905. La aventura apenas se prolongó durante unas semanas, fue abortada por su padre y unas cuantas libras para compensar la pérdida de tan prometedor recluta y tuvo como consecuencia la reprimenda de rigor, la ampliación del grado de autonomía del fugado y una beca para estudiar Historia en el Jesus College de la celebérrima ciudad universitaria de Oxford entre 1907 y 1910.

En el verano de 1909 recorre Siria tomando apuntes y datos para su tesis sobre la arquitectura militar de los cruzados con la que, al año siguiente, obtiene el equivalente a sobresaliente como nota final de carrera. Su publicación bajo el título de Crusaders castles la convierte en obra de referencia y supone el primer episodio de cierta fama que protagoniza su autor. Los siguientes tres años Lawrence los pasará trabajando en las diversas excavaciones arqueológicas británicas abiertas en Oriente Próximo, previo paso por Estambul y Beirut, y que le llevó a recorrer Siria de nuevo, Mesopotamia, Egipto y Arabia.

Es de suponer que durante este periodo el espíritu del joven Lawrence comienza a ver colmadas sus ansias de adquisición de conocimientos sobre el terreno, sin límites temporales y el pleno usufructo de su libertad, además de resultar seducido definitivamente por los paisajes que admira, las gentes con las que trata y la generosa hospitalidad que le dedican y que él sabe no conceden más que a aquellos que inspiran su confianza. Esta confianza se la ganó obrando como un igual entre los trabajadores de las excavaciones de los cuales, en un principio, había de ser su jefe. Además adoptó los mismos hábitos cotidianos en cuanto a las comidas, la vestimenta, los entretenimientos… Amaba la misma tierra y el mismo cielo que ellos amaban y compartían. Estaba tan integrado como hasta donde pudiera llegar un británico que conocía a la perfección el idioma y que se empeñaba en que lo único que le diferenciara de los demás fuera, inevitablemente, su cabello, rubio, y su rostro, que muy lentamente dejaba de ser imberbe. Por otra parte, su homosexualidad no pasaba de ser comentada como una perdonable rareza cuando algún indiscreto pretendió elevar la cuestión de mera especulación a la categoría de certeza. En una carta a su amigo Vyvian Richards, confiesa lo complacido que se encuentra entre “los árabes” y añade, poco más o menos, que el Occidente cristiano ahí se había de quedar.

Septiembre de 1934. T. E. Lawrence, primero por la izda. con insignia.

Septiembre de 1934. T. E. Lawrence, con insignia en el hombro.

A partir del año 1914 su vida empieza a tomar un giro lento e inesperado debido a un cúmulo de circunstancias y a sus convicciones personales. Los árabes formaban parte del Imperio otomano y los turcos los trataban con un deprecio que un amante de la libertad como Lawrence tenía muchas dificultades en soportar. Lo mismo ocurría con los alemanes, tradicionales competidores de los británicos en las excavaciones arqueológicas y que aplicaban el mismo trato a los nativos de los que se servían. Si a todo esto le sumamos el creciente interés de otras potencias como Francia por hacerse con un trozo de territorio árabe y el estallido de la Gran Guerra en Europa, una de cuyas consecuencias fue la alianza germano-turca, encontramos el escenario propiciamente revuelto en donde unos y otros piensan que pueden llevar a cabo sus ambiciones colonizadoras.

Lawrence se ofrece al Ejército británico para cualquier tipo de tarea, pues piensa que sólo con la tutela de Gran Bretaña los árabes serán los dueños de su propia tierra. En pocos meses pasará de realizar reconocimientos, mapas e informes como “personal civil” a ser adscrito al Departamento de Inteligencia de El Cairo con el cargo de alférez. Ya en su interior albergaba la idea de unir y apoyar a los numerosos grupos nacionalistas árabes surgidos en ciudades como Damasco, La Meca, Medina… y a las tribus nómadas que coincidían en que estaba llegando la hora de rebelarse contra la dominación turca y se constituyeran en una nación. La muerte de sus dos hermanos en el frente europeo puede quizás considerarse como el hecho que le afianza más, si cabe por su terrible efecto ejemplificante, en sus ideales de luchar por la libertad de sus semejantes.

Entre finales de 1915 y 1916 se le encomienda el cargo de oficial de enlace entre los más importantes jefes tribales dispuestos a liderar el levantamiento árabe: Hussein, jefe espiritual de La Meca y Feisal, futuro rey de Irak. A partir de entonces, gracias a la total confianza de sus superiores y la de los mencionados líderes, Lawrence pasa a ser algo más que un oficial de enlace: es consultado por ambas partes en cuestiones diplomáticas y de estrategia militar, se juega la vida en misiones de reconocimiento en lo que ya es de facto un frente bélico, encabeza ataques a destacamentos turcos, voladuras de puentes, vías férreas, trenes, asaltos a estaciones y poblaciones. Se convirtió en ministro de la muerte y esclavo de sus convicciones. Llegó a ser capturado, pero no fue identificado como enemigo, sino como desertor, lo que le supuso perder “inevitablemente las murallas de mi integridad”, poética definición de su tortura y violación por parte de sus captores turcos. También pierde a sus dos asistentes, uno de ellos su amado. Al otro ha de pegarle un tiro para evitar su agonía.

Mientras tanto, los gobiernos de Gran Bretaña y Francia firman el acuerdo secreto “Sykes-Picot”, para la futura repartición de la supuesta Turquía derrotada, lo que incluye los territorios árabes a lo que hay que añadir la “Declaración de Balfour”, que establece la fundación de un protectorado británico para acoger a todos los judíos militantes en el movimiento sionista que pretendan asentarse en la tierra prometida. Aún sabedor Lawrence de que las intenciones de estos acuerdos relegan los objetivos por los que lucha a la categoría de utópicos, mantiene sus esperanzas y prosigue comandando la insurrección hasta el desmoronamiento del Ejército turco, que viene dado por sus éxitos militares y la derrota de los aliados alemanes en el frente europeo.

T. E. Lawrence (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

T. E. Lawrence (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Llega la hora de los mercaderes. Iniciadas las conversaciones de paz en Versalles y en 1919, Lawrence fracasa en su intento de que Feisal y Hussein sean admitidos como interlocutores en el bando de los vencedores y, posteriormente, cuando pretende establecer negociaciones directas entre británicos, franceses y árabes. Se resiste a creer que ha sido un peón de lujo en una partida de ajedrez con preacuerdo de derrota, pero la realidad se impone con su amarga superioridad. Simplemente ha sido un fiel sirviente del principio que reza “Gran Bretaña no tiene amigos ni enemigos, solamente intereses”. Para sus compatriotas es el último gran héroe que ha engrandecido el imperio, “Britannia rules again”. Para los árabes es el más astuto y despreciable de los infieles que ha conseguido engañarles, pacientemente, durante varios años, hasta conseguir sus verdaderos fines. Él mismo se considera un incomprendido y un miserable. Le asquea la veneración de sus paisanos porque es la recompensa a una traición, que él concibió como una lucha por liberar a todo un pueblo que ahora le desprecia. El resultado es la más irrefutable de las pruebas y Lawrence es total y dolorosamente consciente.

Huye de todo reconocimiento, incluido un puesto directivo en All Souls. No encuentra su lugar bajo el sol de Occidente una vez perdido el de Oriente. Como sucedáneo del suicidio decide desaparecer enrolándose como soldado raso y con falsa identidad en la Royal Air Force. Su intento de hallar la paz interior le lleva a trabajar en su obra autobiográfica más conocida Los siete pilares de la sabiduría, quizás como forma de expiación explicativa. Pocos meses le lleva a la prensa británica dar con su paradero, lo que trae como consecuencia su expulsión en enero de 1923 de la RAF. Reanuda su intento de desaparición redentora y lo consigue por la misma vía del engaño, como mecánico de tanques del Ejército. Amenaza con suicidarse para conseguir su traslado a la fuerza aérea y vuelve a salirse con la suya.

A finales de 1926 es trasladado a “La joya de la Corona”, concretamente Karachi, eligiendo como mejor compañía la obra de un autor del que se pone en duda su existencia, como quizás le hubiera gustado que le ocurriera. Se dedica a traducir La Odisea entre monzones, hasta que es trasladado a Inglaterra en enero de 1929. Parece recuperado para hacer vida social o al menos para que la convivencia con sus compatriotas le resulte tolerable. Trabaja en diversos proyectos técnicos para mejorar tanto la seguridad de los aviones como la idoneidad de las instalaciones hasta que ha de licenciarse en 1935. Ha publicado la versión definitiva de Los siete pilares de la sabiduría, la traducción de La Odisea y El troquel, delicioso, intimista y melancólico relato de su primer intento de desaparición. Tiene en mente, según sus pocos allegados, continuar sus escritos autobiográficos y no volver a colaborar con ninguna institución militar o gubernamental cuando se instala en Clouds Hill, condado de Dorset.

El 13 de mayo, pocas semanas después de colgar su uniforme, se parte la crisma en una carretera rural a lomos de su motocicleta. Consigue no llevarse por delante a unos críos que paseaban en sus bicicletas. Es el último sacrificio que realiza por unos semejantes. Muere seis días más tarde sin haber recuperado el conocimiento. Quizás si hubiera podido negociar su salida de este mundo, habría aceptado las circunstancias del accidente pero con las condiciones de no resultar desfigurado y no agonizar ni un solo segundo.

Suicidio inconsciente y progresivo

Louis-Ferdinand Céline, nació en 1894 con el apellido Destouches en la localidad de Courbevoie, habitada entonces por gentes de la clase media, baja y lumpen, hoy fagocitada por París y venida a más, tanto que cuenta incluso con su propio adefesio arquitectónico contemporáneo-moderno: el Arco de la Defensa. En aquel tiempo la libertad, igualdad y fraternidad habían degenerado en hacinamiento, promiscuidad y enfermedad. Céline fue temprano testigo de tales entuertos, lo que seguramente influyó en su carácter, problemático en su infancia y adolescencia y que destila en su magistral Muerte a crédito. Para muestra concreta basta con leer la página en la que narra cuando es encerrado en una habitación como medida de corrección y expresa  por todos los orificios por los que le es posible secretar la urgencia que le abruma por vivir. Naturalmente la recomendación se extiende a todo el libro y casi toda la obra.

Louis Ferdinand Celine pronuncia en Médan su discurso de homenaje a Zola. 1 de octubre de 1933.

Louis Ferdinand Celine pronuncia en Médan su discurso de homenaje a Zola. 1 de octubre de 1933. Cortesía El Rufián Melancólico

Cuando la situación de la familia mejoró sustancialmente gracias a los ingresos del padre, agente de seguros y a una herencia de la abuela materna, Céline fue enviado a Alemania e Inglaterra con la excusa de que aprendiera idiomas, pero la verdadera finalidad era la de que otros se tomaran la molestia de domesticarlo. Este periodo supuso una tregua en la atormentada relación con sus padres y una comprobación de que la mezquindad no iba ni por barrios ni por edades, pues los críos y adolescentes de cualquier país, sus compañeros de internado, pueden ser tan cabrones en la vida diaria como el peor de los adultos.

En lo que puede suponerse como un primer intento de encarrilar su caótica existencia, se alista en el Cuerpo de caballería durante los primeros días de la 1ª Guerra Mundial, carnicería con ordinal, nombre y apellido en cuyo escenario encontró la sublimación de los peores instintos del ser humano. Volvió condecorado, herido del oído y enfermo de nihilismo ideológico. Desengañado de sus semejantes, pero no desesperanzado. Cargado de materia prima para describir todo lo que vio, padeció y lo que intuía que lo causaba: la explotación hasta la muerte del hombre por el hombre con fines crematísticos y por el placer de la superioridad del victimario sobre la víctima, sin olvidar tampoco la estupidez del que no se rebela ante tal obviedad entre otros deleznables temas.

suicidios 1Sigue acumulando experiencias con su primer matrimonio y una estancia en África acortada por la malaria. Estudia Medicina y se licencia con un curioso trabajo: la biografía de otro médico tan incomprendido en lo científico como lo fuera él en lo intelectual, Semmelweiss.

Trabaja para la Sociedad de Naciones en Europa, África y Estados Unidos, lo que acaba con su segundo matrimonio, víctima del olvido que genera la distancia.

En 1926 se instala en París con consultorio propio y una bailarina estadounidense, Elizabeth Craig, a la que dedicó Viaje al fin de la noche, publicado en 1932. Hablamos de la obra en la que materializa todas sus vivencias bélicas y posbélicas, una novela de carácter autobiográfico, que por la mezcla de tema y estilo estableció la modernidad heterodoxa en las letras francesas y le coloca a la altura del otro genio literario francés fundador de la modernidad ortodoxa: Marcel Proust.

La escribe con el corazón en pleno proceso de secado y empapando la pluma en la propia bilis. Intenta exorcizar algunos de sus demonios y alarmar contra todos aquellos que siembran vientos y recogen beneficios sin fin de las tempestades generadas, dejando la tierra yerma de la infelicidad y sus funestas consecuencias y cargando contra el cretinismo de los que lo ven venir y no se oponen, sino que por la cobardía práctica y mezquina de intentar sacar provecho de sus iguales se vuelven contra el más débil.

El éxito editorial se ve acompañado de un nuevo fracaso sentimental: Elizabeth vuelve a Estados Unidos con la excusa de una gira, pero con el pensamiento de no volver. Aunque Céline cruza el océano para convencerla de que regrese, su pasional acto no concluye con éxito. Quizás volvió herido de nihilismo sentimental. Quizás fue el golpe de gracia a su atormentado corazón. A partir de este episodio se vuelca en la escritura. Ha demostrado una aplastante claridad de ideas al señalar con su pluma quienes son los afortunados pescadores en el río revuelto de las sociedades occidentales (políticos de todos los pelajes, corporaciones industriales, militarotes, religiosos…) algunos opinantes le califican de nuevo teórico del anarquismo, pero esta clarividencia le falló cuando su deriva ideológica le conduce al antisemitismo, los judíos como culpables universales, plasmado negro sobre blanco, en artículos y libros publicados en pocos años y muy en consonancia con las ideas que ladraban los nazis desde el país vecino, enemigo y vencido. Él, que había tenido una infancia y adolescencia desordenada y atormentada, igual que lo era su vida sentimental, y había concluido que  también la sociedad en la que vive estaba inmersa en el desorden y en el caos, premeditados, acaba creyendo que estas situaciones se solucionan recurriendo a los predicadores del orden, igual que creyera su amigo, también ex-combatiente y herido Pierre Drieu la Rochelle. Su frenética actividad escriptórea le permite publicar su segunda obra maestra, la ya mencionada Muerte a crédito (1936), en la que relata los años anteriores al Viaje…  y con la que sigue cosechando lectores, éxito y polémica.

celine

Una vez se produce la invasión alemana no es de los que huye o pasa a la clandestinidad, lo que le convierte en un colaboracionista a ojos de los inquisidores, naturalmente de los que aparecen como los champiñones o los caracoles, siempre después de la tormenta. Nunca se pudo probar nada, pero con sus escritos y actitud había comenzado su largo y particular suicidio como autor, pues tampoco pudo prever que ningún imperio duraría mil años como profetizó, equivocadamente, Hitler con el Tercer Reich. La consecuencia fue su marcha al exilio como médico del grupo de jerarcas franceses del gobierno de Vichy acompañado de su tercera esposa, Lucette Almanzor y descartada la truculenta opción de pegarse un tiro escogida por Drieu la Rochelle o la más indigna del habilidoso y clarividente Curzio Malaparte, que vistió la camisa roja garibaldina, la negra fascista y antes de acabar la 2ª Guerra Mundial ya se había puesto la partisana.

De camino, su tormento sigue con una orden de busca y captura “vivo o muerto”, emitida por la Resistencia, los bombardeos aliados de la Alemania en derrumbe a los que sobrevive y su encarcelamiento en Dinamarca, durante dieciséis meses y en penosas condiciones, a las que también sobrevivió y donde se había refugiado clandestinamente tras la caída y partición de Alemania. Juzgado en su país “in absentia”, fue condenado a un año de prisión que no habría de cumplir por su encierro danés. No vuelve a Francia hasta 1951, donde se le han confiscado todos sus bienes, cuando se asegura de que su persecución y su crucifixión serán solo de palabra.

Se establece de nuevo en París como médico de menesterosos, como ya había hecho en 1926, muchas veces sin cobrar, lo que demuestra que en el fondo siempre le preocuparon sus semejantes por estúpidos que fueran,  y vuelve a escribir. Le acompaña Lucette, que da clases de baile como inmediata fuente de ingresos, y un montón de gatos. Ahora su obra se centra en relatar sus vicisitudes en el exilio y la cárcel y en pasar cuentas a todos aquellos que vendieron totalitarismo en lugar de orden y le jalearon como su apologista. Lo hace en la trilogía compuesta por “De un castillo a otro”, “Norte” y “Rigodón” Su estilo narrativo, como su maestría, siguen intactos. Esta vez escribe con un rencor pausado y paliativo, concisamente, tanto que en ocasiones se muestra casi críptico. El éxito vuelve a coronar su labor, pero Céline está más interesado en la explicación para vergüenza y escarmiento de unos y otros protagonistas, la prevención de futuras generaciones y la expiación propia. Se sigue definiendo, como en otras ocasiones, antibelicista y anarquista, aunque en una de sus últimas entrevistas se adjudica el término de gilipollas, quizás en reconocimiento del desacierto mostrado a la hora de elegir las formas de exponer sus ideales y de quienes parecían coincidir con ellos, sin haber sabido prever las adulteraciones o las verdaderas intenciones de estos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Ni en el año 2011 se conmemoró el cincuentenario de su fallecimiento por parte de ninguna institución académica o gubernamental, ni en 2012 se recordó oficialmente que ochenta años atrás, la Literatura fue agraciada con una obra magistral y enriquecedora de incalculable influencia, un clásico en todos los sentidos. La hermandad de lo políticamente correcto, los rencorosos tranquilos, que no distinguen entre obra y autor, entre lo escrito y lo vivido, obtienen dos nuevas sentencias contra Céline.

Suicidio efectivo

Ernest HemmingwayErnest Miller Hemingway nace de la peculiar unión entre un médico, Clarence Edmonds Hemingway, aficionado a la caza, la pesca y la vida campestre y una contralto reciclada en pintora llamada Grace Hall, inclinada al sentimentalismo religioso, en la localidad de Oak Park, cercana a Chicago, el 21 de julio de 1899. Su padre le enseñó todo lo relacionado con sus aficiones, incluso a cocinar, pues incluyó una máxima sagrada para él: no se mata si no es para comer. Su madre le vistió con prendas de colores similares a los que lucían sus hermanas hasta una edad tan poco aconsejable como los nueve años, lo que unido más tarde al rechazo que en ella suscitaron sus obras le llevó a calificarla de “vieja arpía”.

No destacó en los estudios, lo que no le impidió colaborar con la revista de la escuela de secundaria con sus primeros escritos y sí destacó en todos los deportes que en la misma se practicaban: baloncesto, fútbol americano, boxeo y natación.

hemingwayRechazó ingresar en la universidad y se incorporó a la plantilla del Kansas City Star en Kansas, estado de Missouri. Cuando los Estados Unidos entran en la 1ª Guerra Mundial es descartado para incorporarse a filas por un defecto ocular, pero consigue un puesto de conductor de ambulancia por la Cruz roja. Es destinado en Milán, donde conoce a otro conductor llamado John Dos Passos. Su primera intervención consiste en recoger trocitos de personas que trabajan en una fábrica de munición que vuela por los aires accidentalmente. En la siguiente rescata a un soldado italiano de la línea de fuego y resulta herido en las piernas. Se acaba la guerra para él, pero conoce el amor en la persona de una enfermera casi doce años mayor. Nada que hacer, él es repatriado y ella se decanta por sus labores sanitarias.

Poco aguanta en casa, ficha por el Toronto Star y dirige una revista en Chicago. Se casa con Hadley Richardson en 1920 y se marchan a París por consejo de Sherwood Anderson y, con sus cartas de recomendación para Gertrude Stein, Sylvia Beach, Ezra Pound, Ford Madox Ford y James Joyce, entra de cabeza en el cogollito de la intelectualidad anglófona y se establece en la ciudad donde “había que estar” en aquella época.

Ernest HemingwaySe gana los primeros francos boxeando y enviando crónicas y reportajes a su periódico, puliendo su estilo y recorriendo Europa. Conoce a Clemenceau y Mussolini, visita Madrid y poco después vive sus primeros sanfermines. Impresionado por las corridas de toros vuelve a Canadá para que nazca su hijo “Bumby”, que entre otros nombres tendrá el de Nicanor, por el primer torero con el que hará amistad. Es el año 1923 y consigue que le publiquen Tres historias y diez poemas.

Los siguientes tres años son los del despegue definitivo de su carrera con In our time (1924), las colaboraciones con Ford Madox Ford y Joyce en sus respectivas revistas y la consagración con The also sun rises (“Fiesta”, 1926) y Hombres sin mujeres (1927). Mientras tanto su matrimonio ha hecho aguas por su carácter irascible en persecución del éxito y la presencia de Pauline Pfeiffer con la que se casa en 1928, tras divorciarse de Hadley. Se establecen en Cayo Hueso (Florida) tras vivir una temporada con Malcolm Lowry, especie de alma gemela por carácter, vocación literaria y afición al alcohol. Nace su segundo hijo, escribe Adiós a las armas, que será un gran éxito cuando se publique al año siguiente, y se suicida su padre, enfermo y con problemas financieros. Este acto es incomprensible para Hemingway cuyo código vital, que proyecta en sus personajes, establece, entre otras normas, el ser “elegante en el sufrimiento”. La certeza de la muerte sólo puede ser el mejor impulso para vivir al límite, no para dejar de vivir.

El crack de 1929 no le afecta en absoluto. Vive de su escritura y se entrega a un periodo de activo “dolce far niente”, viajando, pescando y cazando, comiendo y bebiendo a placer, repitiendo paternidad hasta que en 1932 publica Muerte en la tarde. Se erige como figura pontifical de la obra propia, dispuesto a dar una paliza a cualquier editor o crítico que no reconozca su valía, y no tiene inconveniente en denostar la obra ajena y a su autor, aunque se trate de una buena amistad como ocurrió con Sherwood Anderson, Scott Fitzgerald y la Stein.

Está perfilada su imagen de tipo duro hecho a sí mismo, talentoso, fanfarrón, leal amigo y fiero enemigo de quien así lo merezca, viril a toda prueba. Se convierte en lo que hoy llamaríamos un autor mediático, entregado a sus aficiones y dispuesto a participar en cualquier tipo de celebración que incluya ser homenajeado y presentado a la “beautiful people” del momento y lugar. Esto es criticado por algunos de sus detractores que ignoran la absoluta disciplina que Hemingway se impone cuando trabaja en cualquiera de sus libros, disciplina de la que también presume y aconseja practicar.

El Hotel de Hemingway en el Madrid de la guerra.

El Hotel de Hemingway en el Madrid de la guerra.

Al estallar la Guerra Civil en España, consolidada su obra con títulos emblemáticos como Las verdes colinas de África, donde vierte sus conocimientos cinegéticos y su código de conducta con una escopeta en la mano o Tener y no tener, en el que refleja su izquierdismo individualista, se convierte en corresponsal de guerra para una importante agencia de noticias, además de cortejar a la periodista Martha Gelhorn, con la que trabó amistad en Florida y compartía aficiones y gustos literarios. Se instalan en Madrid, recorren el frente, envían crónicas y él, además, trabaja con John Dos Passos en el propagandístico documental Tierra de España con el que gira por París, Washington, Nueva York y Hollywood recaudando fondos para la causa democrática de la República. Constata que su segundo matrimonio está herido de muerte y como en la anterior ocasión se reconoce como el único culpable. Vuelve a España para asistir a la toma de Teruel y regresa a Estados Unidos en un último y fracasado intento de reconciliación propuesto por Pauline. Sus últimos meses en nuestro país transcurren escribiendo el libro de relatos “La quinta columna” y asistiendo a la derrota de las tropas gubernamentales.

Obtiene otro éxito fulminante en 1940 con la novela Por quién doblan las campanas, que no tarda en adaptarse al cine y para la que él mismo escoge a sus protagonistas y amigos Gary Cooper e Ingrid Bergman. Se casa con Martha y se van a vivir a Cayo Vigía en Cuba, aunque tardan poco en volver a ejercer como corresponsales de guerra en el conflicto chino-japonés.

Cerca de Belchite

Cerca de Belchite

En pocos años mueren algunos de sus amigos (Fitzgerald, Anderson, Joyce, Madox Ford…) y comienza la 2ª Guerra Mundial. Se dedica a labores de vigilancia marítima en previsión de una improbable incursión de submarinos alemanes en el Caribe, autorizado por el gobierno estadounidense, en su propio barco y acompañado de variopintos curdelas. Martha consigue que contraten a Hemingway de nuevo como corresponsal de guerra, aunque una vez instalado en Londres se dedica a las relaciones personales, lo que incluye el cortejo de Mary Welsh, periodista casada con periodista y norteamericana como ellos. Martha Gelhorn no tiene inconveniente en burlarse del haragán borracho en el que Ernest se está convirtiendo. A pesar de todo, ambos acompañan a las tropas que desembarcan en Normandía y cubren el resto de la guerra por separado. Hemingway envía unas crónicas fantasiosas y se dedica a actividades poco periodísticas como encabezar un grupo de guerrilleros con los que supuestamente entró en París para liberar los bares del Traveler’s Club y del Ritz, donde tomó habitación con  Mary Welsh, recibió a Sartre y Simone de Beauvoir y trabó amistad con el joven Salinger.

Con Ava Gardner

Con Ava Gardner

Acabada la guerra vuelve a Cuba, divorciado y acompañado de la que será su cuarta y última esposa a partir de 1946, Mary Welsh. Pasa por un periodo de inactividad que resuelve instalándose en Venecia, donde escribe la novela de tan poético título como poco éxito Al otro lado del río y entre los árboles (1950) inspirado en la amistad y lo que no surgió con una joven llamada Adriana Ivancich y con el sabio “laissez faire, laissez passer” de su legítima.

Hemingway envejece mal, lo sabe y sabe que el mundo de posguerra no volverá a ser el mismo que pretendió beberse, cazar, comerse y follarse. En los siguientes  años reverdece laureles: escribe El viejo y el mar, novela por la que le otorgan el premio Pulitzer en 1953 y vuelve a viajar. Otra vez Venecia, los sanfermines y los safaris, la vida al límite en edad más que madura: sufre dos accidentes de avión en África con Mary Welsh y quemaduras en un incendio forestal, todo en menos de un mes. Desanda el camino hasta Cuba y le es concedido el premio Nobel, que recibe como una sentencia edulcorada por el dinero que conlleva: opina que ningún galardonado de los que conoce escribe después con la maestría que les hizo ser premiados.

Con Pauline Hemingway en San Sebastián, 1927

Con Pauline Hemingway en San Sebastián, 1927

Compra casa en Ketchum (Idaho), lugar radicalmente diferente a Cuba y sigue pendiente de las noticias que llegan de la emergente revolución cubana, de cuyo triunfo se alegra en cuanto es definitivo. Vuelve a España y comienza a escribir un artículo para Life que se le va largo, tanto que acaba siendo un nuevo libro: El verano peligroso. Su salud se resiente de los accidentes y el abuso del alcohol. Después de visitar España y Cuba, vuelve a Estados Unidos e ingresa en una clínica de Minnesota. Los medicamentos que toma contra la hipertensión y la hipertrofia de su más que baqueteado hígado pueden ser causantes de sus brotes depresivos y manía persecutoria, síntomas también de una incipiente y precoz enfermedad de Alzhéimer. Puede que se resignara a los cambios que había experimentado el mundo de antaño, pero sería insufrible para él perder sus recuerdos. Afortunadamente tiene recopiladas sus vivencias parisinas en lo que será una joya que todo aficionado a la lectura debiera paladear y todo aspirante a escritor tener en su biblioteca de cabecera, si no en la cabeza misma: París era un fiesta. Después de dos burdos intentos de suicidio y un nuevo ingreso hospitalario, durante el que aplica la paciencia y la astucia del cazador que era para obtener el alta médica, consigue darse caza a si mismo con una de sus escopetas la mañana del domingo dos de julio de 1961.

Vacaciones en Polonia. Número 3, dedicado a los suicidios y la literatura.

Vacaciones en Polonia. Número 3, dedicado a los suicidios y la literatura.

Ninguno de estos tres tipos consiguió lo que pretendían: Lawrence la libertad de un heterogéneo e improbable pueblo; Céline concienciar a los desheredados de por donde les venían las hostias y Hemingway  emparejarse con los autores que reconoció como maestros: Gogol, Dostoyesvky, Chéjov, Flaubert, Baroja… El primero fue timado por sus propios superiores; el segundo sucumbió a su incapacidad de previsión y el tercero sencillamente “lo dejó” por discapacidad mental.

Con este escrito lo único que pretendo, como con algunos de los anteriores, expuestos en este modestísimo blog, es fomentar la lectura de autores que son, a mi humilde entender y como mínimo, imprescindibles. No pretendo ser un abanderado de la autoliquidación, pero creo que siempre es aconsejable tener en mente un plan Z, puesto que la vida es una imposición en algunos casos y circunstancias difícil de cumplir. Me lavo las manos y me remito a Nietszche: «El pensamiento del suicidio es un poderoso consuelo que ayuda a pasar más de una mala noche».

(Excepto las cubiertas de los libros, el dibujo del hotel y la primera fotografía de Céline, el resto tienen el cop. de Britannica Image Quest)