La biblioteca fantasma

Los tengo todos

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Llevo mal las ataduras. Es preferible que me den cuerda a que me aten corto. Si me dejan a mi aire puedo ser dócil, bondadoso y fiel incluso a las buenas costumbres, un maravilloso espantajo, el amor de cualquier suegra. Ahora, si me dan una orden mi instinto me lleva a seguir el camino opuesto, como aquel in der entgegengesetze Richtung bernhardiano tan incomprensible a los virtuosos. Y es esa contradicción la que me ha obligado siempre a mirarme en el espejo mágico que desvela mis tripas. Sea capricho de la genética o fruto de mi educación católica, tan dada al bondage de la culpa y las consiguientes contriciones y  constricciones, o quizá a una mezcolanza de ambas fuerzas, he visto que soy así: esclavo de mis pecados. Y los tengo todos.

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Los pecados capitales gozan de distinta fama, según su naturaleza. En estos tiempos de puterío y liviandad se llevan con orgullo la gula, la lujuria y aun la pereza, siendo éste el peor de todos, ya que gracias a ella seremos incapaces de atesorar la voluntad suficiente con la que domeñar las nefastas consecuencias de los restantes. Ahora, pecados como la avaricia o la envidia serán rechazados como propios hasta por los más cabrones que en este mundo son. Te puedes adornar ante los demás con las babas del sexo, como quien viste un abeto con las guirnaldas más lucientes, pero te avergonzarás si te tienes por envidioso y deseas el cochazo de Fulano, te gastas un potosí por comprar aquel libro que mercó Mengano y que nunca leerás, o detestas a todos los Zutanos que han gozado antes, después y siempre de la mujer de tus sueños.

Para las mentes simples, como es la de éste que ahora se humilla ante los cuatro lectores de este blog, ha sido una bendición reducir nuestra conducta a cuatro reglas bien determinadas por la religión católica, aunque ahora seamos ateos, agnósticos o del Atlético de Madrid. Nadie duda de que los diez mandamientos son leyes muy sensatas, y que antes que reventarle los intestinos a cualquier listillo con un trabuco naranjero, conviene contenerse y no hacerlo. Por ejemplo. En Teología, este pecado está considerado como uno de los que clama al cielo y es de esperar que vayamos derechos al infierno junto a los culés, los discjockeys y los camareros alemanes.

Con los pecados capitales hay más problemas. Ya he dicho que los hay que gozan de mala fama aun entre los más cínicos, y raro será que haya alguien que asuma cumplir con todos. No obstante, han sido un tema recurrente en el arte y la literatura y mi obsesión por el pecado y la culpa me ha llevado a amontontar algunos libros que los tratan. Ensayos, estudios teológicos o grabados. Todo vale.

La Teología moral para seglares, del padre Antonio Royo Marín, que me acompaña hasta en mi iPad, y que supone el manual más preciso que haya sobre la debilidad humana. En el libro se tratan las nociones de advertencia y consentimiento, esas llamadas de lo divino y de lo humano a la continencia y la reflexión; y por encima de la taxonomía de los pecados, las funestas consecuencias de los mortales: la «pérdida de la gracia sacrificante, de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo»; la «pérdida de la presencia amorosa de la Santísima Trinidad en el alma»; la «pérdida de todos los méritos adquiridos en toda vida pasada»; la «feísima mancha en el alma (macula animae), que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios; la «esclavitud de Satanás, aumento de las malas inclinaciones, remordimiento e inquietud de conciencia»; ser, finalmente, «reato de pena eterna».

Los siete pecados capitales, de Constantin Amariu, un estudio cultural sobre el pecado, lectura más atractiva que cien mil novelas contemporáneas, y que por pura cuestión estética deberíamos leer en un monasterio medieval a la luz de un candil, podridos los ojos sobre nuestra alma. Aprenderemos en él que hay dos clases de pereza, la accedia y la pigritia, dependiendo de si nos alejamos absolutamente del bien o si rechazamos el esfuerzo material de la vida cotidiana. Y más: «es un pecado que sintetiza la virtualidad de todos los demás pecados (capitales o no), pues la pereza es una puerta abierta a cualquier perversión de los instintos y a cualquier enfermedad».

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En un momento de debilidad recreativa llegué a hacerme con De zeven Hoofdzonden, una edición holandesa con grabados sobre los pecados capitales. Los hay delicados como el que Gerd Arntz tributa a la envidia, y más perturbadores, como el de Lou Strik sobre la avaricia.

Imprescindibles para un obsesivo como yo (qué cerca la obsesión de la avaricia) son estos dos libros que vienen a continuación. Los 7 pecados capitales, con textos de Jacques de Lacretelle, Pierre MacOrlan, Jean Giraudoux (qué excelente su anatomía del orgullo), André Salmon, Paul Morand, Max Jacob y J. Kessel. Un libro divertido que aliviará los tormentos de algunos de nosotros, haciendo algo liviana nuestra culpa, limpiando el carnuz de nuestros pecados. El libro tuvo respuesta patria, Las 7 virtudes, y sus autores son Antonio Espina, Benjamín Jarnés, César Arconada, José Díaz Fernández, Valentín Andrés Álvarez, Ramón Gómez de la Serna y Antonio Botín Polanco.

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Y de toda mi biblioteca, ¿qué libros representarían los pecados capitales? He seleccionado dos para cada uno de ellos, movido por el tormento y mi grito callado a un cielo sordo.

La avaricia

Toda la biblioteca en sí misma es un ejemplo de avaricia. Cuántos libros albergo que nunca leeré. Aquí el expurgo es confesión, la venta al trapero un paso más hacia el cielo de los justos. La avaricia es un pecado que trae descrédito. Pocos se confesarán avariciosos, aunque anden llenos de manías y obsesiones cuyos sacos se llenan a diario sin que se den apenas cuenta. Se trata, en fin, de un pecado consustancial al lector, y más al coleccionista de libros. De ahí que traiga esta imagen, tomada del blog de José Carlos Cataño, y un libro que guardo como recuerdo de mi abyecta debilidad. Un libro de Rudolf Rocker, cuya principal característica es estar impreso en caracteres hebreos, cosa de la que fui inconsciente a la hora de apresurar su compra.

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La lujuria

Qué cosa fácil mostrarse lujurioso en los tiempos de hoy, en los que se considera divertido andar siempre con el cimbel entre las manos en lugar de la pluma, el teclado, el pico o la pala y en que la vanagloria de la caza sexual es timbre de virtud. Otra cosa es para quienes llevamos tatuada en los cojones la frase de aquel personaje de Baroja en La sensualidad pervertida: «¡Qué estúpido animal este de pelos largos y de glándulas mamarias, y de qué difícil caza!» Y más cuando habiendo tenido a nuestro lado a la soñada hembra, la dejamos huir porque sobre la lujuria prevalece la pereza del cuidado, el mimo y la atención. Ya en mis primeras compras en librerías y tenderetes me hice con libros que ahondaban en el misterio del sexo cruel y en los vericuetos de los encuentros entre hombre y mujer, amén de un par de quintales de revistas que extralimitaban el erotismo para hundirse en las ciénagas de lo evidente. Aquí van una de mis primeras compras en materia lujuriosa, y una de las últimas. Ninguno de los libros me ha aportado luz para hacerme mejor ante quienes más dolor me causan.

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La envidia

Otro de los pecados proscritos hasta a los cínicos. Bendito, bienaventurado y alabado sea quien no ha sentido envidia del prójimo, de sus fortunas y aun de sus adversidades, de sus bienes y aun de sus males. De mis plúteos saco dos tomos que han acerado mi envidia por varias razones. Primera, de los autores. De Arcadi Espada por encontrar quien le publique un libro sobre su orgullo de vividor; comparte además con Max Aub mi envidia por escribir tan limpio y preciso. Segunda, de los libros en sí. Quién pudiera sobreponer la execrable autocompasión al disfrute de los instantes de felicidad. Envidiarán también estas páginas quienes bien viven y nada les falta y piensan que mejor andarían comidos por los gusanos en lugar de hacer frente a los pequeños instantes de tormento. Qué envidia de la vitalidad del joven protagonista de Yo vivo. Incólume queda en mi recuerdo el momento en que leí este libro único y maravilloso, a bordo de un avión camino de España.

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La gula

Cómo no hablar de la gula de la lectura. Cuántos instantes perdidos con la lectura en lugar de iniciar la búsqueda de hembra placentera, de hacer dinero trabajando o amasando ideas geniales. Y la gula evidente, esta concupiscencia de la carne «que enciende la hoguera de todos los vicios». Cuánta matraca frente al Pornhub tras la ingesta del vino y las chuletas. Y cuánto derrumbe de las barbacanas de nuestras defensas por tratar de ahuyentar el dolor bebiendo o bebiendo para atraerlo y regodearnos en él. Como antes, la biblioteca entera es signo de mi gula, pero además os traigo dos libros preciosos sobre el arte de comer y el disfrute de la vida. Porque, he aquí una fisura en mi alma condenada, el pecado también puede ser vida. Yantad y ayuntaos, vosotros que podéis y que queréis.

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La pereza

Ya he dicho que es el peor pecado de todos, pese a aparentar ser uno de los más veniales. Dicho en corto: por pereza caemos en los demás. La vida grácil, el dejarnos llevar por la corriente, la irreflexión, la voluntad laxa, nos llevará todo ello a tener duplicados en nuestra biblioteca (cuántas veces compré Luces de bohemia, ah, idiota, cuando estudiaba el cou). La lacra de toda biblioteca: los duplicados. Ahí va el de Venecias, de Paul Morand, libro que aún mantendré por avaricia además de por pereza. La filástica de los pecados, que se enredan entre ellos tejiendo sobre nosotros la red de la condenación. Y qué hay de los libros regalados, pedidos expresamente o no. Por dejación no los compramos en su día e hicimos que otros hicieran el gasto. Alguno guardo, como el que presento, preciado testimonio de un naufragio maldito.

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La ira

Dejad que encienda el ventilador. Permitidme que, pese a estas frías temperaturas, lo ajuste a su mayor velocidad. Condescended a mi deseo de ponerme frente a su corriente y que escupa el más verde de mis gargajos. Vejación al iracundo, porque tuvo en su mano la más brillante de las mariposas y la encerró en la cárcel de su puño, en lugar de asumir su condición de gusano y esperar su propia metamorfosis. Ira animal, ira humana pues, la que expulsan algunos libros como los aquí presentados. Pozo y ciénaga, alcantarilla y vertedero. Malditos los iracundos, porque ellos serán el váter del infierno.

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El orgullo

Qué mayor muestra de orgullo que este blog de supuestos tesoros y baúl de pedanterías. Se muestra un libro como el que se saca la minga delante de un grupo de núbiles doncellas en los lavabos de un bar. El orgullo, hermano de la soberbia y la vanidad. Dos ejemplos os doy de autores soberbios que creían estar por encima de los demás. H. L. Mencken, tan semejante al admirado Ambrose Bierce. Y Castro, el «dichoso» Castro, como de él dijo la secretaria de La Pasionaria. Un día, cerrando bares de Madrid con el Rufián, saqué en medio de nuestra rabia la figura de Castro. Se giró. Era en la Gran Vía. «¿Castro? Castro era un pobre hombre». Como tantos soberbios, añado ahora yo.

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Feliz Navidad. Dejadme ahora apurar las últimas lágrimas de mi Jameson y brindar por la felicidad del mundo y de aquellos a quienes amo, libres todo de pecado. Benditos seáis.

  1. chuchita

    “pobre diablo…”
    Si, yo soy soberbia, una pobrecilla diablesa. Ahora bien, no bebo esas lágrimas que vuecencia bebe.
    Si lo hiciera necesitaría una cuerda para salir del infierno.
    Para la pereza tengo una fórmula que me funiona:
    hago diligentemente lo que no quiero hacer, y no hago lo que quiero hacer. La segunda parte suele costarme más, es una actitud autodestructiva que me empeño en mantener.
    En cuanto a la gula, el 11 de enero cumpliré un año sin fumar cigarrillos.
    El 4 de septiembre cumpliré 3 años sin fumar todo lo demás.
    Envidia tengo de “la normalidad” de los demás, sobretodo de las familias normales…aunque se que en todas las casa se cuecen habas.
    Avaricia, ira y lujuria otro día quizás.
    Gracias por compartir tus pecados

    Salut

  2. Tarsicia

    Te falta el fantástico libro de Julio Camba “Las siete columnas”!!!! En que muestra como sin los siete pecados capitales el mundo no funcionaría 🙂

  3. Mercutio

    Tremenda entrada, señor. No deje usted de pecar para contárnoslo e ilustrarnos tan doctamente.

  4. Oh Pecador, mi Pecador. ¿Por qué me has dado a conocer ese “Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos? Si tuviera sentimientos me corroería la envidia.

  5. Rubbercement

    Si en lugar de sentimientos le queda algo en el bolsillo podría comprárselo, es altamente recomendable.

  6. Vale. Acabo de adquirir el “Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos”. Por el precio pagado imagino que me lo enviarán manuscrito y miniado por un monje castrado.

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