La biblioteca fantasma

El espíritu maquinístico

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Pese a lo que tiene de desorbitado, de traca y fuego artificial, creo que Ernesto Giménez Caballero es uno de los grandes escritores del siglo XX español. Además, su papel intelectual a través de La Gaceta Literaria le hace un referente imprescindible de nuestra cultura.

En 1931 publicó este Trabalenguas sobre España: itinerarios de touring-car, guía de touring club, Baedecker espiritual de España. Muy maquinístico. En verdad se trata de una recopilación de artículos y conferencias en varios idiomas (hay textos en francés, italiano, alemán e inglés, además del castellano) agrupados por varios temas. Incluye algunas imágenes, entre ellas collages del propio Gecé.

La primera parte la titula “Rutas por carretera” e incluye itinerarios como el de la “turbulencia” para Aragón, lo “violento” para Valencia, etc. Son textos no exentos de humor y en ellos incluye todas sus obsesiones del momento, las que un año más tarde verterá sobre su Genio de España.

Copio aquí el texto dedicado a Valencia y a uno de los mejores pintores españoles y sin duda uno de los cuatro o cinco mejore escritores, José Gutiérrez Solana.

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Itinerario de lo violento: Valencia

Ante el pintor Solana, en “La Sala Blava”, de Valencia.

Todavía estoy asombrado de encontrarme en Valencia para hablar de un espíritu como el de Solana.

De Valencia yo poseía una idea imprecisa, muy desarticulada y sin pasión alguna. De Solana, casi me sucedía lo mismo.

Valencia era para mí (en esa primera superficie de la subconciencia, esa que nos hace creer, al resbalar sobre ella, que es toda conciencia), una sensación de dureza, de aspereza, de cosa bronca e imposible. Conocía postales y fotoramas, visiones indirectas y estilizadas de la fotografía. (Yo siempre me fío de la fotografía, nunca de la pintura, sobre todo si es de paisajes y tipos. Antes, una tarjeta postal de diez céntimos que un lienzo de Sorolla, de Domingo. O bien, antes un envase de naranjas -con su madera sin cepillar y sus enaguas apuntilladas de papel-que una escultura de Benlliure).

Yo veía a Valencia (a través de sus postales) casi inabordable. Recuerdo una de un puente sobre el río casi seco, en verano, con fondos de casas petulantes, rechonchas, de un lujo cursi, que me quitaba toda voluntad por Valencia. Y no es que el polvo, la piedra, la miseria y la sequedad me asustasen. No. Castilla es eso también. Pero sin petulancia, sin una burguesía demasiado dominante detrás, sin esas burguesías que se dan en estos países nuestros antiburgueses por esencia, incapaces de urbanizar de una ciudad más que la partícula egoís¬ta de su propia guarida. Valencia, una ciudad de republicanismo y democracia, se me aparecía a través de esa cosa cruda y justiciera de las postales, como una con¬junción anárquica de caprichos, desdenes, ignorancias y abandonos trágicos, sin el menor sentido colectivo. La democracia es, ante todo, urbanidad. Es cosa de ciudad, es política de ciudad, de ciudad burguesa y sus órganos (el café, los parlamentos, los ateneos, las Universidades y los periódicos, son cosa de ciudad). Sus virtudes son de vía pública, de decoro en la vía pública, que está sobre todo predominio individual. Ved una postal de Copenhague, de Colonia o de Chicago: de cualquier ciudad nórdica y occidental, madres de la democracia moderna. Todo resulta coordinado, ayuntado. De ahí que el “ayuntamiento”, el Rathaus (casa del consejo) sea siempre el edificio central y básico de una ciudad demócrata.

Sin embargo: la postal me engañó. Valencia vista de veras es archiburguesa, pulcra, amable, oronda, regordeta, feliz.

Si las postales no me hablan hecho intimar con Valencia, tampoco los valencianos que hasta ahora había ido conociendo. Me parecía que la desfiguraban, que la falseaban, que la traicionaban a despecho suyo.

Eso lo veo hoy claro. Hoy que acabo de tirarme de cabeza y de corazón sobre Valencia, con el ansia de saber quién es, lo que es, lo que puede ofrecer en un porvenir más o menos lejano de España. Hoy -que al querer precisar lo que es Solana, y sobre todo Solana en Valencia, se me ha como revelado en ese Sinaí de las intuiciones bergsonianas- el genio de Valencia.

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La Valencia de Blasco lbáñez, de los Benlliure, de Gacía Sanchiz y de miss España, me había dado también la misma idea de la tarjeta postal. Algo brillante y jactancioso en el primer aspecto, pero crudo y desesperado en el fondo. Y lo que es peor, queriendo tapar lo crudo y lo desesperado, a toda costa. Queriendo a toda costa ocultar la violencia valenciana, lo bárbaro de Valencia, con posturas más o menos exóticas, frías, “europeas” –como se decía entonces y se dice todavía.

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¡Ah, si no hubiese otra cosa en el gran Blasco Ibáñez que su prurito de ser como e! Zola de España o el Rockefeller del Cabañal! ¡El prurito de ser un francés, un yanqui; de ser un espíritu universal, humano, humanitario, republicano y demófilo!

Pero Blasco Ibáñez llevaba bien dentro la clave va¬lenciana: el sentido cesarista, pirata, anárquico, sindicalista y antieuropeo de esta regia tierra que es Valencia, tierra con la posibilidad de parir reyes, aventureros, águilas de la vida; tipos anticristianos, fuertes, implacables y terribles.

En Blasco había un demagogo enérgico, frustrado por la literatura. Por una mala literatura como la suya: naturalista, preciosista, parisina y tal. En Blasco ha triunfado -por un lado el hombre de la “barraca” y del “arroz”- el hombre elemental que vive para la revolución, el disparo, la pasión y el odio. Para la grandeza de lo violento.

Y por otro lado, su capacidad de Borgia burgués, de volar sobre el mundo con sus libros, poderosamente, de ser un Papa editorial cuando en España todo era miseria en las tiradas, incapacidad de nada fuerte y ecuménico.

En sentido mucho más restringido -y menos puro- se está hoy revelando otro valenciano, García Sanchiz, con esa posibilidad aguileña de acoger anchos públicos. Pero García Sanchiz es otro “maestro de París”. Como Pepita Samper, barrocamente elegida por Benlliure, ha representado a Valencia (España) sabiendo esperanto y llamándose “miss”.

Lo mismo diría de otro gran valencianista, Roberto Castrovido, cuya fogosidad y casi heroica lealtad a una doctrina tan poco acorde con su temperamento genuino, hace desesperar de que el pasado valenciano, este pasado, inmediato, décimonónico, ofrezca una figura completa de genio de Valencia.

Todavía conozco -por Madrid- otro valenciano -éste más joven- donde se dan ciertas buenas cualidades valencianas: Benlliure y Tuero. Su mordacidad, su sentido del trabuco literario, del pistolón y de la faca en el periodismo, es simpático. Pero lo enturbia y lo empobrece con su “envenenamiento señoritín”, con su madrileñismo de viejo Fornos, de calavera interesante, trasnochado y despistado en la vida.

Tampoco vuestros pintores hasta ahora llamados “modernos” me valieron más que la tarjeta postal para comprender Valencia, “nuestra” Valencia.

Tal vez, tal vez, Sorolla. La joven pintura desde hace años abomina de Sorolla, como la joven literatura de Blasco. Creo que, como en el caso de Blasco, es hora de una revisión y una justicia.

Así como en Blasco había un espíritu dionisíaco, ebrio de mando, de multitudes, de delicias cósmicas y universas, en Sorolla había un bárbaro loco de sol y de color.

¿Acaso creéis que Picasso y la joven pintura española de París no son sorollistas? Mucho más de lo que creen ellos y los críticos. Picasso sigue teniendo la obsesiva del color y de la materia. La glorificación de la materia en pintura -que es el superrealismo- procede de Picasso, Y a lo largo de estas escuelas españolas que si en Sorolla se meliflúan un poco y se hinchan de retórica pictórica, llegan a otro valenciano genial, superior a Murillo y a ratos a Velázquez: Ribera. Hombre que pinta sombras y pardos como con pólvora y excrementos. Hombre pintor que -a mi modo de ver- es el único antecedente serio, mucho más que Zuloaga -vasco un poco chanchullero de la pintura-y que el Greco, de José Solana.

¿Acaso no veis en Solana -amigos valencianos- el ¬mejor pintor valenciano que habéis tenido desde Ribera? El poeta más grande de vuestra violencia, de vuestro genio sombrío, apasionado, loco, antialegre y antiflorido, seco y duro, brutal y sensual?

Pero dejadme -antes de planear mi pasión sobre los cuadros de Solana- seguir hablando de Valencia.

¿Sabéis dónde había tenido yo una anticipación exacta, una víspera de verdad, de la Valencia esencial e in¬acabable? Yo soy un entusiasta de las horchaterías madrileñas.

Las horchaterías llegan a Madrid en sazón valenciana de Madrid, en verano. Cuando el madrileño burgués, europeísta y nordizante busca el Cantábrico, la cerveza y el marisco como se busca a los bomberos.

Entonces es cuando el “vivac” verde de persianas verdes de las horchaterías, el caraván serrallo de los pues¬tos callejeros, las mezquitas recónditas y umbrosas de las estererías surgen y casi se apoderan de Madrid. Madrid tiene entonces una voz bronca, velar y enérgica. Se oyen esas velares inmutables del valenciano y esas ter¬minaciones en et (Pepet, Visentet) conmovedoras.

Y empiezan a concurrir a las horchaterías esa gente que en la Navidad ansía el turrón, gente de luto, som¬bría y glotona, el turrón, cosa suculenta y atroz: dura, pastosa, miel y piedra: ardor, ardor, ardor. Como la horchata; chufa que es el desierto, color de jaguar la chufa, de acento almendrado y palestinesco, judaico, próximo oriente, ojos de chino, la chufa. Pero luego color de arroz, blanca y dulce como la leche de virgen ibérica, embriagadora, anonadadora de dulzura y evocaciones tropicales.

De las horchaterías madrileñas (valencianas) son clientes todos los personajes de Solana. Esas gentes de luto, esas peinadoras, esos picadores, esas prostitutas geniales y exactas de sus cuadros.

Mujeres de la vida

Pero no sólo en las horchaterías madrileñas he vislum¬brado nuestra Valencia esencial. También por Barcelo¬na, recorriendo barrios de sindicalistas, de antiguas es¬cenas de violencia espléndida, sofocadas por el Directorio. Yo iba con un demoliberal que me contaba los sucesos pasados, con esa falsa superioridad pacifista y humanitaria del que tiene del pueblo una visión de café, de ateneo, de periódico, de contrabarrera en los toros.

– “Sabe usted- me decía este demoliberal catalán¬. Los pistoleros se ha comprobado que no eran de acá la mayoría. Sino levantinos. Sobre todo valencianos.”

– “Pues lo siento por los obreros catalanes -le respondí yo- Por lo visto el socialismo y la democracia han peinado ya los instintos profundos, puros, bárbaros de lo mejor que había en Cataluña”. Algo debía de haber de cierto. El obrero catalán va dejando de ser “pueblo”. Es decir, “hombre elemental”, para pasar a ser hombre social, casi socialista, hombre de urbe, de salario, de U. G. T. Mientras el valenciano llega virgen todavía, recién levantado de la tierra, de frente al mar, con un regusto a pólvora y a campo abierto, con un sentido derecho de la justicia, con una tradición primitiva de acequieros, de acción directa, antiparlamentaria.

Vista así Valencia -a través de ese pueblo bárbaro y magnífico, medio desértico, que procede por soñarre¬ras orientales y por explosiones apasionadas, trágicas, de raíz helénica, pesimista y sombría, ¡qué bien se entiende todo, todo lo que ha dado Valencia y lo que puede dar!

En un régimen de renacimiento, de vitalidad y corrup¬ción, un César Borgia; un César-Borgia, maravilloso superhombre, ejemplar egregio de humanidad -cachorro heraclida, “Poimena laon” que decía Homero- ante quien Gobineau, Stendhal, Nietzsche y Sorel quedaban estupefactos, y al que hoy malamente imita Mussolini.

En un régimen de edad media, de comunismo, de pro¬selitismo, un San Vicente Ferrer, ese verbo arrebatador, que derrotaba a ,todos los capitalistas del tiempo haciendo conversiones de judíos a la social democracia cristia¬na, con más éxito que hoy la III Internacional. Y todo ello ¿cómo? ¿Cómo estas dos figuras, de extracción po¬pular, pegadas a su tierra ardientemente? (Sabido el amor de los Borgias a Valencia, su nepotismo, su obse¬sión valenciana.)

Valencia -ciudad de guerra con fondo de molicie; Cruce de Oriente y Occidente, tierra moruna Con san¬gre algo esclava que tiene arranques de dominación y señorío absoluto- vió su camino claro cuando apeló a su fuego, a la violencia, a su virtud genital, imperial. El sentido imperialista de Valencia y no su sentido democrático. Su sentido ecuménico y no su sentido regio¬nal: esa es la lección difícil, dura, delicada de Valencia, la que dictan dos de sus mejores hombres-Borgia y Ferrer-. Alma en donde lo violento y arrebatado vibra en su más eléctrico y tenso chispazo. Así como Zaratustra (y luego Montherlant) vieron el Paraíso a la sombra de las espadas (Mein Paradis ist unter dem Schatten Meines Schwertes), así el genio valenciano debe con¬siderar siempre su salvación a la sombra de lo violento.

Hoy es un momento -y mañana- de triunfo de la violencia en la historia. Frente a otras regiones indus¬triosas, pacificas y beatas de la Península, Valencia puede estar en alto tono imperial: Bajo la gran sombra de su violencia sublime.

Esto viene a subrayar un castellano. Yo. Y mejor que yo, otro castellano aún mejor que yo: Solana.

¡Qué bien está Solana en Valencia! ¡Qué bien se bebe su vaso de vino tinto con Ribera y con Ribalta a la sombra de la violencia, a la sombra del negro y del pardo, del ascetismo, de la fuerza del pus y de la sangre.

Sólo ahora comprendo yo bien a Solana y se me revela con una riqueza y una dignidad tan insospechada que me conmueven más que un alcohol.

Porque de Solana yo tenía también tres o cuatro visiones superficiales e insubstanciales, como me sucedía con Valencia.

Confieso que no me había interesado hasta hace muy poco. Me parecía como un trasunto desmelenado y atroz de -la literatura de Ramón Gómez de la Serna.

Luego he visto que quizá es Gómez de la Serna un trasunto -más claro y clásico- de este hombre tremen¬do que es Solana en España.

Yo le conocía muy poco. Como conocía yo muy poco el ambiente de Pombo en su época central.

solana

Las veces que había yo visto a Solana había sido en Pombo. Y le había visto en ese tono como de niño domesticado con que le tiene Ramón. Sacudiendo de vez en cuando sus garras y rugidos en unas palabrotas o cantatas y hundiéndose en seguida en el alcohol y en el tabaco.

Las narraciones de los Baroja y de Ramón sobre Solana, me lo habían hecho temible y levemente repulsivo.

Esa cosa de niño anormal e idiota, de loco de pueblo que tenía; sus persecuciones de criadas, de botellas de coñacs y de cadáveres de hombres y animales -me lo ponían por nivel tan poco claro, aséptico, alegre y des¬humano- frente a la nueva literatura, que llegué a des¬deñarle. ¡No tenía sentido maquinístico de la vida! No era vanguardista.

Pero, poco a poco, fuí viendo que Solana era quizá el único vanguardista de España.

Cuando el vanguardismo europeo, cansado –y superado- de su exaltación yanqui y judía -del cosmopo¬litismo, del maquinismo, de los sentimientos cósmicos y universales, del cóctel y del eslipincar, del teléfono y del avión, se fué refugiando en las verdades eternas y particulares -cuanto más particulares, más eternas.

Cuando en Francia, en Italia, en Rusia, surgían las corrientes de “concentración”, de “strapaese”, de “na¬cionalismo puro”, entonces fuí viendo quién era Solana, lo que significaba Solana, su gran postura solitaria y excelente.

Solana -como Unamuno por otra parte- eran la tradición de España intrahistórica, subconsciente, superrea¬lista, salvaje, a caño libre, antiacadémica, y bárbara; la verdadera, la eterna.

Solana era como Unamuno -lo que España tendrá siempre de sincero, de pasional, de ético, de compren¬sión de la muerte, de valor heroico frente a la vida; de violencia trascendental: de tragedia. Solana era nuestro sentido trágico de la casta, era el gran castizo.

Toda su violencia y su barbarie ¡qué dulce me van sonando, qué ternura y qué devoción me despiertan! ¡Cómo las voy ahora entendiendo!

Recuerdo una vez a Solana frenético, porque había leído en “El Sol” que decididamente se iban a suprimir las capeas en España y los juegos de pólvora. Se puso hecho un energúmeno. Mascaba su puro como mascaría un guerrillero un cartucho para disparar. Le temblaba el vaso de cerveza en la mano y sus ojos estaban inyectados.

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Y con su voz ronca, áspera, profunda, valenciana; extendía el lienzo del suceso, sus cuatro o cinco adjeti¬vos habituales, los cuatro o cinco colores de su pintura: el negro de excremento, el amarillo de pus, el rojo de sangre, el blanco de cirio, el verde de alcantarilla. Toda esa paleta que antes de él había usado Ribera el valen¬ciano. Solana es el hombre que sin literatura, sin corro detrás, a solas con el Dios de España, se ha ido por los pueblos de España, por sus prostíbulos, por sus cárceles, por sus plazas de toros, por todo ese archivo de la masa más masa y más genial de nuestra tierra: eso que quiso aprehender el 98 (Baroja, Zuloaga, “Azorín”) y Orte¬ga y Gasset y Ayala, y que a duras fuerzas logró Gómez de la Serna.

Se podría decir que en Solana como en Unamuno, revive el genial sentido católico de España, un catolicis¬mo crudo, bárbaro, espléndido, de no temer el dolor ni la carne ni el dios sangriento y desolado y violento de nuestras estepas.

No es su pintura una pintura europea, cosmopolita. Como no es la filosofía de Unamuno. En París no han hecho caso ni a Unamuno ni a Solana. Es decir -varía bastante-, son Unamuno y Solana los que no han he¬cho caso a París. Los dos tenían querencias eternas y no de saltimbanquis. Los dos estaban pegados y ahincados en la misma tradición, en la misma tierra, en el mismo subsuelo, en la misma intrahistoria.

Veían los dos la vida a través de la muerte y de la locura.

Veían todo lo que la carne tiene de abismo y de tragedia. y que había que aceptar la materia con todas sus consecuencias para segregar espíritu e inmortalidad.

En la novísima corriente literaria y pictórica -llamada superrealista- que en España toma y tomará más cada vez un cariz místico y realístico, Unamuno y So-lana son los mejores antecedentes, los más grandes maestros.

No importa que Unamuno no tenga que ver aparen¬temente con una prosa de Paul Eluard. En el fondo es más sincero y verdad el subconsciente inspirado, la pasión revuelta y loca de Unamuno. No importa que un cuadro materioso de Solana no tenga nada que ver aparentemente con un cuadro de Joan Miró.

En el fondo hay más limo inspirado y más materia, en descomposición espiritual, en la tela de Solana. Más violencia.

He aquí por qué Solana en Valencia resulta algo po¬tenciado Y milagroso. Perfecto. El sentido sombrío y trágico del castellano se carga de violencia vital de ganas de vivir, de atmósfera de Borgia y de Vicente Ferrer, mientras la atmósfera va¬lenciana-quizá demasiado cruda, roja, ansiosa y sensual -tonifica de negro disciplinado, de amarillos me¬tafísicos, de austeridad señoril castellana.

No esperaba yo resolver el complicado problema que me propuso “La Sala Blava” -Solana y Valencia- con esta facilidad apasionada con que me lo he resuelto per¬sonalmente.

Desearía vivamente que esta solución pudiera ser acep¬tada por ustedes, tenida en cuenta, en las discusiones de ustedes, al atravesar Valencia: amigos valencianos. Amigos españoles. Amigos extranjeros, viajeros.