La biblioteca fantasma

De rastros y encantes

José Carlos Cataño. De rastros y encantes.
Universidad de Sevilla, 2011. 297 p., XXXII p. de fotografías.

[Reseña publicada en el número de noviembre de 2012 de la revista Turia]

«Destruí los mitos que me llevaron hasta aquí». Este verso de José Carlos Cataño (La Laguna, 1954) podría ser el lema del frontispicio de todos los rastros y encantes de este mundo. Tal vez la desmitificación sea el primer aprendizaje que uno adquiere al asomarse a ellos.

Rastro era el nombre que recibía el matadero, situado siempre en las periferias debido al mal olor característico de su industria. Los encantes, que así llaman a los rastros en Cataluña, reciben su nombre de una eufonía originaria de la lengua de oc: en cant, en cuánto. En cuánto se vende. Así lo apunta, al menos, Joan Corominas en su diccionario etimológico. El historiador Josep Font i Solsona, en cambio, en un artículo publicado en 1964 en la revista El trabajo nacional, arguye que en cant cabe traducirlo como «en canto», ya que era de esta forma, cantando, como se daban los precios en pública subasta.

Así, los zocos de la literatura rebajan el poder de su evocación mágica entre la pestilencia de las reses muertas y las resonancias del vil metal. Hay más: en ciertas latitudes reciben el antihigiénico nombre de «mercado de las pulgas». Ocurre en Francia -de donde es originaria la expresión, marché aux puces-, en algunos países latinoamericanos (excepto en México, donde los llaman «tianguis»), en Estados Unidos y en Alemania, donde su precisión taxonómica les lleva también a nombrarlo como Trödelmarkt, mercado de cachivaches.

Y entre los cachivaches, los libros. Y por tanto la literatura, cuyo mito se destruye cuando se ve pisoteada por el propio mercador, vendida al peso o rasgada y rota -en la misma acera que hace de escaparate o en las papeleras cercanas- cuando se termina la jornada y no se ha conseguido el cambalache. Son estos rastros y encantes las playas donde arriban estos pecios de naufragios y todo en ellos apunta un tanto a la derrota. Si un libro termina vendiéndose sobre una manta sucia, entre pilas de otros congéneres, es porque alguien se ha deshecho de él; su deriva ha terminado en estos zocos de lectores y bibliómanos, entre puestos donde reposan muñecas rotas, despertadores que no despiertan, clavos torcidos, fuelles sin aire, dentaduras postizas y tantos otros heteróclitos cacharros.

No es habitual la literatura sobre estos lugares. En España es canónico El Rastro, de Ramón Gómez de la Serna, cuya primera edición es de 1914. Por parte de los libreros solo conozco un título, El vendedor a la intemperie, de Fernando Jiménez Ocaña, que habla de sus cuitas, compras y ventas en el rastro de Zaragoza (hay que añadir aquí que también Cataño ha devenido en librero y se le puede encontrar en la web de Todocolección). Andrés Trapiello casi ha hecho un género en sus diarios, ensayos y artículos. Poco más. Si acaso algunos reportajes en busca de costumbrismo, como los de la revista Crónica durante la guerra civil, en los que asombran las fotografías impresas en huecograbado y la acurada organización administrativa de las gentes del Rastro.

Estas ferias de mutilados son el lugar de los pobres y de los solitarios, y quien mejor puede cantarlos es el poeta. José Carlos Cataño lo es ante todo. Ha publicado ocho poemarios, además de varias novelas y ensayos, escrito todo con palabra firme y evocadora, con un estilo muy propio, desengañado a veces aunque no exento de humor, y una erudición distraída que tiene el poder de deleitar e instruir. Cataño ha publicado ahora este De rastros y encantes, un libro sobre libros y literatura, pero también sobre derivas y periferias, solitarios y otros misteriosos personajes que compran y venden o que simplemente leen en los bares cercanos. También los que sirven allí el café o el companaje, como esa deliciosa y a la vez arisca Mery de la que todos, en cierto modo, andamos un tanto enamoriscados, pendientes como el propio autor de saber si, después del paseo entre buhoneros, estará esa mañana o no tras la barra.

El origen de este libro hay que buscarlo en internet, en el blog La senda de Tartaria, del propio José Carlos Cataño. En él fue anotando el día a día de los rastros y encantes, las historias perdidas de cada ejemplar encontrado, los retazos de vida que surgen de las páginas de un libro o de un puesto de venta. Ha sido una agradable sorpresa comprobar que esa cadencia de bitácora se refuerza al agrupar todas las entradas del blog en un volumen. No es habitual que un blog vertido al papel mantenga su fuerza y su frescura; mucho menos que adquiera algo positivo. Lo que en internet eran apuntaciones sueltas, debido a la tiranía del tiempo, que obligaba a escribir cuando sucedían las visitas a los zocos, deviene ahora en regularidad. Los personajes que van y vienen por el libro consiguen más consistencia y las anécdotas, ahora físicamente más cercanas en el papel, juegan con la semejanza y la disparidad. La alegría de un día soleado choca con el pesimismo sombrío del siguiente. Ese contraste, que en el blog era imperceptible por la distancia temporal entre una y otra entrada, toma ahora tintes de humor o de resignación ante las adversidades de la vida. Cabe sumar a todo ello la elegancia de la edición, gracias a la delicada labor del tipógrafo Alfonso Meléndez, muy acorde con el contenido del libro.

Para fortuna del lector no se han perdido las fotografías que ilustraban el blog, tomadas por el propio Cataño. Se han reunido en blanco y negro al final del volumen. Las hay magníficas, como la que retrata una montaña de libros, pisoteada por alguien que ha rescatado un ejemplar que lleva en la mano. Qué habrá visto de precioso en él; acaso todavía pueda aportar unas horas de agradable lectura, quizá alguien estampó una dedicatoria y una firma que son una novela en sí mismas, o es posible que el dibujo de su cubierta tuviera un atractivo especial. Cualquier excusa es válida para rescatar de esas orillas un libro que nos proponga compañía.

  1. navegante

    Como entrada etimológica curiosa, le recuerdo que en Lisboa, al rastro se le llama “Feira do Ladra”

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