La biblioteca fantasma

Mi Gran Meaulnes

por Ricardo M. López Bella.

Hace unos días, en un momentáneo lapso de razón, libre de cargas ocupacionales, pude entregarme al erotizante y lujurioso placer que para mí siempre ha supuesto la elección de un libro cuya lectura colmara mis esporádicas lagunas de ocio. Como ocurre en algunas ocasiones, incomprensiblemente, me acudió a las mientes una suerte de mandamiento, no recuerdo si perteneciente a un decálogo sentencioso-contuso dirigido a los aficionados a la lectura, cuya totalidad nunca retuve, naturalmente, y del que he olvidado su tonante autor, o quizás se tratara de la respuesta de un escritor con libro recién publicado, entrevistado para la contra de algún periódico. El caso es que el precepto rezaba algo así como que una vez traspasada determinada edad, pongamos los treinta años y creo no equivocarme en la cifra, si se continúan leyendo únicamente novelas, nos encontraremos ante un lector que es poco menos que un redomado y contumaz zoquete. Quizás el tipo que expresaba tal idea, había alumbrado un ensayo de los de leer sentado, sin prisas y sin perspectivas de aplicar el intelecto a mejores causas y, henchido de soberbia por su hazaña, estaba más ilusionado en epatar al entrevistador que en obtener unas buenas ventas, justo lo contrario de lo que desearían con toda el alma su agente literario y su editor. He de reconocer que en su momento esta idea me obligó a reflexionar y llegué rápidamente y aliviado a la conclusión que, afortunadamente, era, y lo sigo siendo, un lector ecléctico.

Los mecanismos mentales que trajeron este recuerdo los desconozco, pero la consecuencia fue que condicionó mi elección, aunque siempre presumo, ya sea a nivel primario, de obedecer en estas ocasiones a mis gustos, mi curiosidad e incluso mis estados de ánimo. Otras ocasiones, bien porque estos presupuestos no hayan sido útiles, bien porque no los hubiera tenido en cuenta, he utilizado el sencillo recurso de abrir un volumen y me he tentado a dejarme seducir o enganchar por lo que expresaran sus primeras líneas.

La cuestión es que me dirigí a los estantes de autobiografías y memorias de mi apreciable biblioteca (¿con cuantos volúmenes se obtiene la consideración de “apreciable” para una biblioteca particular?) y reconociendo que dichos géneros no son ficción, aunque se aproximan a la novela, en algunos casos por lo que fantasean sus autores, descolgué “Memorias de una joven formal” (Gallimard, 1958) de Simone de Beauvoir, añadiendo así un plus a mi eclecticismo, pues también “leo a mujeres”.

Simone de Beauvoir con Jean-Paul Sartre en 1970 (cop. Enciclopedia Británica)

Se trata del primer y único tomo que poseo de los cuatro que conforman la autobiografía de la eterna compañera de Jean-Paul Sartre junto con “La plenitud de la vida”, “La fuerza de las cosas” y “Final de cuentas”. En el que selecciono y paladeo, su autora narra con insobornable sinceridad, probada a lo largo del relato por hacer mención de detalles y situaciones vergonzosas o humillantes que le hubiera resultado más cómodo no incluir, su evolución de hija muy crédula de familia muy católica y burguesa a embrionaria filósofa del existencialismo ateo. Tan minuciosa es en mostrarnos dicha evolución desde la fe primeriza hasta el raciocinio intelectual, que durante su lectura, llegamos a escuchar el sonido que producen los engranajes de su inevitablemente imparable maquinaria pensamental.

Es de suponer que en los tres volúmenes restantes nos dé noticia, con la misma sinceridad, del desempeño de sus actividades como profesora de filosofía, novelista (fue premio Goncourt en 1954 con “Los mandarines”), su militancia primero socialista, comunista después y feminista siempre, así como de su peculiar relación sentimental, no obligadamente monogámica por ambas partes, con Sartre, quien a pocas páginas del final del libro y a los pocos meses de serle presentada, allá por el año 1929, declara: “A partir de ahora la tomo entre mis manos”, mandato autoimpuesto que solo su fallecimiento, acaecido en 1980, le impidió seguir cumpliendo.

Entre los muchos títulos y autores de diversos géneros que Simone de Beauvoir menciona haber leído, he de destacar el único en el coincido como lector y envanezco inevitablemente, ya que muchos de los citados son desconocidos en la actualidad por pasados de moda, no haber sido traducidos al español o cuando no son filósofos, casi todos abominados en mis años de estudiante (¿así como ha de llegar uno a ser considerado como intelectual, caray?). Se trata de “El gran Meaulnes”(1913) de Alain-Fournier y esa misma vanidad me hace creer que sin duda a Simone de Beauvoir le ocurrió lo mismo que a varias generaciones de lectores, entre los que no dudo en incluirme: quedó impresionada no tan solo por la temática y la trama de la narración y su estiloso tratamiento, pues varias veces reseña haber comentado la novela con sus amistades, sino también por la biografía de su autor, que no defrauda a los que esperan o alguna vez lo hemos pensado, que la genialidad de la obra ha de ser pareja al carácter y los hechos de su creador.

La mitificación de Alain-Fournier comienza el 22 de septiembre de 1914, cuando la muerte pone punto final a su vida de 28 años, durante los primeros combates del frente franco-alemán, apenas comenzada la Gran Guerra y apenas intuida más que saboreada la gloria literaria y la celebridad que esta suele conllevar, gracias al éxito de crítica y público que su única novela comenzaba a cosechar. Genial, joven, guapo y generosamente sacrificado por la libertad de sus compatriotas, es una exquisita tipología de cadaverización (recuérdese aquello de “vive deprisa, muere joven…”) que el romanticismo consagraba para la eternidad desde muchas décadas atrás y que tiene en Lord Byron uno de sus más célebres ejemplares.

“El gran Meaulnes” trata de la iniciación a la vida de dos adolescentes, narrada por uno de ellos, los primeros amores correspondidos y también los amores perdidos, la amistad cuyo compromiso puede ser más fuerte que el amor y el inexorable y cruel paso del tiempo, cuyos efectos ya son percibidos durante la primera juventud. El estilo es poético, simbolista y onírico, sobre todo entre los capítulos VIII y XVII de la primera parte y para mi humilde parecer y si se me permite el adjetivo “inquietante” cada vez que aparecen “los comediantes”. He de prevenir a los improbables futuros lectores que nada tiene esta obra maestra que la asemeje con el “realismo mágico”, que tan absurdamente exitoso resultó medio siglo más tarde, que algunos autores todavía perpetran y que inexplicablemente sigue hallando consumidores.

Cuando leí por primera vez “El gran Meaulnes”, atravesaba lo que se puede llamar “una mala temporada”, aunque no pretendo cargar las tintas: me había convertido en una máquina de descargar camiones para la que entonces era una “muy conocida empresa catalana de supermercados”, cuya congénita mezquindad de sus propietarios quedaba oculta tras la publicidad simpático-buenista de sus mercenarios anunciadores más famosos, que en esos días eran un obeso crítico gastronómico con programa propio en la televisión autonómica y un ciudadano holandés, cuyo nombre semeja un eructo y su apellido una expectoración y empleado como portero de fútbol en uno de los clubes de la ciudad de Barcelona. También ese maquinismo lo aplicaba con fines anestesiantes, en el vaciado de botellas que contuvieran cualquier tipo de alcohol que me enajenara lo más rápida y eficazmente posible, ya que no atisbaba una forma menos dolorosamente monótona y suicidante de llegar a la muy lejana jubilación. Como estos efectos no permanecían más allá de lo que tardaba en sepultarme en la siguiente jornada laboral, también solía recurrir a la lectura que no es nada dañino para las entrañas que se sepa hasta el momento.

Al llegar a la última página de la novela de Alain-Fournier, mi imaginación, afortunadamente no tan brutalizada como mi carácter, me llevó a la conclusión de que yo también había disfrutado de mi propio Augustin Meaulnes durante algunos meses de mis no muy lejanos años de estudiante.

Al igual que el personaje, se trataba de un nuevo compañero de clase, inscrito en un curso en el que no eran habituales las incorporaciones y que viene a sentarse en la misma fila que el narrador, que en este caso es el que esto suscribe. Como en la novela, ambos enseguida amistamos, pues fuimos percibiendo, con el paso de los días, la singularidad del carácter de cada uno y algunas afinidades.

Meaulnes y mi nuevo amigo, en adelante J, eran originarios de zonas rurales y miembros de familias adineradas con unas características particulares que influyen, sin duda en su personalidad.

El primero es huérfano de padre o, si se quiere, hijo de rica viuda terrateniente y padece dos ausencias: además de la paterna, la de su hermano menor, fallecido por ahogamiento.

J. es huérfano de madre o, si se quiere, hijo de un rico fabricante de muebles de La Sènia, donde tal industria es endémica desde hace muchos decenios. También padece dos ausencias: la de su progenitora y la de su hermano mayor, médico, independizado de la familia y dependiente de las anfetaminas. En su caso ha de soportar dos presencias: la de una madrastra francesa y la de una hermanastra algo perversa, pues no tiene inconveniente en recabar la opinión de mi amigo sobre su ropa interior, de nueva adquisición, ejerciendo de improvisada modelo, irrumpiendo en su dormitorio… con solo once añitos.

Personaje y persona muestran una ingenuidad asilvestrada que les hace ser confiados sin reservas mentales ni vergüenzas preventivas con sus amigos. Desde un primer momento este rasgo me sorprendió saludable y agradablemente. Quiero creer que J. apreció en mí una sensibilidad diferente que entre otras características excluía de mi vocabulario referirme al universo de género masculino como “colegas”, “tíos” o “notas”, según fuera el grado de proximidad, y al universo de género femenino como “guarras”, que era el término culmen de los que practicaban el ultraísmo pasota de boquilla.

También la personalidad de ambos se muestra de forma singular en largos periodos de ensimismamiento, indudablemente reflexivo, expresado mediante una actitud taciturna, que no pasa desapercibida entre los compañeros de clase y que en algunos casos provoca la envidia, quizás porque intuían que comenzaban a adentrarse en la edad adulta antes que ellos, lo que deriva en burlas y rivalidad. En la novela, este desencuentro se “resuelve” a puñetazos y en la pasada y propia realidad, el común de la clase se limitó a etiquetar a J. con el polivalente calificativo de “colgao”, que lo mismo se aplicaba a los intoxicados por las drogas, los dementes y genéricamente a los que se rechazaba por ser manifiestamente diferentes en su conducta.

Joven mordido por un lagarto (cop. Enciclopedia Británica)

Otra característica común es el llamativo físico de cada uno de los Meaulnes. El de ficción es corpulento, “grandote y con el pelo completamente rapado” según nos dice Alain-Fournier. El “mío” era de miembros finos y proporcionados. Su cabello, castaño claro, casi rubio, rizado y en guedejas, enmarcaba un rostro de ojos gris azulados y boca pequeña, muy parecido al del modelo retratado por Caravaggio en “El joven mordido por un lagarto”. En el vestuario, después de la clase de gimnasia o el partido semanal de fútbol, mostraba un cuerpo de piel muy blanca y sin vello, diríase que hermanado con el que Nicolás Regnier pintó a su San Sebastián que se conserva en el Ermitage.

San Sebastián, de Regnier. (cop. Wikipedia)

Confieso que durante una ensoñación retrospectiva cuyo objeto era el recuerdo de aquellos días felices, acudió la imagen de aquel cuerpo y con ella, sorprendentemente, una flagrante, alevosa e inquietante erección, sin desdoro de mi sexualidad, aceptablemente rodada, mayormente en solitario e inequívocamente heterosexual.

Desde entonces siempre me he explicado este episodio sumando a la lasitud que la ensoñación ejerció sobre mis supuestamente sólidos esquemas mentales, la similitud de la imagen con la de un cuerpo femenino. Nunca me he avergonzado de lo acontecido, aunque en estas líneas es cuando saco del cajón de los recuerdos secretos por primera vez tal vivencia y la consigno como un homenaje a nuestra amistad.

El centrifuguismo instintivo es otro rasgo común. En el caso del personaje se da un primer episodio en el que se extravía durante tres días en un escenario fantástico, donde conoce a su primer amor y al amor de su vida, aunque para ser consciente de esto último habrán de pasar algunos años. También J. durante el viaje de fin de curso a París conoció el amor, fugaz, y gozó de los favores de una compañera de clase, para la cual no suponía ningún inconveniente tener novio formal y con futuro, ya que era estudiante de Derecho. El Meaulnes de ficción seguirá su tendencia viajera intentando cumplir una promesa por pura amistad y renunciando a su primer amor. Por su parte J. cada fin de semana volvía a su pueblo, donde emprendía otro tipo de viaje, interior, huyendo quizás de sus circunstancias, ayudado por la química que contenían los muy buscados “micro puntos blancos”, la droga de diseño con más pedigrí de aquellos días. A pesar de esto, yo no dejaba de envidiar al viajero y los fantásticos paisajes que su propia mente crease.
Un día finalmente y como era de prever ambos desaparecen. Meaulnes sigue su viaje infinito en busca de la felicidad y J. buscándose a sí mismo en su lugar de origen, supongo. Ni él ni yo nos presentamos a los exámenes de septiembre. Mi justificación era de fuerza mayor: substituí a mi hermano en su puesto de administrativo sin contrato en “una muy conocida empresa catalana” productora y distribuidora de cava, mientras servía a la patria como escudo humano de oficiales de graduación media, acompañándoles en sus coches oficiales por un Madrid que nunca fue a prueba de bombas. Afortunadamente su número no salió del bombo que los terroristas de diverso pelaje hacían girar casi cada semana en los últimos “años de plomo”. Yo estaba deslumbrado por las veinticinco mil pesetas que me quedaban “tras impuestos familiares” que me compensaban de mis tiempos de estudiante menesteroso y no tenía un instante para echar a nadie de menos.

Nunca he sabido nada más de él. Quizás si me decidiera a reencontrarlo fuera posible, ayudado por las llamadas nuevas tecnologías, pero prefiero recordarle como me fue dado a conocer: guapo, delgado, ensimismado, siempre sincero, ingenuo, confiado… amigo, como era cuando ambos sentíamos el dulce y cosquilleante vértigo de quien tiene la inmensidad de la vida como inabarcable horizonte e ignora que la juventud no es imperecedera.