La biblioteca fantasma

Cots, Graves y tres checos

por Ricardo M. López Bella

Una conclusión de aplicarme la máxima “conócete a ti mismo” me lleva a poder afirmar con total sinceridad que no soy una persona amante de los lujos y que tengo cierta tendencia a dosificar los placeres. Si aquellos y estos se miden por su valor crematístico, no niego, por ejemplo, que he degustado caldos y licores de renombre y envidia reconocidos, que he deleitado mi paladar con manjares y recetas de la mejor cocina casera y clásica, así como de la deconstructivista, pero en la mayor parte de los casos ha sido debido a la generosidad de terceras personas o a mi facilidad para ejercer las habilidades propias de los discípulos de Caco. También he transitado los paraísos artificiales gracias a los precios asequibles que en nuestro país siempre han tenido las drogas llamadas blandas y por el sistema comercial denominado menudeo, me he financiado la más glamurosa de las llamadas drogas duras, pues nunca a pesar de los muchos años dedicados a desbastarme, tanto en la educación primaria como en la secundaria, repito nunca, he tenido la oportunidad de conocer al mítico “hombre de los caramelos” (variante “caramelos con droga”) y ya en mis años universitarios, saldados por cierto sin ningún título que enmarcar, me entregué en cuerpo, alma e hígado a la cerveza.

De lo que sí puedo presumir es del goce de un lujo que no es de extensión universal a los aficionados a la lectura: el de contar con un librero de cabecera. Aunque la vanidad me hace matizar que en la elección de mis adquisiciones he procurado ser siempre soberano y la humildad me obliga a aclarar que la persona a la que tal ascendiente otorgo, lo ejerce sin ser consciente depositario de tan alta responsabilidad, aún siendo un rasgo supuestamente característico de los que han podido dedicarse a la profesión siguiendo una llamada vocacional. Se trata de Josep Cots, fundador allá por 1975 de la librería Documenta, sita en la calle Cardenal Casañas de Barcelona, a cuatro pasos de la Rambla de Sant Josep, uno de los últimos reductos de la venta casi artesanal de productos culturales impresos que todavía resisten a las multinacionales que mercadean con todo. Su arte consiste en combinar una acogedora sonrisa subrayada por una pajarita al cuello, detalle que desaparece con el calor estival, y una mirada de cálida penetración psicológica o al menos así me lo parece, en una suerte de “british savoir faire” tamizado por el “seny mès nostrat”. Hace más de treinta años compré por primera vez un libro en este santuario y no me resisto a dejar de mencionar un par de ejemplos que prueban categóricamente y a mi entender la relación no contractual a la que he aludido.

Robert Graves (c) BritannicaImageQuest

Cuando se cumplieron cien años del nacimiento de Robert Graves, en el año 1995, la editorial Plaza y Janés puso a la venta en formato bolsillo una parte importante de su obra de ficción, acontecimiento del que estaba sobre aviso por la inveterada costumbre de leer compulsivamente todos los suplementos culturales de los periódicos que mi hermano ponía a mi alcance, gracias a su trabajo en la distribuidora del Grupo Prisa en Cataluña. Una tarde de primavera me dirigí a Documenta y escogí los títulos de Graves que no se encontraban en mi por entonces modesta biblioteca, y los de nueva publicación en español: “Rey Jesús”, “Las islas de la imprudencia”, “La historia de Mary Powell” y “La hija de Homero” fueron objeto de mi selección. En el momento de pagar, Josep me preguntó, ante la supuesta evidencia de mi inclinación por el autor londinense, si era mi intención leerme todos aquellos libros durante el transcurso de la inminente estación estival. Como uno ya tenía por aquel entonces una opinión formada sobre la narrativa de Graves y en la pregunta intuí un principio de sugerencia, respondí con un suave “no”, prolongado con comedida precisión en su vocal, queriendo dar a entender que no era partidario de cometer según qué tipo de excesos. Josep, como buen entendedor, captó todo el matiz que intenté atribuir a mi monosilábica respuesta, así quiero creerlo, y aprovechó para expresar su opinión, tan contundente y sincera como aclaratoria, que ya había iniciado con su interrogación: “Robert Graves está bien para leer de vez en cuando”.

Tuve conocimiento de la obra del autor nacido en Wimbledon en mi infancia, gracias a la serie televisiva de la BBC que en trece capítulos adaptó sus novelas “Yo Claudio” y “Claudio, el dios y su esposa Mesalina”, relato de la vida del emperador Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico. Dudo que alguno de los habitantes del domicilio familiar pudiera seguir el desarrollo de la misma con meridiana claridad de ideas, aunque confieso que ver personas ensabanadas intrigando y envenenándose no dejaba de ser interesante por novedoso. Pocos años después, con las entendederas algo más desarrolladas, abordé la lectura de ambos libros por consejo de mi amigo P. y mi opinión no pudo por menos que ser laudatoria, aunque no tardé en “descubrir” el truco gracias a mis estudios de latín e historia: había novelado parágrafo a parágrafo las “Vidas de los Doce Césares” de Suetonio, sin dejar de lado los “Anales” de Tácito. Nada que objetar, pues el trabajo no deja de ser meritorio aunque el guión sea de otro. La decepción vino después, tras leer algunas de sus novelas, intentando volver a ser impresionado con otro buen relato que combinara la historia con la prosa de calidad. Mis expectativas fueron defraudas con “Siete días en Nueva Creta”, engendro que mezcla la mitología con la ciencia-ficción a partes iguales e igualmente chirriantes. Tampoco mejoraron con “El vellocino de oro” cuyo estilo lineal acerca el relato a la prosa funcionarial. El amargo relato de las desventuras de “El conde Belisario” hizo que revivieran mis esperanzas, pero nada de lo adquirido en Documenta contribuyó a que mejorase mi opinión sobre la narrativa de Robert Graves. En su descargo hay que consignar que él mismo reconoció que casi todos habían sido trabajos alimenticios por encargo de sus editores y que aceptó para poder dedicarse, no necesariamente por este orden, al “dolce far niente”, la poesía (fue “Poeta laureado” en su país) y el ligoteo, sus verdaderas vocaciones, además de comenzar a pagar su casa de Mallorca.

A punto de abandonar mi condición de “inasequible al desaliento”, quiso la casualidad que en una de las librerías en las que suelo cometer mis estimados latrocinios, me diera de manos y boca con la autobiografía de Graves, “Adiós a todo eso”, publicada por EDHASA en 1985 y traducida por Sergio Pitol. Esta obra, escrita en 1929 y revisada en 1957, constituye un claro ejemplo de amenidad en el relato y como Gerald Brenan en “Una vida propia”, toma la suficiente distancia y escribe con la honradez y la ironía precisas para no escamotear ni la autocrítica ni las opiniones sinceras sobre hechos y personas que se suceden a lo largo de sus páginas, tan exquisitas e interesantes como un anglosajón las pueda componer.

A este hallazgo se sucedieron tres más en pocos meses, igual de afortunados y en muy dispares librerías. En la de “El Corte Inglés” de plaza de Cataluña compré, con el dinero que mis compañeros de trabajo me habían confiado para jugar al “cupón de los viernes”, “Entre luna y luna. Correspondencia (1914-1972)” cuyo contenido epistolar complementa documentalmente parte de lo relatado en “Adiós a todo eso”. En la librería “Makoki” de la plaza de Sant Josep Oriol, entre comics, fanzines, libros sobre experiencias psicotrópicas (eterno Escohotado) y manuales para el cultivo de marihuana, hallé “Los dos nacimientos de Dionisio” (“Difficult questions, easy answers” en el original en inglés) recopilación de escritos ensayísticos y divagaciones variadas sobre los temas favoritos o recurrentes de Graves: la poesía, la mitología, la investigación científica, la erudición, las drogas, las mujeres…Un cajón de sastre culminado por una entrevista al autor en la que no sólo muestra su saber enciclopédico y algún preocupante despiste, también exhibe la curiosa creencia de que el excesivo consumo de leche propició una supuesta alta tasa de población homosexual en los Estados Unidos del final de los años sesenta. Por último, en un almacén de la plaza Villa de Madrid, casi frente por frente del Ateneu de Barcelona, donde el PCC liquidaba existencias patrimoniales heredadas, sin duda, del autoextinguido para unos y asesinado para otros PSUC, entre otras las obras completas de Lenin, Marx y Engels, encontré “La Diosa Blanca”, libro que considero la obra cumbre de la producción de “no ficción” (horrible término) de Robert Graves. Se trata de un ensayo que debe mucho en estructura y metodología a “La rama dorada” del antropólogo social J.G. Frazer. Establece en el mismo que los pueblos prehistóricos y protohistóricos europeos, sedentarios y agrícolas, estaban organizados matriarcalmente y rendían culto a divinidades femeninas inspiradas por la Luna y que fueron los nómadas ganaderos centroasiáticos, posteriormente denominados indoeuropeos, los que introdujeron, casi en fraude de ley, el patriarcado machista y machote que ha llegado casi intacto, en sus planteamientos más negativos, hasta nuestros días, así como los dioses masculinos, ambos como formas de organización social y culto religioso respectivamente.

En el fondo sospecho que “La Diosa Blanca” fue escrito para justificar, si esto fuera posible de tal manera, ante su segunda esposa, Beryl Hodge, sus continuas infidelidades, naturalmente perdonables en un genio como era él, y que comenzaron con su secretaria y huésped Laura Riding, pues también establece la idea de que todas las mujeres son una sola, la propia Diosa Blanca, la Luna, de la que es un compulsivo e impulsivo adorador en sus múltiples encarnaciones en las que se manifiesta y que casualmente pasan por su lado, insuflándole la inspiración para su obra poética, cuya vasta extensión es inversamente proporcional a su escasa divulgación en español. Esta especie de socorrido y muy documentado “cariño no es lo que parece, te lo puedo explicar todo” de setecientas páginas le sirvió para acabar de pagar su casa en Deià, consagrarse como celebridad intelectual en el mundo anglopensante y pacificar, aparentemente, sus relaciones conyugales.

Mi enésima vuelta a la obra de ficción del británico constituyó un retorno a la decepción. A pecho descubierto ataqué “Las aventuras del sargento Lamb” y “Últimas aventuras del sargento Lamb”. No caí en la cuenta, sino por casualidad, de que al segundo volumen le faltaba una página, ya próximo el final, en la edición que había adquirido. El relato no se resentía en nada, lo que da cuenta, nuevamente, de la linealidad del estilo y las consecuencias casi anestésicas que había producido en mi intelecto. Volví a recordar el consejo de Josep Cots y confirmar su acertada clarividencia: “Robert Graves está bien para leer de vez en cuando”.

Karel Capek / Photo / c.1930 (c) Britannica ImageQuest

El otro ejemplo es un reconocimiento por opinión coincidente. Se produjo cuando pretendía completar la bibliografía traducida al español de Karel Čapek (pronúnciese Chapek y añádase el dato tópico de ser el creador del término robot). Concretamente buscaba el libro de crónicas periodísticas “Viaje a España” (1930), compuesto tras una estancia de varias semanas en nuestro. Fui agradable y sorpresivamente recompensado con un hallazgo inesperado, pues el volumen contiguo al deseado era “Apócrifos”, del mismo autor, conjunto de relatos que repasan la historia de la humanidad mediante personajes famosos o anónimos en clave doméstica, humorística y costumbrista. Josep Cots, con su habitual y elegante discreción, aparentemente sin esperar la obtención de respuesta alguna, cual si se tratase de la continuación de una conversación entre conocidos y no un previsible y formal intercambio de comentarios entre un cliente más y un asentadísimo librero, califica al autor como de igual de talentoso que Hasek, aunque no tan conocido como su contemporáneo y dipsómano compatriota. Seguidamente los adscribe a la misma cuerda jocosa y me deja mentalmente pasmado cuando culmina su intervención con la total y creíble autoridad del experto en el tema sobre el que perora, sentenciando: “Es curioso, existe un humor checo como existe un humor judío”. A riesgo de parecer pedante y presuntuoso, he de confesar que en mis cogitaciones sobre los autores que reconozco de mi gusto, realizo, inevitablemente, asociaciones, comparaciones y paralelismos y fruto de estos ejercicios, uno ya tenía archivado en la memoria como reconocibles ambos tipos de humor. Haber disfrutado con la lectura de Woody Allen, Groucho Marx, Vladimir Kaaminer o Isaac Bashevis Singer entre otros autores judíos y de los checos Hasek y Hrabal, además de Čapek, me motivó a aventurar una coda que para mi alivio fue aceptada con el “nihil obstat” de una sonrisa: “…y ambos muy parecidos”.

Abandoné el santuario en dirección a la estación de metro más cercana, alegre por lo adquirido y reconfortado por la coincidencia de criterios y, casi involuntariamente, mi pensamiento se fue al repaso de la vida y la obra de los tres autores checos.

Karel Čapek (1890-1938), filósofo de formación, periodista vocacional, dramaturgo y novelista, vierte en su escritura su idealismo filantrópico y humanista. Utilizó la ciencia-ficción para alertarnos sobre las consecuencias deshumanizadoras del progreso descontrolado en “R.U.R” y de su combinación con los totalitarismos en “La guerra de las salamandras”. La empatía permisiva que se extendía en algunos países del Viejo Continente por el triunfante nacionalsocialismo y que incluye a muchos de sus compatriotas, es criticada en “La peste blanca” y en “La madre”. Afortunadamente para su optimismo vitalista, el triunfo momentáneo de los bárbaros objetivos hitlerianos, cruelmente impuesto por sus tropas, no se adelantó a su fallecimiento, pues quizás esto nos hubiera privado del humor inteligente que nos brinda, aunque dosificado, en las obras anteriormente nombradas y a páginas completas en sus cuentos y relatos breves.

Jaroslav Hasek (c) Britannica ImageQuest

El currículum de Jaroslav Hasek (1883-1923) se puede resumir bajo la divisa “De todo hizo, casi nada bien”. Abandonó los estudios para escribir folletines, panfletos y artículos contra todo lo que se le pusiera a tiro y cuya legitimidad fuera evidentemente dudosa (Iglesia, burocracia, convenciones sociales…), fue bancario, traficante de perros, soldado y comisario bolchevique. Ideológicamente contradictorio basculó entre el anarquismo y la eslavofilia, sin perjuicio para ejercer la prédica del marxismo. Mal marido y peor padre, por nacimiento y modo de vida fue dos veces bohemio y siempre alcohólico. Apenas alcanzó los cuarenta años de vida y apenas también comenzó a paladear la gloria y los réditos del éxito que supuso, tras el fin de la Gran Guerra, la publicación del primer tomo de “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”. Esta obra supone la primera gran tragicomedia de la Mitteleuropa tan intelectualmente fructífera en “ismos” artísticos, ideológicos y filosóficos, en cuyo primer episodio autodestructivo Hasek sitúa a su protagonista. Este es una suerte de caballo de Troya de sí mismo y sus intereses más pedestres y materialistas, alistado voluntariamente en el ejército austro-húngaro tras el asesinato del heredero del trono imperial en Sarajevo. Su estrategia de buscavidas pasa por ejercer la más complaciente obediencia, hasta parecer estúpido, y conlleva la curiosa consecuencia de hacer visible todo lo que de absurdo e ilógico tienen las ordenanzas militares y su sistema jerárquico. El arsenal de anécdotas costumbristas y ejemplos de escarmientos en cabeza ajena que nos dispensa desde su aparente estulticia y con el que acompaña todas sus argumentaciones, hace extensivo este proceso y sus mismas consecuencias al resto de instituciones que, en su época, eran sostenidas gracias a la ceguera tribal ignara y voluntaria de gran parte de la sociedad.

De Bohumil Hrabal (1914-1997) se puede decir que fue un tipo entrañable sin necesidad de haberle conocido. Como Hasek, desempeñó unos cuantos oficios (ferroviario, administrativo, cartero, metalúrgico, empacador de papel …) algunos con la misma fugacidad, aunque en su caso completó los estudios de Derecho. Celebró la consecución de la plaza de ferroviario paseándose por Praga con su uniforme y sin sus zapatos, no se sabe si antes o después de emborracharse. No pudo publicar hasta la apertura ideológica que siguió al final de la era estalinista y acabó con la invasión soviética de 1968. Volvió a figurar en la lista de los autores prohibidos, aunque sus obras se popularizaron por todo el país en ediciones clandestinas. Años más tarde, algún jerarca pensó que no sería perjudicial para el régimen el que sus gobernados leyeran las ocurrencias de un tipo que confiesa: “el mejor momento del día es cuando puedo sentarme a beber un vaso de cerveza”, allanándose su camino a la gloria literaria.

Su experiencia laboral como ferroviario le inspira la escritura de “Trenes rigurosamente vigilados”, la de empacador le alumbra “Una soledad demasiado ruidosa” y otro ejemplo de su talento lo constituye “Bodas en casa. Vita Nuova. Terrenos yermos”, autobiografía novelada en tres partes y relatada en primera persona por su esposa. Modestamente y por razones sentimentales, creo que “Yo que he servido al rey de Inglaterra” es su obra maestra. En ella narra la vida de un niño-aprendiz de camarero, destetado sentimentalmente antes de tiempo, durante la eufórica locura de entreguerras y prosigue durante el posterior proceso de devastación de la Mitteleuropa de la cual constituye la segunda gran tragicomedia. Su apenas nombrado protagonista, sin perder la ingenuidad, adquiere habilidades picarescas y acumula una ingente cantidad de billetes de 20 coronas que obsesivamente extiende por el suelo de la habitación del hotel en el que trabaja. Envenenado por “la fuerza del dinero”, espera obtener el reconocimiento social, el amor y un establecimiento propio. El rechazo de sus paisanos hace que se entregue a la causa de los invasores nazis para probar mejor suerte y el resto del relato corre en paralelo a las desgracias del protagonista y las que acontecen a su patria. Al igual que en “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”, el sarcasmo, la ironía, la mofa y la befa lo hallamos en las anécdotas que abundan en la primera parte del relato, de las cuales se pueden extraen algunas consecuencias y que el autor hace protagonizar o referir a sus personajes. El tono humorístico es más agridulce, quizás porque Hrabal tiene visión de conjunto de la historia reciente de su país y de las duras vicisitudes que han soportado sus compatriotas. El protagonista es tan defectuosamente humano como el que suscribe, razón por la cual me provoca un irrefrenable sentimiento de ternura y melancolía. También su autor a quien, después de dispararnos al pecho, lado corazón, tales obras, un día se le ocurre bajar cinco pisos por la vía más rápida, la ventana, para poner remedio a no se sabe bien qué penas.

Otras divagaciones durante el trayecto me llevaron a caer en la trampa de elaborar listas de humores locales puestos por escrito y algunos de sus autores, como el gallego con Camba, Cunqueiro y Cela o el inglés con Sharpe, Woodhouse y Waugh … Y en eso estaba, cuando me percaté de que había pasado de largo mi estación de destino y llegaría con cierto retraso para asistir, desde mi sofá, a la retransmisión gratuita por televisión de un partido de fútbol, otro de los lujos del siglo que paladeo con fruición y sobre el que quizás algún día componga algunas líneas. De los honrados libreros de cabecera no tengo más que decir, solamente desear para ellos los mejores augurios y la protección de las divinidades que velan por el gremio.

  1. Moscu Calling

    La nueva entrega del joyero es magnífica como siempre, no he leído nada de Graves y me pica la curiosidad. De los tres checos sí he leído algunos libros, me gustó especialmente el dedicado a las aventuras de Schwejk que me hizo reír mucho. Tendría que volver a ellos, aunque solo sea por la pinta de cerveceros que gastan.

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