La biblioteca fantasma

Dos florines y medio

Posiblemente sea este ejemplar roído, sucio y maltrecho el que con más cariño guarde en mis estantes. Me hice con uno hace años, pero lo perdí, y hasta ahora no había vuelto a toparme con ningún otro, pese a haberlo buscado con ahínco. Se trata de La lladre de criatures, de Erkmann Chatrian, nombre bajo el que se ocultaba una pareja de escritores franceses conocidos especialmente en España por la inclusión de algunas de sus obras en la colección Austral.

Lo que me interesa de este libro es el traductor, Josep Pla. O más precisamente la historia de la traducción. Pla la pergeñó durante su estancia en Berlín, entre 1923 y 1924, y se ayudó para ello de Eugeni Xammar y de Aly Herscovitz. Berlín, en aquellos años, tenía más habitantes que ahora; era una ciudad monstruosa recién salida de una guerra –de una derrota- y sumida de lleno en un proceso inflacionario. Abundaban los cafés y los cabarets. Los lugares destinados al ocio podían ocupar manzanas enteras donde cientos de camareros hilaban las mesas sirviendo bebidas y comidas. Los viajeros, especialmente los españoles, se sorprendían del bullicio, la vitalidad y muy especialmente de la cantidad de chicas y mujeres que atestaban las calles. Pla, Aly y Xammar debieron de trabajar en casa de éste, en la Kantsstraße, muy cerca del Romanisches Café, lugar de encuentro habitual de escritores y periodistas; cabe suponer que, además, lo harían en la pensión donde convivían Pla y Aly y en los cafés y restaurantes que habituaban y en los que Pla practicó, como él mismo diría años después, un rufianismo elemental.

Aly fue conducida a Auschwitz en julio de 1942. Pla apenas dejó su nombre en cuatro cuartillas y de ella solo tenía memoria su sobrino, que guardaba unas fotografías familiares en su piso de París. En 2002 Arcadi Espada vino a Berlín. Comenzó a tirar del hilo –del nombre de Aly- y tres años después un grupo de amigos terminamos por recuperar todos los fragmentos de su vida para, finalmente, darle tumba, algo que miles y miles de personas asesinadas entre 1933 y 1945 no tienen todavía.

Este libro impreso en Valls por Eduard Castells es un fragmento más de la vida de Aly Herscovitz. Cómo no verla en este texto lúgubre ambientado en la Alemania romántica. Cómo no verla en las únicas notas que el Pla traductor pone a pie de página y en las que hace referencia a monedas antiguas: el kreutzer, habitual hasta la llegada del marco a finales del siglo XIX, y el gulden, el florín holandés (Aly había vivido algunos años en Holanda), del que Pla da nota precisa: “dos gulden i mig valen un dolar”.

Después de tantos años de trabajo recorriendo Europa y hendiendo el tiempo a través de lecturas y consultas en archivos y bases de datos en internet, solo me quedan los ensueños. Echar mano de la imaginación para rememorar de forma nebulosa cómo Aly explicaría a Pla, en esos años bulliciosos y febriles, el significado de una palabra, la grafía correcta de un nombre en alemán, el valor exacto de dos gulden y medio.