La biblioteca fantasma

El viajero impenitente

por Ricardo M. López Bella

 

Desde tiempo inmemorial, así lo consigno no por comodidad, sino por tratarse de algo completamente cierto, colecciono, y leo, libros de autores extranjeros, ya sean viajeros o residentes en nuestro país, que vierten sus opiniones sobre nosotros los nativos, además de otras consideraciones sobre la política, la geografía y los rasgos diferenciales con respecto al resto del pasaje del planeta. Reflexiono a continuación de escribir lo anterior y concluyo que cometo una relativa incongruencia, pues el carácter me lleva a desinteresarme sobre la opinión que tengan mis paisanos de uno mismo, los muy pocos que tienen conocimiento de mi existencia, claro está. El reducido universo humano que me distingue con su amistad, lo hace a pesar de mis defectos, si es que los llegan a percibir, algo que agradezco infinitamente e intento igualar cuando confieso ser incapaz de apreciar alguno en ellos. Los demás congéneres con los que intercambio banalidades o simplemente saludos, no despiertan en mí ni una pizca de curiosidad por saber como me calificarían y, aunque soy conocedor de ciertas maledicencias aireadas con muy malsana intención, ni siquiera esto me mueve a agraviarles de palabra, menos de obra, pues no merecen tal esfuerzo, como por ejemplo lo hiciera Baroja con algunos lectores muy negativamente críticos a los que deseó “el más incómodo de los catres en la más desagradable sala de tiñosos de cualquier hospital”.

Quizá me equivoque al afirmar que el primer libro de tal colección fuera “Al sur de Granada” de Gerald Brenan. Que más da. Sí recuerdo las circunstancias personales que atravesaba cuando apareció ante mí y que guardaban cierto paralelismo con las propias mencionadas por el autor. He de confesar, y no es a cuenta de disculpa, que a veces experimento un hormigueo de infantil vanidad cuando coincido en ideas, vivencias u opiniones con las contadísimas personas a las que admiro, amistades aparte, y que no pasan de ser escritores, descartados hace muchísimo tiempo, futbolistas y saltimbanquis canoros. En este caso, hacía unos meses que había regresado del servicio militar, “la guerra” en la jerga callejera de los más bizarros, y solía deambular por las calles de mi ciudad con una estúpida sensación de inminencia que presuponía encontrar un acomodado lugar bajo el sol, desconocía la modalidad, que trajera como consecuencia la claridad de ideas, aunque lo óptimo hubiera sido invertir el orden, naturalmente. Brenan deambulaba por las calles de Londres con parecidas pretensiones al regreso de su participación en la Primera Guerra Mundial, una guerra como dios manda, con millones de muertos, muchísima estupidez e interesada falsía, además de beneficiarios de toda laya.

“Al sur de Granada”, en el que Brenan narra el trayecto recorrido en su búsqueda interior con referentes exteriores, es al mismo tiempo que unas memorias fragmentarias, un libro en el que se sirve de la antropología, la sociología y la historia para explicar los modos de vida, las costumbres ancestrales y las formas de relacionarse de las gentes humildes, y de las que no lo son tanto, de la comarca de la Axarquía, herencia de los pueblos que anteriormente la habitaron y donde decidió ubicarse para acometer dicho proceso. También, como libro de viajes, no deja de maravillar por las descripciones de los paisajes por los que se extravió y su increíble y cambiante climatología.
Con los años siguieron otros libros que por orden de hallazgo, no de producción (los años corresponden a las primeras ediciones en español), cedo a la tentación de reseñar:

• “El laberinto español” (1962), adquirido en una librería años atrás desaparecida de la calle Canuda, constituye un perfecto manual para extranjeros que quieran proceder al intento de desentrañar como se llegó, en nuestro país, a la situación de avispero enfurecido de 1936. Estructuralmente quizá fuera inspirado por “España: ensayo de historia contemporánea” de Madariaga, aunque la diferencia estriba en la objetividad mantenida a rajatabla por el británico. Que un foráneo ofrezca explicaciones tan sencillas sobre los precedentes del mayor desencuentro patrio que vieron los siglos y cuyas vísperas y primeros episodios contempló in situ, mientras llevaba a cabo el proceso de encontrarse a sí mismo, puede parecer paradójico, pero quizás sean estas las mejores condiciones para clarificar unos hechos sobre los cuales, los españoles, necesitamos añadir unos cuantos grados más de complejidad, pues esto es lo que nos sugiere tamaño encontronazo de soñadores y cainitas amalgamados entre rojos y azules.

• “Una vida propia” (1989), exquisito ejemplo, uno más, de la escuela anglosajona, si la hubiere, de la autobiografía. Narra los años de infancia y adolescencia y el periodo bélico, por lo que cronológicamente se ha de situar con anterioridad a lo relatado en “Al sur de Granada”. El autor toma la distancia idónea de su persona y con equilibradas dosis de humor, ironía, crítica acerada, sarcasmo y elegancia, según lo requiera la ocasión, nos muestra como se generó su vocación centrífuga, ejercida durante toda su vida con periodos de aparente sedentarismo, qué factores contribuyeron a alimentarla (padre y escuelas de inspiración victoriana) y su primera materialización en forma de escapada del hogar con duración e itinerario limitados por la falta de recursos y facultades para procurárselos. El título parafrasea el del alegato feminista “Una habitación propia” de su amiga Virginia Woolf y ambos relatos constituyen muestras divergentes de lo que cada uno de ellos creía que era necesario para emprender la forja de la personalidad propia. Coincido con las tesis de la suicida, ¡oh, vanidad hormigueante! ya que mis padres no me proveyeron de habitáculo particular hasta los 22 años y he de reconocer que tal disponibilidad fue bastante importante para mi proceso de desmamarrachización.

• “Memoria personal. 1920-1975” (1976), completa la trilogía que inició, sin ser este su propósito, con “Al sur de Granada” y prosiguió con “Una vida propia”. Su escritura es igualmente sincera, equilibrada y lúcida, pudiéndose calificar como la culminación de la madurez intelectual y personal de su autor. Todas sus páginas despertaron y mantuvieron mi atención e interés durante su lectura, pero no resisto destacar las dedicadas a narrar sus relaciones con los componentes del “Grupo de Bloomsbury” (Leonard y Virginia Woolf, Ralph Partridge, Roger Fry, Lytton Strachey…), algunos de sus satélites y otras celebridades como Bertrand Russell, Ernest Hemingway o E. M. Forster, ejercicio de puro y exquisito cotilleo sobre la intelectualidad de la época, así como las que tratan de su agridulce relación sentimental con Dora Carrington, perfecto ejemplo de amor imposible.

• “La faz de España” (1985, antes, “La faz actual de España”, 1952), libro de viajes en el que relata su paso por la España franquistamente consolidada en 1949, acompañado por su esposa, la poetisa estadounidense Gamel Woolsey, y en el que reseña, en diversas ocasiones, la tristeza que le asalta al observar como influye en el carácter de muchos españoles el resultado de los diez años de “la paz de los cementerios”. A resaltar también el capítulo en el que narra sus pesquisas para esclarecer las circunstancias del asesinato de Lorca y el paradero de su cadáver.

• “Pensamientos en una estación seca” (1985), hallado en un lugar tan extraño como el Hipercor y junto a otro libro de temática olvidada en un pack de oferta. El criterio de unión para el tipo del departamento de ventas fue, claramente, el tamaño similar de ambos volúmenes. Se trata de una recopilación de aforismos producto de las lecturas de casi toda una vida.

• “San Juan de la Cruz: biografía” (1974), no sólo se trata de una biografía del poeta místico, sino de un análisis histórico de la época y un estudio crítico de la obra, todo manufacturado con rigor academicista, lo que no supone que el lector se vaya a aburrir, pues la prosa de Brenan se encarga de agilizar el desarrollo del escrito. Gracias a esto, su lectura es tan recomendable para los legos en el tema como imprescindible lo pueda ser para los incondicionales del granadino y del británico.

• “La copla popular española” (1995), es una antología destinada al público anglosajón de la producción lírica de nuestro país. Abarca, según Brenan estima en el prólogo, “los últimos cien años”, aunque muchas de las coplas recogidas son reelaboraciones de composiciones originadas en siglos anteriores, las más remotas de las cuales las comienza a datar partir de la Edad Media. No contempla, ni lo pretende, la exhaustividad monumental de la obra de estudiosos consagrados o deificados como Menéndez Pidal, pero es más que un simple estudio introductorio y su interés es extensible a toda persona atraída por su temática, ya sea anglosajón o hispano, licenciado o bupero.

Cuando adquirí “Al sur de Granada” (1974) por seiscientas pesetas, además de por el precio y la temática, lo hice porque me vinieron al pensamiento las dos únicas referencias, si así se pueden calificar, que tenía arrinconadas en algún remoto departamento mental asimilable al “cajón de sastre”, y que no dejan de ser curiosas por distintas razones. La primera y más simple, es que el título, sin duda alguna le había servido al letrista de una canción de Miguel Ríos, si no lo era él, para alumbrar un pareado “al sur de Granada/ con la sierra por morada…”. La segunda quedó fijada en mi memoria un domingo, en el que por efecto de una resaca adolescente, miraba sin ver el telediario que presidía la deleitosa deglución del arroz familiar. El busto parlante leyó una noticia cuya literalidad me fue imposible fijar, pero cuyo resumen me sigue pareciendo surrealista aún a día de hoy: un turista español que visita Londres, halla un hispanista británico ingresado en una residencia de ancianos. La sintaxis del lenguaje periodístico televisivo, desde hace demasiados años, carece de ambición, lo que llevó a mi imaginación a ampliar la información por su cuenta, estableciendo la figura de un compatriota algo maniático, que en sus viajes al extranjero se dedica a visitar los depósitos de personas, no se sabe con qué finalidad, aunque sí con la esperanza de encontrar eminencias fuera de circulación, de la disciplina que sea, relacionadas con España. La realidad, que sólo coincidía en una infinitésima parte, se completó con el tiempo y se aproximaba al “teatro del absurdo”: cuando su traductora y el marido de esta, con los que convivía en una casa de Alhaurín el Grande, comprobaron que las cuentas de Gerald Brenan lo rebajaban a la categoría de indigente, se las arreglaron para facturarlo a un asilo de Londres, donde lo “encontró” un enviado de la Junta de Andalucía. Negociaciones entre los gobiernos español y británico permitieron su “desrepatriación”, financiada por un grupo de amigos, a la que siguió su ingreso en un asilo de Sevilla, mientras se le acondicionaba, en el que sería su último domicilio, de nuevo en Alhaurín el Grande, una habitación propia con televisión, dos enfermeras y reconocimientos honoríficos varios.

Edward Fitzgerald Brenan hizo de su vida un interminable viaje que comenzó como un fugitivo espiritual, prosiguió como nómada en busca de asentamiento para su personalidad y una vez asumido dicho proceso, pasó a narrarlo, articulando así una parte de su obra, quizás la mejor. El 19 de enero de 1987 emprendió su postrer viaje, el que algunos creen que conduce a la eternidad. En vano, para él habían de pronunciarse las palabras rituales “en paz descanse”, pues los viajeros empedernidos e impenitentes nunca lo hacen.

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