La biblioteca fantasma

Señor Blas, Monsieur Meursault


Por Ricardo M. López Bella

El día que me procuré un ejemplar de “El extranjero” de Albert Camus, no fue uno de los mejores de mi vida de estudiante, tampoco el peor. A la clase de primera hora no llegué a tiempo. Encontré la puerta -valla del instituto irreversiblemente cerrada. El señor Blas, el conserje, era incorruptiblemente puntual, razón por la que no contemplé la posibilidad de llamar al timbre. Me largué al Passeig Marítim para consumir el tiempo, hasta la segunda clase, a pesar de correr el riesgo de que la policía, que por aquel entonces había abrazado la noble causa de luchar contra el absentismo escolar, pudiera pedirme que rindiera cuentas sobre mi solitario peripatetismo.

Lo primero que hice al acceder al aula, fue apoderarme de la hoja de (in)asistencia que sola e indefensa reposaba en la mesa del profesorado. Fui saludando a los míos conforme me los cruzaba y aguantando sus pullas sobre mi “campana”. El resto de las horas lectivas fueron pasando con la misma monotonía de un paisaje yerto durante un largo trayecto ferroviario.

Una vez liberado, con el mismo alivio que presumo experimentarían mis profesores, regresé a casa y emprendí la práctica de los rituales habituales: saludar a mi madre, escuchar música hasta la hora de comer y una vez llegada la misma, embucharme los manjares por ella preparados.

La sesión de tarde en el instituto tampoco fue muy diferente a la matinal. La variación llegaba al final de la misma: con mi amigo JM recorría las aulas buscando libros olvidados o dejados para las clases del día siguiente por nuestros condiscípulos. Tuvimos suerte este día: nos hicimos con la novela de Camus y una gramática de francés. La lectura de “El extranjero” estaba programada en la asignatura optativa de Ética, que yo no cursaba, y la gramática se utilizaba en el lejano COU, pero costaba más de dos mil pesetas, única razón válida para que cambiara de dueño.

Cuando enfilábamos el pasillo hacia las escaleras, sonrientes por nuestra rapiña, apareció el señor Blas con su sempiterna cara, casi un emblema, de no amistarse con nadie y nos ladró una pregunta que tenía también mucho de reproche y bronca: “¿qué hacéis todavía aquí?”. Mi compinche respondió, sin detenerse, un rápido “molvidadunlibro”, pues no hacía falta más consideración con un adulto que no era docente y al que la rumorología, expresada por medio de algún alumno, seguramente inducido por un padre maledicente (pues estas cosas son impropias de las madres) lo situaba como antiguo funcionario de la policía franquista. A seis años vista de la tranquila, que no indolora, muerte del dictador, aquello debía sonar a extorturador despiadado e implacable, pero no creo que ninguno de los transitorios usuarios del lugar tuviera los suficientes conocimientos de la historia reciente del país como para llegar a tales conclusiones. Al día le quedaban pocas horas para expirar y reencarnarse en otro insoportablemente idéntico y uno volvía a casa porque no había más remedio que hacerlo. Recorrí el camino con la desgana propia de quien no tiene nada que hacer ni allí de donde parte ni en el lugar al que se dirige.

Después de cenar comencé a hojear el libro y en pocas páginas mi atención se tornó hipnótica. Esta circunstancia no pasó inadvertida a mi madre que me preguntó de donde lo había sacado. La respuesta era fácil: me lo había prestado un amigo, lo que encubría el robo y situaba en el limbo su devolución. En aquellos días no existía la interrelación de carácter orwelliano entre profesores y padres, dirigida a controlar los deberes a realizar tales como las lecturas obligadas en cada asignatura. Ella me recomendó que no me quedara hasta muy tarde leyendo, lo que suponía un permiso oficioso e inesperado, por extraordinario, para que acabara tranquilamente con la actividad que tanta concentración me requería. No puedo, en mi recuerdo, ubicar a mi padre, tampoco a mi hermano, a pesar de lo exiguo de la vivienda familiar. La fría actitud de Meursault tras el fallecimiento de su madre y la supina indiferencia, rayana con el desprecio, ante su posible promoción profesional y ante una propuesta matrimonial, absorbió toda mi atención y penetró fácilmente en mi espíritu de adolescente en inconsciente búsqueda de patrones para articular la manera de afrontar su existencia. A medida que avanzaba en la lectura percibía como óptima la elección de intentar asimilar tal actitud. Pensaba que me ganaría el respeto de mis semejantes, y quizás, de paso, la admiración y algo más de alguna condiscípula, tal y como había visto que resultaba con otros tipos, también de ficción, y de conductas medianamente próximas a la ataraxia que profesa aquel. Así se me antojaba que pudiera darse y se me hacían presentes algunos de esos otros tipos: Rick de “Casablanca”  o Red Bailey de “Retorno al pasado”.

Las únicas dudas se me plantearon a partir de los “cuatro golpes breves” con los que el protagonista “llamaba a las puertas de la desgracia” y que no me sentía capaz de aprobar y mucho menos imaginar que pudiera emular, pero la incoherencia propia de los quince años enseguida me facilitó el retomar mi admiración por él. También ayudó el hecho de que mantuviera su actitud durante su procesamiento. No hay remordimiento alguno cuando declara, sin intentar exculparse ni disculparse, que lo ocurrido había sido debido al excesivo calor del día de autos. A mis ojos seguía siendo un tipo esculpido en una sola pieza del más duro material, como me hubiera gustado estar hecho a partir de aquel día y durante el resto de mi vida, aunque sin tener  que llevarme a alguien por delante.

Admiré también la contraproducente y brutal sinceridad que contribuye a su perdición y que le hermana con Bartleby, aunque para ello tenga que manejar un vocabulario más extenso, algo que resulta muy fácil, que el exhibido repetitivamente por el escribiente que concibió  Melville.

Años después, durante el inacabable proceso de cultivación del magín propio, he podido conocer las opiniones, explicaciones y descalificaciones que otros intelectuales de diversos campos expresaron sobre el personaje y su actitud vital: prototipo de ser deshumanizado y desideologizado profetizado para el futuro; fábula sobre el carácter de las sociedades occidentales de posguerra mundial y guerra fría y algunas otras, todas muy correctamente expresadas, razonadas y respetabilísimas, pero que nada tienen que ver con las interpretaciones que yo extraje durante la lectura de la novela de Camus y el posterior ejercicio reflexivo que esta suscitó, ni hicieron disminuir un ápice el asombro y la admiración que me provocó la personalidad de su protagonista, lo que viene a ser una prueba, otra vez más, de la cantidad de conclusiones y la disparidad de las mismas que una obra maestra puede sugerirnos.

Un Comentario

  1. Juanjo.

    Es que eras tú el destinatario. Los libros no se roban; se interceptan o no se devuelven. De la misma manera que no se le puede quitar a otro su novia, sino solamente la tuya propia.

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