La biblioteca fantasma

Las novias muertas

De Bazar, este libro de cuentos de Samuel Ros, se ha dicho siempre, tanto en las reseñas aparecidas tras su publicación en 1928 como en los estudios más recientes, que fue escrito bajo la influencia de Ramón Gómez de la Serna. Se insiste en que es un libro humorístico lleno de imágenes sorprendentes que recuerdan a las greguerías y a otros juegos ramonianos. Ahora bien, cuando uno desbarba sus páginas y se apresta a leerlo descubre que sus cuentos desprenden, sobre todo, esa “poesía misteriosa” que los hace “discretos y silenciosos”, como dijera Trapiello en Las armas y las letras. El humor, que también lo hay, está velado siempre por la tristeza. Y es ésta su principal característica: una tristeza que cubre todas y cada una de sus palabras. ¿Cómo no iba a hallarse la tristeza en un cuento sobre un coleccionista de lágrimas, en otro sobre el suicidio de un escritor, o en la historia de un poeta paranoico que deseaba que nevara el día de su entierro (cosa que, casualmente, le ocurrió al propio Ros)?

Samuel Ros

De la vida de Samuel Ros (1904?-1945) hay varios testimonios recogidos en libros, memorias y artículos. Su cuñado, el doctor Carlos Blanco-Soler, que fue también su amigo, le dedicó un emotivo ensayo biográfico titulado “La vida atormentada de Samuel Ros”. Se publicó en 1947 en la revista Cuadernos de literatura y sirvió posteriormente como presentación del escritor en algunas antologías de sus obras. Los usos de la época y la proximidad familiar del biógrafo evitaron ciertos detalles que algunos considerarían frívolos y otros indiscretos. En 1972 Medardo Fraile le dedicó un libro titulado Samuel Ros (1904-1945): hacia una generación sin crítica. Extraordinariamente documentado, aporta más detalles sobre su trágica y complicada existencia. El colofón biográfico lo pone en 1986 Juan Ramón Masoliver con las confidencias publicadas en la revista El ciervo: “Cuando la terrible ausencia me comía medio lado”.


Fuente: Ministerio de Cultura

Ros era compañero inseparable de Gómez de la Serna. Asiduo a la tertulia de Pombo, podemos verle en la divertidísima “Esencia de verbena” junto a Ramón y a quien calificaría como su mejor amigo: Miguel Pérez Ferrero. Publicó su primer libro, Las sendas, con diecinueve años.

Inscrita en el naturalismo tardío, esta primera obra de corte tradicional moralizante ya problematiza la posición social del escritor, representando la reflexión estética un fenómeno concomitante de la autorreflexión. Pepe, el protagonista, es un representante tardío, pero típico, de la “abulia” tematizada por los autores de la generación del 98. En lugar de prepararse para tomar el relevo de su padre, un rico campesino y cacique valenciano, el joven abúlico se dedica a la lectura de literatura erótica trivial -Joaquín Belda, Emilio Carrere, Antonio de Hoyos y Alberto Insúa- como el “único refugio de sus aburrimientos pueblerinos”. La literatura de evasión le distancia de la vida del campo, primitiva y animal, despertando en él el deseo de la bohemia y de la fama artística. Como un “nuevo don Quijote” con fe en sus ilusiones, abandona el camino seguro de la tradición familiar, entregándose al camino de la perdición. Irremisiblemente se hunde en los vicios, puesto que resulta ser demasiado débil para seguir el “pedregoso camino de las letras” y realizar su pretendida vocación. […] De la bohemia de opereta en Valencia a la existencia marginal e inestable en Madrid, donde desperdicia la herencia paterna, el fracaso del protagonista obedece a una razón edificante. Como paria de la metrópoli […] el escritor fracasado se pierde en la masa de los hombres de la gran ciudad, aquellos “muñecos irresponsables”. Cobarde y sin voluntad, no se atreve a suicidarse y encuentra finalmente la salvación al servicio de una teoría política redentora.

[…] En toda su banalidad, la historia del escritor abúlico y sin carácter que se adhiere a un partido como propagandista literario en busca de publicidad puede ser leída retrospectivamente como parábola de aquel “pacto con el diablo” que Ros y otros autores de su generación iban a sellar con el fascismo. Sin embargo, en la España de 1923 el literato joven y acomodado ve este peligro en las filas de la izquierda. Ros cierra su novela con una moral simplista y conservadora […] El destino le sorprende a través de dos policías, cuyas balas alcanzan al hijo pródigo del cacique de pueblo ante la vista del cementerio de su tierra, poco antes de llegar a la tumba paterna. En consecuencia […], la actividad artística del literato implica la negación de la tradición histórica y su garante, la familia, así como la suplantación de la realidad por ilusiones fatales o ideologías. El escritor representa una existencia marginal fracasada, sin voluntad ni carácter, bohemio y anarquista.

Mechthild Albert. Vanguardistas de camisa azul.

Efectivamente, Samuel Ros se afilió a Falange. Fue amigo y camarada de Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Eugenio Montes, Tono o Alfonso Ponce de León. Tono, por cierto, es quien dibuja la portada de Bazar, y Ponce de León quien hiciera la de su siguiente libro, Marcha atrás. Ros provenía de una familia adinerada de Valencia y parece que él mismo dirigía algún negocio. Un detalle biográfico inédito: en 1932 un “Samuel Ros Pardo” fue declarado en rebeldía y condenado a pagar sesenta pesetas a cada uno de los dos jornaleros a quienes debía el salario de un mes y que trabajaban en la casa Pro-Dir. Posiblemente se trate del mismo Samuel Ros, pero no he encontrado ninguna referencia a sus negocios durante esa época, en la que todos le describen volcado en la literatura y en el amor.

El 7 de diciembre de 1933 apareció el primer número del periódico F. E., “la única publicación de nuestro movimiento autorizada por el mando”. Samuel Ros colaboró con un artículo titulado “A la media vuelta”. Dos números después reseñó un libro de Gregorio Marañón. Y el 25 de enero de 1934, en el cuarto número, se ve obligado a justificar su afiliación a Falange ante un “condiscípulo” que admiraba su literatura vanguardista. El artículo es un tanto confuso. Declara no saber si es fascista, alude a la armonía de la mecánica celeste y termina declarando ser un hombre “enamorado del mundo” que muere “diariamente por el amor que por todos” siente. De quien estaba realmente enamorado Samuel Ros era de Leonor Lapoulide Cuyás. Los había presentado Miguel Pérez Ferrero. Dionisio Ridruejo, que en sus memorias hace un inteligentísimo y pormenorizado retrato de Ros, habla de su relación con Leonor:

“El amor sentimental y el amor carnal eran para el adulto Samuel la misma cosa, algo fundido e integrado. Para mí eran aún algo escindido. Enamorado sentimentalmente, me avergonzaba de “mi” animal si se hacía patente y rechazaba su evidencia, mientras la gimnasia erótica quedaba estigmatizada como un pecado agradable. […] Lo cierto es que Samuel, que tenía a una muchacha de vida alegre -una Margarita, una Mimí- como amiga, seguía viviendo en casa de su madre y de sus hermanos y la aventura literaria, aunque vivida con pasión, podía pagársela. Así su oposición a la moral “pequeño-burguesa” estaba duplicada de seguridad burguesa, lo que él sabía muy bien y le inspiraba una mala conciencia que, en definitiva, le obligaba a extremar, en términos de “filosofía personal” compensatoria, su desprecio por la mitad condescendiente de su vida y su entusiasmo por los aspectos liberados de ella”.

Esta reflexión de Ridruejo tenía un referente biográfico que desvela Medardo Fraile. A la familia de Ros no le gustaba la lorette Leonor, así que le buscó a Samuel una señorita oficial con la que paseaba de vez en cuando para calmar las agitadas conciencias familiares. Sigue Ridruejo:

“[… a Leonor] yo sólo la había visto un par de veces, pues en los días de mi último viaje se encontraba ya enferma. Era una muchacha de alegría irradiante, rubia, flexible, un poco llena de cara. Se parecía a la actriz alemana Anny Ondra. La noticia de su muerte me llegó a Segovia por una carta de Echarri. Me contaba el caso sumariamente y nunca supe de él todo lo que Medardo Fraile cuenta en su libro”.

Anny Ondra

Lo que Medardo Fraile cuenta en su libro es que Leonor quedó embarazada. Enrique Jardiel Poncela le dio a Samuel Ros las señas de una mujer que podía ayudarla a abortar. Leonor murió. Juan Ramón Masoliver lo cuenta de otra manera, incidiendo en el sentimiento de culpa de Ros: “…su amante Leonor, una rubia de irradiante alegría, creo que del género alegre, su compañera en la bohemia y en la ardiente vanguardia, política también, y de cuya muerte -en castigo de no sé qué contagio- Samuel se sintió siempre culpable”.

Al parecer, Samuel Ros pasó una pensión mensual a la familia de Leonor y visitaba su tumba con frecuencia. A veces le acompañaba el mismo Ridruejo:

“Llegaba allí, besaba la pared de la muerta, encendía dos cigarrillos y dejaba uno en el reborde del nicho, humeando, mientras él, sentado en una lápida, fumaba el suyo, llorando sin ruido, sin sacudidas, como una fuente que gotea. Este hombre de rostro moreno, nocturno, alunado (“moreno de verde luna”) con fuertes rasgos semíticos y pupila negra que desbordaba en el iris, tenía el don romántico y antiguo del llanto. Lo he visto llorar al segundo whisky entre los exornos náuticos de un club nocturno y, torrencialmente, oyendo La Bohème de Puccini. Lloraba derramándose”.

http://hispaniarum.blogspot.com/2010/12/leonor.html

Llegó la guerra, rompiendo y rasgando vidas. Regalé un ejemplar de Marcha atrás dedicado por Ros a Vicente Llorens, exiliado posteriormente a la República Dominicana. Eran amigos. En los primeros meses muere asesinada la novia de su camarada José María Alfaro; también muere asesinado su amigo Ponce de León. A Samuel Ros se le busca y se le persigue. Logra refugiarse en la embajada chilena junto a su hermana Vicenta. Es conocida la fotografía en la que aparece Ros junto a Rafael Sánchez Mazas cuando éste está leyendo su novela Rosa Krüger. Urge acudir a los diarios de Morla Lynch. Efectivamente, allí está Samuel Ros. El 14 de abril de 1937 el diplomático dirige una evacuación en autobús, la primera de la embajada. Llegan los cincuenta y tres refugiados a Valencia tras algún percance (se estrella el coche de retaguardia en un terrible accidente) y Samuel Ros viaja a Chile. Morla Lynch dice que fue en el Tucumán, un barco argentino. Samuel Ros cita el Orduña. El día 15 de abril partió el Tucumán desde Valencia, pero Ros no aparece en la lista de pasajeros, por lo que he podido ver en el libro Heroísmo criollo, de Clara Campoamor y Federico Fernández-Castillejo. Qué más darán estos detalles.

Samuel Ros y Rafael Sánchez Mazas (fragmento)

Tampoco importan mucho los que sugiere Medardo Fraile sobre la posible relación de Ros con una tal Martha, ya en Chile. En aquel país se dedicó a una intensa actividad política, sin abandonar un instante la literatura. Barajaba bien, como tantos otros aquellos años, las cartas de las armas y las cartas de las letras. Samuel Ros llegó a San Sebastián en verano del 38 junto a Eugenio Montes. Comenzó a dirigir la revista Vértice, una de las más espectaculares publicaciones que vieron la luz durante la guerra. Poco después fue sustituido, si no de forma algo turbia sí de una manera traumática, por José María Alfaro. En San Sebastián conoce, gracias a Jardiel Poncela, que de nuevo aparece entremezclado en la vida de Ros, ejerciendo la tercería como un diablillo pendenciero, a la actriz María Paz Molinero.

María Paz Molinero

Curiosamente Medardo Fraile no alude a la situación marital de la actriz: estaba casada con el también actor Luis Porredón. La relación entre María Paz Molinero y Samuel Ros fue profunda, no exenta de sombras densas y terroríficas. Durante una gira de la actriz -acompañada de su marido, según Juan Ramón Masoliver-, Ros deshizo las sombras de su soledad con una universitaria, hermana de un periodista amigo. No he podido averiguar el nombre de este periodista. La hermana respondía a las iniciales B. S. P. En el enredo participó también un diplomático, J. B. La chica se suicidó cuando se entero no sólo de la relación sino también, de nuevo según Masoliver, cuando supo de las “pruebas del contubernio, y del clandestino fruto del mismo: un varoncito que […] quedó registrado, gracias a las argucias jurídicas del ínclito Román Escohotado, amigo y comediógrafo también, como el hijo de Samuel Ros y de N., es decir sin madre alguna”.

El hijo de Ros, de nombre Fernando Samuel, murió a los veintinueve años, el día 23 de mayo de 1971. Había casado con María Teresa Redondo Huertas y tuvo descendencia, un hijo llamado Fernando. En la esquela publicada en el Abc María Paz Molinero sí aparece como su madre.

Fue la vida de Samuel Ros breve y apasionada, de un romanticismo canónico. Era un hombre atormentado, como los personajes de este curioso libro, Bazar. Es un libro sin contracubierta. La cubierta dibujada por Tono aparece en ambos lados, porque así es como puede leerse.

En la primera página un asterisco indica por qué lado comenzar (dos asteriscos aparecen en la segunda parte). Las primeras 112 páginas incluyen nueve cuentos. La dedicatoria es la siguiente: “A la gran raza judía, grande por estar desperdigada… Raza que nunca aceptaría un suelo limitado, porque en cada nación ella es y será SAL Y LEVADURA”. Si giramos el libro tendremos 104 páginas y  trece cuentos más un colofón. La dedicatoria es diferente: “A Josué…, primer gesto de rebeldía contra la inmutabilidad del Sol”. Ya hemos visto que Ridruejo destacaba los rasgos semíticos de Ros. Masoliver, en su artículo, demuestra verdadera obsesión en subrayarlo. ¿Cómo cuadraría su condición judía con el antisemitismo antijudaísmo falangista? Este es uno de esos misterios insondables, imposible de averiguar cuando la propaganda vela la verdad y todo se convierte en doblez de sí mismo. Por un lado se bramaba contra los judíos, por otro se admiraba a los sefardíes que atesoraban allende los Pirineos palabras españolas del siglo XV. Basta leer a Giménez Caballero o a Agustín de Foxá para comprobar esta rara esquizofrenia política.

Me parece muy curioso que ni el juego con el libro, pudiéndolo leer tanto del derecho como del revés, ni las dedicatorias explícitamente projudías, fueran comentadas por la crítica de la época. Quizá fuera también una crítica vanguardista, un tanto juguetona, que lo mismo valiera para una cosa que para la contraria. Pero es algo a descartar. Hace tiempo que las vanguardias languidecieron y las críticas vienen siendo iguales en fondo y forma que las de hace ochenta años. Como curiosidad copiaré aquí la que apareció en La gaceta literaria, el 1 de agosto de 1928.

LIBROS ESPAÑOLES
SAMUEL ROS: Bazar.—Espasa-Calpe.

Madrid, 1928. 5 pesetas. 200 págs.

El primer libro de Samuel Ros—”Bazar”— ofrece sencillez, pulcritud y buen gusto. Virtudes éstas poco comunes en la primera obra de un escritor. Particularmente, las dos primeras, la sencillez y la pulcritud, sólo alcanzables a fuerza de esfuerzo, a fuerza de estirpar del estilo las malas hierbas, la prosopopeya, la grandilocuencia, el enfatismo.

Samuel Ros se presenta, pues, bajo el signo de la sencillez. Y bajo el signo de Ramón. La mitad de su libro abreva en la fuente ramoniana. O mira el mundo a través de la literatura de Ramón Gómez de la Serna. Lo que no puede ser, de ningún modo, un delito, sino una influencia poco menos que fatal—e inevitable, por tanto—en estos días. Cuando más adelante se vea más claro, más recortado y preciso el panorama de la literatura actual española, la figura de Gómez de la Serna aparecerá, magistral. Magistral en el sentido estricto y recto de la .palabra. Ramón ha influido en todos. Ha influido a todos. Los más distantes de Ramón por el estilo, por la “materialidad” de escribir, poseen no obstante de Ramón una quinta o décima parte de su postura. Una posición—genuinamente ramoniana—ante las cosas.

No podremos, pues, inculpar a Samuel Ros, un escritor tan joven, su fidelidad-—o cuasi mimetismo— a la obra de Gómez de la Serna, porque esa fidelidad no implica falta de originalidad, sino sobra, en todo caso, de juventud. Además, con la influencia ramoniana, Samuel Ros presenta virtudes propias, dotes personales, perfil. Su temperamento no se ha disuelto en Ramón, logrando, en cambio, original entereza. Así, por ejemplo, la capacidad de Samuel para pergeñar un cuento, una novela corta, para dotar de carácter a sus personajes, para dotarlos asimismo de movimientos y pasiones. Así, también, su estilo, pulcro, recortado y preciso.

Creo, pues, que predomina en este libro, entre otras cosas buenas, su discreción, el sentido de la medida. “Bazar” no es una obra desordenada. Es, más bien, una serie de cuadros, cada uno de ellos en su lugar. Cuentos y divagaciones. Visiones más o menos espirituales —o acertadas— de las cosas, también de los hombres. Con las debilidades propias, no condenables, de un primer libro. Pero con las promesas, en este caso casi ciertas, que implican a veces aquellas debilidades.—E. S. Ch. [¿Esteban Salazar Chapela?]

José María Alfaro publicó la reseña de Marcha atrás en el diario El sol, en junio de 1931. Volvería a citar a Ramón y el humorismo -con un guiño a la película Esencia de verbena– y se referiría de esta forma a este Bazar:

Pero el humorista — como casi todo—no se suele dar en una pieza, de cuerpo entero, sino que participa en sus fronteras del choque con diversos mundos — el menos frecuente, pero más abundante en resultados, es el poético—. De ahí que con sequedad, que suele determinar angostura, se vivifique y rompa en mil posiciones que vayan ampliando la realidad -o la poesía—de su humor. Caso concreto y extraordinario, ejemplar en la historia de nuestras letras, es el de Ramón Gómez de la Serna, que al retorno de sus escaramuzas — mejor aún batallas campales — se sazona en múltiples y a veces no bien contorneadas conquistas. Y en esta misma línea, con todas sus virtudes—entiéndase bien: virtudes del mismo orden—, se encuentra Samuel Ros. Da ahora Samuel Ros un libro que, fiel a su credo, subtitula “Colección de cosas”, como ya hiciera antes con otro denominado “Bazar”. Y efectivamente: múltiple bazar do cosas es este “Marcha atrás” (Editorial Renacimiento), que también por otros motivos es marcha hacia adelante. Colección, cosas, bazar…, son palabras que se ajustan bien a la nomenclatura que utiliza todo verdadero humorista, para quien la vida se muestra un poco como cajón de sastre, chistera de prestidigitador o verbena rebosante de monstruosas barracas.

Quisiera terminar con un giro brusco, absurdo y cómico, una forma de espantar la sombra de las novias muertas y la tristeza de los magníficos cuentos de Samuel Ros. Es un fragmento de la crítica a su primer libro, Las sendas, aparecida en el Heraldo de Madrid en 1924.

Me hubiese gustado hablar de Tono, el autor de la cubierta de Bazar. Epítome, sin duda, del humorista triste. Quizá el escritor que más me interesa de toda aquella prole perdida y desquiciada durante la guerra, la que apostó por una revolución, la falangista, traicionada por Franco. Pero su vida merece algo más que unas líneas apresuradas y motivadas únicamente por una ilustración. Le acondicionaremos un salón de esta biblioteca para él solo. Mientras tanto tomen asiento y disfruten de la lectura del desdichado Samuel Ros.

  1. Creo haber leído que Ros -católico convencido- tenía antecedentes judíos que él mismo exageraba.
    Respecto al “antisemitismo falangista”destacar que en toda la órbita de la Falange no se encuentran comentarios antijudíos en el sentido racial -considerarla una raza inferior- tan frecuente en los teóricos del nazismo. Al contrario; el mismo Onésimo considera al cristianismo incompatible con el racismo, o las palabras de José Antonio “el Imperio Español nunca fue racista.”
    se trata de un antisemitismo es carácter económico: judíos como acaparadores de los bienes de producción; es normal que se hable de “oro judío” o “dinero judío”. En mi opinión, el tono de reproche de que se carga al judaísmo no es distinto al que se emplea hoy con la palabra “Capitalismo”.

    Muy buena y completa la reseña rosiana.

  2. Anónimo

    Ros no sólo tiene apellido sefardí, su nombre -y ese no viene dado del atrás- es una elección de lealtad a las doce tribus. Le encasquetan el Samuel porque es un nombre judío. Ros alardeó toda la vida de esa condición que viene explícitamente subrayada en el documental de GECE sobre las comunidades sefarditas de la diáspora. Ahí aparece Samuel como ejemplo de los que se quedaron al modo de los chuetas baleares. El catolicismo de Ros llega sólo al final de su vida, muy trabado en su relación con Félix Pérez, el cura amigo de todos aquellos escritores ya desde antes de la guerra incivil.

    La Falange era un tuli tuli hasta que su jefe puso orden, avanzado el 34: unas cuantas ideas generales, algún principio que fue inamovible siempre e imitación de modos externos. En la urgente y vertical búsqueda de autenticidad que acucia a José Antonio, el primer andrajo que arroja de sí es el que le disfraza de fascista, como vio muy agudamente Rosa Chacel en su destierro. El de nazi, como clava Alfaraz, ni llegó a ponérselo. Y es acertada su asimilación al capitalismo: unas escuadras falangistas devastaron SEPU en la Gran Vía no por propiedad judía, sino en defensa de los trabajadores de la empresa aherrojados por unas condiciones laborales inaguantables.

    En la Falange de Madrid hubo militantes judíos, de raza y religión. En la de Barcelona, igual. Otro sefardí de origen, y falangista de primera línea, el catalán Félix Ros cuenta en Preventerio D los azares de un camarada suyo de la Falange barcelonesa, judío ejerciente, ante la persecución chequista. Es sencillo entender la indiferencia de los falangistas (leáse auténticos falangistas) ante razas y religiones, leyendo División 250 de Tomás Salvador y de qué jaez fueron los enfrentamientos de los divisionarios azules con los alemanes por proteger a los paisanos rusos, judíos, que los alemanes perseguían.

    En la observación de los pasos de Ros, Leonor es el bastón, lázaro y brújula: tras su pérdida el hombre anduvo desnortado toda la vida. Aquella chiquita de la “que todos andábamos enamorados”, le arrebató el alma en su adiós. Y esto no es una frase de bolero, Samuel vivió obsesionado hasta el final por ella y en ella, de una manera desgarradora y brutal, que rigió desde su relación con el resto del mundo, mujeres y amigos, hasta su obra literaria. Por eso resulta muy desazonante comprobar la falta de calor en los últimos años de su vida con Miguel Pérez Ferrero, alguien a quien Samuel adoraba. “Donald” mandó muchísimo en la sociedad culta española de posguerra, su tribuna y su sabia condición personal, favorecieron esa posición que cimentó tanto en la crítica como en el ensayo biográfico por el que retrató multitud de personajes: ni uno sólo de esos apuntes fue para Samuel Ros; ni una sola línea en los demás escritos, quizá la sentida necrológica sin firma que apareció tras la muerte de Ros en ABC. Aquella chiquita que vivía en Cardenal Cisneros fue la novia de Samuel porque quiso Miguel P.F., como contó Emilio Carrere en su columna del Diario Madrid.

    Lo de Ros es tremendo y apasionante de estudiar e investigar, aunque un sandio disfrazado de crítico (uno que escribe y dice sanguinoliento, sic, y luego se zampa a un escritor) llamó a esa vida terrible, melodrama.

  3. Alfaraz y Anónimo, muchísimas gracias por sus comentarios. Me entusiasma que haya gente que sepa tanto sobre Ros y que tenga la amabilidad de compartirlo con los lectores de la BF. Compré el libro porque aunaba a dos de los escritores que más aprecio: Ros y Tono. Lo de Tono es caso aparte, porque lo mío con este hombre va camino de la obsesión. Era un genio. De Samuel Ros me gustan muchísimo sus cuentos. Son infinitamente mejores que miles y miles que publican hoy en día los autores “consagrados”, pero ya no se escribe así y solo eso basta para que caiga en el pozo del olvido. Es una lástima.

    A., le agradezco especialmente sus observaciones sobre la Falange y los judíos. Es un tema interesante del que no se ha escrito de forma definitiva.

    Respecto a Leonor, su relación con Ros merece luz y taquígrafos. ¿La columna de Carrere es la que se titula “Un escritor malogrado”? Es curioso lo que cuenta de “Donald” y su relación con Ros. Por lo que sé, a “Donald” se las hicieron pasar canutas al regresar a España cuando acabó la guerra. No sé si tuvo que ver en ese cambio de actitud hacia su amigo.

    Una pregunta: ¿por qué fue tan traumático para Ros su salida de Vértice? Parece que él y José María Alfaro eran amigos. Respecto a la novia de Alfaro, que murió asesinada durante la guerra, lamento no haber dado más datos. Topé con su historia de casualidad, buscando entre los testimonios de la Causa General. Tengo por ahí las copias de los documentos, pero tendría que buscarlos a fondo para dar con ellos.

  4. Un apunte sobre lo que he llamado “la rara esquizofrenia política” en relación a Falange y su idea sobre los judíos. Uno de los mejores libros que he leído nunca ha sido “Misión en Bucarest”, de Agustín de Foxá. Me parece dramático que no lo terminara, porque es una obra maestra. También he de decir que el mismo genio de su escritura lo pone al servicio de algunas de las descripciones más bestias que he leído contra los judíos.

  5. Los motivos de la sustitución de Ros por Alfaro en Vértice es otra incógnita desde que lo supe, pues me cuesta creer maquinaciones de “Leoncio Pancorbo” para promocionarse. Otro misterio son los motivos es ese final abrupto con el influyente Pérez Ferrero, que -por cierto- es otro polígrafo pendiente de monografía crítica. Queda claro que la obra de Ros, como su propia vida, está hecha de sombras; la linterna para disiparlas casi todas creo que la tiene el gran Medardo.

    Cierto lo de Foxá, Brema, aunque yo descartaría el prurito racista, pues al conde se le conocen comentarios igualmente demoledores contra ciertos sectores del bando propio. Ya dicen que por hacer una frase efectista no reparaba en amistades.

  6. Cantábrico Express

    Si consideramos el antisemitismo como una particular manifestación de racismo biológico, según la cual los judíos serían despreciables por el hecho de haber nacido judíos, y el antijudaismo como el desprecio a aquellas personas que practican el judaísmo, no entiendo el tachón que ha puesto en su espléndido escrito, porque me temo que para la mayoría de los falangistas sería lo mismo una cosa que la otra.
    Tampoco entiendo el matiz que uno de sus críticos quiere introducir y que a usted le llevó a cambiar un término por otro, cuando aquel sostiene que expresiones como el “dinero judío”o el “oro judío” no son antisemitas sino que denunciarían el comportamiento de unos empresarios particularmente explotadores que, casualmente, eran judíos, atribuyendo a dichas expresiones un carácter más anticapitalista que antisemita. Pues ojo, porque en la propaganda nazi, a los judíos se les identificaba con el capitalismo cosmopolita, voraz explotador de los pueblos, particularmente del alemán. Tópico antisemita aún en vigor, por cierto, pues judíos son “los amos del capital”. Y es que el antisemitismo tiene esas cosas, pues es un racismo con unas pretendidas connotaciones de emancipación social (los judíos atropellan al resto de la humanidad), lo que no sucede con otros racismos.
    Piénsese que se denunciaba el dinero “judío”, pero no el “francés”, el “tinerfeño”, el “cristiano” o el “católico”, aunque quizás sí el “yanqui”. Es decir, se mentaba el origen o la religión del denunciado para dar una pista de ante quien se las tenían que ver: con el enemigo de la humanidad.

    Un saludo.

  7. Cantábrico, muchas gracias por su comentario. Desde que participé en el libro sobre Aly Herscovitz suelo andarme con mucho tiento a la hora de referirme a cualquier cosa relacionada con el antisemitismo. Digamos que Aly fue el espejo en el que se reflejó mi ignorancia sobre el asunto, de ahí que vaya con pies de plomo. Leí por entonces algo sobre la diferencia entre antisemitismo y antijudaísmo y entendí que eran cosas distintas, de ahí que me corrigiera ante la llamada de atención de Alfaraz. Quien hace una distinción razonada entre uno y otro concepto es Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo. Le dedica un capítulo entero.

    En el caso español la cosa se complica, ya que el objeto de odio era una abstracción: apenas había judíos en España, o al menos no había una comunidad amplia y perfectamente estructurada como en otros lugares de Europa. Es cierto que los falangistas se desvincularon del odio racial del nazismo. Al menos se hizo de forma explícita desde las páginas de FE. No obstante, en esas mismas páginas se alude a la conspiración judía internacional, etc. Es decir: ellos mismos daban cuenta de una dicotomía que, me parece a mí, conviene diferenciar de algún modo. De ahí mi corrección.

    A raíz de esta discusión he recordado un artículo relativamente reciente de Jon Juaristi. Aquí lo traigo, por si es de interés para alguien: http://www.abc.es/20100725/opinion-colaboraciones/juaristi-divisiones-20100725.html.

  8. Pingback: Esposarse al titular

Los comentarios están cerrados.