La biblioteca fantasma

Recuperaciones

El pasado viernes, 30 de diciembre, a media tarde, y tras emerger del sopor brumoso en el que estaba sumido tras la comida y del que gozaba en el sofá, decidí comprar muchas latas de cerveza para despedir el año 2011 y adentrarme en su sucesor 2012. Para tal finalidad debía desalojar de la cocina las latas antecesoras y otros residuos, reciclables o no, que se encontraban allí desde la celebración de la Nochebuena. Agarré como pude todas las bolsas con todos los desechos separados por materiales, por aquello de dejar un mundo mejor a los descendientes de mis amigos, conocidos, saludados y, ¿por qué no? odiados y desconocidos. No niego que estas sencillas buenas acciones, me hacen sentir un poquito mejor, además de buena persona y que como ejercicio masturbatorio espiritual no está nada mal, pero es algo que me concedo por solo unos instantes, pues enseguida vuelvo a mi talante natural de beligerancia contra esto y aquello y dispuesto, también, a la autodeconstrucción por la vía que se presente como la más oportuna.

Durante la ejecución de tan noble iniciativa, siempre alerta en busca de material librario, mi mirada se posó en el contenedor azul del cartón y el papel, que siempre he pensado que debiera ser amarillo por los versos de Miguel Hernández, ya se sabe: lo del color y las fotografías, pero los poco ocurrentes diseñadores de la posmodernidad, no tuvieron lugar en sus corazones para la poesía y menos la de un derrotado por la guerra y la enfermedad. Una vez más sonó la flauta por casualidad: en las tripas del monstruo azul, se adivinaba el lomo de un par de volúmenes y me dio por pensar que fueran agendas del año en liquidación. Una vez liberado de la penosa carga del hombre concienciado y echando un vistazo con más atención, descubrí un montón de libros entremezclados con periódicos, cajas vacías de lotes navideños de empresa y envases de los juguetes que Papá Noel había repartido en el vecindario.

Enseguida comencé a rescatar volúmenes sin importarme que el personal deambulante me tomara por un ser necesitado y desesperado por encontrar una fuente de ingresos: estaba desenterrando un tesoro y cuando uno se dedica a tal actividad, las apariencias son totalmente prescindibles. Colmé las tres bolsas de plástico que pensaba llenar de cervezas y mientras R., avisada mediante el teléfono de bolsillo, acudía en mi ayuda, trabé conversación con una vecina-saludada a partir de los libros. Casualmente su marido, jubilado desde los 62 años, había trabajado como cajista primero y fotocompositor después para las editoriales Bruguera y Planeta durante más de tres décadas. Otra vecina, también saludada y madre de tres hijos, pasó por el lugar con unos cartones que prometí depositar cuando acabara mi labor y me correspondió con una agradable sonrisa en la que creo que expresaba su simpatía por alguien que estaba introduciendo casi medio cuerpo en un contenedor

Tuve que renunciar, por órdenes de R., dispuesta a erigirse como primer filtro, a algunas obras, que aunque tampoco eran de mi gusto, sí pensaba destinar al cambio o venta en las librerías de viejo donde suelo comprar y robar. El negocio se presenta redondo, pues en la misma visita puedo llenar mis bolsillos del género que tienen expuesto y además sacar unos euros que al gremio de usureros librarios le duele muchísimo soltar. Si lo hacen es a dos por pieza, sin valorar estado de conservación, antigüedad, disponibilidad en el mercado y otras características, para después, en ejercicio de verdadera alquimia ponerlos a la venta a partir de ocho o diez euros.

Una vez concluida la operación rescate y la provisión alcohólica, procedo con tranquilidad a pasar revista a todo lo recuperado: ciento cuarenta y seis volúmenes que agrupo en “descartados”, “en tránsito” y “admisiones inmediatas”.

Frank G. Slaughter

Entre los “descartados”, destinados a comerciar y disfrazar mis próximos latrocinios, y he de hacer constar que me cuesta mucho desprenderme de un libro, cuento algunos best-sellers de los años cincuenta y sesenta como “Hospital general del Este”, “Hombres de blanco” y “Epidemia” de Frank G. Slaugther”, pues nunca me han interesado algunos subgéneros y en este caso se trata de “novelas sanitarias”. Añado “Viracocha” de Alberto Vázquez-Figueroa, cuya única obra leída en su día, me enganchó desde la primera página (“Arena y viento”) y me llevó a comenzar “Ébano”, publicada por entregas en la revista “Lecturas” y que me inspiró el primer relato de ficción que alumbré a mis doce añitos: un fusilamiento de la extensión de un folio que no apuntaba maneras.

Le sumo una de las pocas obras que no es de ficción y cuyo padre es el ex-presidente de la República francesa, Valéry Giscard d´Estaing. Se trata de una especie de ideario sobre diversos temas titulado “Democracia”. Tengo la tentación de buscar algunas opiniones que pudieran ser polémicas o políticamente incorrectas, pero desisto de inmediato, pues se impone el pensamiento de que un tipo que acepta “diamantes de sangre” como regalo de cortesía, se descalifica por sí mismo.

Sofía Loren

La biografía de Sofía Loren tampoco es ficción, pero seguramente algo tendrá. Supongo que se trata de una hagiografía, eso sí, con una buena selección de fotos, por lo que queda seleccionada para no pasar a formar parte de mi biblioteca.

Del resto de libros descartados, prescindo nombrar autores y consignar títulos por respeto a que algunos presuntos lectores de estas líneas sean incondicionales de los mismos y pretendo no ser irrespetuoso o aparecer como un ignaro blasfemo. Aunque no me resisto a hacer una excepción con “Els fets del Palau i el consell de guerra a Jordi Pujol” de Joan Crexell. Lo único que me interesa del personaje es que explique algo que seguramente se llevará a la tumba: como consiguió no detectar la “evaporación” de mil millones de pesetas cuando era vicepresidente y consejero de Banca Catalana. Solamente por cuestiones de aprendizaje y una más que improbable, a mi pesar, emulación.

“En tránsito” es el grupo de libros que evalúo destinar al comercio, junto a los descartados; para regalar o para engrosar las ya muy apretadas estanterías de mi domicilio, todo depende de algunas circunstancias, entre ellas las sentimentales. Cuento una catorcena de novelas de Zane Gray en formato de la Colección Obras Maestras de la editorial Juventud. Esperaré a tomar un veredicto a partir del intento de lectura de las que son consideradas sus mejores páginas. Si algo tiene el agua para que la bendigan, algo ha de tener el autor norteamericano para haber arrasado, en su tiempo, en ventas y en lectores de tantos países, entre ellos escritores del calibre de Stefan Zweig. Y es que, como he dicho, el sentimiento es un factor favorable para que estos volúmenes no sean descartados: el olor que desprende el papel en el que están compuestos me retrotrae inmediatamente a mis años de estudiante “bupero”, cuando me refugiaba en la biblioteca pública ubicada en el colegio “Pere Vila”. Esta biblioteca conservaba los mismos elementos decorativos y el mobiliario original desde que fue fundada en el año 1931 y también muchos de los libros que constituyeron su fondo inaugural con su venerable olor. Recuerdo haberme ayudado en mis traducciones de latín con una gramática, en francés, de 1898; haber ojeado un una “Principia Mathematica” de B. Russell y un “Tractatus Logico-Philosophicus”, de Wittgenstein de los que no entendí absolutamente nada. El culmen de tanta reliquia lo constituía la Enciclopedia Espasa al completo, consultada más que por necesidad por entretenimiento, en los momentos en que me encontraba saturado de formulaciones químicas o enunciados lógico-kantianos. El olor me hacía añorar, si es esto posible, épocas que no conocí, en los momentos de dudas existenciales y como paliativo al deseo, que a veces y como consecuencia de lo anterior, experimentaba de ser otro o de haber tenido otra vida . El lugar me hacía sentir único y extraño y creo que todo junto fue la primera lección de la fugacidad del tiempo y prueba de la transitoriedad de la vida. Hoy día ignoro el estado de la biblioteca, pues pasó a ser escolar a finales de los años noventa y desde entonces, no me he atrevido a intentar visitar el pequeño paraíso, perdido por traspaso entre instituciones, que fue para mí. Aunque no soy un “viejito” como Borges cuando lo dijo de sí mismo, me reconozco como un “sentimental de mierda”.

Francisco Umbral

Sí destino para regalo, por tener repetidos, “Las Ninfas” y “Los helechos arborescentes” de Pacumbral, el envidiado malabarista del adverbio y la adjetivación. Admirado como columnista por su facilidad para hacer más interesante o sencillamente entretenido cualquier tema como hacían sus maestros Camba y Ruano, ninguno de ellos de mi cuerda ideológica, aunque igualmente reconocidos. La objetividad de las malas lenguas establece que su vida no fue “sublime siempre” como predicaba su idolatrado Baudelaire. Su obra, en casi toda ocasión, para bien las más y para mal las menos, sí cumplió con el precepto pontificado por Rimbaud, el otro genio también idolatrado:”el tema es el estilo”. Quizá equivoque la autoría de ambos mandamientos por intercambio, pero recuerdo perfectamente haberme iniciado en la veneración por Umbral durante una vacaciones en Ágreda, saboreando sus columnas en la contra de “El Mundo” y dejándome sorprender por su excelente “Mortal y rosa”, obsequio del mismo periódico. Pido disculpas por la digresión: aquellas vacaciones fueron tan literarias como accidentadas. De madrugada, y expulsado de la cama por las chinches que la habitaban, leí todo lo que de Bukowski allí encontré. También caí de espaldas por la escalera que conducía a los dormitorios, y al suplicio de las chinches, mientras comentaba con mi anfitrión “Bakakaï” de Witold Gombrowicz. El descenso lo realicé volumen en mano y levantando, por consideración hacia aquel, mi cabeza nublada de pacharán, gesto que evitó el que me desnucara de manera tan cómica como estúpida.

También por repetición y para regalo, selecciono “La rosa de Alejandría” y “El laberinto griego” de Manuel Vázquez-Montalbán. Tuve el placer y el privilegio de asistir a una conferencia del novelista, sociólogo, poeta, politólogo, periodista y gourmet, que fue todo un ejemplo de humildad y generosidad, por afortunada casualidad. Durante la “Setmana Cultural” que organizaban los institutos de bachillerato a mediados de los ochenta y en que se substituían las clases lectivas por todo tipo de actividades, desde torneos de ajedrez y tenis de mesa, hasta cursillos de baile o proyección de películas, me acerqué al “Jaume Balmes” para fumar porros con algunos amigos allí matriculados, aunque esto no constara en ningún programa. Asomando la cabeza en su busca por las aulas vacías, me topé con la única que registraba algún tipo de actividad: en su interior, MV-M charlaba ante una docena de mis coetáneos sobre las perspectivas de la autonomía catalana y el desarrollo del Estatut. Por todo acompañamiento un mapa de Cataluña siluetado a tiza en la pizarra, un vaso de agua y un folio, no alcancé a ver si manuscrito, con el guión de su intervención.

Su currículum, ya en aquel entonces, se podía resumir como “consagrado y emblemático autor de la editorial Planeta” con todo el prestigio y los ingresos que a esta clasificación se le supone, lo que no fue impedimento para que pasara media tarde con unos adolescentes en periodo de desasnarización. Yo solo había leído algunas de las novelas protagonizadas por el detective privado Pepe Carvalho. Pacientemente respondió a las preguntas que los más aventajados de los presentes pudieron componer y muy cortés y sincero agradeció la atención del auditorio cuando tocó poner fin a su presencia.

Hace relativamente poco tiempo, he podido hacerme con algunos de sus libros gracias al diario “Público”, que los regalaba con su edición de los sábados, y he vuelto a disfrutar de la profundidad de su sapiencia y de la clarividencia de sus juicios vertidos en sus relatos y puestos en boca de sus personajes. En época de relectura me crucé con un superior jerárquico de la empresa para la que trabajo portando “Asesinato en el Comité Central” y aquel, en tan meditado como innecesario ejercicio de contemporaneización, esto es, de peloteo vertical de arriba hacia abajo, no se le ocurrió otro término para calificar al maestro gallego que el de “mítico” cual si se tratara de Alejandro Magno o, bajando el listón, de un cantaor de flamenco de los tiempos del disco de pizarra. Puedo asegurar sin temor a equivocarme que a día de hoy, el tipo no ha leído una sola línea del culé sin fanatismos y comunista por coherencia, ni entra en su listado de tareas a realizar.

Otro de los autores “en tránsito” es Sven Hassel (“Monte Cassino”, “Camaradas del frente” y “Los vi morir”), danés que en su juventud fue soldado a la fuerza de la peor Alemania, ya sea unificada o atomizada, que han visto los siglos. Sus vivencias noveladas, transcurren en casi todos los frentes bélicos que la locura de Hitler desató en Europa, lo que siempre me ha hecho pensar que una buena parte de lo relatado fue inspirado por el testimonio de algunos compañeros de armas o directamente sugerido por su respetabilísima imaginación. Me inicié en estas lecturas, como en otras, gracias a las malas artes que mi hermano compartía con otros dos amigos del barrio. Cada uno de ellos se hizo con una colección completa de este autor, en el formato de la serie “Reno” de la editorial Plaza y Janés (más libros con olor) por el romántico y sencillo sistema del robo, aplicado en la librería de “El Corte Inglés” de la Plaza de Cataluña. Todo un ejemplo de asalto al capital perpetrado durante las ociosas tardes del sábado y antes de la obligada misa de imposición materna. Entre semana disfrutábamos del botín. Eran los tiempos anteriores al arco detector de sociopatías juveniles y la loca soberbia adolescente les envalentonó hasta el punto de llegar a cronometrarse, entre ellos, el tiempo requerido en cada hurto que cometían. Desde el punto de vista deportivo no dejé de admirarles, aunque nunca se lo confesé a ninguno de ellos. En la actualidad les sigo rindiendo culto, pues fueron unos auténticos pioneros en lo de la popularización de la cultura, eso sí, a su manera: autárquicos y sin limitaciones presupuestarias.

Comienzo el apartado de “admisiones inmediatas” con “Donde la ciudad cambia su nombre”, “¡Dios la que se armó!” y “Han matado un hombre, han roto un paisaje” de Francesc Candel, quien tras sobrevivir a la tuberculosis, descubrió su vocación literaria, que le llevó a alumbrar estudios sociológicos, artículos periodísticos y novelas sobre la emigración interior de maleta de cartón y hatillo de miserias, mal llamada charnega, y ser cronista de la marginalidad preyonqui. Opositor antifranquista, usó su pluma como espada, diferenciándose de los autodenominados “demócratas de toda la vida”, que curiosamente se reivindicaron a la muerte del dictador. Preconizó la integración de “los otros catalanes” y como es costumbre en este país, fue elevado a la categoría de sabio desde sus elegías funerarias.

Siguen cuatro volúmenes que satisfacen mis moderadas inclinaciones bibliófilas. A saber: “Pequeños poemas en prosa. (Spleen de París)” de Baudelaire, editado por Lucero en 1942. El ejemplar que rescato es uno de la tirada de tres mil, compuestos en papel satinado. También se mencionan en el mismo otra tirada de cincuenta en papel de la prestigiosa casa Guarro, cinco en papel Van Gellder y tres en papel Japón. “El capitán Veneno. Historia de mis libros” de Pedro Antonio de Alarcón (Librería General de Victoriano Suárez. Madrid, 1944); el primer relato constituye una muestra del genio del culebrón patrio y decimonónico, siendo el segundo un repaso, en tono de autodefensa, a toda su producción literaria, frente a los ataques que el corifeo de críticos de su tiempo le dedicaron y a los que llega a calificar en estas páginas de “doctores de la cáscara amarga”. Un ejemplar de “El Quijote” de la editorial Sopena (Barcelona, 1936), en edición conmemorativa del tercer centenario del fallecimiento de Cervantes, con sugerentes ilustraciones (véase la página 243) cuyo autor no consta. Y, por último, “L´auca del senyor Esteve” de Santiago Rusiñol (Editorial Surco. Barcelona, 1946) ilustrado por Ramón Casas y “rodolins” escritos por Gabriel Alomar.

Son admitidos también veintitrés volúmenes de la colección “Clásicos Universales” de la editorial Planeta. Se reparten entre seis ejemplares de teatro shakesperiano; “La gaviota” y “El jardín de los cerezos” del genial Chéjov; “Guillermo Tell” de Schiller; todo lo que Garcilaso produjo antes de morir descalabrado en tierra extraña; algo de Lope y Calderón; los pícaros Lazarillo y Don Pablos; el suicida enamorado de Goethe y un pelotón de autores francógrafos: Moliére, Madame de La Fayette, Chateubriand, La Rochefoucauld, Benjamín Constant, el Abate Prévost y Racine. Quizás para muchos de los habitantes de la galaxia Guttenberg, el editor Lara fuera un patán cuya respetabilidad estuviera sustentada por su dinero y que se le pudiera haber sugerido que tomara clases de dicción para hacer entendibles sus peroratas de nuevo riquísimo, pero es innegable que ese mismo dinero le sirvió para rodearse de tipos con ideas luminosas, como los que concibieron esta colección. Gracias a ella pude adquirir, en mi adolescencia sin ingresos regulares, toda la poesía de Quevedo y del Conde de Villamediana en dos volúmenes y al módico precio de mil y pocas pesetas cada uno.

Cierran el apartado de “admisiones inmediatas” un ejemplar de “La Divina Comedia” con un cuerpo tipográfico tan endiabladamente reducido como el utilizado en las cláusulas a leer con atención y prevención de los contratos del seguro del hogar y la irrepresentable “Tragicomedia de Calixto y Melibea”, primera novela de la Edad Moderna de Occidente, según algunos manuales de literatura y libros de texto, e inspiradora en “El Bardo” de su “Romeo y Julieta”.

Recuerdo una tarde de primavera en la que me encontraba a solas con mi madre en el segundo domicilio familiar de los cinco que he llegado a ocupar en un lento nomadismo habitacional. Mi padre no estaba en ningún bar y mi hermano asistía a sus clases de administrativo. Ella se afanaba en cumplir con lo que enunciaba su deneí, en cuanto a profesión se refiere. Yo leía “La Celestina” sentado a la mesa del comedor-salón-pasillo por prescripción académica. Había comenzado con curiosidad y continuado con entusiástico placer. Aquel día, el buen tiempo permitía tener la puerta de la exigua galería (lavadero, excusado y macetas varias) abierta de par en par. El cielo estaba despejado y el apagado rumor del tráfico rodado permitió escuchar el toque de las campanas de la catedral. Anunciaban las seis. Paz interior verdadera. Paz materna intuida. Paz urbana improbable. Anunciaban también no solo que me quedaban unas horas para paladear la lectura, sino que tenía una vida por delante sin más obligaciones a la vista que la que me ocupaba en ese momento. No pude evitar un irracional estremecimiento de alegría que algunos años más tarde, al evocarlo ya en la edad adulta y como siempre ocurre a días vencidos, no tuve ninguna duda en identificar como de auténtica felicidad.

Especulando sobre las circunstancias que han dado con tantos y tales libros en un contenedor, uno se niega a creer que tal monstruosidad haya sido cometida por su poseedor. Intuyo que pueda tratarse de los familiares de una persona fallecida, que estrenan su condición de herederos ejecutando tan alevosa barbaridad, pues demuestra que no han querido concederles una segunda vida, ellos que tanta atesoran y conceden. ¿Qué tipo de carencias asolan el corazón de seres como estos? ¿Reservó Dante en su infierno un lugar para ellos? Espero que así sea y dolorosamente real.

A todos los que puedan leer estas modestas líneas os suplico que compréis, regaléis, robéis, prestéis, cambiéis, traduzcáis, recomendéis, escribáis libros, pero que nunca cometáis la imperdonable maldad de destruirlos. ¡Maldición eterna a quien así obrare!

  1. Princesa

    Cita usted a Chejov al cual descubrí con 16 años. Qué vértigo! Siempre un placer leerle.

  2. alcuino

    sven hassel publicó una novela en 1981 sobre la G.P.U. soviética. Hay una versión totalmente distinta sobre su vida hecha por un historiador o periodista o no sé qué en la cual desmiente diciendo que sven hassel nunca fue soldado,
    y que se paseaba por las calles con uniformes robados. hay una obra suya “la cruz de hierro” llevada al cine por Sam Peckinpah, siempre me impresionó en el comienzo la presentación de la película y su banda sonora con imagenes de la 2ª guerra mundial. En 3 minutos resume todo el contenido de la alemania nazi en guerra dirigida por Hitler, desde el triunfo hasta la derrota y el momento en que las tropas alemanas están batiéndose en retirada en la zona de Crimea, que es cuando empieza la a desarrollarse la acción con James Coburn como protagonista.

  3. julia

    Brema, tengo “Happy End”, de Vázquez Montalbán. Si te interesa, es tuyo. Tú, pide, que excepto las policiacas y las románticas, lo regalo todo.

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