La biblioteca fantasma

Algunas noticias

Comienzo por los blogs. Dos escritores se han mudado. Miguel Sánchez Ostiz cambia su Vivir de buena gana a WordPress. Espero que pueda recuperar todas las entradas de su antiguo espacio, uno de los blogs que sigo con más interés. Además, anuncia nuevas publicaciones, algo siempre digno de celebración. También se muda José Carlos Cataño, que cambia su De rastros y encantes (ya en libro) y se adentra en La senda de Tartaria. Imprescindible también su Diario virtual. Confieso que a ambos escritores les guardo un punto de admiración no exento de envidia, y no sólo por su escritura. A Sánchez Ostiz por su capacidad viajera y a Cataño por su regular andorreo entre puestos de libros viejos. Aquí en Berlín me siento cada vez más limitado. Mis viajes se reducen a apresuradas visitas obligadas y las librerías de viejo no tienen los libros que busco. Lo que en esta ciudad gano en calma lo pierdo en vicio.

Y ya que estamos con los libros, vayamos con las compras. Hoy, en mi visita dominical al yerto mercadillo del Mauerpark, he encontrado los dos volúmenes con las obras seleccionadas de Erich Mühsam. Topé con este autor de casualidad, siguiéndole el rastro a los anarquistas alemanes del Grupo DAS y siempre tuve ganas de leer algo suyo. Llegó la hora.

Semanas atrás me llegaron dos auténticas joyas. La malandanza, de Andrés Trapiello. Me entusiasmó desde la primera hasta la última línea. Desde hace tiempo siento pasión por las novelas ambientadas en los finales de los 70, ya sea en Madrid o Barcelona. Ciudades peligrosas, llenas de quinquis y yonquis y gente asombrada ante los cambios brutales que vivía España. Los límites entre la sordidez y la pobreza digna de aquella época me atraen irremediablemente. El otro libro es Negro y azul, de Pedro Luis de Gálvez, en la edición de Francisco Rivas editada en la colección La Veleta. Si llega un peregrino, / no preguntarle por qué, ni su destino.

Una de las compras más ilusionantes de los últimos meses. Bazar: 23 cuentos cómicos de judíos, de Samuel Ros. Publicado en 1928, al parecer tiene una composición peculiar y la cubierta es de Tono, uno de mis escritores y dibujantes fetiche. El libro me llegará en una o dos semanas, y estoy ilusionado como un niño.

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Algunas lecturas: me he dado un pequeño respiro de vez en cuando releyendo libros de viajes de Ramón Carnicer y Ciro Bayo. Mi intención era escribir algo sobre ellos y titularlo Manuales de fuga. Pero el tiempo me asfixia y dudo que tenga interés para nadie.

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Y un par de cosas pendientes: Hojas volanderas, de Juan A. Ríos Carratalá, que también tiene blog: Varietés y república. En él habla de viejos conocidos, entre ellos Jacinto Miquelarena (cuya nieta ha entorpecido el trabajo de Ríos, por lo que veo) y el periodista/espía José Luis Salado, un habitual en los libros de memorias de españoles que casi se dejan el pellejo en la URSS. Y otro libro: El comunismo en España, de Enrique Matorras. Veo que da testimonio de la presencia de Stepanov en España antes de la guerra. Ya es el segundo, después de Martínez Amutio. Matorras fue asesinado por sus excamaradas comunistas. Castro Delgado deja caer alguna pista al respecto. El Radio Oeste y sus brigadillas. Santiago Álvarez Santiago, el Popeye, etc. Hoy, por cierto, aparece una reseña -muy mala- sobre cierto libro que saldrá a la venta esta semana sobre Paracuellos. En la noticia aparecen varios Popeyes, sin dar más noticia. ¿Habrá algún dato en el libro? Veremos.

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Y las librerías, que no falten. Ha habido de todo. Encargué un libro a una librería italiana. Me cobraban trece euros por los gastos de envío. Lo normal, tratándose de Italia. La librera me mandó un correo y me dijo que los gastos, finalmente, habían sido menos de lo estipulado, por lo que me mandaba la diferencia en monedas dentro del sobre. Creo que no tendría que haberlo hecho, por varios motivos, pero es un gesto que agradezco infinitamente, porque el comportamiento de esta gente suele ser el contrario. Estos días, por ejemplo, encontré en un catálogo varios libros de Torrente Ballester, muy baratos, cuya descripción decía que estaban dedicados. Al preguntar a la librería, La Candela, de Murcia, me dijeron que ya estaban vendidos. Huele a chamusquina. Si ya estaban vendidos, ¿qué diablos hacían en el catálogo? Recuerdo un caso parecido que me ocurrió con una librería argentina. Me vendieron un libro de Alberto Hidalgo, firmado, a un precio alto, pero muy barato si se comparaba con ejemplares parecidos. Me enviaron un correo diciéndome que el ejemplar ya había sido vendido y lo encontré de nuevo a los dos días con el precio casi doblado. Ah, las pequeñas mezquindades. Hubo otro de Madrid, Libros Ulises, que me mandó un librito raro y precioso sin certificar. Jamás llegó. Él se quedó con el dinero y yo me quedé sin libro. Las reclamaciones posteriores fueron inútiles. Y para qué hablar de aquel sujeto que me mandó un libro fotocopiado con la pretensión de cobrarme más de lo acordado porque las fotocopias le habían salido muy caras (el libro, al parecer, estaba en muy malas condiciones). Cuando le llamé airado se defendió echándole la culpa a los judíos y a Felipe González. Así está el patio, amigos.

  1. Lo del Gálvez de Comares no me lo explico. Hace años que lo tengo sometido a estrecho seguimiento y sigue si aparecérseme ninguno.

  2. Las anécdotas de “libreros” están muy bien y son más que verosímiles; pero faltan las de “compradores”. El autor, que al parecer es listo y rebusca bastante, seguro que conoce unas cuantas. Yo también.
    Abelardo Linares

  3. Brema

    Estimado Abelardo, puede confiar en mi palabra: las anécdotas son reales y las he sufrido personalmente. Ahora bien, sean de compradores o de vendedores, estas historias no tienen nada que ver con la inteligencia de quien las cuente, sino con su experiencia, y la mía sólo viene de un lado. No puedo contar anécdotas de compradores porque sólo puedo hablar de mí mismo. Solamente recuerdo un error por mi parte, y es haber tardado en pagar unos ocho euros de una compra (las memorias de David Niven, un libro extraordinario). No se debió a la mala fe, sino a un malentendido. Cuando me di cuenta del error y tuve oportunidad de pagar, lo hice inmediatamente. Otro posible error por mi parte, o al menos así lo vería el librero, aunque yo sea de otra opinión, me ocurrió hace poco en la librería Alcaná de Madrid. Cada vez que voy a esa ciudad me paso por la librería, que me sigue pareciendo impecable. No entiendo muy bien la chorradita de tantos empleados y las chaquetillas que llevan y todas esas ínfulas comerciales, pero mientras los precios sean razonables y bueno el servicio, lo demás me importa un bledo. Ahora bien, de vez en cuando escuchaba al dueño hablar por teléfono con futuribles “becarios” y tanto el tono de la conversación como las condiciones que ofrecía me parecieron repugnantes, pero en fin, uno va a lo que va. La última vez, contaba, pedí unos libros. Tienen un sistema complejo de solicitud. Les das la referencia y buscan los libros en el almacén, el sótano de la propia librería. Los hojeé y unos me interesaron y otros no, por motivos distintos. El dueño, un larguirucho malencarado, se puso histérico porque al parecer gestionar la devolución de los volúmenes al sótano es informáticamente complejo. Yo no lo sabía, y lo cierto es que me importa tres cojones cómo tengan informatizada la librería. Una referencia o un registro informático no son un libro. Si estás en una librería, el libro hay que verlo y tocarlo antes de comprarlo. El caso es que, para él, yo cometí un error imperdonable, y así me lo hizo saber: se puso histérico y me echó una bronca tremenda. Evidentemente, le dije que se metiera los libros por el culo. Tampoco era tanto: 100 euros de compra. Le cabrían holgados. Aún hay más: esta semana he hecho tres compras por internet. La historia de la cruzada española, en edición facsímil. A un precio muy razonable, cierto, pero hay volúmenes que vienen con algunas páginas en blanco. Me las tragaré, porque tampoco se trata de montar el pollo y devolver casi quince quilos de libros organizando un altercado con un librero que, estoy seguro, ni se ha dado cuenta de la tara de los libros. La segunda compra: la mando enviar a mi dirección en España. Seis euracos de gastos de envío, por MRW. Escandaloso para alguien que vive en Alemania y para quien los gastos de envío rara vez superan aquí los tres euros, pero ya me conozco el percal y pago sin rechistar. El libro tenía que haber llegado en una fecha concreta, lo que me venía de perlas para que me lo trajeran luego a Alemania. Pero se ha retrasado porque los imbéciles de MRW no encontraban la casa. Correos, llamadas, etc., y no sé aún si ha llegado el libro. Ya sé que esto no tiene que ver con el librero, pero no me han dado el servicio adecuado por el precio añadido que yo he pagado sin rechistar. Y la última compra: un folleto en cuya descripción no se indicaba que estuviera rayado con lápiz. Y eso por no hablar del sinvergüenza de Prometheus Antiquariat, por cambiar de país, ya que en todas partes cuecen habas, a quien no le puedo comprar nada porque en este blog escribimos ciertas entradas sobre Margarita Nelken que al señor le parecen políticamente reprobables. Ahí sigue, henchido como un cerdo capitalista en su nuevo local de la Wranglerstr., convencido de ser un leal anarquista que sirve a la causa de las izquierdas, cuando lo único que hace es servir a la causa de su bolsillo y de su estómago, cada vez más amplio y abotargado.

    Imagino que los libreros que lean estos deben sentir cierto malestar, ya que les debe parecer que la anécdota toma carácter de categoría y que los meto a todos en el mismo saco. Nada de eso. Si doy nombres concretos de librerías no es por venganza sino por concretar. Aquí hay foro abierto para que los libreros cuenten sus cuitas con los compradores. Cada uno que hable de lo que sabe.

  4. Brema

    Otro día podemos hablar de las buenas librerías, claro. Hace unos años me preguntaron dónde se podía adquirir cierto libro. Era un librito inane, de Mercedes Salisachs, y había doscientos mil en los buscadores habituales. Así se lo indiqué a la persona que me consultó, pero le dije: mira, esta librería, Gulliver, te lo vende tres veces más caro que las demás, pero ten por seguro que te lo mandarán sin problemas y estará en perfecto estado, como se indica en la descripción. Así fue, y así se hizo. Y hará cosa de un mes me preguntaron dónde gastar casi quinientos euros en buenos libros, y les mandé a Renacimiento. Y allí se gastaron, y bien gastados fueron.

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