La biblioteca fantasma

Desolaciones

por Ricardo M. López Bella

Siempre que llega el periodo estival, es inevitable para mí recordar las vacaciones escolares del año 1976. Lo que entonces no se llamaba “unidad familiar” y de la que formaba parte junto a mis padres y hermano, viajamos en tren hasta Madrid para alojarnos en el domicilio que compartían mis tías J. y P. hermanas de mi madre, modistas de profesión, y solteras vocacionales.

Se trataba de un piso medianamente amplio y ubicado en un bloque de viviendas de un barrio, San Fermín, entonces tierra de frontera literal, ya que algunas de sus calles carecían de asfaltado y todas en su conjunto se disputaban el terreno y sus límites con rebaños de ovejas resistentes a la expansión por el suroeste del tantas veces denominado “antiguo caserón manchego”.

Para unos críos como éramos entonces mi hermano y yo, ni que decir tiene que las vacaciones se presentaban largas. Era lo acostumbrado y no teníamos consciencia de lo valioso que así fuera y tampoco necesidad de adjetivarlas de tal manera.

Disponíamos de un salón comedor y una cocina con vistas ambos, desde un sexto piso a decenas de balcones idénticos en un amplio patio interior. Se sumaban dos dormitorios y una sala de estar, estancias orientadas a la Carretera de Andalucía y al Hospital Primero de Octubre. El fondo del paisaje se completaba con el perfil de la verdadera ciudad.

En las paredes del piso había cuadros del abuelo, que nunca me han parecido extraordinarios, y cuya carrera como pintor alcanzó su momento de mayor gloria cuando fue seleccionado para la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1906.

Naturalmente, en pocos días, sin juguetes ni amigos, la vivienda se nos hizo pequeña y nos caía encima con el peso del aburrimiento. Estos mismos pocos días bastaron para que sus habitantes nos dividiéramos en dos grupos de incomprendidos, pues tantas horas de convivencia con cuatro adultos, nos los mostraron diáfanamente incomprensibles y supongo que para ellos también nosotros así lo parecimos.

Las tres hermanas conversaban interminablemente, recuperando mediante retahíla de nombres y hechos pasados, antiguos recuerdos familiares.
Mi viejo se limitaba a fumar. Solo hablaba para maldecir la obligación de llevar camisa, imposición materna por respeto al pudor de sus cuñadas y lo hacía cuando éstas no estaban presentes. La diferencia de edad hacía el resto: el más joven de los adultos, mi tía J. pasaba por poco los cuarenta años.

Quizá esta cercana lejanía le llevó a reparar en la circunstancia de nuestro tedio y que este iba en gradual aumento. Tomó la iniciativa para combatirlo y una tarde se molestó en llevarnos a pasear por una planicie algo alejada del barrio, donde asombrosamente para la estación, todavía se encontraban algunas extensiones de vegetación que servían para que un rebaño de ovejas completara su alimentación.

La timidez preventiva de los animales y nuestro asombro urbanita contribuyeron a mantener las distancias en todo momento y solamente hubo un elemento que despertó nuestra curiosidad infantil: las bolitas negras que se encontraban por el suelo a nuestro alrededor. Diminutas y de poco peso, enseguida fueron descartadas como objeto de entretenimiento al informarnos nuestra tía de que eran el producto final del proceso digestivo de las cercanas y ocasionales compañeras ovinas.

El siguiente intento de redención, aunque supuso un aparente salto cualitativo, tampoco fue muy acertado. Mis tías compraron un balón de fútbol, manufacturado en auténtico cuero color mostaza. Todo un lujo apellidado “de reglamento” entre la chiquillería de aquel tiempo, aunque ninguna normativa futbolística ordenara que fuera como aquel. Los inconvenientes para el usufructo comenzaron desde el primer instante y por razones de distinta índole. Al peligro que corrían algunos objetos como lámparas, cuadros y vidrios de puertas, balcón y ventanas, había que sumar los de naturaleza legal: supongo que por derecho de primogenitura, el balón fue entregado en propiedad a mi hermano y yo no dudé en perseguir a ambos, desde la mañana a la noche reclamando, de la manera más escandalosa que lo pudiera hacer un crío, el cincuenta por ciento de la titularidad del esférico.

El remedio fue adquirir otro balón idéntico para mí, con lo que se dobló la situación de riesgo para los elementos del mobiliario sin que se mitigara la situación de tedio, ya que un salón de pocos metros cuadrados no era lugar para que dos potenciales talentos del fútbol desplegaran toda la plenitud de sus facultades.

La obviedad de la situación hizo que mi madre le sugiriera a mi padre, un día después de comer, que nos acompañará al solar de la parte trasera del edificio y allí ejercitáramos, bajo su tutela, nuestras habilidades balompédicas. Nuestra impaciencia fue ostensiblemente manifiesta y los tres hombres de la casa bajamos al lugar sobre las cuatro de la tarde.

El sol caía a plomo, apenas había cuatro árboles jóvenes que proporcionaran sombra y por increíble que pueda parecer, el suelo quemaba como si se tratara de arena de playa. La irritación del viejo también alcanzó un alto grado: a gritos nos ordenó que jugáramos; a gritos se quejó de que “a quien se le ocurría…” y a gritos indicó que el tiempo de la actividad deportiva había llegado a su fin. Todo mientras encadenaba el consumo de tres o cuatro cigarrillos.

Quizá la agresividad paterna supuso una revelación inconsciente para mí, pues la siguiente actividad a la que me dediqué para combatir el aburrimiento fue iniciarme en la práctica del boxeo. Mis tías se convirtieron en involuntarias, pasivas y, con los días, dolientes sparrings. Sus hombros fueron objeto del impacto de mis puñetazos, propinados con demoledora aplicación. Este cruel y estúpido entretenimiento fue puesto en conocimiento de mis padres y probado, hematomas mediante, por la parte perjudicada. Tuve suerte de ser solo severamente amonestado, aunque de tal manera y con tales palabras que provocaron en mi la vergüenza y el arrepentimiento.

No creo que mis tías estuvieran al corriente de las ideas freudianas o jungianas que intentan explicar la complejidad y derroteros de las relaciones familiares. Tengo la certeza de que nunca leyeron a los autores griegos en cuyas tragedias trataron tales temas (Edipo, Electra, Orestes y demás atormentados), pero en lo que a veces interpreto como un magistral intento de reconducción de la agresividad infantil y a la vez venganza por persona interpuesta, nos compraron un par de pistolas que disparaban corchos, quizá con la secreta esperanza de que las usáramos entre/contra nosotros y que el primer accidente materializado en un ojo morado, por ejemplo, supusiera un severo castigo corporal para ambos y la subsiguiente paz social impuesta a la fuerza por nuestros padres. Sin embargo, yo mismo encontré unas víctimas ideales por su cercanía y abundancia y que por su naturaleza pusieron en juego nuestra dedicación y paciencia: las moscas. Durante días competimos los dos hermanos desde la mañana a la noche y contabilizamos las piezas abatidas por docenas.

Una vez desinsectado el eventual hogar familiar, callaron las armas y los inescrutables caminos del hastío, dieron con mi hermano agarrado, durante horas y a diario, a una vieja edición de El Quijote. Mis tías, viendo el efecto pacificador de la lectura, me proporcionaron un ejemplar de “…Y al tercer año resucitó”, del afortunadamente olvidado autor simpáticofascista Fernando Vizcaíno Casas.

Mientras tanto, las mujeres de la casa seguían aplicadas a la arqueología familiar y repasaban la memoria histórica propia, lo que comprendía desde los bombardeos sufridos durante la Guerra Civil y los itinerarios seguidos como desplazados, hasta las vicisitudes domésticas de las nuevas generaciones, dícese de mis/los primos “del pueblo” y sus, por entonces pujantes camadas. Creo que hablaban con más despreocupación, pues mi viejo se había largado a Málaga para pasar el tramo final de sus vacaciones con sus padres y hermano.

Caprichosamente el nuevo statu quo tuvo una corta vida, puede que apenas una semana. Mi hermano abandonó la inmortal obra de Cervantes condescendiendo a verter en mis oídos un comentario crítico de asombrosa contundencia: “es muy pesado y hay un montón de palabras que no se entienden…” Esta fue la primera ocasión en que se mostró como un tipo con las ideas claras y a día de hoy, aunque muy de vez en cuando, todavía me sigue regalando el fruto de algún juicio sobre cualquier tema, lo que, reconozco, me reconforta y agradezco íntimamente, pues creo que todos necesitamos tener unos valores inalterables y alguien cercano que nos los haga presentes periódicamente a aquellos que nos reconocemos como seres de espíritu voluble.

También yo abandoné el libro de marras, aunque en mi caso solo había una razón y bastante palmaria y es que, a pesar de entender las palabras, no fui capaz de hacerme una idea del argumento de la narración. Cometería una imperdonable exageración si establezco en más de diez las páginas leídas. Por último, una tarde de lluvia torrencial, en la que me entretenía oteando el paisaje urbano desde la ventana de la sala de estar, avisté a mi padre atravesando el solar del cabreo futbolero, cargando con su maleta y sin paraguas. En cuanto se hubo cambiado de ropa, explicó la razón de su inesperado regreso. Al parecer, durante una sobremesa en familia, se quejó del insoportable calor que se abatía sobre la ciudad y su hermano, quizás no conforme con la manera que tuvo de expresar tal comentario o quizá al haber sido este emitido por enésima ocasión, le espetó una pregunta impaciente y desafiante: “Entonces, ¿qué haces aquí?”. El calentón paterno, en respuesta, incluyó hacer precipitadamente el equipaje y la fuga a la estación, donde quien sabe cuántas horas hubo de esperar la salida de un tren hacia Madrid.

La tertulia nocturna continuó sin los hombres. Cada uno de nosotros se retiró a una habitación distinta. Mi hermano y yo compartíamos cama con cada una de nuestras tías por cuestión de disponibilidad y pacificación, supongo. Recuerdo que estaba en los pensamientos previos a la inmersión en los sueños, cuando escuché como mi madre trataba de razonar, si así se puede calificar, la reacción de mi padre contra los suyos: “No hagáis caso, es que a veces se le sube el vino a la cabeza”. Si las palabras hielan y el tono envenena, en esta ocasión el dicho quedó más que cumplido, pues mi madre no hablaba distendidamente y si pretendía quitar dramatismo a lo ocurrido consiguió el efecto contrario. Una violenta angustia se apoderó de mi corazón de chiquillo. Muy grave habría de parecerle el hecho y sus circunstancias para que incumpliera una norma que ni siquiera había necesitado de la transmisión oral en familia; una norma que el sentido común y el del innato pudor hacen intuir e imponen, como ninguna otra, su obligado cumplimiento: las miserias propias no se exponen ante nadie. ¿Por qué para disculpar un mal menor y puntual se pone al descubierto uno mayor, duradero y más vergonzante? ¿Cómo se puede entender que tu madre sea la persona que descabalgue a tu padre del pedestal al que uno mismo, por necesidad primaria de buscar modelos, tiene la certeza de haber aupado? Mis inexpertos mecanismos de defensa emprendieron la búsqueda, en los pocos recuerdos almacenados, de una situación similar por si en ella podía encontrar indicios de amparo, consuelo o incluso solución. También pensé en otras personas a las que acudir con la misma finalidad, pero en seguida tuve que descartar a los amigos del colegio o del barrio; a los profesores (más adultos no, por favor) y a mi propio hermano, que de saber lo mismo que yo, suponía que también se encontraría en idéntica y sufrida situación.

Entonces, inexplicablemente, recordé al protagonista de una lectura fragmentaria hecha en clase de lengua española durante el curso anterior. Se trataba de un crío, un tal Lázaro o Lazarillo, que sirve a un adulto pedigüeño y ciego. Ambos somos golpeados por adultos próximos: aquel en la cabeza por su amo y contra un toro de piedra y yo en mi alma por mi madre y contra el concepto abstracto del alcoholismo paterno. Ambos llegamos a similares conclusiones. Hemos de espabilar para tratar de prevenir o encajar mejor todo tipo de golpes y sobre todo hemos de asumir que no hay nadie que nos vaya a enseñar a hacerlo ni a consolarnos si no podemos o no sabemos evitarlos: estaremos desesperanzadamente solos el resto de nuestras vidas. Estábamos dando nuestros primeros pasos para exiliarnos de la infancia patria. Nunca nadie hasta nuestros días ha necesitado de psicólogos infantiles y logopedas para que certificaran un futuro fracaso personal.

El tiempo no siempre lo cura todo ni tampoco aporta soluciones: en la inmensa mayoría de los casos pone distintos tipos de finales a todas las historias, ya sean ficciones o realidades. Los finales de estas historias tienen algunos puntos en común. Alonso Quijano recupera cierto nivel de cordura también a base de golpes que le sirven para tomar conciencia de la imposibilidad de su empresa regeneradora. Lázaro, verdadero ejemplo de adaptación al medio, disfruta de lo que hoy sería una plaza de funcionario en la administración local, aunque ha de consentir que, cuanto menos, se sospeche de su honorabilidad matrimonial. Mi tía P. murió a finales de los ochenta tras padecer durante años un espantoso cáncer. Sólo por algunas horas alcancé a volver a verla con vida. Mi viejo prolongó su suicidio a base de una estricta dieta consistente en el consumo diario de tres paquetes de tabaco negro y más de un litro del vino más barato y amargo que se podía comprar a granel. Mi tía J. y mi madre olvidan que todavía lo son orbitando alrededor del planeta Alzheimer en cuya superficie se estrellarán inevitablemente.

En lo que respecta a mi hermano y a mí, nos hemos convertido como decía y deseaba mi madre, en unos auténticos “hombres de provecho” por la vía de acumular años de antigüedad, cada uno en su empleo, hasta alcanzar una cifra que comienza a causar horror.

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