La biblioteca fantasma

Envidia de Goya

 

En nuestra serie dedicada a Enrique Castro Delgado tratamos el asalto al Cuartel de la Montaña. Se nos pasó citar el testimonio de Juan-Simeón Vidarte, junto al de Castro uno de los más definitorios. Allá va, a pelo.

Se dirigió Castelló a uno de los puestos militares cerca de la estatua de Don Quijote y Sancho, donde estaba emplazado uno de los cañones mandados por el capitán Orad de la Torre. Se lo presenté como un magnífico republicano. Castelló le dio la mano con afecto y le preguntó por el comandante encargado de dirigir el asalto al cuartel de la Montaña.

Nadie estaba encargado de nada, ni mandaba nada. Era una versión siglo XX de la toma de la Bastilla. Castelló se quedó dialogando con algunos militares. Mientras tanto yo me lancé a recorrer la plaza de España y a dar vueltas por la calle del Conde Duque y otras que rodean el cuartel. Había millares de personas, unas con fusiles, otras de simple espectadores como yo. Los más esperando el asalto al cuartel donde se nos había dicho que existían, no sólo los 45000 cerrojos para los fusiles que estaban en el parque, sino una gran cantidad de armas de todas clases: fusiles, ametralladoras, bombas, etc. Encontré a grupos de milicianos armados, de las Juventudes, Socialistas, que iban a hacer sus primeras armas en tan decisivo episodio. Grupos de la Motorizada habían salido ya a la Sierra por orden de la Ejecutiva del Partido. Volví a reunirme con el general que había continuado dando instrucciones tácticas al capitán Orad de la Torre.

Al poco rato regresamos al ministerio de la Guerra. […]

Entré en mi dormitorio. Mi intención era ducharme y descansar mientras me llamaba Castelló, para continuar nuestra visita a los cuarteles. Me eché un rato en la cama. Desde el 17 a la fecha no había tenido el menor descanso. Debí quedarme amodorrado. Me despertaron los cañonazos que disparaba la artillería contra el cuartel de la Montaña. Salí precipitadamente de la habitación. El ministro se había marchado sin esperarme. Uno de los coches del ministerio me llevó a la plaza de España. Vino conmigo un oficial al que engañé diciendo que estaba citado allí con mi tío. Me informó que Castelló había salido, al poco rato de llegar al ministerio.

Mientras recorríamos velozmente la Gran Vía yo me reprochaba el haberme dejado vencer por la fatiga.

 

Los cañones ya no estaban emplazados en el mismo lugar. Pero los cañonazos retumbaban en mis oídos como lúgubres campanadas. Se escuchaba insistentemente el tableteo de las ametralladoras de los defensores del cuartel. Las ambulancias de la Cruz Roja se abrían paso entre los milicianos y guardias de Asalto, y conducían los primeros heridos a los hospitales. Apenas clareaba el día.

[…]

Volví al cuartel. Se veían perfectamente los destrozos de la artillería en su fachada. Gran número de ventanas estaban destruidas. Sobre ellas recostados en sacos de arena se veían los cadáveres de sus defensores.

Encuentro a unos cuantos milicianos que a pesar de haber pasado la noche pegando tiros están tan fresquitos dando saltos y gritos de viva la República. Entre ellos recuerdo a uno de nuestros más activos y entusiastas jóvenes socialistas, Máximo de Dios. Lleva un buen montón de proclamas en la mano que va repartiendo. No es posible que haya podido recogerlas de las arrojadas por los aviones. Es seguro que se ha hecho de ellas en la imprenta.

El plazo que los aviadores han dado es muy corto; pero a nosotros nos parece un siglo. Vuelve de nuevo la aviación, suenan las primeras bombas que caen sobre Madrid. ¡Cuántos miles habrían de caer en casi tres años de lucha fratricida! ¡De nuevo los cañones ayudan en su labor destructora! Se alzan en algunas ventanas del cuartel pañuelos blancos. Estallan entre los milicianos gritos de locura; se oyen los acordes de la Internacional, coreada por miles de voces.

“Agrupémonos todos en la lucha final, y se alcen los pueblos, por la Internacional.”

Jamás oiré una Internacional como ésa. No era el himno de la fraternidad universal. Era un canto rabioso, de pasión, de ira, y lo más extraño es que estaba siendo coreado desde los patios del cuartel de la Montaña.

Cientos de personas se han lanzado por los boquetes abiertos en las murallas del edificio; ya nadie podrá contener al pueblo. Siento que me toman del brazo. Es el escultor Emiliano Barral, que con la cara lívida y los ojos impregnados en lágrimas, me dice: “Vamos nosotros también. Es el espectáculo más grandioso que podremos contemplar en nuestra vida.”

Mundo Gráfico, 2-12-1936

Tardamos en llegar al patio central diez o doce minutos. Quizás haya pasado un cuarto de hora desde que entraron los primeros asaltantes. El patio está lleno de cadáveres. Se ha luchado cuerpo a cuerpo con sus defensores. Hay cadáveres magullados que parecen haber sido arrojados desde los pisos altos del edificio.

El espectáculo es emocionante, único. Los soldados a quienes sus jefes habían obligado a resistir, se arrojan en brazos de los milicianos. Se abrazan, se besan. De pronto se oye un tremendo escándalo y gritos de “¡Mátenlos, mátenlos!”: son varios oficiales que han sido detenidos a quienes un grupo de guardias de Asalto y de milicianos están protegiendo de la multitud.

Un miliciano me llama la atención sobre uno de los cadáveres.

-Mira ese con las cejas depiladas y las uñas pintadas. Qué habría venido a hacer aquí este marica …

 

-Todo el mundo tiene derecho a tener ideas. Y es siempre digno el morir por ellas.

En un extremo del patio recostados sobre la pared hay tres sargentos frente a un piquete de milicianos. Me acerco al que lo manda; es… un miliciano más.

-Soy diputado del Frente Popular. ¿Qué es lo que vais a hacer con esta gente?, son prisioneros de guerra.

-¡Son una punta de cabrones! Han levantado bandera blanca y cuando se acercaban los milicianos han empezado a disparar sobre ellos. Muchos de los compañeros que ves ahí tendidos los han asesinado ellos. Han ametrallado al pueblo, con engaños; era el pueblo quien debía juzgarlos y el pueblo ya los ha juzgado.

-¡A muerte! -dice uno de los miIicianos-. ¡A muerte los traidores de la República!

-Aquí no hay nada que hacer -me dice por lo bajo, Barral.

El que mandaba el piquete al verse en presencia de un diputado del Frente Popular no quiere aparecer como un incontrolado cualquiera.

-A ver, vosotros, ¿queréis un cura que os confiese?

-Sí, creemos en Dios y a él encomendamos nuestras almas.

-Pues que os aproveche.

El jefe del piquete se ha dirigido a otro lugar del patio donde un gran número de prisioneros con los brazos en alto esperan con resignación que se cumpla su destino;

-¿Hay entre vosotros un cura?

Del grupo se destaca un hombre joven.

-¡Pues cumple con tu deber!

El capellán se echó al cuello su estola y bendiciéndolos va escuchando la confesión de cada uno. Después les da a besar un crucifijo.

-¿Ya terminó, padre?

-Todavía no. Falto yo. El capellán se ha colocado al lado de los tres condenados. -Esto no va con usted, padre. -Sí. Yo también disparé contra vosotros después de haber

izado la bandera blanca-o Levanta el crucifijo y dice :-Que Dios nos perdone y os perdone también a vosotros.

Los milicianos se han quedado sorprendidos.

-¿Qué hacemos? ¿ Nos lo cargamos?

-¡Qué podemos hacer! Él también disparó después de haber izado la bandera blanca… ¡Milicianos… preparen… apunten… fuego! Han quedado cuatro cadáveres más en aquel inmenso patio del cuartel de la Montaña, donde la muerte ha segado tantas vidas.

-Tenía pelotas el curita -dice Barral-. Yo creía que sólo entre nosotros se daba gente así; entre los que luchamos por los grandes ideales de libertad, de justicia…

-Sí, los monstruos sagrados… pero el valor no es privativo de ninguna idea.

-Vidarte, yo nunca he envidiado a nadie, pero ahora sí, ¿sabes a quién?

-¿A Goya?

-Sí a él, sólo el pincel de un pintor como él podría guardar para la eternidad imágenes como éstas.

 

-También se presta a un buen bajorrelieve. Como tú serás el escultor que harás el monumento a la victoria, allá en el Guadarrama…

-Y ¿por qué no en el cerro de los Ángeles?

Al desparramar la vista sobre el patio, observo que recostado sobre una mujer herida, un miliciano, mirando a su alrededor, se ha quitado su brazalete y lo ha puesto en el brazo de aquella mujer. Voy acercándome cautelosamente por detrás de los protagonistas de esta escena. El miliciano se ha quitado su pañuelo rojo y lo pone al cuello de la muchacha. Oigo que le dice:

-¿Cómo te llamas?

-Luisa Fernanda.

-Nombre de princesa. Desde ahora te llamarás Paloma, símbolo de paz. -Si te pasa algo pregunta por mí en el palacio de Medinaceli.

-¿Eres pariente de ellos?

-Yo ¡qué hostia! Es que desde anoche el palacio es nuestro. Si te molestan al salir de aquí diles que eres amiga de Juanita Rico y si no, pregunta por mí. Soy Fernando Fajardo. Todo el mundo me conoce.

Fernando se ha vuelto de pronto y me reconoce. Se ha asustado.

-Está herida -me dice confuso como un niño sorprendido en falta. -Ya lo veo y además es guapa. No te preocupes, Pimpinela, yo también hubiera hecho lo mismo.

Busco a Barral. Está sentado en el suelo con un cuaderno sobre las rodillas y toma algunos apuntes del cadáver de un joven, cubierto de sangre. Se ha puesto un casco de una de aquellas víctimas de la sublevación, que le protege del sol. Está rodeado de cadáveres, algunos de muchachas falangistas con blusa y pantalón.

En estos momentos se acerca a nosotros Enrique Puente, el jefe de la Motorizada.

-Venid con nosotros al cuarto de banderas. He puesto allí a algunos de la Juventud para que no pase nadie. Penetramos en una de las galerías que da al patio. A ambos lados de la puerta están varios jóvenes de la Motorizada.

-¿Está ahí el general Fanjul?

-No creo; son jóvenes.

Ha entreabierto la puerta y entramos en un gran salón, Barral, Puente y yo.

Caídos en sus sillones a los dos lados de la gran sala están los cuerpos de diez o doce oficiales, con sus pistolas en las manos y un chorro de sangre cubriéndoles la cara. Uno de los milicianos lleva ya en su casco un buen montón de carnets, carteras y documentos personales. Le exhibo mi carnet de diputado:

-Démelos, yo los entregaré al ministro de la Guerra.

Aquel joven me los da. Le arde la sangre y quiere seguir actuando, recorriendo el cuartel,. participando de aquellos momentos en que todos quisiéramos estar en todas partes.

Contemplando el macabro espectáculo de estos militares jóvenes, cuyos cadáveres rodeaban el sillón presidencial, en aquella sala de banderas, que debió haber ocupado el general Fanjul, como jefe de la sublevación, comprendí cuán fuerte debía ser el sentido del honor en los cabecillas de la sublevación para llevarlos al suicidio, venciendo sus sentimientos religiosos. Un “bel morire tutta la vita honora”.

Barral me dice: -Me gustaría conocer a Castelló, debe ser un hombre estupendo.

-No creas; todo esto lo ha hecho el pueblo. Él es sólo un militar leal al gobierno. Pero ven conmigo y no me lo agradezcas. Necesito tu casco para guardar todo esto;

-Yo lo llevaré.

Guardamos dentro del casco carnets, carteras, relojes, objetos personales de los oficiales que se habían suicidado. Algunos de estos relojes estaban parados a las diez. A esa hora se detuvo la vida de su dueño para siempre. Fue un sueño trágico de una noche de verano, sueño de dominación de Madrid, de España: ellos no lo verían jamás.

Cuando salimos al patio central, mareados por aquella dantesca pesadilla, vemos un grupo de guardias de Asalto que rodean al general Fanjul, a quien el pueblo quiere despedazar. Ya en la rampa veo a una muchacha cuyo pañuelo rojo se confunde con la sangre que mana de su hombro. i Vivan nuestras valientes milicianas! , gritan varios muchachos a su paso. Reconozco a la amiga de Fajardo, casi desmayada, sostenida por los brazos de dos milicianos.

Y en la terraza, algunos gritos de i Viva Falange Española!, seguidos de una descarga de fusilería.

En un pasillo del ministerio de la Guerra encuentro al comandante Sicardó. Todo el mundo comenta los sucesos del cuartel de la Montaña. Pero a mí me interesa saber lo que ha ocurrido en los otros cuarteles.

-¡Todos, todos, están en poder del gobierno! Hoyes un gran día para España!

Entramos en el despacho de Castelló. Tiene los ojos brillantes. Se pasa el pañuelo por la frente y la calva sudorosa. Le doy un abrazo.

-Felicidades, Luis. El cuartel de la Montaña se tomó como tú querías. .. Y hoy podréis anunciar, antes de las doce, que Madrid es del gobierno.

-Estoy muy satisfecho. Creo que esto nos hará ganar la guerra. Cataluña también es nuestra.

-Perdona, Luis. El escultor Barral, el autor del magnífico monumento a Pablo Iglesias del parque del Oeste.

-Me alegro de conocerlo. Tomemos juntos una copa.

-Con mucho gusto brindaré por usted, por el gobierno y por el heroísmo del pueblo madrileño.

-Hemos traído del cuartel unas cosas que han de impresionarte. No sé si sabes que doce o quince oficiales se han suicidado.

Castelló ha detenido la copa que llevaba a los labios.

-No sabía nada. Es terrible. Yo sólo sabía que estaba detenido el general Fanjul…

-Te traemos los carnets, carteras y objetos personales que tenían en sus bolsillos. Barral y yo comenzamos a desliar los pañuelos y a extender sobre la mesa su contenido.

-¡Cuánta juventud perdida. Eran unos valientes!

De pronto se ha quedado pensativo. Tiene sobre la mesa los carnets de los oficiales que se habían suicidado. Mira el retrato de uno de ellos. Este es el hijo de un íntimo amigo mío, que fue mi ayudante.” Su voz está emocionada. “A éste lo tuve en mi regimiento. I Era un bravo tipo! A poco de llegar a Badajoz recibí su participación de casamiento. Ha debido casarse hace unos dos meses. Este debe ser su anillo … ”

-¡Maldita sublevación -dice Barral!

-Diga usted mejor ¡maldita guerra! Esto ya no hay Dios que lo detenga.

-Sí, es la guerra, Luis. Pero no hemos sido nosotros los que prendimos fuego a la mecha. Ya veo que tienes ahí unas botellas de vino: jerez, manzanilla, tus vinos de Sevilla…

-Espero que vengan los aviadores de Cuatro Vientos y los artilleros que tan bravamente se han portado. Pero vamos a tomarnos una copa.

Castelló ha llenado tres copas y nos ofrece dos a Barral y a mí.

-Por la victoria, Luis. Y por lo bien que planeaste la batalla.

-¡ Por la República y por el doctor Giral! i Sí él hubiera sido el presidente del Consejo el 17 de julio, a estas horas no quedaría un sublevado en toda España!

Hemos dejado el ministerio. Barral al salir del despacho se ha puesto de nuevo el casco y dice: “Este me está mejor. El que tenía antes era de un cabezón. Ya no me lo. quitaré hasta que celebremos la victoria.”

Un Comentario

  1. Vaya, los Vidarte… una fuente muy buena en muchos detalles, pero también muy falaz en ocasiones.
    Estuvieron de saldo en Moyano años y años. Ahora son raros de ver.
    No dejes de releer los sucesos de la matanza de la Modelo.

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