La biblioteca fantasma

En los dominios del Kremlin

2ª ed. México: Atlántico, 1952

En 1938 salió de España la última expedición de pilotos que habría de culminar su formación en la URSS. No todos los que desde Rusia quisieron emigrar a Francia o a países americanos lo consiguieron. Algunos terminaron en el Gulag. Este es uno de los capítulos negros de la República española, y muy especialmente de don Juan Negrín, que supo mover los hilos adecuados para que su hijo Rómulo abandonara los cursos de aviación mientras el resto de pilotos quedaba en manos soviéticas. La República pagó generosamente estos cursos, como demuestra la historiadora Carmen Calvo Jung en su libro Los últimos aviadores de la República: la cuarta expedición a Kirovabad, pero fue incapaz de otorgar a sus ciudadanos la libertad de salir de Rusia. Recomiendo la lectura del libro de Calvo Jung. Se trata de un trabajo extraordinariamente documentado que vuelve a dar nombre a un grupo de españoles republicanos que cayeron en el olvido.

Calvo Jung cita muchas memorias de estos pilotos -alguna de ellas inéditas- en su libro. Tengo tres en mis manos. 18 años en la U.R.S.S., de Vicente Monclús Guallar, Un piloto español en la U.R.S.S., de Juan Blasco Cobo y En los dominios del Kremlin, de José Luis Rico. Los tres coinciden al narrar hechos fundamentales y no difiere mucho el desprecio que muestran hacia sus carceleros. Eran republicanos, no comunistas, y cayeron víctimas de la propaganda soviética. Creyeron que llegarían a un mundo paradisíaco y el desencanto fue absoluto. Creo que es de justicia hacerles un pequeño hueco en nuestra cofradía de renegados y desengañados.

nº 2, 1938

(Blasco) Tengo la impresión de que por estas latitudes son más inhumanos de lo que podía juzgar a través de las páginas de la revista La U.R.S.S. en construcción que leíamos en España. Dicen que son felices y que son muy ricos. Quizá sea verdad, pero yo en un día veo más andrajosos en una calle de este pueblo que he visto en toda mi vida en nuestra pobre España.

Monclús y Blasco sufrieron varios años de prisión en cárceles rusas y en el Gulag. Su testimonio es brutal y doliente, aniquilador. José Antonio Rico tuvo más suerte (se doblegó al régimen), pero su resentimiento y su crítica al comunismo tiene el mismo tono que el de los otros dos. Me ha sido imposible encontrar información sobre José Antonio Rico Martínez y sobre la editorial donde publicó En los dominios del Kremlin. Sé que hubo dos ediciones: la primera de 1950 y la segunda -a la que pertenece mi ejemplar- de 1952. He seguido su rastro en catálogos y le he encontrado unos pocos registros en los que consta como traductor.

Los pilotos españoles fueron presionados sin misericordia por los rusos para que se quedaran en el país. Trataron de evitar que se marcharan utilizando propaganda burda que los jóvenes escuchaban con incredulidad. Lo que les contaban no se correspondía en absoluto con lo que ellos veían. Para colmo, se les trataba prácticamente como prisioneros, sin dejarles salir de la academia de Kirovabad. En su viaje desde La Haya hasta Leningrado no les dejaron desembarcar en los dos puertos en los que hicieron escala, aunque algunos incumplieron las órdenes y pudieron caminar, tras huir furtivamente, por las calles de Londres.

Rompehielos Stalin (1939)

(Rico) El panorama extendido a nuestra vista era maravilloso. El mar, bajo un cielo demasiado claro para lo avanzado de la nocturna hora -un cielo en el que rielaba la luna y titilaban mates y escasas estrellas- aparecía llano, inmaculadamente blanco. El rompehielos Iosif Stalin, que había venido a nuestro encuentro para abrirnos paso hasta Leningrado, extendió, mediante sus reflectores, suaves haces de luz que se prolongaron hasta lo infinito sobre la capa de prístina blancura.

(Monclús) Siguieron días muy aburridos, siempre navegando. Vislumbramos Copenhague y entramos en el Mar Báltico. Como hacía frío, permanecíamos casi siempre en los camarotes. De pronto, notamos que el barco estaba parado. Subimos a cubierta y pudimos contemplar un espectáculo completamente nuevo para nosotros. El Coperacia [i. e. Kooperatsia] estaba cercado por el hielo. Realmente aquello era bello. Al cabo de unas horas pudimos ver, muy lejos, una columna de humo. ¡Era el rompehielos Stalin!, uno de los más grandes de Rusia, que se acercaba lentamente rompiendo con su potente proa el mar helado.
El Stalin se aproxima: las sirenas de los dos barcos se saludan. El rompehielos describe una gran curva y empieza a abrir un canal en el agua helada, lo que permite el avance. El viento era muy fuerte y verdaderamente glacial. Para nuestros vestidos occidentales aquel frío era muy duro. Pero, a pesar de ello, no nos movíamos de cubierta. Lo que veíamos era tan nuevo, tan atractivo, que no nos importaba el frío.

La formación en Kirovabad transcurría entre clases técnicas, una aborrecible instrucción política y la expansión juvenil de unos muchachos que comenzaban a sufrir la falta de libertad. Pronto surgieron las primeras protestas y las primeras desavenencias. El dirigente comunista Martínez Cartón llegó a Kirovabad con la intención de persuadirles de que se quedaran sirviendo a los soviéticos. El grupo se dividió entre los que querían quedarse en Rusia (muchos de ellos miembros del partido) y los que querían marcharse.

Madrid: Antorcha, 1960

(Monclús) Cinco días después de las entrevistas con los llegados de Moscú, se llevaron de la Escuela a los compatriotas siguientes: Buylla, hijo del comisario general de Marruecos, que fué fusilado por los nacionales; Barceló, hijo del coronel Barceló, muerto cuando la junta de Casado; Antonio Rico, de Madrid; Cherda, de Barcelona.
Hasta ese momento esos cinco jóvenes habían sido españoles. Ahora, en virtud de lo que habían firmado, iban a obedecer ciegamente las órdenes de Moscú. De hijos del pueblo español, pasaban a ser espías rusos.
La escuela a que fueron enviados está situada a unos treinta kilómetros de Moscú, cerca de la línea férrea de dicha ciudad a Leningrado.

(Prieto) El discurso del camarada Cartón concluyó por convencernos de que los comunistas no rusos hallábanse entregados, por completo, al servicio del imperialismo soviético. Pero, ¿era posible -¡aquí lo veíamos tan claro!- que los gobiernos extranjeros permitiesen organizarse en sus respectivos territorios a estos agentes de un poder extraño? – nos preguntábamos. Decididamente, el mundo estaba orate.
El día dos de junio de 1939 recibimos órdenes de arreglar nuestros equipajes los siguientes compañeros: José Barceló, hijo del teniente coronel Barceló, fusilado en Madrid por la Junta de Defensa Nacional; Ángel Cerdán, de Barcelona; Antonio Plaja, también de Barcelona; Eugenio Porras Caballero, hijo del escritor madrileño Antonio Porras; el jefe de nuestra expedición, teniente de la aviación republicana, Félix López y yo.

(Blasco) A las dos semanas, o quizá tres, de haberse ido la Comisión, salió el primer grupo de alumnos españoles compuesto por diez personas. Los nombraron de improviso, y estaba compuesto por “buenos” y por “malos”. A los pocos días salió otro grupo de composición similar. Nadie decía dónde iban esos grupos y qué iban a hacer. Pero con ellos se desvivían. El trato era exquisito. Los que quedamos en la escuela denominábamos a aquellos grupos “los misteriosos”. Más tarde supimos que el denominativo encajaba perfectamente…
Con motivo de la marcha de esos grupos yo me acordé de Cartón y de los que salían del aula de las consultas con la cabeza gacha.

Martínez Cartón, a la derecha, durante la guerra civil

Rico fue a lo que él llama “la escuela de conspiración”, desde julio del 39 a febrero de 1940. Fueron tratados a cuerpo de rey. “Algunos compañeros -Alarcón, Aparici y Plaja- acogieron con entusiasmo la idea de dedicarse a esta nueva profesión. Los restantes compatriotas, aunque descontentos por el cariz que tomaban las cosas, no nos atrevimos o no supimos manifestar a Garnuli ni a los miembros de las distintas comisiones nuestro profundo disgusto por la clase de estudios que se nos imponía. No obstante, protestamos de ello, aunque no quizá con la energía requerida. Nuestras imaginaciones, inquietas por las fantasías que habíamos oído en el curso de nuestras vidas y por los relatos leídos en diversas novelas policíacas sobre asuntos de espías y espionaje, hallábanse excitadas”.

Rico cuenta con detalle sus estudios como espía de la NKVD, el tren de vida que llevaban, alejadísimo de las penurias que conocemos por otros testimonios, entre ellos el de Enrique Castro Delgado. Mujeres (un compañero apellidado Zapatero fue novio de una “vampiresa” llamada Eva que terminaría posteriormente casada con Eusebio Cimorra), trajes, impunidad en las juergas del café Madrid cuando se corría la voz de que eran “enkavedés”… Lo que Rico no cuenta -o hace de pasada, disculpándose-, fue su trabajo real como espía. Escribió informes sobre otros compatriotas, informes que él tilda de irrelevantes, pero que fueron efectivamente usados contra sus ex-compañeros, como relata Blasco Cobo. Éste fue conminado de nuevo en Kirovabad a ingresar en la escuela moscovita. Para ello le mostraron fotografías de los que ya estudiaban allí, acompañados de hermosas mujeres. Tal era la burda táctica que, en algunos casos, parecía funcionar.

José Antonio Rico

Cierto día de descanso, nos hallamos con un nuevo grupo de compatriotas, asimismo procedentes de Kirovabad, que cursaban estudios de radio con fines conspirativos, en otra quinta vjod strogo vorspyescháyetsa de los alrededores de Moscú. Eran: César La Hoz, de Madrid; Venancio Uribe, de Valencia, hermano de José Antonio Uribe, miembro éste del C. C. del P. C. de España y representante del mismo, actualmente, ante el Comité Central del Partido Bolchevique, puesto que aos atrás ocupara Dolores Ibarruri, la célebre Pasionaria; José Badía, de Barcelona, y Tomás González Verduras, de Madrid. (Rico)

Paréntesis: ¿quién sería este Tomás González Verduras? En alguna web lo he visto como Tomás González Verdura. Rico le define como fanático comunista. ¿Sería el González, el Tomás de Enrique Castro Delgado, jefe de la ITA, grupo de los servicios especiales del Quinto Regimiento que mantenía la checa de la calle Serrano?

Muchos de los grupos que salieron de Kirovabad fueron desperdigados por diferentes localidades rusas. Uno de ellos llegó a la escuela de aviación de Planernaya, en las afueras de Moscú. Allí volvieron a encresparse exigiendo salir del país.

Modesto, Cordón y Lister en el ejército soviético

(Prieto) Más que nunca deseábamos, en pocas palabras, volver al putrefacto mundo capitalista.
Hallándose los alumnos pilotos en este estado de ánimo, llegaron a Planérnaya, Enrique Castro, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España, y con él, Líster, comandante del V Cuerpo del Ejército de la República Española. Venían a agitarles y a proseguir la campaña, para que se quedasen en la U.R.S.S. Castro les lanzó un entusiasta discurso, intentando despertarles los supuestamente dormidos sentimientos antifascistas. Castro no es ningún iluso. Sabía tan bien como nuestros compañeros, que esos sentimientos hallábanse más despiertos en los ánimos de éstos que en el suyo propio. Entre nuestros compañeros eran sinderos; él se valía de ellos como de simples armas políticas, útiles en determinada época e inútiles en otras, según las circunstancias que se presentasen. El comandante Líster sólo les convenció de que eran extraordinarias su incultura y su brutalidad, y que el azar de la guerra y la propaganda política pueden lograr verdaderos milagros como, por ejemplo, convertir en general a un individuo semianalfabeto. ¿Qué consiguieron, en suma, con sus discursos?
Absolutamente nada, y ambos abandonaron la casa de descanso convencidos de lo mismo. Habían oído los jóvenes pilotos demasiados tópicos y consignas, quizás tantas como ellos, y sabían en qué se basaban los argumentos comunistas. Podían, incluso, mitinear en plan bolchevique. Así, pues, Castro, mohíno, regresó a la oficina del Komintern, en donde trabajaba, y Líster a la Academia de Frunce, en donde compartía sus estudios con algunos otros técnicos militares españoles tales como Valentín González -Campesino- Tagüeña, etc.

(Monclús) El día 18 de agosto de 1939, organizaron una conferencia en la escuela, actuando de orador nada menos que LISTER, comandante de un Cuerpo de Ejército durante nuestra guerra. En la primera parte de su perorata, nos repitió el disco de la traición de todos los dirigentes políticos y sindicales de España y lo otro de que, sólo el Partido Comunista era el defensor de las libertades del pueblo español. Después se dirigió a nosotros para decirnos que, por nuestro propio interés, y por la libertad del pueblo español, deberíamos ponernos a disposición del gobierno soviético. Lister no era orador ni capaz de decir media docena de palabras por cuenta propia. Se limitó a leer, mal, lo que le habían dado escrito.

(Monclús) Siguieron las coacciones. Las amenazas de los comunistas españoles eran cada día más soeces y violentas. Un día llegó a la casa de reposo Santiago Castro [sic], miembro del Buró Político del Partido Comunista. De una forma brutal nos dijo:
– Vengo a veros por mandato de José Díaz y Dolores Ibarruri, para proponeros, por última vez, que os pongáis a las órdenes del gobierno soviético. Si no lo hacéis así, se os considerará como traidores al pueblo español.

Blasco cita otra arenga de un “ex comisario” comunista, corpulento, de unos cuarenta y cinco años. Podría ser Lister. Trata de convencer a Monclús y en su discurso es especialmente violento, acusando a alguno de los pilotos de ser un espía franquista. Castro Delgado, por su parte, también recuerda en Mi fe se perdió en Moscú el encuentro en Planernaya.

Blagoeva, mientras tanto, traduce, fuma y tose. Yo escucho.
-Camarada -dice él y traduce ella -, usted sabe que aquí estudiaba un grupo de aviadores españoles llegados meses antes de terminar la guerra … Hago una leve afirmación con la cabeza. -…Lógicamente -prosigue -, terminada la guerra debían terminar el curso. Así ha sido. Actualmente dichos aviadores se encuentran en una casa de descanso en los alrededores de Moscú … Parece ser que ayer se han indis­ciplinado contra el director de la casa y que gritan constantemente que quieren marcharse de la Unión Soviética.
Se detiene frente a mí, enciende su pipa, lanza una bocanada de humo al espacio y continúa …
-Quiero que inmediatamente salga usted con el camarada Bielov, para que hable con ellos y vea qué hay detrás de esa protesta …
Recorre en silencio la habitación … Vuelve a detenerse ante mí…
-Después me informará, camarada.
Blagoeva se levanta. Me levanto. Dimitrov me da la mano y salimos. Mi primer encuentro con el Secretario General del Comité Ejecutivo de la In­ternacional Comunista ha terminado.
[…]
Blagoeva me hace una indicación de que siga a Bielov. Le sigo. Salimos del despacho). En la puerta del edificio, nos espera un automóvil. Subimos y arranca rápidamente.
Ninguno hablamos: ni Bielov, ni el chófer, ni yo.
En la imposibilidad de iniciar la conversación, me dedico a fumar y con­templar el paisaje: pequeñas casas de madera y grandes árboles, que forman los costados de la estrecha carretera por donde vamos. Luego, pasamos por delante de un aeródromo militar: alambradas de púas, garitas sobre -caballe­tes, soldados con fusil, aviones en tierra y aviones sobre nosotros.
Después otra vez la vieja fisonomía del camino: pequeñas casas y grandes árboles. De vez en cuando alguna que otra persona que pasa indiferente a todo: a nosotros, al coche y al polvo. Seguimos. Llevamos veinte minutos de camino: veinte minutos de mirar el paisaje… Llevamos cuarenta minutos de camino: cuarenta minutos de mirar el paisaje. La carretera nos conduce al fin hasta un recinto de elevadas cercas y varias casas.
En la fachada del edificio principal hay dos grandes retratos de Lenin y Stalin y numerosas banderitas rojas. Parece ser que éste es el eterno adorno de esta sombría casa de reposo. Avanzamos hacia la casa, mientras que dos hombres avanzan hacia nosotros. Bielov manda al chófer que detenga el automóvil. Nos apeamos y saludamos. Uno es el director de la casa de reposo; el otro es el traductor. El primero, un veterano de la guerra civil; el segundo, un ex combatiente de la Brigada Internacional, de origen austríaco, llamado Kurt, cuya muerte después hizo pensar y decir a su mujer, Carmen Brufau, que había sido asesinado. Verdad o mentira, esto le sirvió para presentarse ante las embajadas como una víctima.
Pasamos directamente al despacho del director. Nos informa. Considera que todo el descontento se debe a la labor que hacen algunos elementos que él considera sospechosos. Al oír la palabra «sospechosos», Bielov ha levantado la cabeza con la misma rapidez que un perro de caza al olfatear la pieza.
Traen té.
Mientras lo tomamos, el traductor me dice que los aviadores se están con­centrando en el salón de actos, donde debo hablar para acabar con la situa­ción existente.
Unos minutos más y pasamos al salón de actos. Es una sala rectangular.
Hay un pequeño escenario y en él una mesa y varias sillas. Delante del esce­nario, unas veinte filas de bancos y sentados unos cincuenta hombres jóvenes: son los aviadores que quieren marcharse de la Unión Soviética. En esta sala hay más retratos que en todas las habitaciones, despachos y salones de actos que he visto hasta ahora. Aquí, en la pared que está detrás de la presidencia, hay dos retratos: Lenin y Stalin; en las dos paredes laterales figuran, por orden de importancia, el resto de los miembros del Buró Político del Partido Bolchevique y los dos suplentes: Beria y Svernik.
El director se pone en pie. Se hace el silencio. Habla. Diez minutos, vein­te, treinta … Se calla. Se sienta. Saca un pañuelo del bolsillo y se limpia el sudor con el mismo gesto de cansancio con que se lo limpiaría allá en los años de la guerra civil, después de un avance o de una retirada, en los ve­ranos ucranianos … Luego habla al oído de Bielov. Bielov, muy serio, escucha
v asiente.
-El traductor me da una síntesis del discurso: ha hablado de la Unión So­viética, del socialismo, de Lenin, de Stalin, de que son los huéspedes de honor del pueblo soviético, de que no deben irse, de que deben quedarse …
Por lo que puedo observar, la gente no se ha conmovido.
Ahora debo hablar yo. No es fácil hablar. El representante de la Sección de Cuadros de la Komintern ha opinado, por boca del director, que deben quedarse; los aviadores, de palabras antes y con el gesto en este momento, in­sisten en marcharse …
-Camaradas -comienzo -… En primer término quiero saludaros en nombre de la dirección del Partido Comunista de España … En nombre del camarada Dimitrov …
He hecho una pausa … pero nadie ha aplaudido ante la invocación familiar.
-…Ahora os expondré el motivo de nuestra visita. Nos han informado que desde hace algunos días habéis adoptado una actitud de franca indisci­plina contra el director de la casa; que gritáis constantemente que queréis salir de la Uni6n Soviética …
Sigue el silencio … y continúo.
-El camarada Dimitrov, que está muy interesado por vuestra situaci6n y perspectivas, quiere saber qué os ocurre, qué necesitáis, en qué puede ayu­daros. Yo os pediría que hablarais con toda claridad, asegurándoos de antema­no que cuantos deseos expongáis los transmitiré al camarada Dimitrov …
Me siento. Comienzan a hablar.
Uno … Dos … Tres … No sé cuántos … S6lo sé que han sido muchos.
Y el último que habla resume: « … terminada la guerra de España y sus­pendido el curso que estábamos haciendo, han desaparecido todas las razones que nos trajeron a la Unión Soviética … La mayoría de nosotros tiene familia en América y desea reunirse con ella. Este es el problema. No somos antiso­viéticos, ni anticomunistas, puesto que muchos somos miembros del Partido; estamos muy agradecidos al gobierno y al pueblo soviéticos, pero queremos marchamos. Esto es todo lo que deseamos».
Mientras hablaban, los he estado observando. No he encontrado sospe­chosos. No era muv fácil tampoco encontrarlos: habían sido seleccionados entre los mejores combatientes de primera línea. Cada uno de ellos era un testigo excepcional de las mejores páginas de la historia de nuestra guerra.
Cuando han terminado de hablar miro a Bielov, pero Bielov no me mira; miro al director, pero el director no me mira; miro al traductor, pero el tra­ductor está muy interesado mirando los retratos de los miembros del Buró Político …
Concluyo.
-Tened la seguridad de que cuanto habéis expuesto lo haré llegar perso­nalmente al camarada Dimitrov … Por mi parte, no encuentro nada malo en vuestros deseos. Regresamos a Moscú. Otra vez en la Komintern. Y otra vez en el despa­cho de Blagoeva. Durante unos minutos, Bielov y ella hablan animadamente. No entiendo nada. […]
Desde esta entrevista con los aviadores españoles hasta mi salida de la U.R.S.S., no les volví a ver … Sólo sé que algunos, porque al parecer todos ya es imposible, siguen pensando en reunirse con sus familiares en América…

José Antonio Rico terminará trabajando como profesor de idiomas y en Ediciones Internacionales. Hablará con detalle de la nube de espías que le rondaba cuando comenzó a gestionar su salida de la URSS. Gente como un tal Leopoldo (creo que en verdad era Leovigildo), marido de Jesusa Rojo, o el artista Alberto Sánchez, a quien retrata inmisericordemente en la habitación del hotel Lux donde residía César Arconada. Este pintor aparece de igual manera descrito en el libro Rusia por dentro, del diplomático uruguayo Lauro Cruz Goyenola, uno de los que ayudó a Enrique Castro en su agónico deambular de embajada en embajada tratando de gestionar su fuga. Describe un encuentro con él en casa del doctor Carlos Díez, marido de Carmen Brufau. La misma angustia descrita por Castro es la que transmite en el inicio de su libro José Antonio Rico. La espera en embajadas, víctima de la desagradable burocracia bolchevique y también de sus propios compatriotas. Entre ellos, y con esto termino, un conocido de esta biblioteca. Santiago Álvarez. Representante de los españoles en el Socorro Rojo. De él nos dará nuevas noticias, alguna sorprendente.

El camarada español Santiago Álvarez, representante de los emigrados políticos en el M.O.P.R.E., presidía la comisión de que me habló Alberto.
Esta tenía el fin primordial de impedir la salida de Rusia al mayor número posible de compañeros reclamados por sus familias a los distintos países en que ellas residían. Las autoridades soviéticas y los mismos comunistas españoles hallábanse interesados en que el mundo no conociera la odisea de nuestros compatriotas alumnos-pilotos y marineros exilados a campos de trabajo en la llamada Estepa Hambrienta del Kasajstán del Norte […]
La comisión, después de escuchar estas interesantes declaraciones, retiróse a deliberar. Había que darle cierta solemnidad al acto. ¿Cómo los camaradas españoles iban a dejar, en asuntos tan trascendentales, de imitar a sus maestros bolcheviques?
[…]
Representaba a los emigrados políticos españoles en aquella organización Santiago Álvarez, un camarada que había residido en los mismos colectivos que yo, en Voroshilóvgrado y en Alma-Atá. Era un viejo comunista y, para granjearme su confianza -pues asumía también las funciones de presidente de la comisión de que hablé en anteriores capítulos- le dije:
– ¿Sabes? Ya he recibido el visado. Pero el Consulado de Estados Unidos me parece que va a negarme el visado de tránsito por su país. ¿Sabes por qué? A la pregunta, en el cuestionario, de qué religión profesaba, respondí que ninguna. Entonces, la señorita que me tonaba las declaraciones me contestó, con cierto ritintí: -¿Español y no es católico? -No; no soy católico, señorita- le objeté al instante.
– ¡Qué bruto eres, siempre serás lo mismo de atolondrado! -exclamó Álvarez- ¡Debiste decirle que eres católico! ¿Veis como sois muy brutos los que no pertenecéis al partido? ¡A ninguno de nuestros camaradas le han negado el visado! ¡Hay que embaucarles con mentira sobre mentira!
[…]
[En Voroshilovgrado, en la fábrica Revolución de Octubre] Lusha, Julia Kozik y la señora rusa de un viejo polaco, ex combatiente de la guerra civil de España, la esposa de Karliner, la de Santiago Álvarez y la de Ignacio Cobeñas constituían, en total, el número de mujeres del colectivo. Todas ellas, excepto la señora de Cobeñas, que cuidaba de sus pequeños hijos Julito y Matildita, comenzaron, al igual que nosotros, a trabajar en la fábrica.
[…]
Entre los españoles de mayor edad hallábanse Santiago Álvarez e Ignacio Cobeñas, ambos afiliados fundadores del Partido Comunista de España. Santiago Álvarez era honrado, sencillo y noble. Fanático comunista, no titubearía, sin embargo, en matar, si ello le fuera indicado por su partido, a un hijo o a un hermano. Era un hombre todo fe que jamás hallaría nada infame en cualquier táctica o medida que adoptasen sus dirigentes. Durante nuestra estancia en Kirovabad fué uno de los compañeros que sufrió más penurias, perdiendo, sin expresar la protesta más leve, un pequeño hijo a causa de éstas. Era, asimismo, uno de los hombres más austeros que haya conocido. Matilde, la esposa, débil físicamente, contaba, cómo su marido, con un espíritu inquebrantable. En la fábrica trabajaba en un torno. ¡Lástima que individuos de semejante calidad humana halláranse tan imbuidos de fe tan perniciosa! Pero, por lo menos -caso singular entre los comunistas que han vivido la vida normal de Rusia- creían sentir los principios bolcheviques. Ambos esposos contaban alrededor de cincuenta años de edad.

El libro de Rico me parece una lectura imprescindible. Planeó un segundo volumen titulado Amanecer en Estocolmo, que lamentablemente jamás vería la luz. En él pretendía contar las penalidades de los aviadores y marineros que terminaron con sus huesos en el Gulag. La historia de otra infamia más.

  1. Otra grandísima entrada y una aportación de primera. Me impresione lo que cuenta Jose Antonio Rico de Santiago Álvarez. Daría para largo y tendido. Y más estando Castro por medio.
    Ya veremos.

  2. Anónimo

    Este testimonio (que acabo de tomar de http://www.sbhac.net/Republica/Imagenes/FotoFare/FotoFare.htm, donde también hay fotos) le interesará, Sr. Bremaneur: “Mi nombre es Ángel Hermógenes Rodríguez, y llevo el nombre de mi padre, Hermógenes Rodríguez, piloto republicano y el segundo desde la derecha en la fila de agachados en la fotografía 5.1.7, Fuerzas aéreas de la República Española. He encontrado su web por casualidad, y al encontrarme con esa fotografía y leer el texto de apoyo, he pensado que quizás les interesaría saber algo más sobre ese grupo: ninguno de ellos volvió para poner en práctica lo que aprendieron en la academia de vuelo de Kirovabad, en el Cáucaso. Les cogió allí el final de la guerra (a mi padre le dieron la noticia durante un ejercicio de vuelo) y los que no escogieron integrarse en el ejército soviético ni incorporarse a las fábricas permanecieron allí como ‘invitados’ (el gobierno de la República había pagado una gran cantidad en oro por su formación) hasta que se convirtieron en una molestia y los enviaron al gulag, en Karaganda, desde donde iniciaron una larga odisea de 14 años a través de numerosas cárceles y campos de trabajos forzados en toda la URSS, desde Odessa hasta Magadán, en Kolima. En su cautiverio vieron llegar a los prisioneros de la División Azul, con los que fueron repatriados en el año 54 en el famoso barco Semiramis. En la época, Franco utilizó la repatriación de los presos españoles como una gran maniobra de propaganda, incluso existe un Nodo sobre la llegada del barco… Pero no se hizo ni mención de que parte del grupo eran pilotos republicanos, que ayudaron a los presos de la División Azul a su llegada, llegando a salvar la vida del famoso capitán Palacios (de quién sus propios hombres afirmaron que fue un cobarde y que se escondió en la batalla de Krasny Bor). Asimismo, su liberación se logró debido a la toma de conciencia de la comunidad internacional sobre la existencia y penosa situación de presos españoles en los gulag gracias a las cartas clandestinas a la Cruz Roja Internacional que mi padre y sus compañeros lograron sacar a través de repatriados alemanes.
    Es una triste historia que aún hoy día, cuando ya sólo queda uno de ellos con vida, es prácticamente ignorada.”

  3. Anónimo, gracias por el dato. Sobre los pilotos hay mucho escrito y desde muy pronto. Tiempo tendremos de volver a ello. Gracias a esa página que enlaza he recordado que Rafael Pelayo también habla de estos aviadores, y cita muy especialmente a un tal Popeye que, por lo que he sabido después, murió en la batalla de Stalingrado. Ahora lo buscaré, porque en su día anduve siguiéndole el rastro a este Popeye.

    Rufián, lo que dice Rico de Santiago Álvarez también me ha sorprendido. Es el relato perfecto del fanático. Independientemente de su calidad humana se convierte en un autómata al servicio de una idea. El hecho de que Castro lo cite tanto tiene su interés. Castro no da puntada sin hilo, y cuando nombra a alguien es porque juega un papel concreto en la partida que inicia con su libro. “Santi” es la máquina de matar, “Santi” es la persona próxima a los dirigentes del PC. Además de los renegados y los fanáticos, otro día hablaremos de los mártires. En el sentido unamuniano del término. Aquellos que, sabedores del engaño que propugnan, continúan dando ejemplo de una fe ya perdida.

  4. Bremaneur

    A lo Rufián.

    Carlos Escanilla
    Más tarde, y como sobre la marcha de esta primitiva fase, unos [e]lementos del partido que habían sido nombrados policías por el Gobierno Rojo empezaron a llevar a la cheka detenidos, los cuales eran juzgados por ellos mismos y sin intervención ya del comité del Radio, ordenando los citados policías las ejecuciones en las que les auxiliaban los componentes de las antes citadas Brigadillas, siendo alguno de los detenidos trasladados más tarde a la Dirección General de Seguridad. Recuerda el nombre de alguno de estos policías entre ellos el de Santiago Álvarez, el de un tal Urresola, un tal Marasa, un tal Mario y el de un tal Mora o Morán y el de un tal Tellado.

    Desde esta época se empezó a llevar la cheka con tal secreto que se hacía imposible el enterarse de lo que en ella pasaba. Se clausuró la cheka en los últimos días de Octubre del 36.

    Declaración del Carlos Escanilla de Simón, hermano del secretario general del Radio Oeste del Partido Comunista. Pieza cuarta de Checa del Radio Comunista del Oeste, San Bernardo 72, ramo separado nº 4.

  5. Bremaneur

    En los primeros momentos del movimiento se dedicó a su trabajo habitual [calefactor] hasta que en el mes de Agosto del 36 ingresó como agente provisional de Policía siendo destinado a la Comisaría de Vallecas y trasladado a últimos de Agosto del mismo año a una dependencia que estaba situada en la Calle de San Bernardo nº 72 donde existía una cheka de carácter comunista pero que obraban completamente independiente de ella. A esta dependencia fueron cinco agentes al mando de Santiago Álvarez Santiago que actuaba como jefe siendo el resto:
    Manuel Tallado (Jefe de interrogatorios)
    Andrés Urresola Ochoa
    Mario y
    Álvaro Marasa Barasa

    Todos ellos se dedicaban a verificar detenciones y arrestos por orden de Santiago Álvarez y los detenidos eran llevados al domicilio de la dependencia siendo trasladados a las celdas de donde eran sacados para tomarles declaración y conducidos a la oficina del Jefe donde Manuel Tallado procedía a los interrogatorios de los detenidos quedanso su misión limitada –al menos oficialmente- a ponerles a diposición del Jefe y a éste a disposición de la Dirección General de Seguridad aunque con posterioridad ha tenido conocimiento pleno de que había detenidos que no fueron llevados a este Centro sino que fueron asesinados auxiliándoles en esta labor una brigadilla que allí actuaba llamada “POPEYE”.

    Declaración de Álvaro Marasa Barasa. Pieza cuarta de Checa del Radio Comunista del Oeste, San Bernardo 72, ramo separado nº 4

    Fuente: http://pares.mcu.es

  6. Miguel Ángel Rico López

    Mi tío, José Antonio Rico Martínez, llegó a México por el año 1947. Publico dos libros, Amanecer en Estocolmo y En los Dominios del Kremlin. Falleció en ciudad de México en 1968 al ser atropellado por un camión de carga cuando cruzaba la calle.

  7. Blas

    En relación con el comentario del Sr. Hermógenes, quiero aclarar que no todos los aviadores fueron mandados al mismo campo de trabajo-exterminio, pues mi paisano Monclús fue enviado a Vorkuta. Su libro es impresionante.

    Muy interesante el encuentro que tuvo Monclús por aquellos gulages, (Rinos Pagosta, o algo así…) con una enfermera rusa (llamada Elena) quien le reconoció que ella fue la encargada de transmitir las órdenes del PC soviético a Negrín y a Álvarez del Vayo, en citas que tenían lugar el hotel Metropol, de Moscú.

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