La biblioteca fantasma

Otoño en Madrid hacia 1936

Madrid era silencio de noche. Y miedo. Y muchos hombres agazapados esperando la entrada de Franco para comenzar la revancha. Castro pensó en todo. Y comprendió que era el momento decisivo en el lugar decisivo. Y cuando entró en la comandancia le ordenó al Capitán Carlitos:
– Llama al Comisario Carlos… Llama a Tomás, el jefe de la I.T.A… y ordena a nuestras reservas que se desplacen hacia el frente. ¡Pronto, Carlos!
– ¿Qué hay, Castro?
Y Castro informó a su comisario de la conversación con José Díaz. Y de la conversación con Carrillo y Cazorla.
Y luego le tocó hablar con Tomás.
– Comienza la masacre… Sin piedad… La Quinta Columna de que habló Mola debe ser destruida antes de que comience a moverse… ¡No te importe equivocarte! Hay veces que uno se encuentra ante veinte personas… Sabe que entre ellas hay un traidor, pero no sabe quién es… Entonces surge el problema de conciencia y un problema de partido… ¿Me entiendes?…
– Sí.
– Ten en cuenta camarada que un brote de la Quinta Columna sería mucho para ti y para todos…
– ¿Plena libertad?
– Esta es una de las libertades que el Partido, en momentos como éstos, no puede negar a nadie…Y menos a ti…
– De acuerdo.
Y mirando a su comisario, unas palabras.
– Vamos a dormir unas horas… Mañana es 7 de noviembre… El día decisivo… Lo fue para los bolcheviques y lo será para nosotros… ¿Piensas igual que yo, comisario, o hay algo en lo que no estamos de acuerdo?
– Estamos de acuerdo.

A Castro hay que leerlo con mucho cuidado. Sabemos que es un hombre de una megalomanía enfermiza y que todas sus páginas están escritas con esa tinta. Alcanza tal punto su odio y su rencor hacia sus antiguos camaradas que llega a sacrificarse a sí mismo cargando sobre sus hombros la mayor variedad de atrocidades.

En este párrafo le vemos dar órdenes a su mano derecha, Tomás. Le pide que comience la masacre. Evidentemente, no es Castro quien da el pistoletazo de salida a Paracuellos, pero no me cabe la menor duda de que su grupo de “operaciones especiales” intensificó su labor aquellos días. También habla con Vidali, pero en ningún caso le ordena nada. Estoy convencido de que Castro supo cómo se cocinaron las sacas y las “evacuaciones”, pero es posible que no supiera de dónde partieron las órdenes. De haberlo sabido, habría citado sus nombres y aquí los únicos que deja caer son los de Cazorla y Carrillo -lo que no deja de ser significativo-, el de Vidali -a quien deja con una información que de algún modo tuvo que procesar- y los de Tomás y el capitán Carlitos. En el párrafo citado no aparece otro nombre del que sí da cuenta antes: Santi Álvarez. “Alto y delgado, con la cabeza calva”, está al cuidado de José Díaz. Y en otras páginas aparece como el jefe de la guardia que custodia la sede del Partido Comunista en la calle Serrano, antigua sede de Acción Popular, y como uno de los cazadores nocturnos que convirtieron las afueras de la ciudad en muladares donde se pudrían los paseados. ¿Quién era este Santi Álvarez?

  
Dolores Ibarruri en su casa de San Julián de Musques (Vizcaya), con sus dos hijos, Amaya y Rubén

 

Se llamaba Santiago Álvarez Santiago y debió de nacer en torno al comienzo de siglo. Mano derecha de Isidora Ibarruri, más conocida como Dolores o Pasionaria, desde sus inicios en el Partido Comunista en el País Vasco. Como hemos dicho, Castro le sitúa siempre muy cerca de los principales dirigentes del partido. Una anécdota: en su autobiografía, Domingo Malagón cuenta que fue a Bucarest en 1956 a falsificar unos documentos para Dolores. Allí, y junto a Irene Falcón, se encontraban Santi y su mujer Matilde (Matilde Martín Santos). Jugaban al dominó y Dolores abroncaba a Santi, su pareja en el juego, cuando perdían la mano.

Al terminar la guerra Santi Álvarez llegó a Moscú, imagino que sombra de la Pasionaria y de José Díaz. Según cuenta José Antonio Rico en Los dominios del Kremlin, era el representante de los españoles en el MOPR, el Socorro Rojo Internacional. Rico dice que había vivido en sus mismos colectivos (viviendas colectivas) en Vorochílovgrado y Alma-Atá, y cuenta con detalle los impedimentos que este organismo ponía a los que querían salir de la URSS una vez habían conseguido ya su visado.

¿Cuál fue su papel durante la guerra? Castro pone en su boca estas palabras: “La caza ha sido buena esta noche […] Si quieres presenciar un gran espectáculo, quédate”. Castro criticará esos métodos por poco eficaces: “[…] pensó en las tareas de Santi. Hizo un gesto de desprecio. Muchos hombres para para un hombre. Muchas horas para convertir a un vivo en un muerto”. Páginas más adelante lo encontrará en la guardia de la sede del Comité Central:

– ¿Muchos, Santi?
– Estoy todavía lejos de lo suficiente… ¡Pero llegaré, Castro!
Y le enseñó unos dientes largos y amarillos que hacían horrible la sonrisa de aquel hombre que sin fatiga mataba cada día.

En la Causa General, pieza 4 (Checas), ramo separado 37 (Policía), se compilan las listas de agentes de Investigación y Vigilancia. En ellas aparece Santiago Álvarez Santiago. 35 años de edad. Profesión, cesante. Perteneciente al Partido Comunista. Solicita el servicio de Grupo B-Esp. Le avala el propio Partido Comunista y en el apartado de observaciones consta solamente “Vallecas”.

Tuvo un papel relevante en Paracuellos. Formaba parte del consejo de la Dirección General de Seguridad junto a Manuel Rascón Ramírez, Manuel Ramos Martínez, Ramón Torrecilla Guijarro, Félix Vega, Arturo García La Rosa y Juan Alcántara. Santiago Álvarez fue el miembro del Consejo del que dependían los responsables de las sacas de las diferentes cárceles madrileñas: Andrés Urrésola Ochoa (Porlier), Álvaro Marasa Barasa (Ventas), Agapito Sainz de Pedro (San Antón). Algunos de estos nombres aparecen también en la Causa General relacionados con las distintas checas comunistas, muy especialmente la de la calle San Bernardo 72. Checa fundamental del Partido Comunista, en la que tuvo mucho que ver el propio Álvarez, y de la que no se ha escrito absolutamente nada. Paracuellos fue un festín que tuvo su previo aperitivo. Los fogones del partido comunista español funcionaban sin descanso desde el principio de la guerra.

Tenía pensado dedicar la nueva entrada a las memorias de K. A. Merezkow, uno de los rusos que ayudaron en la defensa de Madrid. Las estaba leyendo estos días. Cita un encuentro en las trincheras con Kolsov la víspera del 7 de noviembre. A esto se unió la llegada del libro dedicado de Vittorio Vidali y caí en la cuenta de que estos días se cumplen 75 años de los asesinatos de Paracuellos.

En su momento le dedicamos una serie en esta biblioteca en la que el Rufián, Sexto, el Astrónomo y Antonio se batieron el cobre de forma admirable. Recomiendo su lectura. También han coincidido estos días las lecturas de dos libros en los que se trata el tema de Paracuellos. El escudo de la República, de Ángel Viñas, y Madrid en guerra: la ciudad clandestina, de Javier Cervera. En ninguno de ellos se cita a Santi Álvarez. Cervera sí habla, por ejemplo, de Urresola, uno de los hombres a cargo de Álvarez, pero sorprende que no cite a éste, enlace entre el Comité Central y los hombres que estuvieron relacionados directamente con las sacas y los asesinatos. El caso de Viñas es de otra naturaleza. El Rufián lo resumió con mucha agudeza, como en él es natural. Viñas me ha decepcionado profundamente. Sus presuntos hallazgos suelen ser préstamos de historiadores rusos, jamás reproduce completo un documento importante, resulta evidente su prejuicio a la hora de montar lo que él llamaría “el aparato crítico”, utiliza un tono a veces infantil para hablar de las responsabilidades anarquistas en esos días de noviembre, cita más veces a César Vidal que a personajes relevantes de esta historia, se contradice cuando habla de Stepanov y de la importancia del informe que éste escribió sobre las causas de la guerra de España… En definitiva, un rimero interminable de papel muerto. Seguimos, pues, sin un libro que reuna todo lo que se sabe sobre aquel otoño en Madrid. Hablábamos de la desmemoria…

Coda: Santiago Carrillo, en la entrevista que publicó Ian Gibson en Paracuellos: cómo fue, comentó que el gobierno franquista había dejado regresar a Santiago Álvarez Santiago y que éste había muerto en Alicante el año anterior a la entrevista. Debió de ser en 1980 o 1981. Así fue. Álvarez había solicitado la repatriación de Moscú a España en 1968 y le fue denegada por sus antecedentes. Se le aceptó dos años después (siete desde el fusilamiento de Grimau). ¿Qué llevó al gobierno franquista a abrirle las puertas a uno de los responsables de Paracuellos?