La biblioteca fantasma

Enajenaciones y sustracciones

Por Ricardo M. López Bella

En algunas ocasiones, suele sucederme a media tarde y entrada la semana, comienzo a percibir una sensación de desasosiego cuyo origen desconozco y nunca me ha apetecido establecer. Cuando alcanza su mayor intensidad, temo que las paredes del piso se me vayan a caer encima y una fuerza interior me empuja a salir a la calle con la máxima celeridad posible. El sentido común de muchos otros mortales recomendaría que me sentara en el sofá a consumir televisión o me tomara dos güisquis para dominar el impulso que de mi voluntad se apodera, pero no hay nada de mi gusto en la programación que hoy día nos escupen y con la que insultan nuestro intelecto y, por otro lado, mis relaciones con el alcohol, una vez comienzan, nunca pueden quedar en un par de tragos.

Entonces me dirijo al armario de mi habitación y me pongo un pantalón de cinco bolsillos y segunda mano del Bundeswehr, elijo un suéter de color discreto, me cubro con un tabardo gris, moderadamente cercano al negro, vamos, que me visto de anodino, lo más próximo a la invisibilidad que se me ocurre, y me largo a la estación de metro más cercana. Necesito hacer correr la adrenalina por donde quiera que esta lo haga en mi organismo y sé lo que me ayudará a conseguirlo: voy a robar libros y voy a hacerlo en alguna librería de viejo, de lance o de segunda mano, como gustéis denominarlas.

Durante el trayecto he de decidir a qué mercader del templo he de aligerarle una parte de su pesada carga y para tal elección, repaso mentalmente todos los establecimientos situados en la zona céntrica de mi ciudad y donde habitualmente llevo a cabo mi filantrópica labor. Gracias a estas sustracciones, inducidas por mi curiosidad en unos casos y algunas referencias obtenidas de la lectura de los suplementos culturales de los periódicos, lo que se diría latrocinio autodidacta o robar de oído, fui descubriendo autores, obras y personajes que sorprendieron gratamente mi paladar literario en desarrollo y que constantemente demandaba ser satisfecho. También he alimentado, lo confieso, una especie de fetichismo por los formatos librarios.

En el primer apartado es para mí muy grato mencionar a Andrés Trapiello y su serie de diarios “Salón de pasos perdidos”. Estos escritos rescataron la literatura diarista, de escasa producción y difusión en nuestro país, de la categoría de subgénero a la vez que su éxito sirvió para incitar a los responsables de las editoriales a rastrear y trillar la obra más íntima y desconocida de autores ya desaparecidos o desapercibidos en otro tiempo. No era necesario que el autor leonés afincado en Madrid diera el paso a la ficción con “La tinta simpática” o “El buque fantasma” para que, en mi opinión, figurara entre los contemporáneos de imprescindible lectura. La inmensa mayoría del público no sólo creyó conveniente esperar este cambio para su total reconocimiento: hasta que no fue distinguido con algún premio más o menos mediático, y muy bien pagado (Premio Nadal 2003 por Los amigos del crimen perfecto) no se atrevieron a aplaudirlo como autor de primera fila sin ningún complejo o remordimiento.

A la hora de mencionar obras, no resisto la tentación de referirme a un par de joyas que algunos ignaros y, por lo mismo, irrespetuosos, han calificado de menores y cuyo autor es el incisivo y visceral Arturo Pérez–Reverte. Un tipo conocido por apostar en televisión y en riguroso directo, como reza el tópico, sus sesos a la ruleta rusa jugada con obuses serbios, jáveos o bosnios, según el frente que tocara, por una buena crónica, relatada con la pasión de un locutor deportivo y que se pasó a la crónica taleguera radiofónica con el programa “La ley de la calle”, en el que fue asistido por un comisario, hace años “ex”, y que anuncia colchones o yogures sin sonrojo alguno tras ejercer de tertuliano televisivo, y por un ratero alcohólico, también hace años cesante de ambas actividades, al que Cristo fue a visitar en la que sería su última borrachera, según confesó también en riguroso directo. Tal sucesión de cohetería, delitos y compañías, currículum al fin y al cabo, le sirvió al cartagenero para alumbrar “Territorio Comanche” y “Un asunto de honor”, ambos relatos llevados al cine con el habitual acierto y éxito de las producciones patrias. En el primero homenaje a algunos compañeros de la tribu de los reporteros de guerra, ya sean camarógrafos, fotógrafos o plumíferos y destapa la falsía de unos pocos, amén de abominar de todas las guerras y de quienes las negocian, las provocan y las municionan.

El segundo es una rumba hecha novela en noventa páginas, pero con el tirón adictivo de un buen folletón decimonónico. Lo protagoniza Manolo Jarales Campos al volante de un Volvo 800 Magnum, una suerte de Alatriste de la Nacional 435, que cumple con lo que dejó dicho Jorge Manrique: su vida va a dar a la mar, en su caso intentando redimir el pecado original de belleza y virginidad de una princesa de 16 años. Ahí va un ejemplo de versos sin rima, hay muchos más, que recita el camionero, fruto de los avatares y las calenturas de la vida: “Apreté el botón y la chuli se empalmó en mi mano con un chasquido que daba gloria oírlo”. “Los Chichos”, quizás sin ellos mismos saberlo, entraron en la Real de la Lengua de la mano de Pérez-Reverte.


Pasando a los personajes, es placentero referirme al Spenser de Robert B. Parker. Se trata de un ex-policía metido a detective privado, residente en Boston y que además de ejercer de lo suyo, también milita en el bando del cinismo, lo que quizás le lleva a declarar al amor como su único credo. El tipo practica deportes: corre, nada o boxea, habitualmente a primera hora de la mañana y para reponerse y satisfacer su ego culinario, es capaz de cocinar fetuccine de espinacas acompañados de pimientos rojos y champiñones fritos en aceite de oliva con unas gotas de vinagre de moras y nueces peladas o tortillas, ya sean de patatas y escalopas al tabasco con cerveza o de champiñones al jerez y pan árabe sin levadura para pasarlas. Es un lector culto de obras de culto. Tiene por compañera sentimental, no habitacional, a una profesora de secundaria y la lista de cervezas que son de su gusto es tan larga como la de desplantes verbales, racistas los que dirige a su mejor amigo y colaborador, Hawk, de color afroamericano (si tal existe) y por falta de empatía los destinados a alguno de sus clientes. He aquí ejemplos de cervezas: Millar High Life, Pabst Blue Ribbon, Pilsner Urquell, Steinlager, Rolling Rock (extra pálida y la mejor del mundo) y ejemplos de desplantes: “Vosotros sólo hace dos generaciones que habéis salido de la selva”, dedicado Hawk, y “¿Cómo iba uno a respetar a alguien así?” referido a un cliente que no ha probado su cerveza cuando el detective acaba de pedir la segunda a una camarera.

Admiro el estilo e ingenio de Robert B. Parker y envidio a un tipo que es tan vanidoso en la selección de su vestimenta como lo es para aclarar que el poeta inglés del siglo XVI “es el que escribía su nombre como yo”, y que además, tras homenajear a su aparato digestivo con muy buen gusto e ingredientes, es tan capaz como disciplinado en el intento de arreglar una infinitesimal parte de la podrida sociedad donde le ha tocado bregar, aunque cobre sus buenas cantidades de dólares por hacerlo. Uno se confiesa incapaz de tamañas intenciones. Que además fume y no consiga deshabituarse del café no suponen ningún defecto.

Otro personaje del que predico mi querencia es Holden Caulfield. Mucho se ha escrito sobre él y su creador J. D. Salinger con intenciones analíticas, pero lo que me mueve a citarlo es rebatir la opinión de algunas personas que tras leer “El guardián entre el centeno”, consideran a su protagonista un tipo pedante, soberbio (rasgos, sino virtudes que a veces son volátiles y, por tanto, perdonables ya que nos afectan a todos) y que por el ejercicio de las mismas le califican de insufrible.

Seguramente estos opinantes tuvieron una infancia y adolescencia socialdemócrata, esto es, totalmente acomodada y feliz, sin haber de esperar a la implantación del estado del bienestar en nuestro país para poder disfrutar de su primera bicicleta antes de los diez añitos y con una continuidad de buenas notas en sus estudios tan dilatada como aburrida. Naturalmente, tales circunstancias medioambientales les impiden concebir la idea de que puedan existir criaturas hipersensibles que, parafraseando a Roy Batty, replicante sin vocación, han visto cosas que difícilmente creerían (y soportarían en propia alma, añado.) Holden Caulfield es testigo de un hecho cuanto menos amargante, que se encuadra en la categoría de increíble e insoportable, pero que a estas gentes, los opinantes, les pasa desapercibido en su lectura de cortas miras.

A pesar de lo padecido, el muchacho conserva su buen corazón, lo cual le genera una preocupación por los demás que le hace soñarse como un vigilante de los despreocupados juegos de un grupo de niños en un campo de centeno. Dicho campo está limitado por un abismo que simboliza las desventuras, reveses y maldades de la vida futura y adulta; todo lo que aplastará cruelmente la edénica inocencia infantil. Una caída en ese abismo es lo que pretende evitar el pedante, soberbio y por lo anterior insufrible adolescente. Holden Caulfield sufre porque adelanta el inevitable sufrimiento de otros y desea que no padezcan tanto como él mismo ha intentado soportar. Este sentimiento, con ciertas variantes en la historia previa, suponen algunos que llevó a Cristo a aceptar el sacrificio en la cruz y a Louis-Ferdinand Céline a escribir desde el dolor “Viaje al fondo de la noche” y “Muerte a crédito”. No quiero ni pensar en lo que dirían los opinantes de la deriva filonazi del escritor francés. Uso el condicional, pues estoy seguro que desconocen al autor, su obra y sus padecimientos. En verdad os digo que no hay peor ciego que aquel que no quiere mirar en el alma de su semejante.


En los años que se vienen sucediendo estos arrebatos, casi enajenamientos, he acumulado libros leídos gracias al servicio de préstamo de las bibliotecas públicas y que en mi juventud, que fue escasa de dinero y comienza a ser lejana en el tiempo, no podía adquirir. La especie de fetichismo por los formatos a que antes me refería alcanza su máxima expresión o perversión con los “Trópicos” de Henry Miller, que guardo con sentido cariño y que hubieron de ser robados en ejemplares de Ediciones Alfaguara. Me basta abrir uno de los tomos y aspirar el olor que desprenden sus páginas para volver a mis 16 años. Es el olor de la añoranza que entonces ya experimentaba por las vidas que otros narraban y a mí me hubiera gustado protagonizar. Es el olor de la tarde de primavera en la que, sentado en un banco del Parque de la Ciutadella, a la sombra de L’Hivernacle, mi amigo P. me recomendó la lectura de “Trópico de Cáncer”, poniéndolo en mis manos para que lo ojeara antes de retornarlo a la biblioteca de su antiguo colegio. Mi querido, P. destinado quizá a ser el más brillante del grupo de mis amigos y cuya vida, ahora, está tan llena de coñac, cerveza y nicotina como vacía se encuentra de ilusiones y lecturas. En nuestro barrio no hubo nunca nadie que velara por nuestros juegos.

Quiero acabar estas líneas expresando mi intención de que sirvan para fomentar la lectura entre las personas que tengan afilada la curiosidad y menguado el bolsillo, razón por la cual haré un breve esbozo de cómo actuar en caso de que opten por sustraer y no adquirir los libros que pretendan hacer propios, aunque suponga fomentar la competencia. Creo que hay oferta para todos y con buena voluntad todos podemos satisfacer nuestras inquietudes.

Además de vestirse de anodino, hay que tratar de emular la visión de los camaleones, que cada ojo vaya a un rincón de la librería y también su mismo sentido de la oportunidad. Mientras se espera el momento de actuar, uno ha de aparentar ser víctima o feliz usuario, nunca lo he tenido muy claro, del llamado vacío metafísico, propio de alienados o de intelectuales de gran calado, que en ocasiones viene a ser lo mismo. También sirve la apariencia de gozar de la supuesta paz mental que proporciona la idiotez innata o la carencia de ambiciones materiales o espirituales, estados que, creedme, conozco perfectamente. Es el primer paso, fundamental sin duda, para comenzar a procurarse una biblioteca bien surtida en lo cualitativo como poco gravosa en lo dinerario. El librero que nos observe, con un simple golpe de vista que calificará de ingenioso, nos considerará inofensivos para su negocio. Si somos capaces de intuir tal conclusión, la librería en la que hayamos decidido actuar será un territorio abierto y de paso franco a nuestras inquietudes literarias y sapienciales. Lo demás consiste en rellenar los cinco bolsillos del viejo pantalón y los de la prenda de abrigo que portemos.

  1. Ya es sabido que las mejores entradas de esta biblioteca jamás las escribe el bibliotecario. Ricky, te agradezco mucho esta entrada.

    De Trapiello poco puedo decir, porque ha sido quien ha guiado mis lecturas en los últimos veinte años. Si esto lo leyera Pérez-Reverte te contrataba de negro, aunque recuérdame que te dé una colleja por haber olvidado al sargento García, soriano universal de su novela La sombra del águila, otra obra maestra. El libro de Salinger lo leí hace mucho tiempo y tal como cayó en mi cerebro desapareció, pero tal como lo hoas descrito va a ser mi próxima y obligada lectura, porque de alguna manera debe de correr por mi sangre. Descubro aquí a Parker y lo anoto para mis próximas compras. Y a Miller me lo descubriste tú, como a tantos otros. Gracias.

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