La biblioteca fantasma

Felipe Aláiz, el espejo de la ironía

por Sexto Empírico



Felipe Aláiz de Pablos, uno de los mejores periodistas españoles del periodo de entreguerras,  a la altura o superior a los Camba, Cavia, Fernández Flórez, González-Ruano o Chaves Nogales, que escribió miles de artículos, crónicas, críticas literarias y artísticas, novelas, folletos, ensayos y libros, que merecía el cálido apoyo y consideración de los fundadores de El Imparcial y de El Sol, que tradujo al español a Eliseo Reclus y Max Nettlau, a novelistas como Puig y Ferreter y Upton Sinclair e introdujo en la lengua española a ese clásico de la literatura universal que es Multatuli, que asistía a las tertulias literarias más famosas de Madrid y era estimado por las grandes plumas y los mejores filósofos como Pío Baroja y Ortega y Gasset; Felipe Aláiz, director de diarios, semanarios y revistas mensuales, redactor de periódicos y contribuidor hasta al fin de sus días en la prensa del exilio, es hoy un ausente en las historias de la literatura española. Un ejemplo. En esa  amplia y exhaustiva relación de periodistas y escritores españoles de las cuatro o cinco primeras décadas del siglo XX que es Las armas y las letras de Andrés Trapiello, no se le dedica una sola mención, si bien ocurre lo mismo con otros escritores anarquistas o anarquizantes como Federico Urales o Ángel Samblancat, por citar a dos representativos. Se ha estimado que la vasta obra periodística de Aláiz ocuparía 67 volúmenes de 300 páginas cada uno, a los que habría que añadir sus novelas, cuentos, folletos ensayos y traducciones, lo que sin duda nos pondría por encima de los 80 volúmenes. Felipe Aláiz, maestro de la estampa literaria, de la miniatura literaria, del retrato irónico, es actualmente un auténtico desconocido para la inmensa mayoría de los autores, estudiosos y críticos de la literatura española del siglo XX.

Sus Tipos españoles, esa grandiosa colección de estampas irónicas de la política, la literatura, el arte y el pueblo español, que publicó quincenalmente a lo largo de más de tres años en La Revista Blanca, parecen desgraciadamente perdidos en el olvido. Tan sólo Francisco Carrasquer, hace ya más de treinta años, se ocupó seriamente de estudiar críticamente y de preparar una antología del que calificó como “el primer escritor anarquista español”.

Ramón Acín

Nació en Bellver del Cinca (Huesca) el 23 de Mayo de 1887. Estudió el bachillerato en Huesca y Lérida y más tarde en las universidades de Zaragoza y Madrid y posteriormente en París, donde también dio clases de español en la academia Goya. Se inició en el periodismo en Huesca con Ramón Acín, Ángel Samblancat, Joaquín Maurín y Gil Bel, colaborando con periódicos republicanos, pero al poco se trasladó a Madrid. A lo largo de su casi cinco décadas dedicadas al periodismo, Aláiz publicó artículos en periódicos tales como El Imparcial; El Sol, España, La Libertad,  Andalucía, La Noche, España, Acracia, Tierra y Libertad, Solidaridad Obrera, CNT y en las revistas Tierra Libre, La Revista Blanca, El Luchador, Crisol, Redención, Ética, Estudios y Cénit. Trabajó como periodista en Huesca, Lérida, Zaragoza, Madrid, Valencia, Sevilla, Tarragona y, sobre todas, Barcelona.

En el exilio trabajó en Toulouse y Paris, si bien algún compañero periodista y libertario intentó que se trasladase a Londres a trabajar en la BBC. Durante su estancia en Madrid, entre 1915 y 1920, entabló contacto con Ortega y Gasset quien lo incorporó como redactor al diario El Sol, participa en la tertulia de Pombo, donde reina Ramón Gómez de la Serna y a la que acuden también Hoyos y Vinent, Julio Antonio, Acín y todo aquella pléyade de admiradores de Gómez de la Serna, tan bien descritos por Cansinos. También tiene relaciones amistosas con Pío Baroja, Julio Camba y Mariano de Cavia, entre otros. Su inicio en Pombo, lo describía así a mediados de los años cincuenta, lo que también nos da una muestra de su estilo:

“El tono de la tertulia no era bueno ni malo. Era abrumador sin ser nada. Las conversaciones giraban en torno al próximo libro que iba a publicarse o a la comedia próxima al ensayo; al cuadro recién terminado o a la recelada poesía, generalmente acongojada y nunca virulenta, que iba a deslumbrar al mundo. Nadie hablaba de cosas hechas, sino de proyectos sublimes.

Ramón Gómez de la Serna alternaba con todos; competía con todos en dimes y diretes del mundillo literario, se burlaba de cualquier expansión sentimental que se manifestara en el corro; en este sentido era implacable, aunque modales diferentes; cuando surgía un trémolo patético, por insinuante que fuera y tímido, Ramón lo podaba implacablemente, sin frases de choque pero sin vuelta de hoja; se le veía entretenido constantemente en cazar temas de gregería y desbordar a los provincianos con gracejo madrileño de cierta clase, el que con formas aparentemente afables resulta en extremo corrosivo; no perdonaba a los gallegos su saudade ni su morriña; tenía una risa seria y seriedad risueña a fuerza de plácida expresión facial hinchada, como linfática; tampoco perdonaba a los catalanes, escasos en Pombo, su acento ni su practicismo, se adelantaba al filósofo de Martorell, Pujols, quien para minimizar burla burlando el mérito de los catalanes acostumbraba a decir que no tardaría en llegar un momento histórico en el que el excursionista rondamundo o globe-trotter, al llegar a una meta de su camino lo encontraría todo pagado por el simple hecho de ser catalán.

Yo había irrumpido en Pombo con mi amigo Julio Antonio años antes, cuando el joven escultor tosía sordamente y no había manera de conseguir que cuidara su penosa bronquitis. Vivía completamente al margen de cualquier cuidado. En una excursión otoñal que hicimos por país frío, íbamos todos metidos en abrigos, incluso Pío Baroja, Julio Antonio llevaba un bastón para defenderse del aire helado y de la humedad que cala. Murió antes de los treinta años, célebre ya entre los escultores del mundo.

En Pombo no hablaba apenas Julio Antonio, yo hablaba con gallegos zarandeados, con catalanes sin padrinos, con andaluces minimizados por la timidez, con valencianos de exuberancia reprimida en Madrid, con el inolvidable Ramón Acín, que iba de vez en cuando a Madrid a hacer oposiciones y formaba conmigo el dúo aragonés de Pombo, aunque no asistíamos al aquelarre más de veinte minutos, hasta que el corro se ensanchaba y la conversación general se convertía en laberinto.

Tenía Madrid por entonces aspectos cambiantes de merecida simpatía, pero nunca simpatía arrolladora para los curiosos de calidades, sino simpatía de onda suave, más dispuesta a empapar poco a poco que a invadir tumultuosamente.

No había que buscar en Pombo lo directo y auténtico de la provincia, lo que en resumidas cuentas es y tiene que ser España, lo recóndito fértil, la modestia atareada, el buen callar y colaborar, la tozudez constructiva, el valor sin publicidad, el esfuerzo puro que no se disuelve en la unidad que perece sino que continúa por generaciones afines, el buen ánimo que sabe quebrantar el infortunio. En Pombo había un grupo de suspirantes que desentonaban en el Madrid de nuestros anhelos.

Julio Antonio tosía sin poder apenas hablar, Acín y yo nos poníamos de acuerdo con una mirada para bloquearlo uno por cada flanco y lo llevábamos en taxi a su casa metiéndolo en la cama entre un montón de mantas. Era tarde. El titán joven amado de los dioses agonizó estoicamente dos años seguidos.

Aláiz, en el ejercicio de su labor periodística, sufrió censuras, detenciones gubernativas, consejos de guerra, multas y prisión. Durante la monarquía y la dictadura de Primo de Rivera fue detenido y encarcelado por delitos de opinión y volvió a serlo en la República. Más tarde en el exilio francés, durante la ocupación nazi, volvió tener problemas en Montpellier. Así, ya en diciembre de 1923 se celebra un consejo de guerra contra Aláiz, al que se le piden seis meses de prisión por instigar insubordinación. En 1924 fue condenado por otro consejo de guerra a cumplir cuatro meses de prisión por haber publicado un artículo que se consideró injurioso para el ejército y en marzo de 1925 fue nuevamente detenido, siendo liberado el 23 de diciembre. Y esta tónica continuó hasta el final de la dictadura. Durante la República vuelve a ocurrir lo mismo. Detenido algo antes, en Febrero de 1932 se le concede la libertad provisional, aunque se instruían contra él 31 procesos por delitos de imprenta.  En junio de 1932 fue condenado a dos años y cinco meses de prisión por un Consejo de Guerra (el fiscal pedía cuatro años). En octubre de 1932 se le pone en libertad hasta que en Abril de 1933 un tribunal popular lo absuelve de un delito de imprenta. En el exilio, como otros cientos de miles, fue internado en un campo de concentración. En consecuencia, entre unas cosas y otras, Felipe Aláiz consumió en la cárcel cerca de cuatro años por escribir lo que pensaba y pensar lo que escribía. El exilio fue muy duro para él, privado de sus amistades, de sus relaciones y de su ambiente, de sus bibliotecas, a lo que se sumaba una enorme pobreza económica y una enfermedad que le impedía en muchas ocasiones levantar se de la cama. Tuvo una larga agonía y murió sólo en una habitación del Hospital Broussal de Paris  el 18 de Abril de 1959 y fue enterrado en el cementerio de Thiais, a donde le acompañaron en cortejo fúnebre más de 200 compañeros, a pesar de ser un martes y en horario laborable.

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Sus Tipos españoles, esa grandiosa colección de estampas irónicas de la política, la literatura, el arte y el pueblo español, parecen desgraciadamente perdidos en el olvido. Tan sólo Francisco Carrasquer, hace ya más de treinta años, se ocupó seriamente de estudiar críticamente y de preparar una antología del que calificó como “el primer escritor anarquista español”.

Felipe Aláiz, entre 1933 y 1936 escribió y publicó quincenalmente en La Revista Blanca cincuenta Tipos y en exilio otros quince o veinte más en Cenit, CNT y Solidaridad Obrera. Póstumamente, un grupo de amigos reunieron cuarenta y ocho de ellos en dos volúmenes y los publicaron en París, en 1962 el primero (218 páginas) y en 1965 el segundo (215 páginas). Desde los propios títulos de los Tipos, sabemos que estamos ante algo especial: “Azaña, energúmeno sentimental”; “Pío Baroja, chapelaundi”; “Azorín, botánico de estepa”; “Espronceda, poeta de la transición”; “Nuria, melodía de arrabal”; “Pestaña, ángel caído”; “Bayona: no ser sol, que se pone”; “Julio Romero de Torres, el convaleciente”; “Benavente, Campoamor furtivo”; “Olavide, hijo adoptivo de la revolución francesa”; “Barriobero, contertulio de Rabelais”; “Alberola, amigo de la intemperie”; “Gumersindo de Azcárate, sedante de un sedante”; “Valle-Inclán, anticuario, revolucionario y funcionario”; “Fernando de los Ríos, una petenera en un entierro”, son un buen ejemplo de ellos. Es seguro que Aláiz había escrito algunos otros Tipos que quedaron inéditos y cuyos manuscritos se han perdido. Hasta el final de sus días escribió a mano, con pluma o estilográfica, en hojas de papel de todo tipo, dictando sus escritos en el momento de que fueran a imprenta, por lo que no había copias, lo que ha contribuido de modo importante a la pérdida y extravío de muchos de sus originales.

De acuerdo a su estudioso y antologista, Francisco Carrasquer,  el estilo de Aláiz es clásico, claro, impresionista e impregnado de humor. Todo lo contrario a su carácter y temperamento, ya que era romántico, evasivo, expresionista, individualista y “en eso de hacer su real gana no le ganaba nadie”. Es un estilo nominalista en el que apenas aparecen adjetivos, preciso, con el que quiere transmitir sus visiones arbitrarias, parciales y no siempre justas de los personajes, pero siempre coloristas, con un uso exquisito de la metáfora, que es como un destello que arranca perplejidad en el lector. Es un estilo bruñido, trabajado y que domina a la perfección. Algunos escritores y periodistas que trabajaron con Alaiz señalan que éste escribía de un tirón sin corregir, pero lo cierto es que corregía y corregía mucho, con la intención de hacer más clara y rotunda su prosa, para conseguir “el arte de escribir sin arte”. Los textos manuscritos que han quedado de Aláiz permiten apreciar esto, porque para él como para Buffon “estilo es el hombre”.

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Como un homenaje a Felipe Aláiz, la Biblioteca Fantasma se honra en ofrecer a sus lectores un Tipo inédito de Aláiz, el que escribió sobre García Lorca y que el estallido de la guerra civil impidió publicar en La Revista Blanca, para donde estaba destinado: “García Lorca, emigrante del Albaicín”. No es el mejor de sus Tipos, pero es un buen ejemplo de su estilo y su valor aumenta por no haber sido publicado antes.

García Lorca, emigrante del Albaicín

Cuenta Colette, la renombrada novelista de París, que en cierta ocasión recibió la visita de la condesa de Noailles.

Poetisa ésta, novelista aquella, han sido dos emperatrices del París desocupado y rico, flores de exquisita tontería y perpetuo atolondramiento.

La poesía de Ana de Noailles tenía un preciosismo hidrópico, recargado, en perpetua exhibición, muy propio para encandilar a camareros presuntuosos y poetas de pueblo, tan  soñadores éstos de perversiones literarias.

Llegó la condesa de Noailles al jardín de Colette y ésta se apresuró a obsequiar a la visitante con un ramo.

Dejemos la palabra a Colette:

-Había yo conocido por mi misma a la naturaleza. Ana la inventaba prodigiosamente. Algunas veces, arrancándose a su dormilona, venía a mi jardín de ifuteil, favorecido en mayo y junio por el torrente floral de una glicinia, un emparrado de rosas, rododendros en forma de candelabros floridos y un matorral de plantas aromáticas. La primera vez que me visitó puse en sus manos un ramo de verdor bien oliente, cuyo perfume recordaba al de los limones verdes.

-¿Qué es esta maravilla? ¿De qué extraño país oriental de cascadas, terrazas y jardines ha llegado para usted únicamente esta hierba rara?

-Estas hojas son simplemente el vulgar toronjil o melisa, que tanto gusta a las abejas.

-¿Torongil, melisa? Al fin conozco esta planta de que tanto hablé en mis poesías.

[Melchor Almagro San Martín “Una noche con la condesa de Noailles”]

No se puede conseguir con mayor justeza la proyección de un carácter cargante, pretenciosamente fatigado de marrullería gatuna, de mimo bobo, de estilizaciones fáciles y de vida fantasmal, bordados, bordados, bordados.

La condesa de Noailles fue retratada por Ignacio Zuloaga porque Zuloaga llegó a estar de moda en París cuando retrató también desastrosamente a Mauricio Barrès, sobre fondo de Toledo, de escritor. Ya ha muerto, afortunadamente para la poesía la condesa de Noailles, pero en España la poesía de bordada tiene cierta boga ahora. Alberti hace poesía bronca y soviética con hilos consabidos, cañamazo consabido y carga consabida de preciosismo detonante. Los Machado bordan siluetas de olivos cordobeses y anchas parameras con cierta presunción de habilidad para florear mantones de manila; Juan Ramón Jiménez se extingue de puro suave en sus bordados de casulla; Marquina evoca las telas bordadas con decoración de pavo real; los eruditos amigos de Góngora como Jorge Guillén y Pedro Salinas también bordan a ratos aunque a ratos investigan con acierto.

Cada uno tiene su taller de bordado, pero el taller más anunciado es el de García Lorca, director de una barraca teatral ambulante, director in partibus con Rivas Cherif de la compañía de Margarita Xirgu, viajante de poesía regional –acaba de publicar unos poemas galaicos- y probablemente director del Teatro Nacional que proyecta Max Aub para que el teatro deje de tener independencia y acabe por ser vergonzosamente protegido por la política, como un gigoló.

Conocemos directamente la tierra andaluza. Sabemos por nuestra propia cuenta lo que es el andalucismo falso de la novela, de la poesía y del teatro. Hemos comparado con la realidad las expresiones más varias del andalucismo literario y nos han resultado estas últimas falsas por completo, llenas de perdigones loberos, de naipes y de vinazo. Los relatos y descripciones de Estébanez Calderón, con todos sus defectos y su ampulosidad folklórica, resultan hasta cierto punto más aceptables comparados con una comedia quinteriana o con una poesía de la escuela lorquiana. Andalucía es un redondel para Lorca con gitanos y civiles. Para los Quintero es un ventorrillo con su cabezalero que sabe historias hechas con mantas serranas, trabucos, cortijos y andar de romería, sin olvidar las coplas lejanas y la agudeza de ardilla para la réplica, lo que no es andaluz típico sino falsificado. García Lorca parece que se santigua para estar en gracia y que echa a escribir como quien echa a andar conducido por un fuego frío, fatuo, sin parpadear.  Su Romancero Gitano no es nada gitano. Algo de lo que dice es greguería ramoniana y otro algo andalucismo de pandereta. En La Gitanilla de Cervantes hay un eco dolorido del gitano de afición rechazado,  en realidad por aquella gentil protagonista que deshace los pobres bordados literarios.  ¡Cómo palidecen frente a la fuerza de expresión vital de la gitana! Miarka, otra gitana célebre –de Richepin ésta- es demasiado literaria para tener vida, como la de Cervantes es demasiado vital para ser literaria.

García Lorca, poeta granadino, emigrante del Albaicín hacia las nóminas y hacia las candilejas ha escrito unas Bodas de sangre que parecen ideadas por la monomanía de Juzgado de guardia que tenía Valle-Inclán, siempre a vueltas con muertos, heridos y contusos, ideadas también probablemente porque desea el autor hacer obras en contraste de forja con sus habituales bordados. Es una obra de campanadas lúgubres, de montaraz sentimiento, el dramón que nunca debería imaginar un autor conocedor del drama, encapuchado rondador por los vericuetos de la España pedante enemiga de la carcajada, medida o no, y del agua.

Doña Rosita la soltera es una elegía bordada, deshilachada, con un candor de reglamento, con una perpetua avidez de evocación que sólo evoca de veras al interpolar un vals entre dos suspiros, pero no suspirar.

El dramón de forja –hierro, fuego, tirantez pasional, asesinato- junto a la vida de una solterona que va haciéndose vieja mucho antes de penetrar la teatral ráfaga helada por el balcón. La rotundidad de pasiones vibrantes por la maternidad difícil junto a los caedizos soliloquios de doña Rosita soñadora en Ultramar y en el Vals de las Olas. No, no. Preferible a este teatro escrito para oponer tipos erguidos a tipos desmayados y puñales a cornucopias sería el teatro de las inquietudes profundas no enteramente inéditas en España en el campo social, aunque mal presentadas y peor representadas. Sería preferible un teatro sin Juzgado de guardia, sin ataúdes y sin asesinatos.

El borbotón español ya tuvo el trabuco y después el pistolón. Contra estas herramientas hay en España un contraste de paz aldeana falsa y de enfermedad aldeana falsa. Pero entre ambas expresiones hay una intemperie saludable que los dramaturgos esquivan por no acatarrarse; una flora contada en mil tonos pero desconocida, como era desconocida para la condesa de Noailles cantora de la melisa o mejor cantante de la melisa, esta maravillosa planta olvidada en las Geórgicas; una hidrografía desnaturalizada por Marquina en su atroz proceso de Juzgado de guardia La ermita, la fuente y el río; unas montañas amenazadoras, desmanteladas, roídas por las torrenteras; hambre disuelta en picardías y timidez disuelta en bravuconadas; pavor disuelto en estampidos repentinos y súbitos desde el burladero esquinero y cien mil fragatas empavesadas para viajes imposibles.

Es hora de que los poetas cedan sus pequeñas herramientas caseras a las bordadoras. A veces truena, a veces acoquina el sol y la sombra. Hace falta de vez en cuando abrir una ventana para que entre la vida sin sentirse acoquinado el poeta por la borrasca. Y hace falta que el poeta vaya al campo con un ademán campechano pero oficioso de ningún poder. Cuando dicen los periódicos que reina temporalazo es cuando reina el ozono, ese vital poder que da la descarga eléctrica al azul poco oxigenado y poco respirable. La poesía es ozono para respirar mejor o no es nada; es genio y figura o no es nada; es belleza sin muletas o bien una muleta de ex voto.

García Lorca es la pléyade a ratos inteligente pero siempre decadente. Una inteligencia empobrecida sin gastarla y achicada sin emplearla más que en tenues resplandores de quinqué; malograda sin prueba y sin entronque con valores permanentes, todo lo coloreado que se quiera pero que el color no sea de rosa mística. Y en lo que se refiere al teatro poético, podemos confesar que en España y fuera lo mejor son los entreactos.

Poco nos costaría decir así de repente que en España no hay tradición poética. Tal vez nos costara más probarlo que decirlo. ¿Cuándo nos cansaremos de leer versos? Buscando la frase sin penacho, la palabra llana o esdrújula pero elaborada siempre con humor o con otro propósito, invariablemente evadida de la cédula personal y de la plantilla, leemos a ratos anónimas y sabrosas novedades, y cuando nos adentramos por un soneto nos disgusta de pronto la agazapada y madrigalesca morbidez. No sabemos lo que es tradición. ¿Residirá ésta en una especie de reactivo puritano protocolario enemigo del realismo de los atroces castizos de España, con sus regüeldos y sus cenas acebolladas? Tampoco. Lo que se llaman buenas formas cayó en un ademán ginebrino o cuáquero completamente aburrido, como un calvinista en domingo, un católico en cuaresma, una anglicano en una verbena y un actor cómico en un pésame.

¿Qué tradición tendrá la poesía española? ¿Su variante popular? En el fondo, sí; y no por idolatría hacia lo popular, que también vemos saturado de graves defectos, sino porque lo popular no deformado carece de vehemencia centrípeta. Al revés de los poetas que tienden a concentrarse en la Puerta del Sol, la poética brevedad popular huye del centro, es centrífuga por esencia y por afición. Las canciones vuelan sin tregua desde el fondo del Romancero de labio en labio por los romances y por los valles, pero nunca querrán acumularse en rimeros como el papel sellado.

García Lorca huye del Darro que según la leyenda tiene oro. ¿Qué importa que no sea verdad si el Darro vale más que el oro? Y más que el asfalto de la Puerta del Sol. Y más que los adoquines.

Felipe Aláiz

 

  1. Alta y delgada

    Felipe Alaiz,casi nadie al aparato. En el círculo Garcia Lorca, uno de los antros anarquistas que yo frecuenté, era una auténtica institución, un ser legendario, una leyenda sin fisuras, sí, por encima de Bakunin y Durruti porque mientras respecto a estos había opiniones, en relación a Alaiz el acuerdo era total. Tenía fama de valiente, de moralmente valiente, de incorruptible, como solo saben serlo los aragoneses y los catalanes que son medio aragoneses.

  2. Mercutio

    Desde El puntal, Villaviciosa -eso es un nombre, y no Nuevayor- buen año para golfos, zorras, ciertos, dobles y rufianes. Ya os leo luego.

  3. Sexto Empírico

    Queridos Bremaneur y Rufián,

    Muchas gracias por embellecer tan notablemente el texto, que de otro modo sería uno más. Rufián, en efecto ha sido toda una sorpresa el aparato fotográfico, magnífico. Gracias otra vez.

    Alta y Delgada, me alegro mucho que le haya interesado esta glosa de Aláiz y que nos haya dado esa pincelada sobre lo que
    se opinaba de él. Gracias, también.

  4. Alta y delgada

    Ni gracias ni leches, Sexto, yo a lo mío: ¿cuándo se folla aquí? Es que esto ya se está pareciendo al Pombo. Me largo a Chicote.

  5. miguel pecina

    Sexto, Bremaneur, Rufián y todos los demás : ¡Que fantás(má)tica manera de comenzar el año!
    Tengo aquí a mano un número de la revista “Tiempos Nuevos” de Barcelona. Desgraciadamente no puedo escanear para mostrarla. O bien arreglo lo del escáner, o bien me acerco en alguna correría a los madriles para donarlo a la BF.
    Paso a dar algún detalle. Se trata del número 8 (año III) fechado el 1 de octubre de 1936. En el mismo colaboran Gonzalo de Repáraz, Juanel, Jacinto Toryho, Félix Martí Ibáñez, Camillo Berneri, Rodela, Alberto Carsi Sinclair Lewis, Felipe Alaiz etc. El texto de S. Lewis se titula “Los enemigos del pueblo”, extracto de “The Publishers”. No se precisa el traductor, quizás fuese Alaiz. “¿Estamos en período revolucionario?”, el artículo de Felipe Alaiz, comienza como sigue :
    “Sí, estamos en período revolucionario. Y lo estamos contra un enemigo no específicamente burgués, sino específicamente autoritario. Este hecho prueba que el privilegio capitalista no es más que una parcela movediza del frente autoritario.
    La originalidad de nuestra lucha consiste precisamente en que el impulso popular enemigo a muerte del fascismo no va contra éste por ser el fascismo capitalista, puesto que han sido asesinados por el fascismo multimillonarios como Suñol Garriga en el Guadarrama : va contra el fascismo porque éste es la autoridad, rica o pobre, pero siempre violenta y despótica. La ofrnsiva más contundente y la respuesta más severa se muestra contra ensotanados, mitrados y militares profesionales. Los burgueses que no han participado en la militarada del 19 de julio siguen siendo burgueses…”
    Alaiz acepta en su perorata a los burgueses republicanos antifascistas porque “tienen una digna misión : atenuar y allanar el camino difícil en este amanecer social que será una sublevación popular contra los monopolios del capital…”. Arremete contra las burocracias y, la verdad, su prosa mitinera es menos atractiva que sus otros artículos. Pero, ya que he comenzado, voy a citar el final :
    “…Con una red de oficinas complicada sólo conseguiremos perpetuar el odio del pueblo a la burocracia. Con el ejercicio de la vida solidaria ésta irá siendo espejo y no teoría. Los surcos están por abrir. Los teatros y las tribunas viven con sus eternas puertas abiertas a la retórica y a la sicalipsis. Nunca puede socializarse la sicalipsis.”
    Desde luego que hay textos de Alaiz más interesantes pero no he podido resistir a este final sicalíptico. Por otra parte, me parece que Sexto no cita “Tiempos Nuevos”, sin duda porque sería demasiado largo establecer la lista de todas las publicaciones en las que colaboró.
    ¡Viva Felipe Alaiz! Salud en el 2011.
    Mikel Agote

  6. Sexto Empírico

    Miguel,

    En efecto, hay muchos otros periodicos en los que colaboró Aláiz, por ejemplo, Diario de Huesca y sería largo y casí con seguridad inacabado citarlos todos, incluso los libertarios, porque algunos de ellos sólo duraban unos meses.

    Más interesante tal vez sea decir que Aláiz, durante su etapa de El Sol utilizaba en pseudonimo “Rodela”, que curiosamente aparece también en este número de Tiempos Nuevos. Es posible que sea otro trabajo de Aláiz.

  7. ¿Qué tal en Chicote, Alta y delgada? Ay, si te dejaras…

    ***

    Aláiz aparece citado numerosas veces en El eco de los pasos. La primera mención es ésta:

    “Al constituirnos en Federación comarcal de Sindicatos, nos dimos de alta en la Federación provincial de Tarragona, cuyo Comité provincial residía en la capital de la provincia. La Federación provincial estaba integrada por seis comarcales: Tarragona, Valls, Vendrell, Montblanch, Alto y Bajo Priorato y Reus. Disponía de un periódico, Fructidor, quincenal a veces, editado en Tarragona y del que era director el compañero Hermoso Plaja, que sería sustituido por el periodista liberal radicalizado —nunca quiso declararse anarquista— Felipe Alaiz”.

    Más adelante:

    “En el bar Versalles nos reunimos a tomar el café. Allí conocí a Bruno Liado, ya entrado en años, gordo, de aspecto bonachón, algo sordo, con voz atiplada y que no debía ser atractiva perorando en público. Me fue presentado el compañero Arnau, muy delgado, de mirada penetrante y parlanchín. Alaiz era muy bajito, con tendencia a la obesidad, de cara aplanada; hablaba en aragonés, en «chapurriado», mitad castellano mitad catalán.”

    Luego vienen los comentarios amargos, la sempiterna queja de que los “intelectuales” de la Cnt no se batieron en las calles (por cierto, ¿qué fue de Alaiz durante la guerra?), y finalmente la estocada, muy garciaoliveresca:

    “En esos tiempos amargos, Felipe Alaiz, entonces director del periódico confederal de Toulouse, escribía: «Como García Oliver, que desde que fue ministro, ya no ha trabajado más…». ¡Cosas de Alaiz!, dijeron algunos. Alaiz había dejado de ser jovial y se había vuelto un terrible amargado, a raíz de la publicación de Quinet, libro pacientemente escrito y que nadie leyó, resultando un fracaso literario completo. Quinet representaba la aspiración de Alaiz a ser admitido como literato. Pero la crítica literaria se mantuvo muda. En nuestros medios, pasó casi desapercibido porque carecía de interés revolucionario y porque eran tiempos de luchas encarnizadas contra las autoridades y los burgueses. Y desde entonces tuvo sus cosas raras. «¡Ese Alaiz!», decíamos.

    Aquella rareza de Alaiz fue la gota que había de acabar con el escaso depósito de paciencia que había en mí. Nunca había vivido de los dineros de la Organización.

    El papel desempeñado por mí en la CNT era comparable al de un líder. Pero mi liderazgo era de amateur desinteresado. La proposición presentada ante el Congreso de la CNT de 1931 para atajar el profesionalismo y el burocratismo en nuestra Organización estaba firmada por mí. Que los aspirantes a burócratas no me lo hubiesen perdonado nunca, era cosa de ellos. Pero quedarme callado era otra. Para el caso de Alaiz, la Organización tenía previsto un procedimiento: si una inculpación, por no ser veraz, resultaba difamatoria, el calumniador debía ser expulsado.”

  8. Rufián melancólico

    Sexto, gracias por traernos a esta BF a Felipe Alaiz. Su artículo sobre Lorca me ha sorprendido, más que nada porque no deja títere con cabeza del retablo de la poesía española de aquellos días. No salva a nadie. Todos, desde Juan Ramón a Lorca pasando por los Machado, son poco menos que unos falsarios, o mejor dicho y en sus propias palabras “bordadoras”.
    Creo que todo el texto rezuma amargura y encono contra lo que hoy conocemos como la “edad de plata” de nuestra literatura. Sus razones, en cualquier caso, me parecen muy superficiales, muy facilonas y demagógicas. En fin, que como crítica me decepciona absolutamente.

  9. Astrónomo

    Hace la friolera de 32 años participé en la edición de un librito de Victor García y Felipe Alaiz, “La F.I.J.L. en la lucha por la libertad. Raúl Carballeira y Amador Franco”. Aún recuerdo haber corregido las pruebas en la propia imprenta, con el olor a tinta y el rumor de la máquina offset…

  10. nohose

    Les veo algo remisos esta semana. Disfruten las vacaciones y vuelvan lo más pronto posible.

  11. Sexto Empírico

    Aunque parezca lo contrario, estos últimos he estado trabajando como pocas veces. Tuve que escribir el capitulo de un libro para USA (de temáticas nada relacionadas con esta BF y por tanto no tan interesantes) y aunque seguí los comentarios, no tenía tiempo para intervenir. Lo hago ahora de un tirón.

    Rufián, coincido con usted en que el texto de Aláiz no es bueno. Tiene algunas metáforas de interés, pero como crítica no va muy allá. Como ya decía en la presentación, su valor reside más en que es un ínédito.

    Bremaneur, lo que dice García Oliver, como siempre hay que ponerlo entre comillas o desconfiar. Vea varias cosas, (1) Aláiz no sustituyó a Hermoso Plaja en Fuctidor, sino que trabajaron juntos y continuaron siendo amigos hasta el final. De hecho, Aláiz, en el exilio, le dedico uno de sus Tipos. Al hablar de Quinet, García Oliver no dice que fue publicado en 1924 y que las críticas de Aláiz fueron muy posteriores. Además volvió a ser publicado en los sesenta y se venidó toda la edición, siendo dificil hoy encontrar un ejemplar a un precio razonable.

    En venganza por su críritca llama a Aláiz “periodista radical”. Lo acusa hablar un “chapurriado”, lo que vendría a significar que no sabía hablar, cosa absurda donde las haya. Le llama bajito y gordito. Pero si alguien era más bien bajito era él, García Oliver. Por último, habla de que la organización tenía un mecanismo, la expulsión. Aláiz no sólo no fue nunca expulsado sino que escribíó hasta el final en la prensa confederal. No así García Oliver. En definitiva, la venganza contra un ausente (otro más…).

    Astrónomo, yo también tengo una copia de folletito de Aláiz. Fue uno de los primeros, pero quizás ya hace más de 30 años. Si bien, ya hace más de treuinta años de casi todo.

    Buen año a todos.

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