La biblioteca fantasma

Agonía bajo las bombas

No es fácil marcar hitos concretos en la biografía de Ciro Bayo. Incierto es el nombre de su padre, difícil fijar su año de nacimiento, complicado saber cuándo vino y cuándo fue, tarea ingrata seguir el rastro de sus escritos en la prensa americana. Cuando recaló en Madrid debió de causar sensación la figura de este caballero andante. Así lo bautizó Azorín; Valle Inclán lo incluyó como personaje en Luces de Bohemia -fue don Peregrino Gay- y los hermanos Baroja lo acompañaron en un viaje mítico a Yuste que quedó reflejado en varios libros. Se crearon algunas leyendas en torno a su persona y se cuentan muchas anécdotas sobre su carácter andariego y bonancible.

Con motivo de la publicación de dos nuevas obras de Ciro Bayo, el diario El País publicó un artículo -malísimo, por cierto- y en su página web aparecieron dos imágenes del autor.

Hace unos días, Miguel Sánchez-Ostiz se hizo eco de ellas y de un error “de autoridad” que todavía persiste. Comentaba Sánchez-Ostiz:

“Hasta ahora corría la leyenda de que no había retrato alguno de Ciro Bayo porque este no se dejaba fotografiar, y que la que aparece en la Enciclopedia Espasa es la de su padre y es dudosa la que aparece en el frontispicio de una de sus obras bolivianas. Igual es una leyenda literaria, igual no”.

Si no recuerdo mal, la leyenda la crearon algunos amigos suyos al escribir sobre Ciro Bayo. Por lo que se dice, la entrada del escritor en la Espasa fue escrita por él mismo, y si el retrato que la encabeza es el de su padre, hay que reconocerles un gran parecido.

Ciro Bayo padeció de lo que Torrente Ballester llamaba “complejo de fuga”. Se lanzó a la vida aventurera desde muy joven, anduvo enrolado con los carlistas por la sierra del Maestrazgo y recorrió miles de kilómetros por la América del Sur sin estar mucho tiempo en el mismo lugar. Todas sus vivencias las recordó en varios libros que se han dado en llamar novelas, cabe decir que faltando a la verdad, ya que se trata de verdaderos monumentos autobiográficos. Así cabe tildar también sus libros de viajes por España, los mejores que se han escrito junto a alguno de Cela y de Ramón Carnicer.

Finalmente, recaló en Madrid, donde escribió de todo en todos los sitios que pudo, y en 1927, con casi setenta años, se retiró en el Instituto Cervantes. Esta institución era una residencia creada en 1916 por la Asociación de Escritores y Artistas. Tenía su sede en una villa de dos pisos con jardín del barrio de la Prosperidad, y estaba pensada para el retiro de ancianos artistas que apenas contaban con medios de vida. El 5 de julio de 1936, Gabriel Greiner escribió en la revista Blanco y Negro un completo reportaje dedicado a la residencia. En él aparece, por supuesto, Ciro Bayo, con fotografía incluida.

En años anteriores otros periodistas habían fijado su atención en el Instituto Cervantes y en la figura de don Ciro. En mayo de 1933 la revista Estampa dedica otro reportaje a la Institución, y en las fotografías que lo acompañan podemos ver a Ciro Bayo con boina y gayata. En agosto del 34 la misma revista le dedica al escritor un reportaje entero. Lo firma Luisa Carnés e incluye también fotografías, una de ellas de don Ciro en América.

Ya en julio del 36 Gabriel Greiner hace un llamamiento para recaudar fondos que permitan la subsistencia de la residencia de escritores y artistas. En esas fechas estaban cubiertas once de las doce plazas disponibles. En octubre de 1938 sólo residen en ella seis ancianos y Ciro Bayo, con unos ochenta años, sigue entre ellos. En las páginas del periódico La Libertad, A. Montoro hace un nuevo llamamiento para recaudar fondos con los que ayudar a la residencia y sus habitantes. Dos semanas después se organiza en el teatro Progreso un pequeño festival a beneficio del Instituto Cervantes.

Según José Esteban, que es quien más sabe sobre él, Ciro Bayo murió en el Hospital General el 4 de julio de 1939. Así lo atestigua también Manuel Cardenal Iracheta, que da fe del libro de muertos del Hospital General donde aparece certificada la muerte de Ciro Bayo. Durante algún tiempo circuló el bulo de que había muerto en el propio Instituto, desaseado y donde mataba el tiempo amaestrando pulgas. Lo cierto es que se encontraba muy enfermo y casi ciego y que murió en el hospital algunos meses después de que Madrid fuera tomada por las tropas nacionales.

Sobre la fecha de la muerte hay algún dato curioso. En un artículo de Abc del 25 de agosto del 39, Mariano Tomás habla de los cuatro ancianos que quedan en la residencia, uno de ellos Ciro Bayo, y pide que se les asista convenientemente. El 2 de septiembre, Juan B. Acevedo, también en las páginas del Abc, habla ya de la muerte de don Ciro. O no andaban muy enterados, o hay una errata en el libro de muertos del hospital, cosa improbable, ya que hay dos fechas en las que aparece escrito el mes de julio (la de ingreso y la de fallecimiento).

Sus años en la residencia fueron tranquilos. Ésta era un lugar aseado y pacífico. El hijo del administrador era Rafael Gil, el que más tarde sería director de cine. En una entrevista hecha por “Donald” (Miguel Pérez Ferrero), Gil recordaría las amenísimas conversaciones que tuvo con don Ciro en el Instituto Cervantes:

“Persona que nunca podré olvidar fue don Ciro Bayo. Él llegaba ya al final de su viaje, de su vida, y yo era casi im chiquillo. Vivíamos juntos en el Instituto Cervantes. El estaba acogido allí. Y yo también lo habitaba, porque mi padre era el administrador de la institución. A don Ciro Bayo le gustaba contarme. Y yo le escuchaba siempre maravillado. Me hablaba de los campos de España, de sus andanzas con sus amigos don Pío y don Ricardo Baroja, de sus múltiples aventuras de incansable caminante. Entonces, me parece, nació mi gran amor por las tierras de mi país y la enorme admiración por los hombres que escribían”.

En 1959, a raíz de una polémica suscitada por el centenario del nacimiento de Ciro Bayo, el presidente de la Asociación de Artistas y Escritores Españoles, Manuel Benedito Vives, diría:

No hubo, pues, ruina alguna, ya que el “Instituto Cervantes” sigue en el hotel de la Prosperidad y no es cierto que Ciro Bayo pasara calamidades en los últimos años de su vida, pues el Instituto y lo que vendía de sus obras le permitían vivir, si no con lujos, con relativa holgura. Su última obra “La Reina del Chaco”, escrita en el “Instituto Cervantes”, le proporcionó muy saneados ingresos.

Esta carta venía como respuesta a un artículo de Vicente Sánchez-Ocaña en que se contaba lo siguiente:

“Un amigo, dueño de una librería de Buenos Aires, que le visitó allí para comprarle 200 ejemplares de distintas obras suyas, me ha contado que le decía:

— ¿Para qué me va a dar usted dinero? Yo no necesito… Si acaso, tráigame cigarros habanos. Un cigarro por cada volumen.

El librero le llevó los 200 cigarros. Al cabo de algún tiempo, le pidió otra remesa de libros y le mandó otras cuantas cajas de puros.

Tal vez le durarían aún, en julio de 1936, y sentado en el jardincillo del hotel, los fumara, pensando que su asendereada vida tente un ocaso burgués bastante incongruente.

En julio de 1936 se concluyeron los cigarros y se concluyó la comodidad. Durante dos años y medio, el pobre viejo, ya octogenario, pasó necesidades, trabajos y angustias. Cayó enfermo. Al terminar la guerra, el Instituto Cervantes, arruinado, tuvo que despedir a sus huéspedes. A don Ciro se lo llevaron a un hospital.

Y allí, entre las gentes desamparadas que van en España a los hospitales, entre los mendigos y los hambrientos que fueron sus compañeros de camino en el mundo. descansó por fin don Ciro Bayo Segurola.

En su ley”.

La polémica se reprodujo diez años después. F. Torres Yagüés, a la sazón contador de la Asociación de Artistas y Escritores Españoles, diría lo siguiente en una carta al director del Abc:

“Ciro Bayo, el tiempo que pasó en el Instituto Cervantes, disfrutó de la misma comodidad e independencia de los once ancianos que convivieron con él. En una habitación limpia y ventilada exclusiva para él, en un hotel de la Prosperidad con pequeño jardín, teniendo a su disposición teléfono, radio, piano, biblioteca, calefacción en invierno, con suficiente y sana alimentación de clase media española, con los cuidados de médico y barbero, y sin ninguna obligación por su parte”.

En cambio, Julio Caro Baroja no habla tan bien de aquella época:

“La vida de don Ciro en el Instituto Cervantes no debió de ser muy grata. Por lo que se traslucía de sus conversaciones, fue una vida como para ser narrada en un cuento naturalista. […] Don Ciro miraba a aquellas gentes [sus compañeros en la residencia] con singular desdén. No intervenía en rencillas de cupletistas y cómicas de la legua. Menos aún consideraba a “los inmundos”, es decir, a los periodistas viejos. […] Hubo, sí, un cómico con el que tuvo un choque personal y una vieja cantante poseedora de un loro u otro pájaro exótico, a la que tenía declarada guerra sin cuartel. ¿Cómo fue su vida durante la guerra? Trágica seguramente. Recuerdo que mi padre me contó que durante ella le vio alguna vez y que le explicó cómo tenía bajo su custodia documentos y objetos importantísimos. Probablemente la diabetes le hacía soñar. Mejor si los sueños eran de grandeza”.

Es de imaginar que los bombardeos destrozarían los nervios de los ancianos; también las noticias del terror en Madrid y la cercanía de la checa del Ateneo Libertario de López de Hoyos, en la esquina de la calle.

Triste final el de Ciro Bayo y Segurola. En los comentarios o en nuevas entradas, ya el año que viene, daré cuenta de algunas anécdotas sobre este gran hombre y este gran escritor. Guardo sus libros como si fueran joyas, especialmente un ejemplar dedicado. Les tengo un gran aprecio, pues en su escritura demuestra don Ciro su bondad de aventurero y solitario.

  1. Astrónomo

    En sus viajes por América del Sur, y en especial por Bolivia, Miguel Sánchez-Ostiz ha intentado hallar el rastro de Ciro Bayo. Ojalá nos contara lo que sabe.

    Iñaki Egaña, en “Mil noticias insólitas del país de los vascos”, escribe:

    “Fue hijo natural de un banquero vasco y de una dama pasaitarra quien, casada luego con un toledano, dio el apellido a su hijo. (…) En Tapalqué sobrevivió en una escuela ‘desasnando hijos de gauchos’. Viajó por Argentina y Bolivia en caballo, dando clases y escribiendo (…) Baroja le llamó ‘el Humboldt de los colegios de primera enseñanza’.”

  2. Rufián melancólico

    Bremaneur, la llegada de Ciro Bayo la recibo como un golpe saludable de aire fresco. Le felicito.
    La primera persona que me habló de él fue Miguel Pérez Ferrero. No sólo hizo esto sino que me regalo el libro “El lazarillo español” en la colección Austral de Espasa Calpe. De Pérez Ferrero guardo un artículo de prensa publicado originariamente en ABC en junio de 1977, y que luego apareció en otros periódicos. Merece la pena leerlo.

  3. Astrónomo, gracias por el apunte. Lo de Sánchez-Ostiz debe de andar en su Cuaderno boliviano, que todavía no he leído.

    Rufián, le agradezco enormemente ese recorte de Pérez Ferrero. Nunca se hicieron esas ediciones de bolsillo con los libros de Ciro Bayo. Sólo hace pocos años la editorial Renacimiento publicó un par de títulos. En estos días ha salido una obra de teatro inédita. La edita Ediciones 98 (http://www.ediciones98.com/) y al parecer se representó sólo una vez, durante la guerra civil. La misma editorial va a publicar otro libro de Ciro Bayo muy pronto: “De Barcelona a La Habana”.

    Sobre el poco apego al dinero que tenía don Ciro hay una anécdota muy curiosa que ahora les transcribiré.

  4. Bueno, eso del aire fresco… Menos mal que he salido de compras y me he despistado un poco, porque ya estaba preparando un plano en Google Maps con todas las checas cercanas al hotelito donde se ubicaba el Instituto Cervantes, en la calle General Zabala, 14. Realmente estaba rodeado. No tengo remedio…

  5. Dice Julio Caro Baroja:

    Ya veremos cómo don Ciro murió en circunstancias trágicas en 1939: en aquel momento mi tío no hubiera podido acompañar a su viejo amigo, porque estaba en Francia y en muy flaca coyuntura. Ni siquiera mi padre se enteró de su final hasta algún tiempo después y, por otro lado, mi padre mismo, el año 39, era también una ruina, una ruina más de la guerra. Digo esto en respuesta a alguna ironía que se ha hecho acerca del abandono en que dejaron sus amigos al viejo escritor.

    No era, por otra parte, fácil socorrer a don Ciro en circunstancias normales, porque tenía un orgullo desconocido para la generalidad de la bohemia madrileña de su época. Quería que le pagasen su trabajo y nada más. Ahora, eso sí, del dinero ganado hacía uso libérrimo.

    Un día salió de la editorial Caro Raggio y se encontró al doctor Dupuy, médico de casa y un personaje relacionado también con mi tío y su literatura, porque es quien le sirvió de modelo para escribir el trágico Allegro final:

    -¿Qué hay, don Ciro?

    -Nada de particular. He entregado a Caro una traducción: me ha dado cuarenta duros. Vaya dar diez a la patrona y el resto me lo vaya jugar al frontón.

    Estas cosas las decía con un ademán pedagógico, como si estuviera explicando Gramática.

    En otro momento en que vivía en un pisito alto de una vieja casa madrileña, en el sotabanco tenía la portera una hija enferma y en muy malas condiciones. Don Ciro cambió de domicilio, bajó al sotabanco y la enferma se fue a su piso. Pero don Ciro pagó el piso durante varios meses con perfecta puntualidad y ocultando su acción. En otras ocasiones practicó éste o parecido tipo de caridad. Don Ciro podía proteger, pero no podía ser protegido, ni quería que se le compadeciese. Don Ciro, en la miseria, nunca perdió un raro sentido de la grandeza individual; pero sin importarle el qué dirán.

    Allá entre 1920 y 1925 solía aparecer por la imprenta y editorial de mi padre, en la calle de Mendizábal, 34, muy de mañana, a eso de las diez. Se le oía preguntar en el patio por «Raffaelo». Como mi padre era de ascendencia genovesa por parte de madre y tenía dos apellidos que, juntos, sonaban sonoramente en italiano, don Ciro se creía en la obligación de salpicar su visita con cuantos refranes, locuciones y trozos de ópera recordaba en aquel idioma. Adoptaba para lucir su repertorio un tono enfático y engolado y subía hasta la oficina como dispuesto a cantar un aria de bravura si no le daba un acceso de tos. ¡Lo bueno es que en la oficina, además de «Caro Raggio editore» trabajaba un contable, valenciano o alicantino, que se llamaba don Juan (o don Giovanni) Visconti! Don Ciro, después de decir que «chi va piano vana sano, e chi va sano va lantano» o alguna amenidad por el estilo, sacaba su traducción, o su obra personal, o simplemente exponía algún proyecto. Después le gustaba pasar por los talleres de los cajistas y encuadernadores y recibir el saludo de los obreros. Nunca subía a casa. Mi padre solía decirle con malicia:

    -¿Por qué no sube a ver a Pío, que siempre pregunta por usted?

    -Déjele, déjele en el Olimpo -replicaba. Don Ciro creía que mi tío había llegado a la cúspide en lo que se refiere a fama literaria y tenía un poco de antipatía por el éxito. Incluso el éxito propio le hubiera desconcertado. Así, no quiso que le retratara el pintor de todos sus amigos, el gran don Juan Echeverría. En el fondo le gustaba lucirse, pero ante un público sencillo, contando sus aventuras en las altiplanicies de Bolivia o en el curso interior del Amazonas, su experiencia en las filas carlistas o explicando un punto de gramática o los honores que se dan al morir a un capitán con mando en plaza.

    (El link lleva a un artículo de González Ruano).

  6. Rufián melancólico

    En el libro de Pérez Ferrero “Algunos Españoles” hay una silueta de Ciro Bayo. Estoy buscando mi ejemplar pero no doy con el. Seguiré intentándolo.

  7. Me encuentro con Ciro Bayo en la primera página de un libro insospechado:

    He aquí, pues, esta Memoria en forma de Tratado si no estrictamente científico, como vv.mm. deseaban, sí con la incorporación, creo yo, de válidas experiencias que no son corrientes ni en el campo de los sociólogos -tan dados al número, la estadística y el porcentual o porcentaje- ni en el de los escritores más castizos y populistas que no suelen pasar, en sus viajes, de la excursión turística, aunque quizás solitaria, por algunas rutas más o menos insólitas en forma pretendidamente vagamunda pero muchas veces señorial, de modo que experiencias auténticas como la de Ciro Bayo -“Lazarillo español”- no han tenido, después de la guerra civil, sino remedos populistas (Cela) o superficialmente hiperpolíticos.

    Alfonso Sastre. Lumpen, marginación y jerigonça.

    De Cela me entusiasma su “Judíos, moros y cristianos”, y creo que otro autor a tener en cuenta es el Ramón Carnicer de “Gracia y desgracias de Castilla la Vieja”, o “Donde las Hurdes se llaman Cabrera”.

    Todavía quedan “Lazarillos” en España. Pobres que andan los caminos de parroquia en parroquia. Se conocen a todos los curas de la Península y saben dónde pueden dormir tranquilos o comer mejor, quién gasta gesto huraño y quién practica la caridad bien entendida. Lástima de periodismo español, qué gran tema para unos buenos reportajes.

  8. Rufián melancólico

    Gran libro el de Alfonso Sastre.
    Imprescindible para meter la nariz en los asuntos de los perdedores de todas las “historias”.

  9. De ese libro tendremos que hablar en la BF, Rufián. Fue recomendación del Marqués.

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    He encontrado otras referencias a Ciro Bayo. Una, en un artículo sobre Valle Inclán. Según su biógrafo Fernández Almagro:

    “Hijos míos, vamos a empeñar el reloj. Después de comernos estas cien pesetas, se nos impone un ayuno sin término conocido. No es cosa de comprar una cuerda y ahorcarnos en reata. No he sido nunca sablista y quiero morir sin serlo. Creo que los amigos me ayudarán, cuando menos para alcanzaros plazas en los asilos. Yo me acogeré al Asilo Cervantes. Allí tengo un amigo: D. Ciro Bayo.”

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    Imposible abandonar esta entrada sin citar el trabajo de Alicia Redondo, que ha editado las Obras (in)completas de Ciro Bayo en la Biblioteca Castro, y a Andrés Trapiello, a quien debo la lectura de los libros de don Ciro. La semblanza que le hace en Los nietos del Cid es magnífica.

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