La biblioteca fantasma

No tenemos escapatoria

 

Como se dice en el prólogo de La revolución española vista por una republicana, estamos ante uno de los testimonios más tempranos de las atrocidades de la guerra española. Clara Campoamor lo fechó en noviembre de 1936 y el apéndice es de enero de 1937. El libro, pese a los errores en algunos datos, es lúcido e inteligente, lo que no impide que fuera escrito con cierta rabia. Su nombre bastaría a Clara Campoamor para defenderse de ciertas críticas: era republicana, liberal, abogada, culta y pidió el voto para las mujeres, al contrario que otras diputadas de su terna; pero le dio por blandir su espada –valga decir su pluma- y arremetió a diestra y siniestra. Sin dejar que languideciera el año 36 señaló a los culpables de lo que intuía una guerra especialmente cruel y repugnante. Por supuesto, no se salvan ni los falangistas ni los sublevados, pero también ruedan las cabezas de los anarquistas, los marxistas y los partidos republicanos del Frente Popular. No se salva nadie, y remonta las culpas a los años republicanos, a los sucesos de 1934, al pistolerismo de comunistas y falangistas y a la falta de responsabilidad de los partidos políticos que dieron alas a un grupo –el de Primo de Rivera- que en condiciones normales no habría levantado el vuelo, atado como estaba a una retórica cursi, demasiado literaria en un país de analfabetos.

Craso error, de haber querido gloria y lauro. Además de arremeter contra quienes implantaron un régimen de terror en Madrid y contra quienes tenían la responsabilidad de evitarlo, Clara Campoamor huyó de España. No se le perdonó.

 

 

Una de las cosas que más me ha llamado la atención del libro de Ríos Carratalá El tiempo de la desmesura, es la crítica que se hace a Clara Campoamor partiendo de la huida de Serrano Suñer en el Tucumán. Campoamor publicó en 1939 un libro titulado Heroísmo criollo: la marina argentina en el drama español (Buenos Aires, s. n.) Lo hizo junto a Federico Fernández-Castillejo, militar republicano que también se dio prisa en abandonar España. Tampoco se le perdonaría que huyera del país junto a gente como Jacinto Miquelarena, Serrano Suñer u otros aristócratas, fascistas, burgueses o vaya usted a saber qué. El libro, un texto memorialístico sobre las vicisitudes de su marcha, no es más que un agradecimiento al gobierno argentino, que a través de su embajada ayudó a salvar muchas vidas.

No quiero extenderme con esta entrada. Otras veces hablo de libros más raros o complicados de encontrar. Éste puede conseguirse en cualquier librería, y quien quiera echarle antes un vistazo puede leerlo en internet. La edición de Luis Español es magnífica y justo es felicitarle por su labor.

Vidas ejemplares, como se nos pedía, aunque si son ejemplares es en relación a algo, o más bien por oposición a algo que indefectiblemente será sucio, puerco e indigno. No tenemos escapatoria.