La biblioteca fantasma

Desafectos, derrotistas, quintacolumnistas y demás ralea

por el Rufián Melancólico

Otro cuento, otro laberinto: la infiltración en la CNT durante la guerra de los desafectos, los derrotistas, bulistas y quintacolumnistas. El hogar del emboscado, que diría Cazorla. Y un clásico en el imaginario de la guerra, desde Chaves Nogales a Agustín de Foxá pasando por Max Aub, que siempre manifestó desvío hacia los anarquistas. El mismo Max Aub que conociendo tan bien la retaguardia valenciana mintió tanto en sus relatos, en sus Campos y en sus delirios. Como aquel inolvidable cuento de los de la CNT comiendo jamones en el puerto de Alicante mientras los comunistas se consolaban con lentejas. Y los barcos sin venir.

Y hablando de barcos y muelles de Levante, y esta vez desgraciadamente sin leyendas, recordar el peaje millonario que cobraba la CNT-FAI valenciana, dueña y señora del grao, por dejar embarcar rumbo a Marsella a los capitostes valencianos. Una verdadera mina. Y eso que era la misma CNT-FAI que desde el Comité de Salud Pública del Comité Ejecutivo Popular, el único poder en Valencia hasta que llegó el Gobierno, exigía e imponía las penas más duras a todo aquel sospechoso de derechismo y desafecto. Y así era también en Barcelona con las Patrullas de Control de Aurelio Fernández, brazo armado del Comité de Milicias que se inventó Oliver, y no digamos ya en Madrid donde la CNT alentaba con más fuerza que nadie la llama justiciera que iba a convertir en cenizas el viejo orden burgués. Y la llama se extendía sin barreras ni cortafuegos.

Esta es la paradoja, la CNT era el mayor peligro y también el lugar más asequible para obtener un salvavidas, una credencial, un aval, un carné… porque la CNT, que necesitaba fuerza y afiliación para sus batallones y columnas abría sus puertas de par en par sin muchos miramientos. Pero como cuenta Chaves Nogales en uno de sus cuentos de A sangre y fuego, el que era sorprendido engañándoles en su buena fe lo pagaba muy caro. Como le ocurrió a Raimundo Campos, maquinista de imprenta del diario CNT de Madrid que descubierto como falangista se pegó un tiro en la cabeza cuando lo fueron a prender, o el caso del bibliotecario Florián Ruiz Egea, que lo descubrieron haciendo manitas con Franco bajo la mesa al final de la guerra y lo despacharon ipso facto al matadero clandestino del Comité de Defensa. El gallinero, lo llamaban. Y sin embargo también hay casos de castigo al exceso de celo revolucionario, un cortar las alas a sus ángeles exterminadores que merece constatarse, como el caso de Gardeñas, ejecutado por orden de Escorza con el aplauso de Federica y el inefable Esgleas, y esto porque Gardeñas le cogió vicio a visitar las casas de los burgueses de Barcelona y arramplar con su bolsa y con su vida. Alta traición a los principios anarquistas para sus compañeros jacobinos, que lo pusieron contra un árbol y le pegaron cuatro tiros. Como si fuera una basura, se quejaría amargamente García Oliver. O cómo olvidar al librero de viejo Antonio Rodríguez Sanz, “el Antoñito”, que se le fue la mano con la justicia revolucionaria en la checa de Campo Libre de Madrid y perdió la chaveta dando en alimentar allí mismo, en la checa, a una piara de cerdos para consumo propio y de sus hombres, y claro, de tanto que tensó la cuerda se rompió y terminó en un batallón de castigo bajo las órdenes de Gregorio Gallego, el aprendiz de escritor que tantos libros le había comprado antes de la guerra, y que por piedad le apartó de la primera línea de fuego. Y todavía “el Antoñito” se quejaba.

Y también el encarcelamiento de los milicianos de la checa de la Iglesia del Carmen y la ejecución de su jefe, el Olmeda y de su novia “la Patro” por montar en el templo su chiringuito particular.

Pero para que no falte de nada y en dirección contraria nos queda por ver a Melchor Rodríguez, el ángel rojo, viviendo rodeado de una corte de falangistas, y sin enterarse, o vete a saber, enterándose mejor que nadie, y mientras él era detenido por las nuevas autoridades al final de la guerra, sus hombres de confianza, los más fieles, haciéndose la foto felices y brazo en alto. Y Melchor en la inopia, pero ahí están retratados para el recuerdo y la vergüenza su fiel secretario, Batista, y su chofer Curro, el mismo que le guardaba las espaldas desde el principio de la guerra, el que se imponía con un par en Fomento y rescataba a los señalados por Melchor. Otro quintacolumnista de armas tomar.

Melchor Rodríguez y su equipo. Su chófer, Curro, el primero por la izquierda en
la fotografía de arriba y el segundo por la derecha en la de abajo.

Pero cómo criticar a Melchor si el propio Salgado, el cerebro gris de la inteligencia cenetista, protegía en su propia casa a un cachorro fascista rescatado de la Modelo, cachorro con dientes de lobo como no tardó en demostrarlo entregando a todo el que acudió a él buscando protección tras la derrota, y burla burlando, como si no, fueron a dar a las tapias del cementerio del Este. El mismo Salgado que en los albores de la revolución y la guerra organizaba falsas expediciones de refugiados en embajadas y tenía como ayudante principal en tal misión a Manuel Ramos, representante por entonces junto a Benigno Mancebo y Manuel Rascón de la CNT en el comité de Fomento y jefe también de una de las checas más famosas y sanguinarias de Madrid, La checa de Ferraz.

En el haber de ambos queda la falsa expedición de refugiados, la mayoría militares, que de las embajadas de Finlandia y Noruega partió rumbo a Valencia el 21 de octubre. Y sobra decir que nunca más se supo de ellos.

Pero a pesar de Salgado la quinta columna también tuvo sus éxitos y uno de sus principales infiltrados en CNT, Juan Tebar Carrasco, alcanzó la secretaría del Sindicato de la Enseñanza en Madrid y de su mano llegaron una docena de miembros de Acción Popular y Falange especialistas en sabotajes de todo tipo. Y Antonio Bouthelier, uno de los quintacolumnistas más famosos y señalados, más buscados, escribiendo artículos como infiltrado en Frente Libertario, ¡el periódico del Comité de Defensa! Y los que saben o sabían de este feo asunto te dicen que Salgado protegía a Bouthelier, pero claro, no saben el porqué.

Y mientras los de la FAI, en el apogeo del hambre, haciéndose la foto maldita con los corderos degollados para escándalo de García Pradas y de Guzmán, y regocijo de Bouthelier. Menos mal que se negaron a publicar la fotografía en sus periódicos. Y con razón, no fuera que el pueblo pensara que mientras a ellos les tocaba comer gatos y berzas los anarquistas se alimentaban con corderos bien cebados.

Y por supuesto lo de las alhajas, líos y líos de alhajas durante toda la guerra, las de Marianet y las de los Hermanos Maristas de Barcelona y las que birló el tesorero de la checa del Cine Europa en complicidad con el gemólogo que tasaba la pedrería, y el azafrán de los de Aragón que ya salió por aquí. Todos crucificados bajo el estigma de la revolución y el deseo. El mismo deseo, o parecido, que llevó a Eduardo Val a lucir en su muñeca el reloj de Borschgrave, y aquí no ha pasado nada y si pasa no importa.

Solo al poeta libertario León Felipe le era permitido largar más de la cuenta de estos feos asuntos, aunque más de uno, y hay testigos, echó mano a su pistola cuando le oyó declamar en Valencia su alocución poemática La Insignia:

“Españoles, españoles revolucionarios, españoles de la España legítima, escuchad: Ahí están –miradlos- ahí están, los conocéis bien. Andan por toda Valencia, están en la retaguardia de Madrid, y en la retaguardia de Barcelona también. Están en todas las retaguardias. Son los comités, los partidillos, las banderías, los sindicatos, los guerrilleros criminales de la retaguardia ciudadana. Ahí los tenéis, abrazados a su botín reciente, guardándole, defendiéndole, con una avaricia que no tuvo nunca el más degradado burgués. ¡A su botín! ¡Abrazados a su botín! Porque no tenéis más que botín. No le llaméis incautación siquiera.

El botín se hace legítimo cuando está sellado por una victoria última y heroica. Se va de lo doméstico a lo heroico, y de lo histórico a lo épico. Este ha sido siempre el orden que ha llevado la conducta del español en la Historia, en el ágora y hasta en las transacciones. Pero ahora en esta revolución, el orden se ha invertido. Habéis empezado por lo épico, habéis pasado por lo histórico y aquí, en la retaguardia de Valencia, frente a todas las derrotas, os habéis parado en la domesticidad. Y aquí estáis anclados, Sindicalistas, Comunistas, Anarquistas, socialistas, Trotskistas, Republicanos de Izquierda… Aquí estáis anclados, custodiando la rapiña, para que no se la lleve vuestro hermano. La curva histórica del aristócrata, desde su origen popular y heroico hasta su última degeneración actual, cubre en España más de tres siglos. La del burgués setenta años. Y la vuestra tres semanas.”

Asalto al Obispado madrileño. Los milicianos con un cartera
conteniendo acciones y dinero tras reventar la caja fuerte.
El papa les bendice.

Y así llegaron las vísperas de la derrota y los ejércitos del anarquista Cipriano Mera después de darles para el pelo a los comunistas en Fuencarral y en los Nuevos Ministerios se enteraron que el coronel Casado negociaba la rendición suplicando a Franco. Y se hablaba, ¡que ingenuidad! de respetar a los que no tuvieran las manos manchadas de sangre, y los que las tuvieran darles un pasaporte y abrirles las puertas del exilio. Y algunos se lo creían. Pero no había marcha atrás y Mera se tragaba su mosqueo y hablaba por la radio como paladín del Consejo de Defensa de Casado, que le observa inquisitivo de cerca, mientras Salgado y García Pradas, los dos en el secreto, se difuminan en la penumbra. Y no muy lejos de ellos debía andar aquel día el coronel José Centaño, quintacolumnista de fuste y colaborador estrecho y de máxima confianza de Casado durante toda la guerra. Casado… uno más en la inopia.

Alocución radiada de los miembros del recién creado Consejo Nacional de Defensa.
Ministerio de Hacienda. 5 de febrero de 1939. Habla Cipriano Mera.
A su izquierda el coronel Casado. Al fondo García Pradas y Manuel Salgado.

Y de remate los moros desfilando por la Glorieta de Bilbao, frente al Comercial, entre un tremolar de banderas rojigualdas y ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! Lo que no quita para que los más avisados trapichearan con “pelucos” mientras cientos de curas salidos de las catacumbas impartían bendiciones a diestro y siniestro.

Y Jesús Hernández desde Moscú dale que dale con su matraca de los emboscados en la CNT y sacándole punta al asunto a la primera de cambio. Hay que joderse.