La biblioteca fantasma

La tragedia de España

 

En Estados Unidos, donde residía desde 1933 tras haber huido de Alemania, Rudolf Rocker escribió dos textos sobre la guerra civil española. Ambos fueron publicados en Nueva York por el periódico anarquista en lengua yiddish “Freie Arbeiter Stimme”. El primero fue el folleto de dieciséis páginas The truth about Spain; el segundo, The tragedy of Spain.

La editorial Melusina tradujo este último el año pasado. La traducción la hizo del inglés Marc Viaplana, quien además escribe el prólogo. El libro cuesta menos de diez euros y la editorial lo envía de forma gratuita a España y Europa.

Rudolf Rocker, quien tanto me recuerda a Emil Jennings en
su papel de Professor Unrat en “El ángel azul”.

 

La primera edición española, no obstante, es del año 1938. Fue editada en Buenos Aires por la editorial Imán y la tituló Extranjeros en España. La cubierta es obra de Llurens; el traductor, sorprendentemente, no fue un hispanohablante sino un alemán: nuestro viejo conocido Helmut Rüdiger, y según reza el libro lo hizo directamente del alemán.

Sexto Empírico hizo en los comentarios de la primera entrada sobre el Grupo DAS un resumen magnífico del libro:

El folleto de Rocker consta de 47 páginas y fue escrito en agosto de 1937. Naturalmente estaba muy inspirado por la prensa libertaria española y sus contactos con anarquistas españoles, italianos, alemanes, rusos e ingleses. Pero, además, Rocker era lector de prensa internacional inglesa, francesa y americana. Todo ello, junto con su enorme cultura histórica y su conocimiento de España, le ponía en muy buenas condiciones para escribir su ensayo. Comienza analizando el papel del capital extranjero, principalmente inglés y francés, en la industria española y sus conexiones con la aristocracia hispana. Desvela, por ejemplo, que las minas de Peñarroya habían sido otorgadas en concesión hasta el año 2003 al capital francés, al grupo Mirabaud, en el que participaban, entre otros, los Rothschild, la compañía del canal de Suez, el anterior presidente del Banco de Francia, el conde de Romanones y el Marques de Villamejor. Examina el apoyo de Hiltler y Mussolini a Franco y también el apoyo más sutil de la diplomacía inglesa, encabezada por Anthony Eden. Menciona críticamente el papel de Rusia y acusa al partido comunista de ser simplemente el ejecutor de las órdenes de Moscú. En estas páginas aparece Santiago carrillo como una figura importante del partido comunista, lo que indica el buen ojo de Rocker. Examina también las actividades de la diplomacia soviética y de los agentes de la GPU. Una cita, que recoge de una entrevista en el Manchester Guardian a Antonov-Ovseenko, el cónsul de la URSS en Barcelona, en la que éste expresaba su admiración por los anarconsindicalistas catalanes, da una pista para explicar la ejecución a los pocos meses de Antonov en Moscú. Examina también en detalle los antecedentes de los sucesos de Mayo, los propios sucesos y las campañas contra la CNT y el POUM por parte del PC y los agentes soviéticos, al igual que ilustra las conspiraciones para poner a Negrín como jefe del gobierno. En sus páginas, aparece, Cazorla y sus fechorías, junto con las de los agentes de la GPU. Finaliza diciendo que ¡Nunca un pueblo ha luchado por su libertad más heroicamente! ¡Nunca un pueblo ha sido peor traicionado por sus enemigos abiertos y por los secretos!

Difícilmente le pudo llegar a Rocker información directa del Grupo DAS. En agosto de 1937 los alemanes anarcosindicalistas que no estaban en el frente penaban en Santa Úrsula.

Helmut Kirschey toma la palabra:

Los interrogatorios siempre tenían lugar por la noche. Nos despertaban en algún momento entre las doce y las dos, cuando más cansado y menos espabilado está uno. A veces éramos dos los interrogados la misma noche, pero nos conducían en coches distintos. Nos llevaban a la calle del Pintor Sorolla, donde la NKVD-GRU tenía su cuartel general. Las ventanillas estaban siempre tapadas, pero una vez nuestro coche tuvo que frenar en seco y se movieron las cortinillas, por lo que pude ver el cartel con el nombre de la calle. Entonces es cuando pude saber a dónde nos llevaban. Quien dirigía nuestros interrogatorios era ruso, pero el personal de guardia del convento era español.

Los interrogatorios continuaron mes tras mes. Nos cogían a algunos por la noche. Teníamos que reconocer, nos decían, que trabajábamos conjuntamente con el POUM para derrocar el gobierno. Yo reía y les decía: “Estáis locos, nunca he tenido nada que ver con los trotskistas”. Les hablé de los dos trotskistas que teníamos en el frente, a los que habíamos devuelto allí porque no queríamos tener nada con ellos, pero les daba igual. El objetivo de los que nos interrogaban no era saber la verdad sino destruir el grupo de anarcosindicalistas alemanes de Barcelona. Para mí era evidente. En los primeros meses de 1936 teníamos una posición en Barcelona impensable para los comunistas. Nosotros, una pequeña organización de inmigrantes, teníamos prácticamente el control sobre todos los germanohablantes. Nos mandaban a todos los voluntarios que acudían a España, aunque quisieran enrolarse en las brigadas internacionales o formar parte del POUM. Naturalmente, a los comunistas no les gustaba nada y ahora tenían la oportunidad de eliminarnos. No sólo eran los rusos los que estaban detrás de todo esto, sino también el comunista Karl Mewis, el jefe del KPD (partido comunista alemán) en Barcelona. Años más tarde, escribió en sus memorias que había oído por entonces que nosotros habíamos jugado al fútbol con los fascistas. El oyó lo que quiso oír y lo que le convenía al Komintern.

Karl MewisKarl Mewis

Al principio teníamos en nuestras filas a un pequeño grupo de tres camaradas alemanes que querían resolver nuestros problemas con los comunistas. Sabíamos que los comunistas no aceptaban que se nos mandara directamente a sus voluntarios desde los puestos fronterizos. Por eso tratamos de arreglar las cosas, de tal forma que los voluntarios comunistas fueran enviados con su gente, en lugar de que nos los mandaran a nosotros. Por otro lado, discutíamos sobre objetivos comunes, discrepancias y problemas. Pensábamos que todo iba perfectamente, pero ellos lo veían de manera completamente distinta. Los sucesos de mayo demostraron que los comunistas sabían y conocían de qué pie cojeábamos, etcétera. De ahí que fuera necesaria la venganza.

Rudolf MichaelisRudolf Michaelis

Permanecí siete meses en Santa Úrsula y compartí celda con Rudolf Michaelis. Éramos buenos amigos y charlábamos mucho. Además de los anarcosindicalistas había también algunos trotskistas, o al menos de eso les acusaban. En total éramos unas cien personas las encerradas en el convento. Durante el día no teníamos mucho que hacer, excepto gastar el tiempo en charlar y discutir. Podíamos acceder a una enorme sala donde nos servían las comidas. Sólo por las noches permanecíamos encerrados en las celdas. La alimentación era muy mala. Por la mañana nos daban café y algo de pan, y más tarde, para comer, sopa. A veces tratábamos de hablar de nuestra situación con nuestros guardias españoles. Eran policías normales y no se arriesgaban a decir lo que pensaban. La sensación general era de abatimiento. Habíamos venido a España para formar parte de la lucha contra los fascistas, y a pesar de ello estábamos presos. Por nuestros guardianes supimos que la guerra no iba bien y que el frente iba retrocediendo.

Los hombres de la NKVD-GPU que nos interrogaban eran todos judíos rusos. Hablaban yiddish entre ellos, y como este idioma tiene muchas palabras alemanas, podíamos entenderles sin grandes problemas. Tras la guerra civil española muchos de estos rusos fueron encarcelados por haber ido como voluntarios a España o por haber trabajado para la NKVD-GPU. No había lógica alguna en el hecho de ser castigados por lo mismo que habían sido reclutados por Stalin, pero es cierto que allí abajo habían visto y vivido demasiadas cosas. Aunque también puede ser que fueran asesinados porque Stalin era un psicópata. Quien dirigía los interrogatorios quería que firmáramos un papel donde reconociéramos que habíamos tomado parte en la preparación de un Putsch, pero nadie lo hizo. Sabíamos que, de hacerlo, firmábamos nuestra sentencia de muerte. Pero también contábamos con permanecer por ello más tiempo encarcelados. A veces, cuando nos llevaban a interrogarnos, nos decían: “lleva cuidado si no firmas”.

Aunque sentíamos la soga al cuello durante todo el tiempo que estuvimos encarcelados, no recuerdo haber pasado miedo en ningún momento. Quizá fuera debido a mis experiencias en el frente, donde no sentí inquietud alguna ante el riesgo a morir. Me intranquilizaba mucho más que nadie se percatara de que se llevaban a uno de nosotros por la noche. En definitiva, el sentimiento predominante en nosotros era el de la cólera. Nos enfurecía estar encerrados en ese sitio cuando habíamos venido a España a luchar, y no a permanecer en prisión.

(Continuará)