La biblioteca fantasma

Las puñeteras mentiras de Javier Cercas

Arcadi Espada aniquiló en su día la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Le desmontó el juguete con la precisión de un relojero al presentarnos la simplicidad moral que guardaban aquellas páginas:

Soldados de Salamina, un libro que ha escrito Javier Cercas, me recuerda a Galíndez, una medio novela que escribió Vázquez Montalbán. Galíndez describía las pesquisas del autor en busca del dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ese Galíndez asesinado en extrañas circunstancias, que es una forma concreta de morir, como el cáncer o el infarto. Tres cuartas partes del libro eran impecables: reconstruían el personaje y su tiempo con precisión y agudeza. Pero todo eran simples preparaciones antes del asalto final: Vázquez iba a demostrar que a Galíndez lo había matado la Cia. Desgraciadamente no pudo demostrarlo: le falló el músculo, la paciencia, o las fuentes. O peor aún: puede que a Galíndez no lo matara la Cia. El caso es que la última parte del libro describe como la Cia mató a Galíndez. Una ficción, claro está: algo que pudo pasar, por supuesto: para eso está la novela.

Soldados de Salamina parte del drama de Sánchez Mazas, un dirigente falangista al que colocaron frente a un pelotón de fusilamiento, dispararon, y no le dieron. Se hizo el muerto, entre los muertos, y huyó arrastrándose hasta una espesura cercana. Parece, según contara Sánchez-Mazas, que allí lo descubrieron los ojos de un soldado republicano. Pero el soldado, en vez de denunciarle, apartó la cara y siguió su camino. Cercas quería encontrar al soldado que perdonó la vida a su enemigo. Yo también, sin duda. Odio las entrevistas; pero por ésta transigiría. Cercas no lo encuentra, como es natural: es una empresa muy difícil, e imposible si se trabaja poco en ella. Por fortuna, el novelista es un hombre de recursos y se da cuenta de que lo ha buscado en lugares equivocados. Como la carta de Poe, el soldado republicano está en su sitio y a la vista: en la propia cabeza del novelista. Calentito. El novelista le da el nombre de Miralles y los cuatros rasgos elementales del vencido. La crónica del encuentro es realmente entrañable y aún me siento pegajoso, y eso que han pasado algunos días desde su lectura. Como Cercas ha construido todo su relato en la ambigüedad (aunque mejor cabría decir en el hermafroditismo), su pintoresco encuentro con el viejo republicano se resuelve en el mismo tono: Miralles le dice que no es él, pero al narrador, un sujeto algo idiota llamado Cercas, no le da tiempo a hacer más preguntas. El lector, que agradece el que Cercas no le haya emparentado con su narrador poniendo los ojos de Miralles en el agujero donde se escondió Sánchez Mazas, está ya adiestrado para admitir lo esencial: el autor buscaba/no ha encontrado/pero qué más da: todos somos Miralles. El lector ya sabe que era uno como Miralles (tan bueno y tan vencido) el que perdonó la vida del fascista.

De toda esta historia, por supuesto, lo único que tiene interés son las personas y su peripecia. Ni muy enfermo habría leído yo una novela donde se nos anunciara la epopeya de un falangista al que fusilan, pero no, y las pesquisas frustradas en torno al que le salvó la vida cerrando los ojos. Si he caído en la trampa es por lo que el autor llama, con pomposo pleonasmo, relato real. Pero si irritantes son sus trampas retóricas, mucho más lo es su moralina: la novela tranquilizará a todos los papás antifranquistas, porque comprobarán que sus retoños no se han movido un paso del lugar, maniqueo y sentimentaloide, adonde ellos llegaron.

Esta vez lo que pretende Cercas con su artículo es decirnos que no podemos ser Manuel Mena. Mena, malo; Miralles bueno. Para ello, nos cuenta algunas mentiras que nadie con un mínimo de sentido común se puede tragar. Ejercicio: buscar las puñeteras mentiras de Javier Cercas y comentarlas con el compañero de pupitre.

TRIBUNA: JAVIER CERCAS
La puñetera verdad

No es cierto que los dos bandos de la Guerra Civil contribuyeran por igual a destruir la democracia. No hubo un bando moralmente bueno y otro malo, pero sí hubo uno políticamente bueno, el que defendió la legalidad
JAVIER CERCAS 06/06/2010

Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010 [en realidad el artículo se publicó el 24 de abril]) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. “¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?”, escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. “La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra… Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria”. La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.

Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. “Madre, no seas cobarde”, eran siempre las palabras de despedida del soldado. “Si me matan, que nadie te vea llorar”. Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: “¡Arriba España, hijo mío!”.

Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?

Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.

No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.

En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.

Javier Cercas es escritor.

  1. Sexto Empírico

    Querido Bremaneur:

    Lo que Cercas presenta no cabe calificarlas, en mi opinión, de mentiras. Son opiniones y, en este sentido, no se les puede aplicar el criterio de Verdad. Se las puede examinar desde otros criterios: bondad, aplicabilidad, honestidad, etc., pero no el de verdad. Por ello, el título de esta entrada no es, a mi entender, apropiado.

    Y el recurso a la autoridad de Arcadi Espada al decir que éste “aniquiló en su día la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Le desmontó el juguete con la precisión de un relojero al presentarnos la simplicidad moral que guardaban aquellas páginas” tampoco me parece propio de un discurso que va más alla de la defensa del endogrupo. Un discurso en el que los términos son “aniquiló”, “desmontó”, “juguete”, “simplicidad moral” no parece que sean los más ajustados para un tema tan delicado como este en el que estamos enfrascados.

    Naturalmente, esto no quiere decir que me guste o disguste Cercas. Es simplemente que una crítica relativamente “objetiva” no puede partir del apriori anterior. Y para que conste el libro de Cercas no me gustó mucho.

  2. Gatopardo

    Estimado Sexto, hay que establecer el límite de la mentira en alguna parte, si no cualquier cosa cabrá catalogarla de opinión para luego enzarzarnos en matizaciones.

    Siendo el grueso de la columna opinable – yo estaría de acuerdo con casi todo-, el problema está en dos frases sobre las que gravita toda la columna.

    La “II República era una democracia tan legítima como la actual” y la defensa de la democracia del bando republicano. En el fondo de todo estas premisas son las que se intentan colar y que cabe calificar como puñeteras mentiras, siguiendo con la vehemencia del autor.

    Intentar colar esos dos pilares de su discurso sin justificarnos el clima de pre-revolución y el conflicto previo al alzamiento es como poco caer en la deshonestidad intelectual. No hay más que ver las proclamas de importantes lideres republicanos y lo felices que estaban con el próximo advenimiento de la dictadura del proletariado. La documentación en este sentido es apabullante y Bremaneur está haciendo una labor formidable en este lugar. Crónicas de primera mano, discursos y titulares de prensa, todo en rigurosísimo facsímil.

    Después de pasar por un sitio como este entenderá que uno califique de tomadura de pelo el que alguien, en lugar de intentar contextualizar o contrarrestar esta carga de la prueba, pida autos de fe sobre esa defensa de la democracia y sobre la sostenible convivencia en la II república. Todo lo que no hemos visto por ninguna parte en facsímil.

    Y estamos hablando de alguien que se supone ha estudiado este periodo histórico y hace literatura sobre ello.

  3. Gatopardo

    Eso no significa que haya mentido conscientemente. Pero creo que para un escritor resulta más benévolo acusarle de mentir que tacharlo de necio cegado por sus prejuicios o ideología.

  4. Sexto Empírico

    Apreciado Gatopardo:

    Gracias por su respuesta mi comentario, que introduce algunos elementos interesantes para debatir y que recurrentemente aparecen en diversas formas en esta Biblioteca Fantasma. Pero antes de contestar, le pido permiso para discrepar.

    Usted, si yo no lo interpreto mal, cree que la II República no era una democracia tan legítima como la actual y en esto discrepa de Cercas, pero su discrepancia no convierte en mentira la afirmación de Cercas. Yo mismo discrepo de Cercas en relación con esa afirmación, más concretamente en la última parte, creo que la II República, en términos formales era una democracia, mientras que el actual sistema no encaja en ese formulismo jurídico-político, lo que no quiere decir que no existen actualmente libertades políticas, en algún caso más amplias que las de la II República, o que el clima de conflicto social sea menor ahora que antes. Pero esto último es cuestión de opinión.

    Se puede compartir o no con usted que había un clima pre-revolucionario en algunos sectores de los partidos y organizaciones durante la II República, pero esto nuevamente es interpretativo y estar en descuerdo no significa mentir. Dicho de otro modo, desde su marco conceptual, usted podría explicar (justificar) el alzamiento (esta palabra es suya), a partir de la existencia de un clima pre-revolucionario. Desde el de Cercas, no es así y esto no convierte a Cercas en mentiroso o deshonesto. Usted, si yo no lo interpreto mal, parece sugerir que hay unas afirmaciones (creencias, valores) objetivamente falsas y éticamente cuestionables. Y yo lo que afirmo es que las de Cercas son tan éticas como las suyas, ya que el fundamento último de los mismas (de los suyas y de las de Cercas) es incondicionado y que no hay unas que sean mejores y otras peores, desde esa fundamentación última. Otra cosa es que yo, usted, o Cercas tengamos preferencia por un sistema de creencias y valores determinado, que para nosotros son mejores. Y lo que debemos hacer es contraponerlos, examinar los méritos relativos de cada uno de ellos y elegir.

    En este sentido, yo le decía a Bremaneur que usar los términos que empleaba no era lo más adecuado, lo mismo que le digo a usted que sugerir que la alternativa es o mentiroso o necio prejuicioso es un despropósito, si se trata de evaluar la validez de la afirmaciones de los contrarios. Tal tipo de descalificaciones forman parte de un fenómeno que en psicología social se conoce con el nombre de “group mind” y sus consecuencias, entre otras, son la aparición de “guardianes de la mente”, imposibilidad de crítica o divergencia, docilidad de los miembros del grupo fomentada por liderazgos de congraciamiento, ilusiones de invulnerabilidad y de moralidad del grupo y autocensura de los miembros. ¿Quién se atreverá, por ejemplo en este blog, a sostener una opinión discrepante si se le califica de mentiroso o necio prejuicioso? A este respecto, usar adjetivos descalificadores es una forma de violencia simbólica que gradualmente puede dar paso o formas más severas de violencia, ya no simbólicas sino físicas. El gran psicólogo americano Irving Janis examinó este proceso de “Group mind” en el desastre de la invasión de la Bahia de Cochinos. Y las consecuencias todavía están ahí.

    Gatopardo, mi comentario iba en esta línea argumentativa y mi respuesta a su comentario sigue la misma.

  5. Rufián melancólico

    Llego a estos salones bajo la impresión del trabajo colectivo sobre Aly Herscovitz. Es fascinante y desde aquí quiero mandar mi enhorabuena a sus autores. Han realizado un trabajo de primera. Ojalá tenga la repercusión y el reconocimiento que merece.

    De lo de Cercas, mis quehaceres me impiden extenderme ahora como me gustaría, pero lo haré por partes y en comentarios sucesivos.

    Cuando Cercas habla del fin del “terror republicano” tras la toma de control, tras el verano del 36, de los mecanismos de seguridad y represión por el gobierno, miente. Lo que dice es rotundamente falso. De “la policía de la revolución”, (julio-agosto-septiembre- octubre)pasamos a la “Policía Popular”, la que está bajo control comunista y para más inri, teledirigida desde Moscú. Es otro tipo de terror y si me apuran , peor. ¿Ejemplos? ¿Hablamos de nuevo de Paracuellos? ¿de Juan Cobo y Loreto Apellaniz en Valencia? ¿Del exterminio de Poumistas y cenetistas en Barcelona? ¿De Lorenzo Aguirre y su depuración de la policía? ¿De los Salesianos de Atocha? ¿Del antro, también comunista, de la calle San Lorenzo? ¿de los mataderos y cementerios clandestinos? ¿hablamos de las checas reconvertidas en comisarías oficiales?
    Decir también que el terror se aplicó sin la aprobación del Gobierno es otra falsedad macabra y un lugar común en el imaginario de cierta izquierda que ya apesta. ¿No oyó Cercas hablar de Galarza? ¿De Girauta? ¿De Pedrero? ¿de las andanzas de la Secretaría General Técnica de la Dirección General de Seguridad? ¿de la muy oficial y gubernamental Brigada de Investigación Criminal dirigida por Atadell? ¿de la brigada, también oficial, de Javier Mendez Carballo ?
    Hasta ahora toda esta mierda cuando salía se echaba impunemente sobre los hombros de los cenetistas. El mismo Carrillo llegó a acusarles en TV, lo tengo grabado, en un ejercicio de hipocresía siniestra de ser ellos los causantes de Paracuellos.
    Que para justificar sus palabras sobre el terror republicano, Cercas se remita a “los historiadores”, como a su vez hace la inefable Almudena Grandes, es no solo otra bajeza intelectual, sino sobre todo, una estupidez que definitivamente lo retrata .

  6. Gatopardo

    Teóricamente de acuerdo con su apreciación. Pero lo que empíricamente ocurre es que hablamos de un aserto muy concreto de la II república feliz contra la que se sublevan los franquistas porque no pueden soportar ese triunfo de la democracia en la tierra.

    Y tenemos que soportar el bombardeo de esta “verdad” idílica, en parte entendible por una sobrecompensación tras la dictadura. Pero que también surge como una grave manipulación para deslegitimar a las derecha actual. Y eso es lo grave.

    Entenderá que nuestras gónadas participen en la respuesta, con una vehemencia que comienza Leguina, muy apropiadamente.

    Porque todo lo que sabemos sobre esos últimos años de la II república, con el levantamiento de Asturias y las llamadas a la Revolución parece estar sujeto a tabú. Ahí está Cercas, sin matizaciones, una democracia asimilable a la actual -con sus imperfecciones claro-, contra los que unos cometen un golpe de estado. Ergo, si había un clima apropiado de convivencia y legitimidad los que quieren el golpe de estado deberían de estar políticamente muy equivocados.

    El cabreo está justificado por la cantidad de la manipulación y la repetición maniquea que no entra en estas cuestiones. Desde luego que son interpretables, pero es que ellos no entran en el debate o en la argumentación, directamente caen en el sofisma de la legitimidad, ergo se defendía la democracia contra antidemócratas.

    Por eso no creo que haya ningún peligro de “Group Mind” ni de la descalificación del discrepante aquí. Si alguien viene con esas afirmaciones simplistas no creo que nadie le descalificaría. Se le presentan los datos y que nos intente convencer con sus contradatos o contextualizando estas esas graves declaraciones y hechos de importantes, si no principales líderes republicanos. Dada la abundancia de estos creo no se pueden considerar como casos aislados sino característicos de un movimiento revolucionario contra el que los republicanos demócratas estaban impotentes. Y es triste que se nos hayan tenido que abrir los ojos a esa realidad, en lugar de tenerlo asumido como nuestro pasado. Pero es que además es lo que dicta el sentido común, un país con las condiciones históricas de España -cockatil de injusticia e ignorancia- en un momento histórico revolucionario, ¿no íba a intentar avanzar en la senda hacia la dictadura del proletariado?

    Que me presenten la evidencia contraria, estoy abierto al debate. Pero no tolero que se utilice una manipulación de la historia como arma política, evitando el argumento y repitiendo machaconamente autos de fe.
    Aunque no participe conscientemente de esta manipulación, Cercas debería ver el clima en el que se encuentra y el contexto de la carta de Leguina a Almudena. Y desde luego acercarse al asunto con un mínimo de honestidad intelectual y no repetir esos sofismas a salvo de la crítica en los predios oficiales.

    Que baje aquí y lo argumente. Hasta entonces, afirmar que la II República era una viable democracia contra los que unos dan un golpe de estado, ergo porque no les gusta la democracia, me parece un -y rebajo tras su comentario- puñetero simplismo

  7. Sexto Empírico

    Amigo Gatopardo:

    Creo que empezamos (o yo empiezo) a ver una de las raíces del problema y de un debate que, en si mismo es multidimensional y no se ajuste a un único eje.

    Sintetizando un poco, identificar PP=Derecha (y, por tanto, malo, perverso y todos los adjetivos descalificantes que se le puedan ocurrir a uno) y PSOE=Izquierda (y, por lo mismo, bueno, ético, progresista y todos los adjetivos calificantes positivos que se quieran) y, a la vez, usar esto para legitimar discrusivamente las prácticas políticas actuales y presentarlas como herederas de las republicanas (como si, a su vez, estas fueran un todo uniforme e indiferenciado) es una manipulación mediatica, política e ideológica. Estoy de acuerdo con usted. Al ciento por ciento. Yo he sufrido dichas manipulaciones y en este blog he respondido a algunas de ellas, como las que hacen Martínez Reverte,Viñas y compañía consciente y lo hacen deliberadamente, sin que se le pueda atribuir la exminente de ignorancia. Como también he sufrido la censura tanto de El País como de El Mundo cuando he querido publicar algún articulo o carta al director en respuesta a las afirmaciones hechas por los de un sector u otro (que los hay en ambos). Y precisamente, por haber sufrido la censura y detestar la manipulación, prefiero el tono habitual de esta Biblioteca Fantástica (no me he equivocado).

    Creo, estoy persuadido, de que Cercas no está muy ilustrado sobre la II República, ni su antecesora la Monarquía de Alfonso XIII, como tampoco lo está Almudena Grandes, ni Leguina, ni muchos de los que pontifican en las páginas de los diarios oficiales. es muy dificil, hay que ir a los archivos, a las hemerotecas e invertir un tiempo considerable, tanto en buscar como en leer y estudiar, y estas personas no disponen del tiempo ni de la motivación suficiente. El Rufián sabe muy bien lo lento, dificil y costoso que es avanzar en esta maraña y todas los impdiementos que se ponen. Si a ello le añadimos que algunos tienen que vivir de lo que escriben, el resultado salta a la vista. Refritos, escritos plagados de inexactitudes o contradiciones con lo mismo que el mismo autor escribió unos meses antes y, a veces, lisa y llanamente mentiras.

    Todo lo que ha escrito El Rufián en su último comentario es correcto. Se ha pasado más de una década de estudio e investigación y tiene documentos y pruebas para demostrarlo. Pero no descalifica a nadie por tener ideas diferentes u opuestas, como tampoco bendice a los que puedan estar en su misma orientación. Esta es la línea a seguir, en mi opinión.

    Y puestos a dar más elementos para el debate, tal vez, sea más productivo comenzar a cambiar el foco de atención de las batallas, las revoluciones, la violencia, a otros aspectos menos espectaculares, menos visibles pero más importantes y nucleares, como, por ejemplo la Justicia. Recomiendo a quienes tengan interés que lean el documentado libro de
    Pascual Marzal Rodríguez “Magistratura y República. El Tribunal Supremo (1931-1939)”, Valencia: Editorial Práctica de Derecho, 2005.

  8. Querido Sexto:

    Tengo que disculparme por haber escrito sobre Cercas con ese desprecio, impropio en un blog que ha mantenido un excelente nivel dialéctico gracias a usted y al Rufián, entre otros. No quiero justificarme. Creo que Cercas es un pésimo investigador y un escritor mediocre, y en caso de tener que ocuparme de él debería hacerlo con más precisión. Acepto, pues, su crítica.

    Por otro lado, no utilizo el texto de Espada como argumento de autoridad. La lectura de Soldados de Salamina me dejó perplejo en su día, y con una sensación de timo que sólo pude explicarme después de leer el libro de Arcadi. Creo que éste explica con mucha precisión el truco inaceptable de Cercas. Nada más.
    Sobre el artículo de éste, evitaré comentar lo que me parece el uso y el abuso de su familiar Mena y de su concepto de heroísmo, porque inevitablemente caería de nuevo en un ataque impropio por mi parte. El concepto de heroísmo de Cercas, similar al que utiliza Jordi Gracia en alguno de sus libros, me parece muy peligroso cuando se usa como rasero para enjuiciar a según qué personas. Mucho más peligroso que las baladronadas de Almudena Grandes & Cia sobre la guerra. Como me reconozco cierta tendencia a conjurar peligros con métodos un tanto vehementes, termino aquí con este asunto.

    Sobre las mentiras de Cercas: sí las hay. El Rufián ha mostrado alguna, y se pueden encontrar más. No estoy de acuerdo en que se trate de opiniones. Si Cercas no puede demostrar lo que dice, miente al darlo por hecho.

  9. Sexto Empírico

    Querido Bremaneur:

    Nada de disculpas, no son necesarias. Comparta lo crítica y la sensación. Tuve la misma al leer el libro. Y el artículo es, en mi opinión, malo, quizás peor, vulgar.

    Y como una pequeña contribución a este debate y clarificación, traigo esta biblioteca tres casos que a mi siempre inspiran una enorme tristeza, por motivos diferentes, pero tristeza al fin.

    El primero de ellos es el de aquel maravilloso artista y catedrático de la Escuela Normal, Ramón Acin, a quien los fascistas asesinaron el 6 de agosto de 1936 en Huesca, a pesar de ser un declarado pacifista y el 23 del mismo mes a su mujer Conchita Monrás. Para quienes no conozcan a Acín y su obra y deseen conocer algo más, pueden ver la página de la Fundación Acin:
    http://www.fundacionacin.org/
    también su cuadro Granada vista desde la Alhambra (1915)
    http://www.fundacionacin.org/index.php/ramon/pintura_detalle/323230

    El segundo caso es el de Francisco Iturralde Cabeza de Vaca, Oficial de Telegrafos y Maestro Racionalista, como se llamaba en los entornos libertarios a los maestros laicos que ponían escuela para los obreos y sus hijos e impartían enseñanzas después de la jornada de trabajo. Iturralde fue asesinado en las mismas fechas Acin en El Ferrol (antes de ser de El Caudillo).

    El tercer caso es el del periodista Luis Calamita Ruy-Wamba, director de El Heraldo de Zamora, asesinado por orden directa del ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, al abandonar Madrid el gobierno de la Republica. Una venganza personal. Asi pues, si hubo violencia gubernamental y no en los primeros días de guerra y no por los incontrolados libertarios.

    Para finalizar, querido Bremaneur, me permito insertar un poema de Juan Ramón que puede servirnos de pie para el intento que haces desde está Biblioteca Fantástica.

    Intelijencia, dame
    el nombre exacto de las cosas!
    Que mi palabra sea
    la cosa misma,
    creada por mi alma nuevamente.
    Que por mi vayan todos
    los que no las conocen, a las cosas;
    que por mi vayan todos
    los que ya las olvidan, a las cosas;
    que por mi vayan todos
    los mismos que las aman, a las cosas…
    ¿Inteligencia, dame
    el nombre exacto, y tuyo,
    y suyo, y mío, de las cosas!

  10. Chippewa

    .

    Me descubro ante Vd., don Rufián. Tengo el sentimiento de que vivimos sepultados bajo un Himalaya de mentiras sobre nuestra Historia reciente.

    Franco no dió ningún “golpe de estado”, lo que hizo fue entrar en una guerra que, seguramente, otros habían empezado antes. Quizá debió mandar una carta al TIMES para quejarse, pero era un pistolo de Infantería y no sabía idiomas. Lo que sí supo fue poner las condiciones para que España dejara de ser una sociedad analfabeta, agrícola y rural y se convirtiera en urbana e industrial, sin mayores traumas sociales.

    .

  11. Astrónomo

    Franco se apuntó a última hora a un golpe de Estado que venía gestándose desde hacía tiempo; golpe que dio nuevas energías a la oligarquía y al clero y que provocó el mayor trauma social de España en el siglo XX.
    Y su intervención, Chippewa, es tan ajena al tono de esta Biblioteca que confío en que no reciba más respuesta que la presente.

  12. Rufián melancólico

    La última barricada que levanta Cercas, aquella de la igualdad moral, pero no política, en ambos bandos, me tiene sumido en la perplejidad. No puedo aceptar que la infamia moral sea más aceptable en un bando que en otro porque en última instancia uno de estos, el republicano, se remita a su pedigree: la ilustración, la razón, o los votos.
    Sacar a colación con este propósito los Gal y ETA es una maniobra capciosa y grosera para escurrir el bulto.
    Mucho de lo que atormenta a Javier Cercas y Almudena Grandes tiene que ver con algo bastante evidente: los republicanos perdieron la guerra pero ganaron la batalla de la propaganda y aparentemente, la de la literatura. Ahora comprueban que también esta batalla la pueden perder y eso… les subleva.

  13. Personalmente, pues “moral”, “legítimo”, etc. son conceptos tremendamente subjetivos, me llama mucho más la atención, lo de “guerra de exterminio”, y creo haberlo leído también a Trapiello recientemente. Si aquello fue una guerra de exterminio, ¿cómo califican, por citar un ejemplo, lo de los nazis en la URSS? Y no entro, por innecesario, superfluo y archiconocido, en toda la política de terror de las checas, como tampoco entro en la represión en la zona nacional, por eso mismo y porque, a fin de cuentas, se habla de Cercas, su artículo y las bondades, según él, de un bando y un régimen.
    En cuanto a lo del “mayor trauma social de España en el siglo XX”, creo que está en la misma línea de Cercas: propaganda.

  14. Sexto Empírico

    Rufián:

    Podría usted clarificar un poco su última sugerencia: “Mucho de lo que atormenta a Javier Cercas y Almudena Grandes tiene que ver con algo bastante evidente: los republicanos perdieron la guerra pero ganaron la batalla de la propaganda y aparentemente, la de la literatura. Ahora comprueban que también esta batalla la pueden perder y eso… les subleva.”

    ¿Quien puede perder la batalla, los republicanos o Grandes, Cercas y compañía?

  15. Gregherido

    Dice Cercas:

    No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.

    ¿Tenía Hitler razón moral? ¿La tenía Stalin?

  16. Rufián melancólico

    Gregherido, su pregunta da en el centro de la Diana y desnuda el sofisma de Cercas. Chapeau.

  17. Chippewa

    .

    La razón moral está sustentada por el poder cultural, que define la realidad mientras puede, con discursos que tratan de ser coherentes y de ponerse a salvo de las contradicciones.

    Hitler, Stalin o Hiro Hito han tenido razón moral para millones de personas, durante periodos concretos de tiempo hasta que su legitimidad ha sido insostenible. Cuando Robert McNamara tabajaba en los bombardeos sobre Japón, a finales de la IIGM, comentó a un colega:

    -“¿Te das cuenta de que si perdemos la guerra seremos llevados a un tribunal y acusados de genocidio?”

    Lo que para Cercas es “moral” lo es porque no se atreve a llevar la contraria a su propia madre, ante la que quedaría como un estúpido si desacredita hasta ese punto al tio Manuel. Por eso se inventa la “razón política”, razón que tiene por objetivo reconciliarse con sus propios prejuicios y su pensamiento “progre ad nauseam”.

    La batalla que tienen perdida todos estos progres adoradores de la Gran Trola, don Sexto Empírico, es la batalla de la ventas de libros. No venden un libro ni por recomendación, por eso les irrita tanto algún superventas de “la derecha” que ha abierto unas cuantas vìas de agua en su maltrecho discurso.

    .

  18. Usoz

    Separar la razón política de la razón moral es muy peligroso, pues puede justificar cualquier desmán. Y no es lo mismo ser soldado en el frente que policía secreta, verdugo o soplón en la retaguardia. Esto vale tanto para la Alemania de Hitler, la Rusia Soviética o las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil. Los soplones, los asesinos, los ejecutores, los secretas, son despreciables y despreciados incluso dentro de su propio bando. Si sus carreras se mantienen en la bruma de lo que no se puede contar, incluso años después del conflicto, es en gran parte porque si se conociese la totalidad de sus actos, se les despreciaría, les rechazarían incluso sus seres más queridos.

  19. Antonio

    Cercas es un mediocre escritor, escritor homúnculo, enano y pigmeo, además de mentiroso. Su familia es una familia de ley, orden y comunión diaria, exactamente igual que él. Pregúntenle sobre las baboserías de todos ellos a ese Savonarola que se llama D. Florián, vergonzoso párroco de Ibahernando pelota de los ricos y alejado de los malolientes pobres que no se lavan.

  20. Fernando García Sáez

    Lo que Javier Cercas dice en su artículo “La puñetera verdad” sobre la democracia española actual y el Gal y sobre la II República y los desmanes cometidos por algunos de sus defensores, me parece de una confusión tan falsa como peligrosa, que podría justificar, aunque no sea su propósito, las ideas de los proetarras que hoy forman parte del partido legalizado de la izquierda abertzale que aspira a dirigir la autonomía vasca. Estas ideas, que algunos periodistas en diversas emisoras de radio son incapaces de rechazar con algún argumento, justifican la historia de ETA como reacción al terrorismo de Estado del GAL que vienen a identificar con las instituciones democráticas del Estado de derecho español, al que debemos precisamente el proceso contra los implicados en esas acciones criminales que supuestamente pretendían defender el Estado. Lo que no acaban de entender quienes se niegan a condenar la violencia etarra, y esa es la razón por la que en realidad no defienden la democracia que les ha permitido incomprensiblemente participar hoy en la vida política, es que el Estado democrático de derecho se basa en el imperio de la ley y no de los hombres. La ley está por encima de todos para que todos podamos ser iguales ante ella y no debe permitirse que nadie se tome la justicia por su mano, lo que vale, en este caso, para los criminales del Gal como para los criminales de ETA. Esta necesidad de acatar la ley, que nos iguala a todos y que hace posible la convivencia pacífica, es la base del Estado democrático y mientras no se asuma no se podrá entender la superioridad de la democracia sobre la violencia extremista de izquierdas o de derechas. Es este punto tan básico el que tampoco entiende Javier Cercas cuando parece justificar “políticamente” las atrocidades de muchos republicanos o valora de distinta manera los asesinatos perpetrados por algunos funcionarios del Estado y los llevados a cabo por los terroristas etarras. El valor de la II República y del Estado democrático actual se encuentra en el respeto debido a las leyes y en la justicia que representaban o representan, única forma de hacer valer la igualdad y la libertad de todos, incompatible con los abusos y desafueros que puedan burlarlas, sea en nombre del Gal, de ETA, del Levantamiento Nacional o de la misma República española.

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