La biblioteca fantasma

Las puñeteras mentiras de Javier Cercas

Arcadi Espada aniquiló en su día la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Le desmontó el juguete con la precisión de un relojero al presentarnos la simplicidad moral que guardaban aquellas páginas:

Soldados de Salamina, un libro que ha escrito Javier Cercas, me recuerda a Galíndez, una medio novela que escribió Vázquez Montalbán. Galíndez describía las pesquisas del autor en busca del dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ese Galíndez asesinado en extrañas circunstancias, que es una forma concreta de morir, como el cáncer o el infarto. Tres cuartas partes del libro eran impecables: reconstruían el personaje y su tiempo con precisión y agudeza. Pero todo eran simples preparaciones antes del asalto final: Vázquez iba a demostrar que a Galíndez lo había matado la Cia. Desgraciadamente no pudo demostrarlo: le falló el músculo, la paciencia, o las fuentes. O peor aún: puede que a Galíndez no lo matara la Cia. El caso es que la última parte del libro describe como la Cia mató a Galíndez. Una ficción, claro está: algo que pudo pasar, por supuesto: para eso está la novela.

Soldados de Salamina parte del drama de Sánchez Mazas, un dirigente falangista al que colocaron frente a un pelotón de fusilamiento, dispararon, y no le dieron. Se hizo el muerto, entre los muertos, y huyó arrastrándose hasta una espesura cercana. Parece, según contara Sánchez-Mazas, que allí lo descubrieron los ojos de un soldado republicano. Pero el soldado, en vez de denunciarle, apartó la cara y siguió su camino. Cercas quería encontrar al soldado que perdonó la vida a su enemigo. Yo también, sin duda. Odio las entrevistas; pero por ésta transigiría. Cercas no lo encuentra, como es natural: es una empresa muy difícil, e imposible si se trabaja poco en ella. Por fortuna, el novelista es un hombre de recursos y se da cuenta de que lo ha buscado en lugares equivocados. Como la carta de Poe, el soldado republicano está en su sitio y a la vista: en la propia cabeza del novelista. Calentito. El novelista le da el nombre de Miralles y los cuatros rasgos elementales del vencido. La crónica del encuentro es realmente entrañable y aún me siento pegajoso, y eso que han pasado algunos días desde su lectura. Como Cercas ha construido todo su relato en la ambigüedad (aunque mejor cabría decir en el hermafroditismo), su pintoresco encuentro con el viejo republicano se resuelve en el mismo tono: Miralles le dice que no es él, pero al narrador, un sujeto algo idiota llamado Cercas, no le da tiempo a hacer más preguntas. El lector, que agradece el que Cercas no le haya emparentado con su narrador poniendo los ojos de Miralles en el agujero donde se escondió Sánchez Mazas, está ya adiestrado para admitir lo esencial: el autor buscaba/no ha encontrado/pero qué más da: todos somos Miralles. El lector ya sabe que era uno como Miralles (tan bueno y tan vencido) el que perdonó la vida del fascista.

De toda esta historia, por supuesto, lo único que tiene interés son las personas y su peripecia. Ni muy enfermo habría leído yo una novela donde se nos anunciara la epopeya de un falangista al que fusilan, pero no, y las pesquisas frustradas en torno al que le salvó la vida cerrando los ojos. Si he caído en la trampa es por lo que el autor llama, con pomposo pleonasmo, relato real. Pero si irritantes son sus trampas retóricas, mucho más lo es su moralina: la novela tranquilizará a todos los papás antifranquistas, porque comprobarán que sus retoños no se han movido un paso del lugar, maniqueo y sentimentaloide, adonde ellos llegaron.

Esta vez lo que pretende Cercas con su artículo es decirnos que no podemos ser Manuel Mena. Mena, malo; Miralles bueno. Para ello, nos cuenta algunas mentiras que nadie con un mínimo de sentido común se puede tragar. Ejercicio: buscar las puñeteras mentiras de Javier Cercas y comentarlas con el compañero de pupitre.

TRIBUNA: JAVIER CERCAS
La puñetera verdad

No es cierto que los dos bandos de la Guerra Civil contribuyeran por igual a destruir la democracia. No hubo un bando moralmente bueno y otro malo, pero sí hubo uno políticamente bueno, el que defendió la legalidad
JAVIER CERCAS 06/06/2010

Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010 [en realidad el artículo se publicó el 24 de abril]) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. “¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?”, escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. “La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra… Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria”. La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.

Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. “Madre, no seas cobarde”, eran siempre las palabras de despedida del soldado. “Si me matan, que nadie te vea llorar”. Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: “¡Arriba España, hijo mío!”.

Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?

Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.

No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.

En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.

Javier Cercas es escritor.