La biblioteca fantasma

Las armas y las letras

Se trata, sin lugar a dudas, del acontecimiento editorial del año. La tercera edición de Las armas y las letras aporta novedades de gran calado y abre de nuevo la posibilidad de debatir sobre nuestro pasado, que no es sino otra forma de hacerlo sobre el presente. La edición es soberbia, con una composición que recuerda a la de otro libro de Trapiello, Imprenta moderna. La ilustración de la cubierta, esa pistola que es un Mundo Obrero, es de Carlos García-Alix, y no podría haber mejor puerta de entrada a un libro que lo ha sido todo para conocer el siniestro vaivén de la guerra civil.

Una vez más, la polémica está servida, como se suele decir. En el prólogo del libro, Trapiello quiere defenderse de las acusaciones de equidistante. Se sitúa moralmente del bando de la República, y dice lo siguiente:

Entre los defectos que se le han achacado a esta obra, muchos de ellos seguramente incontestables, hay uno injusto: el de creer que su autor ha tratado de mantenerse en esa equidistancia que ha ido ganando terreno últimamente: la de pensar que en la guerra todos fueron iguales, y que tanto un bando y otro, hermanados por las tropelías, veníana ser poco más o menos lo mismo. Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes, de una zona y otra, fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados en la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella, mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcarlos. Podemos enzarzarnos en debates eternos sobre quién empezó primero y quién tuvo mayores responsabilidades, sobre la legalidad y la legitimación, y sobre si la determinación de exterminio del enemigo animó únicamente a uno de los bandos o a ambos, pero tales porfías no deben hacernos olvidar lo primero, médula de todo lo demás, lo que cada cual defendía, por lo que cada cual estaba dispuesto a entregar su vida. La literatura de una y otra zona reflejó estos dos puntos de partida diametralmente opuestos (y de llegada tan a menudo idénticos), pero las frecuentes fisuras en los monolíticos discursos hace que los de un bando puedan encontrar apreciables algunas de las obras que se escribieron en el contrario, y al revés, ya que la literatura, por suerte también para todo el mundo, se ocupa principalmente de fisuras.

Como dice Arcadi Espada en un extraordinario artículo, la frase que he puesto en cursiva:

Es una frase sorprendente, aislada de cualquier contexto; pero en el prólogo de este libro resulta puramente increíble. Porque la lección principal de Las armas y las letras es la imposibilidad de liquidar con una frase como ésa el juicio sobre la guerra civil española.

Podemos darle varias vueltas al asunto y después de husmear por todos los rincones posibles, llegaremos a la misma conclusión: el juicio que tengamos sobre la guerra no podrá jamás sentenciarse en una frase como ésa. Hubo gente en los dos bandos que luchó por ciertos principios ilustrados, pero también hubo gente en los dos bandos que hizo lo imposible por aniquilarlos. Es cierto que los intelectuales del bando nacional se plegaron a las imposiciones católicas decretadas por la caspa, el oscurantismo y la represión, y que los que defendían algún tipo de liberalismo dentro de ese bando tuvieron que guardarse sus ideas en espera de tiempos mejores; otros llegaron a ellas después del desencanto que supuso ponerse bajo el mando de una dictadura cuya conformación no deseaban. Quienes realmente defendieron la República fueron muy pocos. Chaves Nogales o Clara Campoamor, figuras que defiende y honra Trapiello,  son nombres que destacan por su soledad en la marabunta de sangre y gritos en que se convirtió España entre el 36 y el 39. Del bando de la República también estaban Rafael Alberti y Margarita Nelken, dos intelectuales que usaron y abusaron de la propaganda para aniquilar esos principios de la Ilustración. Los ejemplos de uno y otro lado son innumerables, y precisamente Las armas y las letras es el libro que nos ayudará a entender esa parte de nuestra historia.

  1. Impecable edición en todos los aspectos y ya desde la cubierta. Iremos hablando…aunque le adelanto que ese prólogo explicativo sobre la equidistancia sobra: desconozco quién y dónde ha visto la equidistancia.

  2. julia

    Es posible que Trapiello fuera el primero en decir ciertas cosas, y su mérito con ese libro no se lo quita nadie.

    Y no sé si en su momento pudo ser equidistante, creo que no. Pero ahora, al menos por lo que pude leer en el encuentro digital del otro día, es, cuando menos, muy politicamente correcto. Me recordó a Muñoz Molina.

  3. Quien ponga a Chaves Nogales (novelista magnífico y periodista genial) como ejemplo de hombre ecuánime, es que no se ha leído su libro “A Sangre y Fuego…” y se ha quedado en el prólogo. Morla Lynch sí, pero es que ¡era chileno!

    Con todo, este libro es un clásico. A ver si me echo a la cara esta edición.

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