La biblioteca fantasma

Sin tiempo que perder

Hay días que llaman a esconderse en casa, que es una huida como otra cualquiera, y este invierno ha sido pródigo en ellos. Para sobrevivirlos, es necesario estar bien pertrechado. Té o café, vino o alguna bebida fuerte y los libros adecuados. No todos valen. Cuando uno se esconde hay que elegir bien los títulos que serán nuestra única compañía. Comencé el año con la lectura idónea. Sin tiempo que perder, el último volumen de los diarios de Miguel Sánchez Ostiz. Un manual de náufragos, un libro de ruta imprescindible para aquellos que estamos continuamente empezando una nueva vida.

“Hay que aprender a marcharse y a no vivir en lo perdido”

“Vivir es perder… el poco talento que tengas, las ganas, las fuerzas, los afectos, las personas que has querido y que han contado en tu vida, los amigos, los objetos que has amado, sólo quieres dormir. En el dormir hay misericordia”.

Por el camino, por esas páginas, ciudades y lecturas. Mac Orlan, Stevenson… Una buena guía para llenar esos momentos en que uno quisiera hibernar. Leo también Los barruntos de la botica, el libro con que Sánchez Ostiz presenta dos tomos de Gabriel de Biurrun. Compré uno de ellos hace unos meses y nunca me llegó. El librero me estafó al no enviarlo certificado y Correos me lo robó (una vez más, y van…) Además, he comprado El pasaje de la luna, de la editorial Trieste. Guardando provisiones para el futuro. No creo que la primavera traiga novedad alguna. Seguiremos encerrados.

Recupero el texto que dediqué en su día a Sánchez Ostiz.

Una biblioteca fantasma se hace con libros vivos, que son los que al exponerse a la luz de la lectura proyectan sombras. Las sombras de un alma, que son las sombras de nuestra alma, son las que asoman entre las páginas de los libros de Miguel Sánchez-Ostiz. Son los silencios de los rincones de gabinetes de viejos marinos, los tumultos de los días aciagos o el sonido de una página pasada los que aparecen en sus libros, de títulos bellos, de una melancolía mórbida que nos arrumba, sin saber exactamente si lo nuestro es retiro, desecho, o guía íntima, rumbo marcado hacia nosotros mismos.

El gusto por los diarios hizo que comprara hace unos años un ejemplar de La casa del rojo, libro de voz amarga. Más adelante, y hojeando aquí y allá, he logrado reunir más títulos. La negra provincia de Flaubert, fragmentos de dietario que resultan ser una guía de la provincia oscura. Mundinovi (gazeta de pasos perdidos), libro misceláneo que es un rastro en sí mismo, restos ricos de un naufragio insospechado. Allí está uno de los mejores artículos escritos en lengua española: Fantasmas. Llegaron también El árbol del cuco, El santo al cielo y Correo de otra parte. Todos éstos han sido editados de forma muy cuidada por la editorial Pamiela. Peatón de Madrid, regalo de J. Bernal, lleno de voces ahogadas en copuces de ginebra, pasos silenciosos por una ciudad estridente. La gran ilusión, o Tánger Bar, la tristeza de un pasado que es abismo. Y regeneración y olvido: un Tánger Bar hay ahora en San Sebastián, e ignoro si retoma algún hilo de los que penden de la novela de Sánchez-Ostiz. El piloto de la muerte, Liquidación por derribo, las dos últimas compras. Silencios abisales y lejanía.

Y al socaire de sus obras, otros autores. Gustavo de Maeztu, y El imperio del gato azul. Baroja, de nuevo, y sus Miserias de la guerra. Y Blaise Cendrars, o Venecias, de Paul Morand, en la bellísima y delicada edición de Trieste.

A veces me llega un paquete de ejemplares atrasados del suplemento cultural del diario Abc. El ojo, entrenado en las dimensiones de la crítica semanal, busca el texto de Sánchez-Ostiz. Sobre libros de autores que siempre tienen dejes misteriosos, libros que siempre tienen algo aprovechable. A veces quedan olvidados, pero siempre retumba en lo escrito el gusto por la lectura, la satisfacción del buen lector que nunca seremos.

  1. Brazil

    No sabe, Bremaneur, lo certera que es hoy su entrada. Cuesta marcharse: la tentación de vivir en lo perdido es siempre inmensa.

    El viernes pasado estuve en una cena con grandes amigos, cosa que ya empieza a ser extraña en ciertas latitudes. Hablamos sobre el suicidio. Unos lo veían como uno de los mayores actos de libertad en el hombre. La inmensa atracción que suele ejercer en nosotros la idea de ser capaces de una decisión absoluta: “¡se acabó la broma!” Otros, sin embargo, sin negar tal libertad, argumentaban que era un fracaso. El suicida lo hace para no tener que asistir al derrumbamiento de su vida, a su entierro. Cierto, hay que aprender a marcharse y a no vivir en lo perdido.

  2. Lo perdido nos atrapa. Pensamos que volveremos a recuperarlo, y no siempre es así. De todas formas, no creo que Sánchez Ostiz se refiera al suicidio en esas frases. Es un hombre que está siempre en marcha, en el camino. Un nómada que, quizá por ello, aprecia el pequeño mundo que le rodea cuando se está quieto. Por eso me interesaron esas reflexiones y las señalé en su día.

    Cenar con amigos. Ya me he olvidado de cómo se hace y de qué es eso. Me gustaría mucho volver a ello, y decir en uno de esos encuentros que el mayor acto de libertad en el hombre es acudir a un concierto de Ana Belén y Víctor Manuel. La muerte, al fin y al cabo, nos llama desde el primer día y son muchas las razones que pueda haber para buscarlas antes de tiempo. No sé si el fracaso sería una más entre todas ellas. En cambio, nadie nos llama a un concierto de Ana Belén y Víctor Manuel. De hecho, no conozco a nadie que quisiera ir a uno. Pero hacerlo, negarnos a nosotros mismos haciendo algo que no queremos hacer, eso sí es un acto supremo de libertad.

    Bien, supongo que me tocaría invitar a todos mis amigos después de semejante tontería, pero para eso están las cenas, las tertulias y sobre todo los amigos.

  3. la reina de corazones

    Menudas tonterias acabas de decir Bremaneur, ijo. Supongo que tanta sofisticación (¡y tanto livro!) terminan por pasar factura. Lo digo por lo de VM y AB

    Por cierto, a ver cuándo comemos o cenamos.

  4. Brazil

    No tengo ni idea de lo que ha querido decir Sánchez Ostiz, Bremaneur y, sinceramente, me importa bastante poco, lo mismo que su biografía. No obstante, a mí me parece que ser un nómada y apreciar la vida, o apreciar la propia vida, no tiene porqué implicar no pensar en el suicidio o, incluso, en determinados momentos desearlo. Me parece muy loable que alguien se niegue a rebajarse tanto como para vivir la ruina.

    Disculpe Usted pero a mí eso que dice de “negarnos a nosotros mismos haciendo algo que no queremos hacer” me parece pura esclavitud. Hoy en día casi todo el mundo hace eso mismo. Incluso hasta con horarios de lunes a viernes y pago de impuestos.

    Y tú, Reina de Corazones, ponte las bragas que si no llamo a mi prima “Súper-Zorra”.

  5. la reina de corazones

    (Ayva, lo que me ha dicho.) Te la vas a cargar, Brazil.

    Por cierto ¿no dijo Quevedo que el mayor acto de libertad era rechazar una invitación sin dar explicaciones? Si no lo dijo, pues nada.

    ::::::::::

    El suicidio no es nada, son cosas que pasan. A veces se trata de una decisión aparentemente meditada, y otras un arrebato que al día siguiente no se repetiría. Por no decir que, también -y no pocas veces-, con media pastilla más se hubiera evitado.
    Es inútil meterse en la cabeza de quien se quita la vida.

  6. Bremaneur

    Niñas, niñas, no os peleéis, que lo dejáis todo lleno de bolas de pelos, como un perro que tuve.

    Un asunto tangencial, pero que tiene que ver con esto, es la posibilidad misma de hablar del suicidio. A la gente le cuesta tratar estas cosas sin ponerse tremendo. Cuesta hablar del dolor.

  7. Gatopardo

    Al igual que hay tantas maneras de morir como de vivir, lo mismo ocurre con el suicidio. Depende de qué se deja detrás. En mi situación personal me parece un acto de cobardía ya que existen personas a las que creo que destrozaría esa huida que la sociedad considera tan trágica pero que puede ser tan maravillosamente sencilla como la nota de “salí por la ventana”. Y si vivimos bajo la responsabilidad de nuestros actos, la cobardía es que evitamos las responsabilidades de ese acto.

    Esta negativa al suicidio viene impuesta por el peso de los lazos sociales. Por eso mismo considero la idea del suicidio una red de seguridad, antes de llegar a ello siempre me parece que estará la posibilidad de la libertad plena, el empezar de cero. Coger el dinero que me quede y desaparecer por Asia en el primer vuelo que pille.

    Claro que no se puede hablar sin haber llegado a esos niveles de desesperación. Quizá ni apetezca coger el pasaporte.

    También habrá suicidios que como otros actos de circunstancias dramáticas que son en origen intrascendentes y fruto del azar. Como las copas de más que nos podemos tomar y que nos llevan a matarnos o a quedarnos en una silla de ruedas de por vida. Como Fausto tropezando con la botellita de veneno cuando está pasando un mal momento.

    Y para terminar y quitar un poco de dramatismo, un caso de uno de esos intentos suicidas que seguramente sólo pretendían llamar la atención. El marido jubilado de nuestra asistenta, que también lo era del potencial suicida, se subió como improvisado negociador a la azotea del edificio. Realidad en todo su esplendor. La psicología desplegada tuvo su momento cumbre en un “después de las horas que mi mujer se pasa limpiándote los calzoncillos, ¿y ahora te vas a tirar?”

  8. Gatopardo

    Y que sea esa cena cuando quieras.

    Mientras tanto aquí dejo un poco de disfrute de la agonía. Enterrar a nuestro gemelo de ideas siniestras y caminar cargando al hombro al moribundo gemelo bueno.

  9. Yo no sé vivir en casa; ¿qué es eso? ¿se puede decir..jefe, una cerveza?
    La mejor compra por correo fue un libro de Carlos Semprún, A orillas del Sena un español, y lo compré a través de LD:lo pedí un viernes y lo tenía el lunes, y pagando con posterioridad a la entrega. Todavía me emociono cuando lo recuerdo.

  10. Brazil

    Cierto, Bremaneur, lo de hablar del suicidio está mal visto y hasta puede crearte una imagen de aguafiestas inconsciente e irracional de tres pares de narices. Pero la realidad siempre termina por imponerse:

    “El suicidio, primera causa externa de muerte en España.

  11. Mercutio

    Cuando era joven y empezaba a plantearme las grandes preguntas de la vida, quiénes somos, para qué y dónde tienen Spaten de barril, desprecié el suicidio con demasiada facilidad. Bah, una cobardía que incluso te impide el arrepentimiento.

    Ahora que mi cuerpo no funciona igual, y que sé que el deterioro es continuo e irreversible, lo veo de otra manera; pero sólo como (re)solución vital. Hasta aquí hemos llegado, porque no me parece que vaya a haber mucho más. Me aburro, que diría H. J. Simpson.

    Para otros menesteres, como solucionar problemas irresolubles, vale más marcharse. Si se hace en serio, también es acabar con una vida; pero para empezar otra, que tiene más gracia.

  12. la reina de corazone

    En fin ¿Demuestra el suicida una falta de afecto hacia los que le sobreviven? yo diría que sí, excepto en algunos casos de locura, difícil de sobrellevar (leer la carta de despedida de Virginia Woolf, por ejemplo)
    ¿Se le puede juzgar por lo que hizo? en absoluto. Digamos que está fuera de nuestro alcance.
    ¿Pueden, los que sobreviven, sentirse decepcionados? desde luego que sí.

  13. Roxana

    Dice la reina de corazones:

    “¿Demuestra el suicida una falta de afecto hacia los que le sobreviven? yo diría que sí, excepto en algunos casos de locura, difícil de sobrellevar”

    ***

    A veces el suicida puede dar un acelerón a la cosa precisamente porque quiere abreviar el sufrimiento a los que ama. La vida es así de canalla y de azarosa. Y a veces le toca a uno lo peor y tiene que tomar medidas. La muerte es siempre obscena.

    Sonríamos, pues, y disfrutemos de la lluvia, de las ciclogénesis y de las amistades.

  14. rufián melancólico

    Un poco de senequismo.
    Querer y no querer morir, lo uno y lo otro es cobardía.

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