La biblioteca fantasma

Persecución y caza de libros raros y perdidos: de Las joyas indiscretas a La religiosa de Monsieur Diderot


Por Marina Pino

Por lo tiempos en que andaba escribiendo Casanova, la pasión de fornicar y merodeando por los puestos de los bouquinistas del Sena en busca de la literatura libertina de la época, di con un ejemplar de la novelita de Denis Diderot Les bijoux indiscrets. El tomito era de la Librairie Gründ, del 60 de la rue Mazarine, ilustrada por G. de Sonneville en tonos apastelados típicos de… ¿cuándo? El libro no lleva fecha -aunque Bertrand Galimard Flavigny sitúa la edición en 1950-, algo habitual en el mercado libertino, y sin embargo, Gründ había editado después la edificante obra La religieuse, también de Diderot.

Bueno, edificante nos lo parece hoy, pero en su tiempo causó escándalo que el autor revelase al público el drama de las vocaciones forzadas, y describiera las costumbres licenciosas que se practicaban tras los altos muros de las instituciones religiosas. Un año antes de la publicación de La monja o La religiosa había aparecido anónimamente el citado cuento oriental titulado Las joyas indiscretas, que fue tildado de pornográfico e inmediatamente atribuido a Diderot, tanto por el público como por la Policía, que ya no le quitaba ojo. En realidad, las dos obras son moralizantes: en el registro dramático para La monja y en el satírico para Las joyas, como todo lo producido por esos grandes reformadores y moralistas que fueron los enciclopedistas del siglo XVIII vestidos de libertinos.

¿Y qué “joyas” son esas que llevaban a mal traer al censor de la Librería del Rey?


Tengo en casa una deliciosa reproducción titulada “La meona y el mirón”, del pintor François Boucher, en la que se ve a una linda damita ricamente vestida que se levanta las faldas y orina, obligadamente de pie, en un orinal plano que parece un platito de sopa que ella sujeta con una mano. Al mirón no se le ve por ninguna parte porque la pintura representa un espejo dorado, a través del cual ese misterioso y lúbrico personaje está observando la escena. Ella está absorta en la complicada maniobra de sujetarse la diversas faldas superpuestas y, en difícil equilibrio sobre sus zapatitos de tacón color rosa, observa atentamente el chorrito de su lluvia dorada.

No lleva bragas. Quiero decir que no las usa. Que ninguna mujer del siglo XVIII las usaba porque hubiera sido imposible bajárselas al tiempo que se sujetaba las faldas y sobrefaldas del miriñaque, que eran suficientes para proteger la joya parlante e indiscreta de Diderot. El asunto tiene su importancia a la hora de explicar cómo y por qué las joyas íntimas de las señoras podían revelar indiscreciones: porque no estaban aprisionadas por ningún body, panty o braga ni nada semejante que les impidiese cotorrear a su gusto una vez que se ponían a ello.

Porque las joyas femeninas de Diderot hablan, si, señor. Por los codos. ¿Y qué dicen? Pues lo contrario de lo que dicen sus dueñas, de ahí lo cómico del asunto.

En un improbable Congo (francés, claro) reina el sultán Mangogul, que se aburre a morir. Tal vez lo divertiría conocer las aventuras íntimas de las mujeres de su corte, pero, ¿cómo lograrlo? “Con este anillo”, le responde el Genio de la corte. “Dirigid el sello hacia ellas y os contarán sus intrigas en voz alta e inteligible. Pero no lo harán por la boca, sino por la parte más franca y sabia que tienen acerca de las cosas que deseáis saber. Por su “joyas”.

“¡Por sus joyas!- exclama el sultán, echándose a reír-. ¡Joyas parlantes! Eso es de una extravagancia inaudita”.

El Genio se desvanece y el sultán se dispone a frotar el sello de su anillo y dirigirlo hacia cuanta dama se tropieza.

A la primera indiscreción de una joya se produce un revuelo infernal. Lo normal es negar que la joya parlante le pertenezca a una. Otras damas concluyen que es mejor que las intrigas se sepan por la propia joya que por el amante despechado o indiscreto. Muchas niegan que su joya vaya a cometer la más mínima indiscreción, teniendo en cuenta que su ama es un ejemplo de virtud. Otras cotorrean increíbles historias que sus dueñas escuchan impertérritas o ni siquiera oyen.

Las veintinueve pruebas del anillo del sultán revelan toda la escala de infidelidades, intrigas y libertinajes a que pueden entregarse las damas de la corte bajo la apariencia de la virtud. De la corte francesa disfrazada de africana, se entiende.

La prueba número treinta, que el sultán hará sobre su favorita dormida, le revelará su intachable fidelidad, su honestidad y su prudencia: esta es la moraleja del cuento de un Diderot más entregado al trabajo enciclopédico que al placer, visto que madame Diderot es francamente insoportable y su célebre amante Sophie Volland es más epistolar que carnal.

Sobre la honestidad y la fidelidad del Sultán nada dice Diderot, ni la favorita dispone de anillo alguno para verificarlas. Bien porque los hombres estuvieran de antemano disculpados, bien porque no es de caballeros revelar tropelías que involucren a las damas a las que han faltado.

Se anuncian tiempos serios e incluso sangrientos, en los que no habrá lugar para la ligera jocosidad de Diderot. Vendrá incluso el nefasto romanticismo burgués, y las joyas parlantes de las mujeres sólo le contarán al doctor Freud la historia de su miseria.

A la luz incierta de la caseta de un bouquinista del Sena pasaba yo las páginas rugosas del tomito y admiraba sus ingenuas ilustraciones, que ya no eran dieciochescas, como la magnífica de Boucher que he citado, sino chafarrinones de ínfima calidad sin la menor pizca de picardía, por no hablar ya de pornografía. Lo que no impidió que el librero me despidiese con un ”Bon travail, madame!”, con tal sonrisa de pícaro redomado, que demostraba la escasa credibilidad que le daba a mi pretendida seriedad académica.

  1. Sexto Empirico

    Este libro de Diderot fue publicado en 1911 por la editorial Sempere de Valencia, con traducción de Juan Furió. En el año 1978 volvió a publicarse en la colección Libros Hiperión, con la traducción de Furió. Y, ya más recientemente, lo publicó Barataría en el año 2001. En todos los casos con el título de “Los dijes indiscretos”.

  2. rufián melancólico

    ¡Ah… Marina…!
    ¡Que instructivas y edificantes son las joyas que nos trae! ¡Como templan estos fríos y revueltos días!
    Mano de santo.

  3. Marina Pino

    Gracias Sexto por su información bibliográfica, que demuestra que Les bijoux tiene sus adeptos. Y hoy puede encontrarse en España sin problemas una edición de Folio.

    Lo de la falta de bragas explica por qué en plena reunión social Casanova, arrellanado en un sillón junto a la chimenea, pudo meter la mano bajo las faldas de una joven desconocida que estaba en pie y alcanzar la “joya” sin más. Eso me intrigó e investigué el asunto.

    Me turba que mis abuelas no llevaran bragas: una era una belleza que tenía amantes y la otra era la esposa de un comandante mayor de Infantería. No las veo desbragadas, la verdad.

  4. Stuki-Beat

    Siii!! y dormir si naah también!
    Esto va para l@ que escribió el articulo:
    ¿podrías escanear el librito?
    es que… yo no lo consigo… u.u

  5. Rafael Salinski (pseudónimo)

    Hola,

    Aunque veo que esta entrada es antigua, doy en suponer que todavía hay alguien detrás que pueda darme alguna indicación o sugerencia acerca de si existe algún lugar en internet (blog o foro) en el el que los casanovistas no profesionales (quiero decir, sin tiempo o medios para investigar) puedan -podamos- realizar observaciones e intercambiar comentarios.

    Las publicaciones anuales de Watzlawick, “L’Intermédiaire des Casanovistes”, lógicamente no lo permiten al ser un formato impreso.

    ¿Hay, Marina, algún sitio?

    Por ejemplo, me muero de ganas por comentar que cuando leí que, tras su fuga ya en París, Bernis le muestra a Giacomo una carta de M.M. en el que ella relata la fuga y Casanova dice que nada es cierto (“Ayant parcouru ce que M.M. lui disoit de ma fuite, et trouvant toutes les circonstances fausses, je lui ai promis …”, recuerdo que pensé “Ahhh, daría cualquier cosa por saber qué decía en esa carta la Morosini”.

    Pues, a fin de cuentas, en ella, en la carta, se relataba lo que toda Venezia decía del asunto. Y ya se sabe, aun con las deformaciones lógicas, el relato de los hechos debía ser bastante cierto teniendo en cuenta cómo era -y es- la ciudad.

    Respecto a la entrada de más arriba, ya me imaginaba lo de las bragas teniendo en cuenta las maniobras que Six Coups realizó en el poyete de la ventana.

    Sobre los bijoux de Diderot, sólo agradecerte el excelente relato resumen de un libro que no conocía, así como el sorprendente cuadro de Boucher, relato y cuadro que permiten conocer aún más una época fundamental de nuestra historia (la que precede al gran cambio de la Revolución)

    Gracias por todo

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