La biblioteca fantasma

Las ciegas hormigas

Por Reinhard

Descubrí a Ramiro Pinilla hace ya unos cuantos años, durante uno de esos días en los que te echas a la calle con la idea fija y obsesiva de comprar un libro, o dos, lo que no es muy aconsejable si se repite con frecuencia o tienes la inspiración y la intuición en horas bajas, pues en muchas ocasiones, y en función de la oferta que duerma en las estanterías, se acaba con la adquisición de cosillas que tendrán el destino merecido: una buena chimenea. Pero ese día acerté cuando me hice con uno de los tomos de Verdes valles, colinas rojas, y tras esa jornada y aquel hallazgo todo fue un no parar, y sin tregua cayeron los otros que completaban esa trilogía que cierran Las cenizas del hierro, y poco más tarde las demás obras de este bilbaíno.

Tusquets ha reeditado Las ciegas hormigas, la novela con la que Ramiro Pinilla ganó el premio Nadal en 1.960, y no parece haber sido tarea fácil-como el propio autor relata en el prólogo-rescatar la obra de las garras de la editorial Destino. En cierto modo, el libro es un anticipo de lo que más tarde sería la monumental trilogía antes citada y retrata a la perfección la dureza del medio rural vasco en la primera mitad del siglo pasado, en la inmediata posguerra, con una trama tan sencilla como efectista: un carguero inglés naufraga frente a la costa vasca y la familia de Sabas Jauregui, como el resto del pueblo, se lanza a la caza y captura del carbón-metáfora del pan y el sustento diario- que iba destinado a los altos hornos. A partir de ahí, y en una noche de perros- como perra es la existencia de los personajes- en la que una lluvia torrencial va a jugar un papel destacado, los acontecimientos, todos y a su debido tiempo, se acabarán precipitando, de manera dantesca si se atiende a la muerte en el empeño de uno de los hijos de Sabas, o incluso grotesca si se valora el triste final de una aventura en la que los protagonistas echan el resto y algo más para no obtener nada y sí perder mucho. Pinilla acierta de lleno al mostrar la cruda realidad de los hechos tal como son, sin adornos ni tampoco paños que mitiguen o adulteren la hostilidad permanente que se respira en un ambiente negro y deprimente que excede a la familia, que se extiende a todo un pueblo donde los odios y rencores ancestrales resurgen con saña tras un letargo sólo aparente. La oscuridad, día y noche, está presente en todo momento y termina por crear una atmósfera asfixiante que permanecerá hasta el final, cuando la autoridad que representa el afable y perseverante teniente García trace una sencilla línea en su pequeña libreta.

La originalidad de la novela reside en su estructura narrativa, ya que son los diferentes protagonistas, con especial preponderancia, y a modo de cronista objetivo, de Ismael, el hijo pequeño de un Sabas Jauregui al que resto de la familia detesta y odia en silencio con todas sus fuerzas, los que se van sucediendo en el relato de los hechos de una forma absolutamente lineal si se exceptúa algún pasaje que a modo de flashback relata Josefa, la madre, quizá la víctima más destacada de una historia en la que todos fracasan, porque eso, fracasar y perder siempre, era el destino al que habían sellado su existencia. No obstante, hay una excepción a lo anterior: el padre, protagonista principal de la historia, el hombre duro del caserío, el buey incansable- y en esta historia los bueyes juegan un papel nada desdeñable- que tira del carro familiar para bien o para mal, queda relevado de esa función de narrador, quizá por estar siempre presente como el desencadenante de la historia que se cuenta. Y mención aparte, aunque somera, merecen los demás personajes que van desfilando como hormigas, los otros hijos de Sabas: Fermín, el hijo medio tonto que muere despeñado en la rapiña del carbón; Cosme, el más cruel con el padre, que vive enamorado de una escopeta por estrenar; Bruno, desertor del servicio militar por una historia de celos, un loco que de forma imprudente pondrá sobre la pista del carbón al teniente García.

El último capítulo de la novela, un emotivo y cariñoso diálogo entre Sabas e Ismael cuando ya ha pasado el diluvio y vuelve tímidamente a lucir el sol, cuando el fiasco de la empresa se ha consumado con la entrega de todo el carbón expoliado y el entierro de Fermín ha sido cumplimentado como un farragoso trámite que altera la rutina diaria, revela la alegoría que tan acertadamente plasma Pinilla en el título, la del hormiguero y sus ciegas hormigas, la tragedia del trabajo incansable y agotador ante un destino tan adverso como inmutable, que se transmite generación tras generación como una condición forzosa de la persona:

-Pondrías una piedra y también la remontarían. Destrozarías a azadonazos su recinto y siempre quedarían algunas para reanudar la misma vida de esfuerzo bien aquí o en otro lugar. Siempre siguen adelante. Tropiezan y se levantan. Están preparadas para vencer todo lo que les pongan por delante. Son invencibles. Han sido creadas con esa consigna y la cumplen.

La presente edición cuenta con un certero epílogo de Fernando Aramburu, otro profundo conocedor del medio natural y social por el que discurre una novela justamente premiada.

Un Comentario

  1. Pérez P.

    Leí el libro hace muchos años y pensé: esto lo escribe un inglés, francés o americano y encumbran al autor de por vida.Pero a Pinilla le ha costado mucho alcanzar el éxito. La descripción de los personajes me ha refrescado la historia, un poco olvidada.

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