La biblioteca fantasma

Persecución y caza de libros raros y perdidos. Il Ridotto

Por Marina Pino

Junto con la revista anual L´intermédiaire des casanovistes, acaba de llegarme un interesantísimo facsímil de 1870 escrito por Cesare Biliotti y prologado por Vittorio Rossi, sobre uno de mis temas casanovianos favoritos, aunque yo no sepa manejar las cartas debido a una antigua prohibición paterna (“juegos de manos, juego de villanos”), titulado Il Ridotto. Ya decían los venecianos del siglo libertino que la jornada del veneciano típo incluía “Por la mañana una misita, después de comer una brisquita, y por la tarde una mujercita”. A la misita se asistía por obligación, y a la mujercita por necesidad glandular. Pero el juego, ¿qué decir de esa pasión devoradora, resistente a cualquier prohibición gubernativa, puesto que los mismos que debían reprimirla jugaban en secreto y sin descanso? ¿Qué ánimo destructivo llevó al siglo de las Luces a dejarse en las mesas de juego fortunas que había costado siglos amasar?

El famoso Ridotto veneciano se componía de una amplia sala, rodeada de otras salas menores, decoradas hacia la mitad de siglo XVIII por Jacopo Guaranna. El techo de la sala principal estaba decorado con un fresco representando el triunfo de Baco y en una sala lateral reinaba la caprichosa diosa Fortuna, que indicaba a qué entretenimiento estaba dedicada. No era ésta la única sala de juego de la ciudad, pero sí la principal, y se la distinguía con el nombre de Ridotto de San Moisè. Ya en 1582 existía un Ridotto con sus estatutos, y durante cierto tiempo no tuvo lugar fijo y se hospedaba en una u otra mansión noble, más tarde los propios nobles, que vivían lejos del centro, mantuvieron casinos en los barrios céntricos y, cuando estos antros fueron prohibidos, siguieron manteniendo ridottos secretos en habitaciones particulares o en sus propias casas, bajo la atenta pero aparentemente distraída vigilancia del gobierno de la República. Si preocupaban los desórdenes que el juego provocaba en las familias, fueran nobles o no, más preocupaban todavía los posibles contubernios políticos que pudieran tener lugar en esos reservados entre venecianos y extranjeros. Hubo así órdenes de cierre del Ridotto grande y de los casinos particulares en 1539, en 1567, en 1593, en 1609, en 1628, en 1704, en 1765 y tantas otras debido a la desaforada afición al juego de los venecianos, fuera al biribí, la blanca y la roja, el zurlo, la venturina, la bassetta, las loterías o el faraón. Si les cerraban los ridottos, los venecianos trasladaban el juego a las calles, las plazas, los puentes y hasta a la mismísima plaza de San Marcos, en las barbas del gobierno. Las severísimas leyes contra el juego no sólo aparecían en carteles públicos, sino incluso esculpidas en mármol, cerca de iglesias y en recintos cercanos a los monasterios. Pero como si nada. Para los venecianos, esos mármoles formaban parte de su tesoro artístico. Imagínese el lector el caso que les haríamos hoy en día a las leyes de tráfico y a las diversas prohibiciones existentes que nos abruman, si éstas estuvieran grabadas en mármol de Carrara por las esquinas, confundiéndose con las placas en honor a alguna celebridad nacional.

La España del setecientos  tampoco estuvo libre de la pasión de juego ni de las prohibiciones gubernativas. Los bandos menudeaban. Se perseguían el juego, la bebida, el baile, las armas, los duelos, y se protegía la ópera italiana y la comedia decente como entretenimiento. Aún no se habían descubierto los entretenimientos de masa como grandes gendarmes mantenedores del orden público.

Añadamos que al Ridotto se acudía enmascarado y que la banca la llevaban nobles venecianos a cara descubierta, empelucados  y vestidos con su toga para infundir algo de respeto. Estaba abierto a todo el mundo exclusivamente durante el Carnaval, que comprendía del 26 de diciembre al miércoles de ceniza, aunque podía empezar el primero de octubre y acabar durante la Cuaresma.

En 1765 se cerraron todos los antros de juego, fueran públicos o secretos, y se dejó abierto solamente, como válvula de escape, el Ridotto de San Moisè, o Ridotto a secas. Huelga decir que el dinero que se exhibía en las mesas no era propiedad de los nobles banqueros, que solían ser gentilhombres de poca fortuna, sino de ricos especuladores que se mantenían en la sombra. En torno de las mesas de juego se arremolinaban, siempre enmascarados, mujeres de malas costumbres junto a señoras honestas, tahúres profesionales, jóvenes incautos y hasta obreros que se jugaban la paga con la inútil esperanza de salir de su miseria. En 1774, fecha mítica que Casanova reseña, el Consejo decretó la definitiva supresión del Ridotto de San Moisè como “infame albergue de todos los vicios, y casa del abominio y la desgracia”. Prohibió los juegos de cualquier tipo y encomendó la aplicación de la ley a los Inquisidores de Estado, visto que eran los únicos con poder y medios para perseguir y descubrir a los recalcitrantes. Lo más sorprendente es que aunque tres cuartas partes de los miembros del Gran Consejo votaron en contra de la ley… ésta salió aprobada por tres cuartas partes de los votos. Este sorprendente resultado fue llamado “milagro de San Marcos”, como recuerda el mismo Casanova. ¡Hasta el Gobierno se dedicaba a hacer juegos malabares con los votos!

Hubo quejas y, según escribía Sarah Goudar, esposa del célebre jugador profesional Ange Goudar, “los judíos están amarillos como melones, los mercaderes no venden nada, los vendedores de máscaras se mueren de hambre y muchos han perdido los medios para empalmar la comida con la cena”.  Pese a todo, el cerrojazo se conmemoró con un medallón que por un lado exhibía una sala desierta, con mesas y cartas por los suelos, y por el otro el león de San Marcos despedazando a un jugador caído en tierra, junto con cartas, dinero y máscara.

Se fue un tiempo. Y bien puede dividirse la historia de Venecia entre la del Ridotto y la de después. No fueron sin embargo los nobles venecianos del Consejo de los Diez, ni los invasores franceses quienes acabaron realmente con el Ridotto y todas las demás timbas, sino los severos austríacos, que, además, acabaron para siempre con la República independiente de Venecia.

Ilustraciones:

– Medallones conmemorativos del cierre del Ridotto (“Por veinte y setecientos votos” ; “En los tribunales, amor patrio”).

– Portada del facsímil.

Naipes españoles del Reino de las Dos Sicilias, siglo XVII.

  1. Mercutio

    Bonita entrada; preciosos medallones.

    Se me hacen los dedos huéspedes pensando en una baraja que Casanova hubiera ungido con su sudor.

    Es curioso que los italianos dan por bueno, sin discusión posible, el origen italiano de la brisca -que los españoles creemos nuestra.

  2. Como soy un inorante (es un grado superior al ignorante), tuve a bien preguntarle a la autora de esta entrada por el significado del león. Su conmiserativa respuesta fue que se trataba del león de Venecia. “La Serenísima, la dominante triunfando sobre el Vicio”. Esto me hizo disfrutar mucho más de la entrada.

  3. Mercutio

    El león es atributo iconográfico de San Marcos. El profeta Ezequiel tuvo una visión de las buenas, no está muy claro si de un ángel -o cuatro- con rostro humano, de águila, de toro (o buey) y de león al mismo tiempo. Más adelante se adaptó la visión a los evangelistas y a cada uno se le asignó uno de esos animales. A Marcos le tocó el león -supongo que porque eligió el primero.

    En Venecia está por todas partes, empezando por una de las dos columnas que adornan la piazzeta de San Marco. O en la bandera de la República.

  4. Marina Pino

    Mercutio: no tenemos naipes ungidos por los dedos demasiado largos de Casa, pero celebremos que acaba de salir de la prisión del editor Brockhaus para ir a morar, más libremente (esperemos) a la BNF, gracias al donativo de su “Histoire de ma vie” que le ha hecho a la biblioteca un misterioso mecenas, tras pagar 7 millones de euros por el manuscrito. Eso sí es que es un benefactor de la humanidad y no Botín. En otoño, cita de casanovistas en París para ver expuesto el manuscrito que ungieron los dedos de veneciano.

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