La biblioteca fantasma

Persecución y caza de libros raros y perdidos: las muchas vidas del abate de Choisy

microfilm

Decía Marina Pino en el prólogo a su ensayo Casanova. La pasión de fornicar que para “escribir ese divertimento casanoviano a partir de las memorias auténticas ha sido necesario trabajar en la Biblioteca Nacional de París, junto con centenares de investigadores de los cinco continentes con sus trajes étnicos- la india con su sari y el inglés con su pajarita-, bajo las nueve cúpulas de cristal de la sala de lectura que envían una luz espléndida, rodeados de libros hasta una altura de tres metros. Y, allí, en medio del característico rumor de las páginas que pasan…”

Eso sucedía en 1990, cuando no se había construido la nueva biblioteca y aún se trabajaba en la sala novencetista bajo cúpulas de cristal y lámparas de un azul porcelana bellísimo que inducía al ensueño y la poesía. Yo estaba, como digo, enfrascada en las memorias de Casanova del año 1960, pero ya con la mente dispersa y pensando en otras memorias, las del abate François-Timoléon de Choisy, el de las muchas vidas. Consultar ese libro me llevó a una pequeña sala reservada, un despachito solamente, donde me dejaron a solas con un tomo titulado Avantures de l´abbé de Choisy habillé en femme (Chez Jules Gay, Paris, 1862) procedente de la Biblioteca del Arsenal, a la que el sobrino de Choisy, el ilustrado marqués de Argenson, donó el manuscrito.

No podía fotocopiarse pero me enviarían un microfilm a Madrid. Adonde llegó etiquetado con el número 9014288. En Madrid obtuve de los operarios de la sala de reproducción de nuestra Biblioteca Nacional un pase del microfilm al papel como un favor especial, ya que en ese tiempo no había ningún copista que hiciera ese trabajo. Simplemente me colé en el sótano ante unos boquiabiertos operarios, jurándoles que en cuanto hiciera mi trabajo de traducción para la editorial Laertes les donaría el microfilm. Tanto les impresionó mi donación, que hicieron el trabajo y además gratis. Luego llevé las fotocopias al Rastro, donde me las encuadernaron en piel y tela con mejor voluntad que pericia: el angosto omito no se puede abrir sin que cruja horriblemente y amenace con despiezarse. Un encuadernador más hábil hizo una segunda edición, pero equivocó de tal modo la paginación que la rechacé. En otra copistería de barrio me fotocopiaron la fotocopia y me la encuadernaron de modo que me permitió, por fin, ponerme a traducir.

El librito original lleva el subtítulo de “cuatro fragmentos inéditos a excepción del último, que ha sido publicado con el título de “Historia de la condesa des Barres”, precedido de un prólogo de M.P.L.” O sea, Mr. Paul Lacroix, conocido como Bibliófilo Jacob. Ahora bien, dicho prólogo no está en mi “edición”, tal vez los operarios de la Biblioteca se ahorraron ese trabajo. O tal ve ande suelto entre mis desordenados papeles. Y aunque me basé en esa edición, no quise titular la mía con el llamativo título original de Aventuras del abate de Choisy vestido de mujer, sino, simplemente con el de Memorias, porque me parecía más serio y sobre todo porque lo que plantea Choisy es algo más que la simple afición al travestismo, bastante común en la época del Regente de Orleans y de Luis XIV, para ir más allá y sugerir el problema de los límites enfrentados al de la libertad.

choisy1Choisy fue un travestido inducido, y puede añadirse que fue forzado por su madre a llevar una fajita para ir levantando la grasa pectoral hacia arriba a modo de pechos, a ponerse cada noche una pomada que eliminaba el vello del rostro y a llevar vestidos femeninos hasta los dieciocho años. Así travestido jugaba con el hermano del rey, Felipe de Orleans, que acudía a casa de Choisy en el Luxemburgo también vestido de mujer. Ese juego derivó probablemente a un caso de transexualismo, para usar una palabra técnica que al abate no le habría gustado nada, y a mí tampoco. Quiere decirse que el abate vivía esa doble vida –niño/niña, abate/jovencita, hombre/mujer- en el ámbito de la fantasía, como él mismo denomina su afición, y no como asunto de psicólogos conductistas o un problema de género, como se diría hoy. Su amor al lujo, a la dulzura de maneras, al coqueteo y al exhibicionismo encontraba su modo de expresión ideal en la apariencia y el arreglo femeninos. Hacer papeles femeninos en el teatro o exhibirse en la ópera luciendo pendientes de brillantes que refulgían de un extremo a otro de la sala lo colmaban de felicidad. Las Memorias son también, y sobre todo, un tratado sobre el narcisismo.

¿Una criatura superficial? Tal vez. Pero eso no tiene la menor importancia, no está ahí el meollo de la cuestión, que está en la lucidez de Choisy retratándose a sí mismo/a y poniendo a prueba los límites que una sociedad, la suya, estaba dispuesto a tolerar, y aún más, reclamando graciosamente el derecho a vivir como mujer sin molestar a nadie. El siglo XVII francés fue muy tolerante con las extravagancias, como demuestra esa inefable visita que el abate le hace al arzobispo de París para que monseñor compruebe que sólo va discretamente vestido de mujer, cosa que el prelado perdona porque Choisy es buena persona y muy caritativo con los pobres. Pero el caso es que Choisy es todo un señor abad que posee abadías y predica en ellas con mucho estilo, no un abate cualquiera de los que pululaban en gran cantidad por todas partes, sin ninguna relación real con la Iglesia, como fue el caso de tantos. Abate y abad son dos matices distintos del lenguaje.

Nada más tomar posesión de su primera abadía y pronunciar su primer sermón, Choisy se fuga a Burdeos para trabajar en una compañía teatral en calidad de dama joven, sin que sea descubierto el cambiazo. Altos nobles como madame de Lafayette y La Rochefoucauld lo animan a vestirse de mujer y dejar de lucir solamente discretas sotanas negras con motivos de color violeta y pequeñas joyas de tres al cuarto. Cuando su madre murió Choisy prefirió heredar todo sus strajes y sus joyas, en lugar del dinero, que dejó a sus dos hermanos, uno militar y el otro recaudador de impuestos. A partir de entonces, pudo aparecer lujosamente vestido de mujer.

choisy2

Pero no todo el mundo es tan permisivo como el cardenal arzobispo de París y los miembros liberales de la alta nobleza y poco a poco su medio lo va marginando. Un día su tocado causa tanto escándalo –en realidad, se trata del típico regocijo parisino- que su familia lo obliga a exiliarse a Italia vestido de hombre. Resultado: juega a los naipes como un condenado, pierde grandes sumas y además se siente muy desgraciado. Aquí está otra de las cuestiones importantes que el texto de Choisy plantea. Forzar a una persona a dejar de ser lo que es, o quiere ser, causa desgracia y desajuste. Cuando Choisy puede vestir de mujer es feliz y jamás juega, incluso prohíbe jugar en su casa partidas inocentes con los vecinos y el cura de la parroquia. Prefiere pequeñas loterías. Cuando es obligado a vestir de hombre, juega y se arruina

Para vivir a su manera Choisy no tiene más remedio que comprar una casa en la provincia, donde nadie sabe quién es y donde lo toman por una viuda rica. Si al cabo de un tiempo deja este tipo de vida es sólo porque en provincias se aburre mortalmente. Añora París y regresa después de haber dejado embarazada a una actriz, porque a ratos, como se ve, su naturaleza masculina también tiene sus exigencias. Consecuente con su dualidad, Choisy emplea unas veces el género gramatical masculino y otras el femenino, cuando va vestido de mujer, y lo hace con tal acierto y naturalidad que apenas nos damos cuenta del deslizamiento.

Ya en París lleva una vida tan disipada, en compañía de Felipe de Orleans o de la sobrina del gran predicador Bossuet, que cae en desgracia del devoto Luis XIV.

La primera señal de marginación la ha sufrido Choisy al tener que alquilar una casa en un barrio popular donde no lo conocen, aunque sí saben que se trata del abate François-Timoléon de Choisy vestido de mujer. La segunda marginación es la que supone vivir en provincias escondiendo, por primera vez, su verdadera identidad. La tercera, el repudio del rey.

A Choisy ya sólo le queda “convertirse” y hacerse sacerdote, cosa que hace durante su viaje a Siam, tan bien descrito en su libro  , y donde Choisy demuestra que es un cronista de viajes tan moderno como cualquier reportero actual.

En una emisora gay de Barcelona me decían que en mis manos Choisy sonaba muy moderno, claro, preciso, divertido y lúcido, vaya, que no parecía un autor del Seiscientos. El comentario me agradó mucho puesto que quería decir que había traducido bien a Choisy, que es moderno, claro, preciso, divertido y lúcido. Lo que no quiere decir que Choisy te lo dé todo hecho, sino que, por el contrario, a mí me exigió dos años de paciente trabajo de traducción para un texto que apenas tiene ochenta o noventa páginas.

Dos años para restituir una voz libre del siglo XVII, tantos años y siglos ya.

Los comentarios están cerrados.