La biblioteca fantasma

Corresponsales de guerra (I)

Hans-Georg Henke, 16 años, ayudante de la Luftwaffe,
detenido en mayo de 1945 en Berlín.
(c) Bildarchive Preussischer Kulturbesitz


Berlín, 1941. Miles de judíos, conocidos como los “submarinos”, sobreviven escondidos en las tripas de la ciudad. En la superficie, la Gestapo amedrenta, castiga y asesina. Los extranjeros, corresponsales y diplomáticos llevan una vida aparentemente más relajada en los locales de la Kurfurstendamm. El restaurante del hotel Eden, el Horcher o el Venezia mantienen el esplendor que conoció Berlín durante los años veinte y treinta, pero ahora sólo pueden permitírselo un puñado de privilegiados. Los burdeles desaparecieron, pero vuelven a abrirse algunos locales con licencias especiales, como el de la Knesebeckstrasse, donde a finales de 1940 Dionisio Ridruejo y Serrano Suñer gozaron de la compañía de putas pagadas por Ribbentrop. Los restaurantes húngaros se las apañan para guisar el goulasch con poca carne. Berlín todavía no ha sufrido los brutales bombardeos de 1943 y respira optimismo. La Wehrmacht ha tomado Francia y tratará de poner sus garras sobre Rusia.

Las tropas de la División Azul todavía no han pisado suelo alemán. Algunos de ellos, después de ser repatriados a España, regresarán de forma clandestina a luchar por la defensa de Berlín. Los diplomáticos españoles aguantarán el bombardeo de sus viviendas y de la Embajada. Hay algún estudiante perdido por las calles en ruinas. A finales de los años treinta y durante los años cuarenta también viven en Berlín algunos corresponsales de prensa que tratan de contar, por encima de las amenazas de la censura, la suerte que está corriendo Europa. González Ruano, García Díaz, Herraiz, Pizarro, Artís, Penella de Silva, Garriga, Pombo Angulo, Ballesteros, Sánchez Maspón, Abeytúa o Ernesto del Campo. Una vez terminada la guerra, muchos de ellos publicaron libros que, mediante la combinación de la crónica y la memorialística, muestran un Berlín trágico cuyas heridas todavía pueden verse hoy, casi sesenta y cinco años después de que fuera tomada por los rusos.

La serie sobre corresponsales de guerra españoles en Berlín se inicia con Manuel Penella de Silva (Valencia, 4 de marzo de 1910 – Río de Janeiro, 12 de abril de 1969). Licenciado en Filosofía y Letras. Corresponsal de distintos medios españoles (Diario de Barcelona y Destino, entre otros) e hispanoamericanos en París, Berlín, Guatemala y Zúrich. Desde 1954, agregado de información en las embajadas españolas de Uruguay, Chile y Brasil. Casó con una alemana y tuvo cinco hijos. Murió en su despacho de un ataque al corazón.

Penella de Silva residió varios años en Alemania. Primero en Mannheim y posteriormente en Leipzig, donde ejerció como jefe local de Falange. A instancias del secretario de embajada Ignacio de Oyarzábal y Velarde, fue trasladado a Berlín como corresponsal del diario El Alcázar. Penella debió de llegar a Berlín a finales de 1940 o principios de 1941. Se instaló en un piso junto al también periodista Ramón Garriga Alemany. Pese a que estaba prohibido, en el piso podía escucharse música de jazz y estaba abierto a amigas, amigos y compañeros que hacían tertulia y bebían buenos alcoholes.


Penella estaba al tanto de la situación de Alemania en la guerra. Compartía noticias y opiniones con otros colegas, con funcionarios de los ministerios alemanes, con amigos de éste y de aquél, con gente que desmentía con hechos las soflamas de Hitler y sus ministros. Su amistad con uno de los corresponsales americanos, Richard Hottelet, de la United Press, le llevó a ser detenido por la Gestapo. Hottelet fue acusado de espionaje, y los nazis no dudaron en echar mano de sus amigos. Penella regresó a casa el mismo día de su detención. Declaró que era improbable que Hottelet trabajara como espía. No podía ser que los servicios secretos norteamericanos le dejaran sin fondos. De hecho, la última vez que Penella había hablado con él le había prestado mil marcos.


Harto de los nazis, y quizás con miedo de ser detenido más veces, Penella abandonó Berlín y se fue a Sudamérica con la agencia Efe. Allí vivió hasta el final de sus días. Publicó algo, escribió la autobiografía de Eva Perón y se dedicó a la carrera diplomática hasta su muerte.

De su etapa en Alemania dejó dos libros notables: El número 7 y Un año atroz. El primero es un fiero alegato antinazi y antihitleriano. Se reeditó varias veces y fue traducido al italiano. Un año atroz, publicado al rebufo del éxito del primer libro, es una compilación de las crónicas que escribió durante 1945.

Manuel Penella de Silva en La Vanguardia

La Alemania de Penella. Juan Ramón Masoliver (8 de noviembre de 1945)
Ha muerto Manuel Penella de Silva ; Manolo, en el recuerdo (13 de abril de 1969)

  1. Reinhard

    La fotografía, supongo que tendrá más de ese estilo, vale tanto como los libros que cita.

  2. julia

    La foto es horrible. Para los que ven -vemos- las guerras (al menos algunas)inevitables, para nosotros son esas fotos.
    Lo malo es que los de ahora no son tiempos de guerra, sino de terrorismo.

  3. Bremaneur

    Quería ilustrar la entrada con alguna fotografía del Berlín en ruinas, de 1943 o 1945. Encontré esa, y me impresionó. Dice mucho más que algunos libros, cierto. No obstante, los de Penella merecen la pena. Fue un tipo muy querido y admirado, y por lo que parece era un lince en su oficio. Ramón Garriga cuenta cosas curiosas de él. Un tipo inteligente que actuó de forma muy sensata: en cuanto pudo, se largó de Alemania. Sus diatribas contra Hitler y los nazis son muy buenas. Seguiremos hablando de él.

    Efectivamente, Julia. La foto ilustra una guerra. Tanto como saber el nombre del chaval. No le he seguido la pista, pero seguro que en internet podrá encontrarse información al respecto.

  4. Anonymous

    Hubo un falangista, el periodista Jacinto Miquelarena, que publicó en 1942 “Un corresponsal de guerra”, en su calidad de testigo de las campañas bélicas del Tercer Reich en los frentes de Grecia, Rusia, etc. En sus páginas se muestra como un apasionado del nacionalsocialismo. Creo que era una recopilación de las crónicas que enviaba como corresponsal en Alemania de ABC (¿), aunque el libro es simplemente curioso, entretenidillo sin más. Sin embargo este mismo autor escribió nada más terminar la guerra civil (donde se refugió en una embajada) un libro de humor delicioso titulado “Don Adolfo el libertino”, con toques a lo Fernández-Florez, muy muy recomendable.

  5. Bremaneur

    ¡Cierto! Me olvidé al gran Miquelarena. Tengo el libro y hablaré de él aquí. Recuerdo una crónica muy curiosa sobre el asalto alemán a Creta.

    El libro que cita no lo he leído, aunque ya pienso en comprarlo. Fernández Flórez es una de mis inconfesadas debilidades.

    Tiene otro libro muy interesante, El otro mundo, sobre su experiencia durante la guerra civil, refugiado en una embajada.

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