La biblioteca fantasma

Ensayos e imaginaciones sobre Madrid (y II)

En junio se cumplen dos años de la aparición de La Biblioteca Fantasma. Lo errático de su deambular es una cuestión de carácter, ya que desde su nacimiento ha sido un tanto titubeante e indecisa. La segunda entrada de este blog, por ejemplo, fue sólo la imagen de un libro, el mismo que se presenta ahora. Ensayos e imaginaciones sobre Madrid, de Luis Bello. Llegué a él gracias a Los nietos del Cid, de Andrés Trapiello, un libro que acompaña a Las armas y las letras en la serie, que parece truncada, titulada España, sueño y verdad. Dice de Luis Bello:

Tan o más «noventayochista» que Parmeno fue, sin lugar a dudas, Luis Bello. Bello había nacido en Alba de Tormes en 1872 y escribió pocos pero muy hermosos libros, y alguna vez firmó sus escritos con el seudónimo inexplicable de Juan Berebere, él, que era alto, pálido y quebradizo.

Dos de sus libros, su El tributo a París, de 1907, y sus Ensayos e imaginaciones de Madrid, de 1919, que dedicaba a Galdós, son esa clase de libros que no creo yo que vayan a tener por el momento ninguna resurrección, como aquellos otros de Adolfo Salazar, Hazlitt el egoísta o Delicioso el hereje. Tienen la misma hechura miscelánea, con una finísima mirada para los asuntos más diversos. Fue Bello, que había fundado en 1903 una revista importante, Crítica, de lo mejor de su tiempo, y sus ensayos sobre Galdós denotan una persona que verdaderamente lo amaba, a diferencia de la mayor parte de sus camaradas, y esos dos libros y sus cuatro tomos que tituló Viajes por las escuelas de España, síntesis de una literatura de viaje, del ensayo y de la denuncia, deberían considerarse uno de los ejemplos eminentes del regeneracionismo puesto en práctica. A partir de esa obra que, insistimos, se deja leer como una verdadera novela por lo que tiene de realidad española y documental vivo de la incuria y el analfabetismo españoles, se trató de poner remedio a una y otro, tan elegantemente denunciados por don Luis, pero eso le sirvió de poco. Murió temprano, en 1935, y se le terminó retirando de la circulación, al igual que a José María Salaverría, uno de los escritores de los que nadie duda perteneció al grupo de los grandes, donde a menudo se le ha incluido, si bien como rareza.

Del ejemplar de Ensayos e imaginaciones de Madrid llama la atención su delicada composición tipográfica. Es obra de Juan Ramón Jiménez, quien según Trapiello, en Imprenta moderna, “vino a probar que editar dignamente no era más costoso que hacerlo de una manera inicua, inaugurando con estos libros una corriente de la edición literaria española no por minoritaria menos importante e influyente, acorde con el espíritu casi monacal, el de la propia Residencia, que se proponía ‘perpetuar la eficacia de toda manifestación espiritual (lecturas, jiras, conferencias, conmemoraciones) que impulse la nueva España hacia un ideal puro, abierto, definitivo’, según se declara en uno de sus prospectos propagandísticos”.

Personalmente, la lectura de este libro me ha traído momentos de sosiego que he de agradecer. Ha sido la calma que se reafirma en su propia antigüedad, la calma antigua y sabia que, como un arroyo que corre escondido entre la frondosidad silvestre de los ribazos, trae también algo de frescor, regeneración y constancia.

Es posible que un libro así no vaya a resucitar jamás. Recuerda, pues, a esas hojas que se desperdigaron por Madrid tras el incendio de las Salesas, y a las que Bello dedica algunas páginas en este libro:

Todavía encontraréis por los alrededores de Madrid, en la cuneta de un camino, al pie de un vallado, en los arriates de los árboles y aun en pleno campo, entre los surcos, hojas sueltas del archivo de las Salesas.

La letra curialesca os atraerá. El reborde del folio, calcinado en festón, hace resaltar en la blancura del papel de oficio esos garrapatos de estructura arqueológica tan diferentes de la letra que usa el propio curial para escribir a la novia o para entretener al acreedor. ¿Qué dirán? ¿Qué delito descubren? ¿Qué expoliación amparan? Si tratáis de descifrarlos hallaréis un solo párrafo empedrado de gerundios, sin principio ni fin, porque un folio no basta para desenvolver en palabras ninguna idea jurídica. El principio y el fin están carbonizados, y los otros folios los desparramó el viento.

Esas terribles hojas de papel — nunca inofensivas — , han de mirarlas de muy distinta manera los profesionales de las Salesas y sus clientes; los que empapelan y los empapelados. Yo confieso que no me entristece la profanación de un archivo judicial por las llamas y por el viento. Miro los pliegos de literatura curial, exhibiéndose desvergonzada a la luz del sol, con el afecto que inspiran los seres y las cosas que han logrado liberarse de su destino. En vez de una lucha secular con el polvo y con la polilla; en vez de aguardar años y años, amarillentas de tedio, el ataque de los ratones, esas hojas corren peligros, perecen o vuelan, locas de delicioso espanto, sobre los tejados. Por ellas hay hombres que llegan al heroísmo, más allá del deber. ¿Cómo podían sospechar ese momento en que unas manos crispadas de emoción, tiran de un legajo y lo arrebatan para salvarlo como si salvaran un tesoro? ¿Y el abrazo de un hombre que va a morir; el último abrazo tibio, carnal, de una vida sacrificada por ellas, nada más que por ellas? Luego, la sensación de la caída, al mismo tiempo que su salvador da en tierra ahogado por el humo y por los golpes de su corazón… Luego, gritos, carreras, gente que se amontona, que da órdenes, que va y viene frenética, hasta llevarse el cuerpo ¡tan pesado! ¡tan blando! como un pelele… Y luego, en el silencio que reina cuando todos huyen — silencio de muerte, silencio de archivo — , suena el chasquido del balduque roto al beso de la primera llama, y el fuego bordea, resbala, encoge sus garfios como si no quisiera prender, vuelve lentamente a morder en los flancos, y el legajo siente que el muy traidor va buscándole las entrañas… ¿Cuándo iban a esperar las miserables hojas de esos autos un minuto tan trágico como aquel en que saltaron los cristales y una bocanada de viento, más furioso que el fuego, las arrastró por la ventana? ¡El placer de volar vivas y libres, aunque no indemnes! ¡La extraña impresión del agua pulverizada que no venía de las nubes, sino de las bombas de incendio!… ¡Y sobre todo la medrosa intensidad de aquel cielo cárdeno por donde huían como proyectiles, como aves de tormenta, como brujas al aquelarre!…

Esas hojas, mustias ya por la lluvia, compañeras de los terrones campesinos y de los detritus ciudadanos, pueden decir que han vivido. Aunque se pierda para siempre el documento probatorio, ¡bien fugadas están! Lo que ellas probaban ¿qué trabajo les cuesta a los hombres de la curia volverlo a probar?

Luis Bello. Ensayos e imaginaciones de Madrid. Madrid: Calleja, 1919.

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