La biblioteca fantasma

BQ

Petersen, Anders. Cafè Lehmitz. Texto de Roger Anderson. Múnich: Schirmer/Mosel, 2004.

Existe una nueva frontera creada tras la caída del muro y que sigue su trazado. Al oeste, la zona deprimida de Wedding, con su arquitectura suburbial y antenas que apuntan a un mismo sitio como un pelotón de fusilamento; sus efímeros locales de efímeras mercancías; sus habitantes de rancias ropas, enraizados en calles yertas; sus geranios aplastándose, en busca de luz, contra los cristales blindados por una apelmazada capa de polvo. Al este, en cambio, florecen los antiguos edificios, antes en ruinas y ahora lozanos, recuperados por gente con dinero que gusta de la lasitud subvencionada del barrio de Prenzlauer Berg, con su estilo de sesentayochismo postmoderno y decadencia impostada.

El trazado de la nueva frontera queda roto por la perpendicular de la Bernauerstraße, la calle donde conviven discretas galerías de arte con almonedas y bares de bizarro tenebrismo que resisten a la modernización cool que ya ha exterminado los burdeles de la zona. Son bares incrustados en el tiempo y en el barrio. Cambian los dueños pero jamás la parroquia, que quiere vivir en un espacio inmutable, ajeno a la metamorfosis continua en que vive Berlín.

La línea recta que los une a todos puede iniciarse en el Doris Bistro, vestido de neones burdelarios y capitaneado por la supuesta Doris tras la barra, hierática como una madame resabiada; puede seguir por el Biermichel y sus rostros esculpidos por el embrutecimiento, y terminar al otro lado del muro, en el Brunnen Quelle, ecosistema.

Uno puede salir del BQ a las dos de la madrugada y dejar allí al tipo de bigote que habla de política mientras bebe cerveza mezclada con korn, el infecto aguardiente de trigo, y encontrárselo de nuevo a las ocho de la mañana desayunando un café, exactamente en el mismo punto de la barra de la noche anterior. La gente habla y conversa con naturalidad, aun sin conocer al interlocutor. Cualquier persona es bien recibida, incluso este español con pinta de turco abertzale. No es difícil pegar la hebra cuando el alcohol suelta la lengua. Habrá quien te diga que conoce España, que estuvo en Lloret a principios de los ochenta y que los ossies son insoportables porque no hacen más que pedir dinero (y pagará sacando un billete de cincuenta de un fajo de elegante grosor). Al día siguiente volverá a la carga con la pregunta ritual: “¿De dónde eras? De Irak, ¿verdad?”.

Las camareras beben. Escotadas y de peinado esculpido, lucen sus lorzas con primor. Saben requebrar al parroquiano y dar palique. Son el alma del bar. He visto a Ramona escuchar las desgracias de un borracho solitario y darle el abrazo y el beso que necesita todo humano.


Más que un bar, un centro social donde ahogarse en humo y en alcohol barato. A veces se organizan fiestas (la española, con sangría fluyente hasta que necesitemos un médico) y estriptises, tocan bandas de rock y cantautores locales. Se pelean los novios, la camarera borracha y celosa insulta al jefe que le habrá zumbado la trasera más de una vez en la cocina, y Olaf le apretará el culo a Kerstin entre risas, y mientras fuera la vida es un ir y venir voraz de coches y transeúntes, aquí todo parece quieto y seguro en su bullicio, como la charca que es una algarabía de vida microscópica, como esas fotografías cuya quietud no es sino movimiento.


Fotografías. De Anders Petersen a Brigitte Kraemer. Todos los bares el bar.

Las fotografías de Petersen son agresivas, de tonalidades feroces, y pese a todo o quizás por ello mismo, tremendamente humanas. Su Café Lehmitz es el compendio perdurable de estos bares que subsisten gracias a la necesidad que tienen el solitario y el desarraigado de mentirse a sí mismos, de creer que la felicidad es inmutable y la derrota pasajera.

  1. Reinhard

    Sí, apreciada Lola, el cabronazo conoce el paño. Me suena la Bernauer, no sé, quizá y entre otras cosas, porque ahí fue dónde Hans Conrad Schumann pegó el salto, el primero.

  2. gorkataplines

    Pues yo estuve el otro día con un amigo tomando unas, muchas, cervecitas y un codillo en el Ständige Verträtung, muy creca del Reichtag. Muy bien, oyes. Buen ambiente y además tenía unas fotos cojonudas en las paredes.

  3. Contenedor Amarillo

    Yo de Berlín tengo unos recuerdos casi posnucleares (no sé muy bien qué quiero decir con esto, supongo que una mutación del espacio y del tiempo, ajena): Un antro en forma de antigua fabrica con vías de tren que llegaban hasta su puerta y que sonaba como el vuelco de un camión cargado de estructuras metálicas; un garito con fuego en las paredes, cervezas con frigoríficos domesticos/ados, un ordenador conectado a internet y con la mitad de las teclas arrancadas (incluso recuerdo el nombre, viva zapata… o creo); otro en el que terminamos la absenta y los azucarillos; un regreso al hotel que no era el mío con una chica a la que entendía porque no la había visto nunca, uno de esos coches Trabant pintado entero y que U2 colgó en su Achtung Baby, a la salida y un paseo con un avión de carga, supongo que yanki, sobre un tejado un tejado, de vuelta a la realidad…La resaca de Berlín me salvó la vida.

  4. Perroantonio

    Joder, no hay nada como la literatura para estilizar la perra vida. Voy a tener que visitar Berlín.

  5. belaborda

    *> '…/… incluso este español con pinta de turco abertzale'.*Literatura únicamente, imagino.

  6. Henry de Monfreid

    Magnífico post, Bremaneur, de lo mejor que le he leído. Creo que ha plasmado magníficamente el ambiente de la zona y el bar en sí (y para sí). Un bar humano. Algo que ya en muy pocos lugares puede encontrarse y que hace de la existencia actual algo muy coñazo. Un fuerte abrazo y nos vemos por allí.

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