La biblioteca fantasma

Encuentros improbables (y V)


Errantes

Aquella tarde di por matar el rato en la librería de Cosme. Era grande y limpia, luminosa. Los libros se exponían marcialmente en las baldas, rectos y pulcramente ordenados. Al fondo había un cuarto, a la manera de una trastienda destartalada, donde el librero había arrumbado algunas obras que al parecer no se vendían. Anduve curioseando allí, hojeando un ejemplar de Páramo, del tornadizo y vertiginoso Salazar Mallén, renegado y derelicto. El azar tejió sus redes con esmero: no había de terminado de leer las líneas en que Acosta, uno de los personajes, tildaba a todos los refugiados españoles de comunistas, cuando entró en la librería Margarita Nelken. Vestía su luto habitual, incluidas sus gafas ahumadas. Llevaba el pelo recogido y se movía nerviosa de estantería en estantería hasta que dio con la sección de Arte. Sacó algunos tomos de los plúteos y los abrió sobre una mesa, frente a la puerta.

La observé con detenimiento, como otras veces que me había encontrado con ella en tertulias o en reuniones políticas. De Margarita había escuchado y leído auténticas barbaridades. Propagandista feroz en la guerra, había animado al asesinato y el aniquilamiento desde la prensa y la radio. Civiles o militares, todo valía, y se aseguraba que había sumado a su pistola el furor de su sexo. La llamaban “el colchón de las redacciones” y “la virgen loca del comunismo”. Terminó, como tantos otros, enfrentada a su partido. Pese a vestir de luto por la muerte de sus hijos y conocer su trágica historia de madre nunca me dio pena.

Margarita pasaba las páginas de los libros como si fuera a arrancarlas. A veces se levantaba las gafas y observaba con detenimiento la puerta, al parecer absorta en duras reflexiones. En uno de esos instantes Max Aub entró en la librería. Margarita pareció mirarle fijamente. Él vaciló. No pude ver sus ojos, ocultos tras los densos cristales de sus gafas, pero los sabía inteligentes e inquisitivos. Imaginé los de Margarita, a la que no podía ver la cara, licuados y miopes, reconociendo no obstante la figura de Aub. Como si se hubieran puesto de acuerdo, ella bajó la cabeza con un gesto repentino y él, a su vez, entró cerrando la puerta bruscamente. No se saludaron. Se conocían y se detestaban como sólo sabían hacerlo los españoles.

Esos dos, encerrados en una librería como si de una jaula se tratase me tenían desconcertado. De ambos podía decirse que eran a la vez, debido a su origen y sus raíces, judíos, alemanes, franceses y españoles. ¿Qué imperaba en ellos? Sin duda España. Sobre todo en Aub. Era ideológicamente incorruptible, republicano convencido y nunca había ocultado su desprecio tanto por los comunistas como por los renegados del comunismo. De él sabía, además, que había estado preso en Francia cuando los alemanes, en connivencia con el gobierno de Vichy, habían deportado a miles de judíos a esas cámaras de gas de las que pocas veces se hablaba y siempre con indignación fingida, pues inmediatamente se cambiaba de tema. Me era imposible no respetar a ese hombre. Miraba ahora distraído los libros que tenía ante él, pues estaba más pendiente de los que tapaba Margarita con su dramática figura. Según deduje por las miradas ansiosas de Aub, y sabedor de su angustia por las escasas ventas de sus obras, éste esperaba encontrar alguna suya en ese espacio.

Hacía ya un tiempo considerable que la Nelken no pasaba la página del libro que parecía mirar tan absorta. Se intuía una mirada oblicua que trataba de calcular dónde estaba Aub. Y éste parecía no atreverse a invadir el espacio ocupado por ella, aunque evidentemente lo estaba deseando. Pasaron los minutos. Y al fin, tras un bufido intencionadamente sonoro y un portazo inexplicable, huyó Max Aub. Y como si en lugar de cerrarse la puerta ésta se hubiese abierto, desapareció por ella Margarita Nelken poco después. Curioseé entonces en las baldas y comprobé que no había nada de Max Aub. Sí, en cambio, en el cuarto desde el que había asistido a esta escena de vodevil: un ejemplar de Yo vivo, publicado pocas semanas antes. Uno de los quinientos editados, coloreados a mano por Aub y su familia. Lo compré y lo leí esa misma noche. Mi angustia trasudó en lágrimas de autocompasión: verle a él tan vivo en esas páginas y yo tan muerto en este México del que no he sabido salir.

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