La biblioteca fantasma

Encuentros improbables (IV)


Vida y muerte

Un día me di cuenta de que si frecuentaba aquella tertulia era porque se había convertido en un pequeño viaje al pasado y a mi país, en una época y un lugar en que aún no había señales claras de la guerra. Las disputas políticas, los rencores y los gritos enconados contra los vencedores se apagaron muy pronto, como si la falta de oxígeno de aquel café cerrado y humeante apagara esas brasas que eran su ardor amargo. En poco tiempo cambiaron las conversaciones. Era más saludable discutir sobre Galdós que hacerlo sobre Franco, más relajado hablar de disputas generacionales que de enfrentamientos ideológicos, más tonificante contar anécdotas literarias intrascendentes que narrar sucesos luctuosos de la guerra, tan cargados siempre de muertos que hieden, sangre espesa y almas podridas. Las charlas recordaban, una vez anulada la tragedia, a las que se hacían en Madrid a principios de siglo en los cafés, a los que acudía la bohemia que poco a poco se apagaba y en los que los chismes y los chascarrillos se debatían con fiereza y dialéctica evanescente. Ahora, si aparecían muertos en la conversación, se debía a los corneados en las plazas de toros.

Algunos jóvenes desaparecieron en cuanto ventearon los cambios. Huyeron de ese retorno apacible que parecía extenderse poco a poco como si fuera, debían de pensar ellos, una necrosis. Quedaron algunos ancianos animosos a quienes de vez en cuando se unía algún literato local, sacado de vaya usted a saber dónde. Uno de éstos fue el que hizo la propuesta. Unos días atrás acababa de nacer un volcán en la región de Michoacán. Le llamaron el Paricutín y en pocos días había alcanzado una altura considerable. No se hablaba de otra cosa en la ciudad de México, donde muchos aseguraban haber notado los temblores germinales. La idea era hacer un viaje a Angahuan, el pueblito donde se había originado el fenómeno y observar aquel suceso maravilloso y exótico. El trayecto desde la capital, si bien no era muy cómodo, tampoco resultaba excesivamente largo, al menos teniendo en cuenta las distancias que han de recorrerse en un país tan extenso. Los tertulianos se animaron, trajeron mapas y aun manuales de vulcanología. Parecía haberles acometido una fiebre aventurera y científica y mezclaban las hazañas de Cortés y Humboldt en infantil mixtura.

Lo que sucedió después sólo puedo contarlo por lo que se habló en días sucesivos. Habían acordado una fecha para acudir todos juntos a Angahuan. El literato local se agenció un camión para el transporte y apalabró el alojamiento. Resultó que solo acudieron a la cita cuatro tertulianos: además del literato fueron don Plutarco Caballero, anciano pulcro y achaparrado que había sido abogado en Guadalajara; Conrado Sanmiguel, un tipógrafo gritón, bebedor y algo insolente y Francisco Javier Muelas, poeta sin poemas. Al verse abandonados despotricaron contra la desbandada de aquellos frívolos. Decidieron emprender el viaje. Hicieron varias paradas y confraternizaron con otra gente que hacía la misma ruta con el fin de observar la montaña de lava y cenizas. Por lo que cuentan, en algunas aldeas tuvieron la oportunidad de ver algunos ritos indígenas que impresionaron a don Plutarco. Aquella furia de colores, alcohol, máscaras y muerte debió de impresionar especialmente a quien, como él, rara vez había sobrepasado los límites de la Alcarria. Dicen también que don Plutarco, una vez frente al volcán, si bien a una distancia considerable que les protegía de la lluvia de brasas, y tal vez ya sobrecogida el alma por los ritos alucinantes presenciados en aquellos maltrechos poblados, dijo sentir un miedo atávico y saberse por primera vez en mucho tiempo extranjero en aquella patria hermana. Al parecer improvisó, con tanta vehemencia como congoja, un discursillo sobre la patria como madre y la necesidad imperiosa que tenía el ser humano de regresar al útero. Terminó por quitarle la color de la cara la aparición de dos hombres, que agarrados a una botella de coñac surgían de entre el humo y las cenizas después de haberse aventurado hasta los mismos pies de aquel infierno. Agotados todos, y ya en el camión que renqueaba camino de vuelta, nadie notó cómo don Plutarco moría. En silencio y con la apariencia serena, pero bullendo el ánimo por el desarraigo, como esas charcas de aguas calmas cuyo interior es un confuso e inquieto mundo microscópico.

  1. Rhea

    Excelentes y también las ilustraciones. Un 10. Enhorabuena Bremaneur.Llevaré el cilicio con dignidad. Estoy por exiliarme al Este.

  2. Bremaneur

    Rhea, el cilicio déjelo para las escenas íntimas. Lo del exilio al este no es algo que pueda desdeñarse.

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