La biblioteca fantasma

Encuentros improbables (III)

Manual de fugas, execración de huidas


Me llamaba la atención aquel hombre que bebía apartado y en silencio. Rara vez sonreía y la mayor parte del tiempo la pasaba ensimismado durante horas ante la misma página de un periódico. Si alguien de las mesas contiguas le requería para que diera su parecer en la discusión –Galán, le llamaban-, rehusaba con cara bondadosa y un gesto nervioso de la mano. Alguna vez le vi participar en la tertulia de Rello. Antes de hablar se humedecía nerviosamente los labios y se sujetaba los tirantes con los pulgares. Hablaba acaracolado y adornaba su discurso con arcaísmos relamidos. Al terminar su alocución bebía su café con sorbos breves y la cabeza gacha. Si alguien hacía referencia a algo que él había dicho levantaba los ojos por encima de las gafas y asentía.

Quise saber sobre ese sujeto tímido y solitario. Pregunté con discreción aquí y allí, y salvo el nombre todo eran vaguedades y rumores. Le tenían por excéntrico y por loco porque siempre que se emborrachaba, y era a menudo, lo hacía sin decir palabra alguna. Aseguraban que tal silencio sólo podía ser la llave que guardara un secreto turbio relacionado con la guerra. A Galán le suponían preso de su pasado.

Con la excusa de celebrarle alguna intervención en la tertulia, le invité varias veces a café. Los dejaba pagados y me iba sin decirle nada para evitar que se sintiera coaccionado por la deuda. Más tarde, cuando me agradeció mis atenciones, le acompañé con aguardientes que pagaba de mi bolsillo. Respondía con mi silencio al suyo con la esperanza de que algún día rompiera su mutismo. Fue en vano. Hasta que un día me acerqué al café París. El local era excesivamente estrecho, las paredes de color verde gastado, tan rancio como los gritos de las conversaciones y el humo de los cigarrillos, pero siempre podía escucharse algo de interés. Al abrir la puerta me vi empujado hacia atrás. Alguien salió violentamente y cayó al suelo. Era Galán, intoxicado por el alcohol. Le ayudé a incorporarse, se zafó de mis brazos, volvió a abrir la puerta e insultó desaforadamente a la parroquia. Los insultos le resbalaban de la boca sílaba a sílaba y utilizaba palabras raídas y ya en desuso que causaban más risa que enfado. La ira le había dado color a sus carnes fofas y era tal su furia que ni siquiera tuve que rogarle que me acompañara. Sencillamente me dejé llevar por él hasta una cantina pequeña y limpia no muy lejos de allí. Esta vez mis invitaciones tuvieron el efecto deseado. Galán habló y lo hizo de sí mismo.

Quizás no convenga desvelar los detalles, pues las miserias de cada uno conviene ocultarlas a los ojos de los no avisados. Bebía Galán en el café París. Se hablaba esa noche de cobardes y valientes. De los primeros con admiración, de los segundos con desprecio. Galán bebía y escuchaba imponiéndose silencio a sí mismo, pero el alcohol oxidó sus defensas. Una vez quebradas éstas salió toda la rabia que guardan en su alma aquellos que se desprecian a sí mismos, esclavos de sus propias vergüenzas. Las de Galán, según pude colegir, no eran sino el resultado inevitable de esos años de plomo. Hubo quien aguantó o murió con dignidad, valor o discreción. Otros lo hicieron de forma más mezquina, dejándose arrastrar por los lodos del alma humana. La de Galán es una historia de tantas. Pasó de un bando a otro movido por el miedo y las circunstancias, que tenían nombre de mujer. Ruegos y promesas, vanas ilusiones de un futuro en paz, adhesión inquebrantable a un ideal ajeno, compromiso y juramento. El miedo le llevó a la desafección y a abandonar a una muchacha buena que le necesitaba. Galán me explicó entonces la diferencia entre fuga y huida. Si bien ambas denotan celeridad y apresuramiento, la fuga es épica; a la huida, en cambio, la acechan las sombras del recelo. Galán huyó y buscó el modo de hacerlo radicalmente. Se acogió a la desbandada y marchó con aquellos con los que compartía ahora nuevo país y nueva vida. Estos eran los que se habían fugado. El tormento y la vergüenza forjaron su silencio. Pretendía restañar sus heridas con la bebida. Esfuerzo vano. Condenado a soportarse hasta el final, soñaba con un regreso expiatorio que sabía imposible.

  1. Lola

    Brema digame, por piedad, quien es el monstruo que escribe estos “Encuentros improbables”. Estoy que no duermo …

  2. Lola

    Lo de monstruo es desde el cariño y la admiracion mas absoluta … 🙂 Son buenisimos. ¡Esto hay que publicarlo y ya esta tardando! Un besiño.

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