La biblioteca fantasma

Encuentros improbables (II)


La constancia de la derrota

Fueron enemigos en el mismo bando. Nada más parecían tener en común, pero ambos coincidían en el oprobio del asesinato. Se arrastraron por las cloacas del alma humana, fueron conscientes de ello y lo asumieron con coraje. Ese recio espíritu también les unía y parecieron reconocerlo en el otro cuando se dieron la mano con firmeza. Durante la guerra supieron de sus respectivas hazañas. De sus vidas al huir de España debieron de enterarse por amigos o conocidos; quizás por los chismes y habladurías que se aventaban en las peñas de los cafés y que terminaban tomando la consistencia pétrea de las verdades incuestionables.

Desconozco quién urdió el encuentro y qué motivos tuvo para ello. Quizás fue casual, pues al fin y al cabo el Café París era uno de los más conocidos entre los exiliados en México. El comunista Castro, fundador del Quinto Regimiento, y el anarquista García Oliver, ministro durante la guerra, estaban sentados frente a frente en un rincón discreto del local. Al principio, mientras pidieron sus cafés y el camarero los servía con rutinaria ceremonia, se observaron en silencio, rotas las distancias por una sonrisa apenas esbozada. Ambos eran altivos y orgullosos, redichos en la frase, de ademanes contundentes y gestos casi histriónicos. Si la derrota les imprimió algo de humildad no la dejaban traslucir. Parecían olfatearse como perros viejos y buscar en los ojos del interlocutor algún atisbo de debilidad; se estudiaban minuciosamente, desde la ropa hasta los gestos, mas con discreción y disimulo: apenas el disparo de una mirada tan fugaz como efectiva.

Quienes estábamos cerca de ellos y les reconocimos previmos una batalla de titanes. Es lo que podía esperarse de dos hombres de acción, aguerridos e implacables, que habían luchado con ahínco sirviendo a ideologías antagónicas. Todavía lloraban nuestros ojos el polvo de los bombardeos y olíamos cadáver algunas noches lóbregas, pues pese a los años transcurridos la guerra seguía muy presente en nosotros. Esperábamos con naturalidad un encuentro inevitablemente cargado de violencia.

No hubo tal. Su conversación la absorbía el griterío de las tertulias contiguas; la densidad caliginosa del humo de los cigarros y los puros apresaba sus palabras y las hacía ininteligibles para quienes tratábamos de escuchar algo, aunque fuera de refilón. Ambos gesticulaban suavemente con ademanes aritméticos. García Oliver utilizaba el índice como batuta que dirigiera su discurso; Castro alzaba la barbilla y adelantaba el cuerpo para luego recostarse de nuevo en el respaldo. No exudaban orgullo en su plática. Ni el anarquista parecía imponer sus opiniones ni el comunista pontificaba con tozudez. Habían sido enemigos en el mismo bando y no parecían reprocharse nada. Al contrario, alguna sonrisa de condescendencia parecía marcar un acuerdo en algo primigenio y esencial. Algo amargo que caía al final de una frase, en una mirada o un gesto, como caen tristes y abandonadas las hojas en otoño. Quizás García Oliver mostrara sinceramente su contrariedad ante la división de sus grupos anarquistas, por lo irreconciliable de las posturas ortodoxas y heterodoxas, por la incapacidad de llevar a cabo una política de unidad que permitiera una oposición solvente al régimen franquista. Quizás Castro hablara de su rabia de renegado, de su pérdida de fe en el ideal comunista impuesto desde Rusia, de su miedo ante una maquinaria puesta en marcha para aniquilarle por traidor a él, traicionado.

Marcharon como vinieron. Castro el primero, con un saludo casi marcial. García Oliver demorándose en los abrazos y la despedida. Tomaron rumbos distintos.

El lánguido eco de la conversación traía resonancias de amargura y de resignación, de la soledad inevitable del relapso que insiste en su pecado, de cuentas pendientes que nunca serían saldadas, de una angustia insondable que sólo hallara acomodo empozada en la derrota.