La biblioteca fantasma

Encuentros improbables (I)


El renegado, consigo mismo

Esta tarde he expiado seis años de impostura y de traición. Al salir del café la algarabía de las calles no ha logrado enturbiar la calma que, al fin, he conseguido después de tanto tiempo. Los gritos de las vendedoras restallaban con fuerza sobre el empedrado y el sol imponía su brasa coactiva en las gentes. Me concentraba en darle forma a mi repentina resolución, de tal manera que el bullicio ha quedado reducido en mis oídos a un murmullo y el acento mexicano, de tan diluido y suavizado, me sonaba ajeno, como si fuera ruso lo que hablaban las verduleras o los buhoneros que pregonaban su mercancía con la cadencia desgarrada de las oraciones. Al llegar a casa me he refrescado. Las contraventanas del salón dejaban pasar apenas un poco de luz. El calor ha quedado fuera, pudriendo las basuras y levantando de los charcos un vaho mefítico. Me he sentado frente a la máquina de escribir y con el ímpetu del trabajo rutinario he tecleado mi nombre en clave y la fecha de hoy, 16 de julio de 1948. La penumbra parecía haberse tragado los ruidos de los vecinos. Tampoco el trajín de la calle acudía a romper el silencio. Son las horas muertas del barrio. Cuando escribo durante estos instantes el monótono tableteo de la máquina rebota en las paredes de mi casa vacía y cada pulsación es un disparo. Hoy no he podido continuar.

Aquí, en México, levantas una piedra y se escurren como cucarachas media docena de espías y delatores, desde chivatos que se venden por un trago de pulque hasta burócratas del crimen, los maestros de la entropía. A todos les reconozco: a los impostores nos resulta difícil engañarnos entre nosotros. Yo llegué enviado por Falange años después de que sus servicios de información quedaran desmantelados en 1938 debido a las exageradas denuncias de un periodista norteamericano. Quedé reo aquí, depurado por mi pasado sospechoso, obligado a recoger informaciones de bajo nivel y a esbozar la crónica diaria de los desterrados. En estos años he tratado de reafirmar mi ideología y de considerar a este hato de humanos como enemigos de la Patria. A veces, pocas, dan pie a forjar esta idea. Los hay miserables, amorales, pervertidos, sucios y canallas; también políticamente peligrosos, y a todos ellos me aferro para justificar mi labor. Mi tendencia a la conformidad y mi holgazanería frente a las llamadas imperiosas de la vida me han permitido acomodarme a mi destino. He vivido aborregado por mi carácter y por la asunción de una ideología que llegó a entusiasmarme sólo en mis años en Burgos, durante la guerra. No he sido capaz de sentir ni odio ni compasión por estos españoles que esconden la amargura de su derrota en la esperanza de un regreso victorioso. He cumplido con mi trabajo y sólo la rutina gris y su mezquindad han evitado que el desprecio que pudiera sentir por mí mismo me llevara a la desesperación.

Les he estudiado minuciosamente. Conozco la gravedad de su rencor y el peso de su nostalgia. Sé de sus odios y sus desesperanzas y he sido testigo de cómo construían sus ilusiones con paciencia artesanal. A algunos, los menos, les he visto dudar. Noto en ellos mi propia desazón. Por no dudar de sí mismos cuestionan su adoctrinamiento, la imposición de los principios que les llevaron a tomar partido, a trabajar la mentira, a asesinar incluso. De los que dudan, algunos recaen y se asegundan, cargándose de razón. Otros, en cambio, reniegan de su fe, cambian de partido y abrazan las ideas contrarias a las que han mantenido estos años de plomo. Los hay que caen en la herejía y pretenden remodelar aquello que les llevó al comunismo, al anarquismo. Incapaces de desasirse del turbión político, de abandonar el sueño de la revolución, insisten en ella por otros medios. Mas yo no busco otro credo al que encadenarme. No me considero afín a estos españoles exiliados que alimentan su gregarismo con lágrimas y nostalgias. Me escupirían si abandonara mi impostura y me uniese a ellos. Sólo quiero ser libre y las circunstancias me obligan a serlo en mi país. No puedo quedarme aquí. He de encontrar la manera de volver. Quiero ser un hombre digno.