La biblioteca fantasma

Rusia, mi padre y yo

por Reinhard

La liquidación por cierre o traslado de una librería siempre lleva consigo un efecto positivo, que no es otro que la posibilidad de adquirir una montaña de libros viejos a un precio más que asequible. En uno de estos cierres me pude hacer con una peculiar obra sobre la figura de Stalin, Rusia, mi padre y yo ( Veinte cartas a un amigo), obra que editó Planeta en 1.967, el mismo año que la autora, Svetlana, única hija del padrecito, llegó a Nueva York huyendo de una Unión Soviética que hacía ya años, tras el famoso informe secreto de Jruschov, que había condenado el culto a la personalidad y expulsado del olimpo de sus dioses a Iósif Visariónovich Dzhugashvili. No estamos ante la obra de un historiador más o menos desapasionado, sino ante los recuerdos y vivencias, desde la niñez hasta la edad madura y a través del género epistolar, de la hija del hombre hecho de acero, lo que nos sirve para obtener un retrato, por supuesto subjetivo pero no exento de veracidad, de uno de los hombre más poderosos de la historia y con una personalidad difícil de evaluar, de ahí la importancia y el calibre de la opinión que de él pueda emitir su única hija.

Es significativa, por lo que tiene de identificación con uno de los progenitores y el distanciamiento con el otro, la dedicatoria de la obra, A la memoria de mi madre, Nadia Alilúyeva, segunda mujer de Stalin y muerta en extrañas circunstancias cuando la autora tenía seis años de edad, un episodio que dio lugar a toda clase de rumores y especulaciones, bulos que al final quedaron en evidencia, pues se trató de un suicidio en el que Stalin solamente pudo intervenir de manera tangencial, indirecta, desquiciando con su carácter a la única mujer que lo pudo seducir. El contenido de las diferentes cartas no guarda un orden cronológico con los acontecimientos vividos, pues se inician con la muerte del dictador, rodeado de sus más estrechos colaboradores, los Beria ( un magnífico tipo moderno de cortesano astuto, encarnación de la perfidia oriental, de la lisonja y de la hipocresía), Jruschov, Kaganóvich, Bulganin…leyendas todas de la Revolución que lloran el cuerpo sin vida del amigo pero que velan las armas que utilizarán en la lucha por la sucesión. Svetlana no acierta a definir sus sentimientos en aquella ocasión, tan solo describe una sensación de enorme vacío que deviene inexplicable, extraña, pues nos habla entre lágrimas de un mal padre y una mala hija. De ahí, de ese velatorio, arranca el repaso a treinta años de existencia, la felicidad de la niñez, situada en la casa de veraneo en Zubálovo, siempre llena de gente, con la figura insuperable de la madre, una referencia absoluta en contraste con un padre que a medida que fue atesorando poder se alejó más y más de los hijos y de la esposa, de todos los suyos, para encerrarse en el círculo nacional, el de los georgianos, siendo ahí, en esa camarilla de personajes surrealistas, donde la autora retrata al Stalin más frío e inhumano, al hombre convertido ya en mito, la leyenda que solo atiende al curso de la guerra y a la represión feroz del enemigo interior. Es ahí, con breves y sencillas pinceladas de lo que se cocía entre los bastidores del Kremlin, cuando conocemos al Stalin más cruel y despiadado, un indolente que no movió un dedo para liberar a su hijo Yákov, hermanastro de Svetlana y prisionero de los alemanes en un campo ce concentración, rechazando un canje por el mariscal Paulus con un lacónico… la Unión Soviética no cambia mariscales por soldados; o cómo permaneció impasible ante la autodestrucción por el alcohol de su otro hijo, Vasili. Un hombre que no se inmutó ante las purgas de Yezhov primero, de Beria después, aunque éstas se llevasen por delante a los amigos de la familia, como Redens y otros. Para su hija el punto de inflexión en esta actitud son las muertes de Nadia, de la que se creía responsable, y de Kírov, uno de sus íntimos amigos.

Es tras el suicidio de la madre cuando Svetlana descubre a su verdadero padre, un hombre al que solamente ve de manera esporádica, que delega por completo el cuidado de la hija en la aya y en una severa institutriz y que se limita a intercambiar cartas en las que de alguna manera intenta justificarse:

¡Salud, gorrioncito mío!

No te enfades conmigo si no te he contestado en seguida. He estado muy ocupado. Sigo vivo; la salud, buena; me siento bien.

Besos fuertes, muy fuertes, a mi gorrioncito…


La llegada de la guerra ensancha la distancia, pero no es obstáculo para que se rompa definitivamente la relación entre padre e hija: Stalin frenó en seco el romance entre ella y su pretendiente, el escritor Alexéi Kápler, de la forma más severa, como gustaba tratar a los intelectuales: Gulag y destierro.

La última carta, Que el futuro nos juzgue, constituye un severo alegato contra el sistema que tan bien representó su padre, un recuerdo para los millones de absurdas víctimas y un deseo de que pronto lleguen las nuevas generaciones que serán las que deberán emitir el veredicto final: Difícil será que llamen a nuestro tiempo progresivo y difícilmente dirán que fue en bien de la gran Rusia. Difícilmente. Al igual que muchos escritores rusos, por no decir todos, Svetlana no puede dejar de amar a la tierra …..mi querida Rusia, entrañable, maravillosa, irreflexiva y despiadada, me alumbras y me consuelas y nadie ha podio denigrarte a mis ojos..De no haberme alumbrado la luz eterna de tu verdad y tu bondad, tiempo haría ya que habría deslizado mi cabeza en un lazo de modo que no hubiera podio desprenderme de él…..en esta maravillosa tierra mía verde y azul…

  1. Emilio Quintana

    Seguro que < HREF="http://www.einaudi.it/einaudi/ita/catalogo/scheda.jsp?isbn=978880619610&ed=87" REL="nofollow">este libro<> le interesa. Acaba de salir en Italia.

  2. aurora vallverdú cerqueda

    ME GUSTARIA ENCONTRAR ESTE LIBRO Y ME DICEN QUE ES MUY ANTIGUO Y YA NO ES POSIBLE
    ¿PODRIAN USTEDES DARME INFORMACIÓN SOBRE DONDE PUEDO ENCONTRARLO?
    MUCHAS GRACIAS

    UN SALUDO

    AURORA

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