La biblioteca fantasma

Reportaje al pie de la horca

por Reinhard

Innumerables son en la historia de la literatura las memorias, diarios o simples anotaciones realizadas por presos durante su cautiverio, pero no todas ellas consiguen ver la luz en vida de su autor, siendo el caso más dramático el del preso escritor que debe finiquitar su obra antes de lo previsto porque sabe, o intuye con poco margen para la esperanza, que acabará siendo ejecutado, que su sentencia de muerte terminará por dictarse y cumplirse. Julius Fučík escribió este Reportaje, breve pero demoledor, sencillo pero bien construido, en algo más de un año y en la oscuridad de su celda, el período que pasó en la prisión de Pankrác, en Praga, tras su detención por la Gestapo en la primavera, otra más en la historia de esa ciudad, de 1.942, por pertenecer a una célula muy activa del partido comunista checo en lo que entonces era un protectorado del Reich.

Fučík, periodista y escritor, recibió lápiz y papel de manos de uno de sus guardianes, también checo, que no se conformó con otorgar un trato de favor a los compatriotas allí recluidos, sino que buscó con ahínco, y al final consiguió, que el escritor, tras su inicial negativa ante lo complicado de la tarea, dejase testimonio de la vida en la prisión, de las torturas padecidas, de la resistencia de aquellos que tarde o temprano terminaban partiendo con destino a Berlín para ser juzgados, o de los que se perdían, sin juicio previo, en la noche y la niebla de los trenes hacia Polonia. Sería el mismo guardián, Adolf Kolinsky, el que recibiría el manuscrito de Fučík antes de que éste fuese trasladado a Berlín, para más tarde, y ya terminada la guerra, hacerlo llegar a su viuda, Gusta, superviviente de Ravensbrück, que sería la que finalmente se encargaría de su publicación.

La obra se puede dividir en tres partes bien diferenciadas; la primera relata la detención e ingreso en prisión, las innumerables torturas que buscan un principal objetivo que no encontrarán, la delación, la traición a los compañeros, así como también la aniquilación física y moral del detenido. Magnífica por su emotividad es la descripción de sus dos compañeros de celda, padre e hijo, que le brindan los primeros cuidados cuando las torturas son más brutales, que le obligan a ingerir la basura que se sirve como comida, un rancho que al final resultará casi un manjar imprescindible para sobrevivir. Finalmente, esa hermandad se verá fatalmente alterada por el traslado del hijo, Karel, a una muerte segura, quedando entonces el Padre– ese será su nombre en la novela- bajo el manto protector de un Fučík bastante recuperado y ya lanzado a la escritura.

La segunda parte describe el día a día en la prisión a la espera de la resolución del expediente personal: las salidas al patio y la comunicación clandestina con el exterior gracias a la colaboración de algunos guardianes checos, los nuevos y persistentes interrogatorios, ya más livianos pero no menos tortuosos por su refinamiento, como cuando el autor realiza salidas al exterior acompañado por sus verdugos, lo que le obliga a contemplar y admirar la belleza primaveral de su ciudad, o la llegada de nuevos presos, viejos conocidos de la clandestinidad, alguno de los cuales no podrá resistir la dureza de los interrogatorios, pero que no por ello van a recibir el desprecio de un narrador que en todo momento asume y comprende la imperfección humana, o las noticias sobre la detención de su mujer, con visita incluida a la prisión para intentar doblegarlo, o la captura de otra chica joven, Lída, amiga del autor cuya entereza y fidelidad a la causa sirve para glosar la obediencia ciega al Partido, para el que cualquier sacrificio es poco, ya que se pertenece a él antes que a uno mismo. Pero el contacto con el exterior, la noticia que atraviesa los muros y que relata el hundimiento del ocupante en Stalingrado, también sirve para que se filtre la esperanza entre los detenidos, virtualmente condenados.

Especialmente significativa por su originalidad es la parte final, aquella en la que el autor describe a sus guardianes: alemanes, checos y extranjeros al servicio de los primeros. Pequeñas pinceladas sirven para retratar la brutalidad de personajes mediocres como el director de la prisión, otra vez la banalidad del mal y el cumplimiento del deber como coartada, pero también la grandeza de otros: Kolín, el que le entrega lápiz y papel y hace todo lo posible para que las notas se redacten y vean la luz; el enfermero, Weisner, que cuida las heridas de Fučík de manera honesta y diligente, pero con indiferencia, la misma que profesa hacia un sistema en el que se ve atrapado; el nuestro, varios personajes en uno, policías checos que, obligados a prestar ese servicio en la prisión, hacen todo lo posible por ayudar a sus compatriotas…

La obra guarda bastantes y notables paralelismos con otra novela emblemática, La noche quedó atrás, de Jan Valtin: la resistencia frente a la tortura, la entereza de los personajes y actores principales y la fe ciega en un ideario para el que cualquier sacrificio es poco: Yo pertenezco a la Causa, afirmaba Valtin con orgullo ante las mayores adversidades. La diferencia, cruel, reside en que éste sobrevivió para explicarlo con todo lujo de detalles, mientras que Fučík acabó en el patíbulo en cumplimiento de una sentencia que ya estaba redactada desde el mismo momento de su detención, y así lo relata el autor en el último capítulo, ya casi al pie de la horca:

El 9 de junio de 1.943. Ante mi celda hay colgado un cinturón. Mi cinturón. La señal de partida. Por la noche me llevarán al Reich, al juicio, y etc. ¡Etcétera! El tiempo hambriento arranca los últimos bocados del pequeño trozo de mi vida. Cuatrocientos once días en Pankrác, que pasaron con una rapidez increíble.¿ Cuántos me quedan todavía? ¿Dónde? ¿Y cómo? Seguramente ya no tendré ocasión de escribir. He aquí, pues, mi último testimonio. Un trozo de historia, del que soy, sin duda, el último testigo vivo.

  1. Bremaneur

    Reinhard, gracias por la reseña. Tengo el libro desde hace ya tiempo y hasta ahora sólo he leído fragmentos, algunos de una intensidad insoportable.

  2. Reinhard

    De nada, hombre; a ver si le hinca usted el diente al libro, pues merece la pena, aunque sea un poco duro y cause desasosiego.

  3. el rufián melancólico

    Excelente reseña Reinhard. No conocía al personaje y su memoria al pie de la horca. Intentaré hacerme con ella cuanto antes.

  4. Reinhard

    Gracias, Rufián. La obra es fácilmente asequible en el mercadillo virtual. Hasta hace bien poco tampoco la conocía, pero fue Bremaneur quien, comentando otro asunto y de rebote, me habló de ella.

  5. el rufián melancólico

    Algún día habrá que hacer justicia a la colección de bolsillo de Bruguera. ¡Cuantos títulos excelentes!

  6. Bremaneur

    Así es, Rufián. A mi vista tengo el Diario de un hombre engañado, de Drieu; El puente de san Luis Rey, de Thornton N. Wilder; La noche de Walburga, de Gustav Meyrink; Historia de la columna infame, de Alessandro Manzoni; El trueno dorado, de Valle Inclán; La hierba roja, de Boris Vian (y tengo muchos más de Vian en España). De su colección de novela negra aquí sólo tengo tres, dos de las mejores obras de Pérez Merinero (El ángel triste y Días de guardar) y una de Mario Lacruz, El inocente. En la BF hemos hablado también de La inferioridad mental de la mujer, y recuerdo tener por casa Los contactos furtivos, de Antonio Rabinad. No sólo era una colección soberbia por sus títulos, sino por su diseño. Son libros irrompibles. Compárense, por ejemplo, con los de la colección Compactos de Anagrama.

  7. Bremaneur

    Que sepamos, el Fedemico no va a escribir a mi jefa, al jefe de mi jefa y al jefe del jefe de mi jefa adjuntando una “selección” de posts de este menda (debidamente “aderezados”, si es preciso) solicitando mi despido inmediato.

Los comentarios están cerrados.