La biblioteca fantasma

Sombras

Voy a hablar de un libro que leí hace mucho tiempo y del que recuerdo muy poco. Ya sé que no es manera de presentar nada, pero si fuese más estricto y ambicioso y menos vago e indiferente estaría escribiendo, qué sé yo, en el suplemento dominical de La voz de Ágreda y no aquí, en este impúdico y solitario rincón.

El libro lo compré por consejo de un amigo que me acompañaba en una de esas felices y ahora fantasmas tardes en las que mi única ocupación era patear Barcelona en busca de libros, beber cerveza en el Nuribel con las bolsas llenas al lado y gozar de la amistad despreocupada aunque fuera en silencio. No recuerdo dónde adquirí este tomito de la editorial Aguilar, pero sí soy consciente de la impresión que produjo su lectura.

Precisemos algo: el libro es una novela que elogia la amistad y la camaradería entre los hombres y execra de la mujer y su capacidad natural de aniquilación de todo espíritu noble. Es un tema muy manido a estas alturas y despreciado por la minoría selecta que rechaza la autocompasión, la queja y la amargura. Pero no recuerdo que la novela adolezca de tales aberraciones. La recuerdo vital y hermosa, pese al pesimismo que exuda ese título delicuescente. Quizás haya que excusar al autor: fue su primera novela y cabe pensar por ello que la parió joven y por lo tanto equivocado.

Pese a tanta precaución, instigada sin duda por mi alma débil y temerosa, conviene decir que el libro es excelente y que no dudaría en llevármelo a una isla desierta junto con el iPhone, mi muñeca hinchable, unas semillas de lúpulo y de cebada y un par de toneladas de pistachos Sönmez.

El libro me ha venido a la memoria de repente, en estos tiempos de espera en que el muro se eleva inmisericorde, como siempre, con los ladrillos de la incomunicación, la soledad, la culpa y el silencio. No voy a resumirles lo que sucede ni a hablar de protagonista alguno. Baste decir que se titula The light that failed, que se tradujo al español como La luz que se apaga y que su autor es Rudyard Kipling. Tengo tres ediciones distintas, capricho fetichista y absurdo sólo en apariencia.


  1. Reinhard

    Desconozco obra y autor, así que no le podré decir aquello tan familiar de “excelente reseña, amigo Bremaneur. Un abrazo”.¿ El Nuribel?Le veo crepuscular, será la estación.

  2. Bremaneur

    Excelente comentario, amigo Reinhard. Discreta y mesurada a la par que original. Un abrazo.¿La estación? Je, je, sí: en la del Norte. El Nuribel era uno de esos bares donde se daban cita policías, vagabundos, putas, travestís con bigote y taxistas. Un micromundo que da para mucho, sobre todo para recuperarlo y quitarle al costumbrismo la pátina de desprecio que tiene y que no merece.

  3. Reinhard

    ¿ La estación del Norte? Je, je, por motivos profesionales, que no desvelaré, paso con frecuencia cerca de allí. Hace años, bastantes, tenía su encanto: soldados que iban a la mili, jóvenes con pocos medios que se iban de vacaciones,policías en busca de grifa; últimamente tiene un aire pedantesco que marea, y hasta creo que de verde quieren pintarla.

  4. Bremaneur

    Tengo un recuerdo infantil muy nítido de esa estación. Era la primera vez que viajaba en autocar al pueblo, cuando uno tenía que decirle al conductor que parara junto al hostal, porque la parada oficial era cincuenta quilómetros más allá, en Soria. Viajé con mi madre y debieron de ser los últimos billetes, porque no teníamos asiento contiguo. Yo estaba muy asustado, porque no quería viajar sin mi madre al lado. Coincidimos en el autocar con un señor del mismo pueblo que el nuestro y nos cedió su asiento. Todavía recuerdo que mi madre me dijo que eso no era lo habitual, y que si no hubiésemos tenido la suerte de encontrar a aquella persona tendríamos que haber viajado separados sin queja alguna por mi parte. En la televisión creo que pusieron una de ésas de chinos pegando saltos y dándose de hostias, pero no estoy seguro.Otra escena infantil de la estación: recuerdo estar esperando el autocar por la mañana, muy temprano. El bar estaba situado en los andenes, y era uno de esos bares típico de principios de los ochenta, con sus solysombras y sus pícnicos pinchos de tortilla de patatas. Hacía frío, un frío de cojones, y el bar estaba lleno de pueblerinos esperando su coche. Para mí todo aquello tenía el aspecto de una aventura, y no sé si era por ver a tanto desconocido con quien iba a compartir horas de viaje o por el mero hecho de viajar, de huir, de largarse de allí.

  5. Reinhard

    Usted es insultantemente joven: vamos, que de niño hace un viaje en autocar y le ponen una película de chinos. Pa cagarse. Qué esperpento. La primera vez que vi una peli en autocar, ha llovido un poco pese a la pertinaz sequía, fue cuando subía al cuartel desde Barcelona, o sea, la mili- ¿ qué coño era eso, dirá usted?-; casi nunca las veía, pues era domingo tarde y arrastraba la resaca de la juventud.

  6. Rubín de Cendoya

    Jóvenes, películas en el autocar!. Eso es de hace nada, aunque fueran del “Beta”.Si hubieran conocido Vds. esos autocares mixtos, con una zona de carga para ganado en la parte trasera y cuatro filas de asientos corridos delante.El viaje no duraba más de una hora, hasta la feria del pueblo grande, pero la aventura.. para una quincena nos daba.Muy bueno el post y sus comentarios.

  7. Neguev and me

    Los que somos de la capital, no tenemos esas vivencias de viajes en autocar. Es una lástima, porque jamás podremos hacer una road movie

  8. Bremaneur

    Recuerdo también al señor ese que nos cedió el asiento en el autobús saliendo de la habitación de mi madre en camiseta imperio y calzoncillos.-Los favores hay que pagarlos siempre, Sergio- me dijo mi madre con la cara muy colorada.

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