La biblioteca fantasma

Pocos gozos y muchas sombras

Inicio, por tercera o cuarta vez, la relectura de Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester. Fue la primera novela suya que leí. Hubo una época, en Barcelona, en que una caja de ahorros regalaba libros no sé si por abrir una cuenta o por meter dinero en ella. Estos libros ocupaban parte de mis estanterías, entre las lecturas obligatorias del instituto y algunos ejemplares que ya empezaba a comprar por mi cuenta en rastros y mercadillos. Estos libros bancarios solían ser noveluchas de portadas atroces que habían servido de guión para alguna película. Recuerdo ahora Enjambre, Shogun, Yo, Claudio y otra cuya trama era una intriga mezclada con mordiscos de tiburones. Empecé a hojearlos siguiendo el rastro de escenas eróticas, con la esperanza de que sobrepasaran el erotismo y llegaran a la pornografía, y llegué a leer alguno de ellos. Entonces uno tenía tiempo y las cosas eran más fáciles, al menos vistas desde ahora. Un día, preso de la ansiedad que me producía –y aún hoy me produce- la falta de lectura, y en uno de esos momentos indeterminados en que se duda ante los libros como se duda ante las putas en un burdel, tomé entre mis manos El señor llega, primera parte de la trilogía. Era una de esas ediciones promovidas por la caja de ahorros, y eso alimentó mis suspicacias sobre el contenido. Que el libro hiciera referencia a una serie televisiva que me sonaba vagamente, las engordó. Quizás Charo López, cuya fotografía reinaba en la cubierta, sirviera para anular mi desconfianza. El caso es que leí las primeras líneas y aquellos párrafos en cursiva me cautivaron desde el principio. Hablaban de los emigrados, de los que se van, de los que vuelven y de los que nunca regresan. Era un tema que por entonces empezó a interesarme, y algún motivo sustancial habría, vista ahora mi derrota por estos mundos de Dios.

Hallábase en ese libro, que leí de forma compulsiva y casi de un tirón, el secreto del alma humana, si bien entonces no alcanzaba a comprenderlo en toda su extensión. Espero que se me entienda: hoy tampoco lo he conseguido, pues entre la torpeza, la falta de experiencia y cierta ingenuidad de la que no logro desprenderme se me hace muy difícil asimilar la sabiduría que se desprende de la creación de esos personajes malditos por su circunstancia o por su destino. El poder y la servidumbre, el cinismo y el conformismo, el pecado y la pasión, la utopía y el desencanto, la entereza y la mezquindad, todo ello conformaba un mundo que era el que tenía delante de mis narices, fuera de los papeles, y que entonces no veía claramente, y hoy quizás vislumbre algo más.

Todo en el libro me fascinaba. Desde la escritura, un prodigio de precisión formal y conceptual, hasta esos personajes que trascendían cualquier cosa leída hasta entonces. Por encima de la protagonista evidente de la novela, que es Clara Aldán, gracias a su “superioridad humana”, como dice el propio GTB, siempre me fascinó el personaje de Carlos: por su abulia, su lucha consigo mismo, su extraordinaria capacidad de análisis, su distancia y su sometimiento final al destino. Más adelante, en las siguientes relecturas del libro y en textos que sobre él se han escrito, descubrí que Carlos no era sino la continuación, perfeccionada desde el punto de vista literario, de Javier Mariño, protagonista de la primera novela de Torrente. Estas cuestiones, mucho más precisas, pueden seguirse en el libro, primordial, Guardo la voz, cedo la palabra: conversaciones con Gonzalo Torrente Ballester, de Carmen Becerra.

Cada relectura trae algo nuevo. En la anterior fue el descubrimiento de una coincidencia: tanto Pueblanueva del Conde, ciudad donde transcurre esta novela, como Castroforte del Baralla, ciudad en la que transcurre La saga/fuga de J. B., están bordeadas por dos ríos. En el caso de Pueblanueva, uno es limpio y el otro sucio; en el caso de Castroforte, uno es de aguas mansas y el otro de aguas turbulentas. Pensé que esta dualidad hacía referencia a la dicotomía del bien y del mal. Pero hablando de ello estos días, se me ha descubierto otra posibilidad más apropiada: se alude al instinto y la razón. En el caso de Castroforte se hace más evidente: “El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en él como en un espejo, y hay que apartarse deprisa, porque en los adentros del que se mira nace enseguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio, a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso, sino camino, ofrece; no tumba, sino vehículo”. El Mendo, de aguas tan lentas que uno sí puede bañarse dos veces en ellas, el río del suicidio, es el río de Parménides, el símbolo de la razón; en cambio, el Baralla, el de la aventura, en el que uno no puede bañarse dos veces, es el río de Heráclito, el que simboliza el instinto. Los protagonistas de estas novelas bien pueden agruparse alguna de las dos categorías, fuera de aquéllos que luchan contra su contradicción y acogen ambas en su ser.

En esta relectura he detectado algo tras lo que iba desde hace tiempo. El final de uno de los personajes, el hermano de Clara, Juan Aldán, siempre me hizo sospechar que éste reunía algunas características biográficas del propio Torrente. GTB dice que Aldán tiene una referencia real a la que quiere ser fiel. Posiblemente –y creo que lo tengo leído por algún sitio, si bien me puedo equivocar- no sea él mismo, pero sí hay algunos elementos que me hacen pensar que hay algunas interferencias personales. Del final de Aldán no quiero hablar, no vaya a ser que le estropeemos a alguien la lectura (si es que hay alguien que después de leer este coñazo se avenga a iniciarla), pero sí quiero hacer constar que, como Torrente, Aldán estudia por libre Derecho y Letras. Y hay otra referencia, anarquista, que une de alguna forma al personaje con el autor. Se trata de la mención al periódico La Tierra, donde Torrente colaboró con un cuento y varias críticas teatrales. Ese periódico lo dirigía quien entonces era su amigo, Eduardo de Guzmán. He de decir que lo que conecta a Aldán con Torrente es algo muy vago: Aldán vive en una pensión de la calle de Jardines, frente a la redacción del periódico.

Hay otra cosa más: la destrucción. Hay destrucción final en Javier Mariño, la hay en Los gozos y las sombras y la hay también en Fragmentos de Apocalipsis. Si bien las tres son distintas -no tanto entre las dos primeras novelas- todas pueden tener una causa común, que es la que esboza, hablando sólo de la última, Ana Gómez-Pérez en Las trampas de la memoria. Pero de esto ya habrá tiempo de hablar.

En fin, con estas minucias va pasando uno el rato, que es de lo que se trata. Si antaño gozábamos de las sombras oyendo el Tubular Bells, que se acoplaba perfectamente al ritmo formal y argumental del libro, hogaño se ensombrecen nuestros gozos con el atenuante de la lectura acompañada de un vino y algo de tortilla, a la manera de los almuerzos que Carlos Deza tomaba en su pazo, antes de que ordenara echar abajo el tabique que ocultaba su pasado.

  1. Reinhard

    Yo soy algo más viejo; otro libro “crediticio”, anterior a los que usted cita, fue aquél de Kunta Kinte, Raíces.

  2. Roxana

    ¡Qué horror, Brema, estoy hasta arriba de trabajo y ahora no tengo más remedio que dejarlo todo suspendido en el aire y volver a leer “Los gozos y las sombras”!

  3. Neguev and me

    Estoy por rebuscar en la biblioteca llena de polvo y releer “Crónicas del rey pasmado”.O, quizás, si fuera posible encontrar una de los capítulos de esa fantástica serie Raices cambie de idea.

  4. Bremaneur

    La venida de Carlos Deza a Pueblanueva del Conde, si bien se considera, no fue venida, sino regreso. La precedieron anuncios, y aun profecías, especie de bombo y platillos con los que se quiso como de acuerdo, rodearla de importancia; y hubiera estado bien si las esperanzas levantadas con tanta música no hubieran de ser desbaratadas luego por el propio interesado.Pero la música y la bambolla estuvieron de más. Carlos se fue, o más bien se lo llevaron, cuando era muchacho, y más tarde regresó. El número de los que vuelven nunca es tan grande como el de los que se van, y no puede decirse que todos los que regresan hayan de ser considerados como personajes. Unos traen dinero, automóvil y una leontina; otros, más modestos, un sombrero de paja y un acordeón; los más, una enfermedad de la que mueren, y todos, todos, el acento cambiado y cierta afición a hablar de los que todavía quedan en la emigración, de los que han de volver y de los que ya no volverán, por vergüenza de su mala suerte o porque se han muerto. En cierto modo, todos éstos forman grupo; en la calle, los días de feria, o en el Casino, si son socios; por haber estado lejos y haber visto mundo, se les considera, y por la experiencia que tienen, se les consulta sobre las elecciones, o si conviene poner la fuente nueva aquí o allá, o si verdaderamente importa mantener las líneas de autobuses con La Coruña o pedir al Gobierno que de una vez haga el prometido ferrocarril.Pero Carlos, ni estuvo tan lejos, ni se ha traído automóvil, ni una leontina, ni siquiera un acordeón; y si se le pregunta sobre la fuente nueva, se encoge de hombros y sonríe.

  5. Brazil

    ¡QUIÁ! Qué grata sorpresa para un domingo lluvioso. Ayer mismo terminé de leer “Filomeno, a mi pesar”, y me alegra leer cuestiones que me asaltaron cuando terminé la novela sobre Torrente, y que no conseguía encuadrar. Cierto, la contraposición de opuestos, los unos y los otros, el constante debate en el seno de la contradicción (Filomeno encarna perfectamente este debate: por lo pronto tiene dos nombres que designan mundos contrapuestos, aunque lo que a él le marca es “el misterio: como un regalo con el que nunca supe jugar”), es quizá lo que más resalta en su novela. Tiene varias figuras en las que se entretiene con estos asuntos, pero quizá la que más me ha gustado es la que expresa por boca de la abuela de Filomeno, una respetabilísima señora de la aristocracia portuguesa, seguidora de las buenas costumbres y que, a pesar de su disgusto con la boda de su hija con un plebeyo cualquiera, dice con elegante cachondeo: “Yo vengo, por mi padre, de reyes, y por mi madre, de queridas de reyes”.En “Filomeno, a mi pesar” también el anarquismo hace de las suyas, a través de constantes burlas a la estupidez, al absurdo, de muchas normas en escenas desternillantes, como un follón con la famosísima “Ojos verdes”, una respetable reunión científica y literaria en un burdel, o el entierro de una prostituta a la que las autoridades locales niegan el campo santo. Me agrada enormemente un escritor que se atreva con la eterna dicotomía y que la eche a andar. No digamos ya el meterse en el fregado de la naturaleza humana, con lo sucia que puede llegar a ser. Se agradece en estos tiempos que a uno le enseñen maneras de “quitarse las gafas”, condición fundamental, y hasta me atrevería decir que ontológica, para andarse en esos fregados. Pero, sobre todo, lo que más se agradece es que le indiquen a uno caminos para recuperarse del tremendo susto (la abuela de Filomeno lo tenía claro: y con toda seguridad que tuvo ocasión de mirarse en un río calmo y tranquilo, uno de esos que engañan, porque son hábiles devolviéndonos el reflejo). En definitiva: aprender a saber jugar con el misterio. Un nihilista sin ínfulas. Si es que ya lo decía Kant, imposible la superación de la contradicción, pero hay un camino, muy azaroso, la bisagra de la puerta, en el “juicio”, cuestión ligada a la estética.Filomeno elogia también, cómo no, “Viaje al fin de la noche”, de Céline…Ahora estoy con unas memorias de J.M. Álvarez, a ver qué tal, en cuanto las termine, y después de leer su estimada entrada, me entrego directa al gozo de las sombras. A ver si soy capaz, que no las tengo todas conmigo.

  6. Bremaneur

    Brazil, leí las memorias del señorito descolocado (al principio pensé que era un alegato por la reinserción de los yonquis) hace mucho tiempo y no recuerdo nada del desarrollo de la novela, pero por lo que nos cuenta usted, esta cuestión que tratamos es recurrente en Torrente (¡anda, mira, una anasintáfora!) También los personajes nihilistas lo son, tanto en su primigenio teatro como en varias novelas y alguno de los cuentos. Hay algún estudio concreto sobre el tema. El anarquismo también aparece por todas partes. No sé si sería correcto decir que GTB fuera anarquista en su juventud. Sí se puede decir que le interesó en su momento: publicó en La Tierra y fue amigo de su director, Eduardo de Guzmán (viejo conocido de esta biblioteca). Posteriormente abominó de esa ideología (“[…] el anarquismo es un sueño de perturbados, de anormales o de inadaptados”), al menos en un momento muy concreto. El hecho es que los anarquistas corretean por varias de sus obras, y que en muchos casos aparecen como personajes simpáticos, aunque sólo sea por un idealismo tan férvido como ingenuo. En <>Los gozos y las sombras<> aparece en muchos casos el conflicto entre razón e instinto. En algunos casos lo encarna un solo personaje, como el protagonista, Carlos Deza, un intelectual, un científico que se enfrenta en varios momentos a la necesidad -impuesta o casual- de enfrentarse a lo instintivo, e incluso a veces a lo irracional. De una forma más simple y evidente, es lo que le ocurre al boticario, que es un español a machamartillo, ultracatólico y monárquico absolutista que sufre porque se sabe condenado por putero. En este caso, Brazil, el boticario podría haberse redimido por el arte, pero el tiro le sale por la culata. Si lee la novela ya se dará cuenta. En otros casos esa dualidad se muestra con personajes contrapuestos, como en el caso de las hermanas Aldán: “Inés había sublimado sus instintos; Clara parecía vivir metida en ellos”. La novela muestra continuamente estas contradicciones, las analiza continuamente, las expone sin piedad y el comportamiento de los personajes frente a ellas constituye una de las muestras más brutales de la condición humana.Les aseguro una lectura fascinante.

  7. Bremaneur

    -Ante todo, ¿cree usted en Dios? ¿Es usted, como yo, católico, apostólico, romano?-¿Por qué?-Porque, si lo es, no me sirve. Pero si no lo es, tendré que explicarle algo previamente.Señaló los libros del anaquel.-Yo sé mucho de religión. Vea esos libros; los he leído todos. Usted quizá los desconozca, pero yo los sé de memoria. Sin embargo, no está en ellos toda la verdad. La verdad, a veces, se calla, porque no conviene que la gente la sepa, y hay una verdad que no encontrará usted en ningún libro, pero yo se la puedo decir. A mí es la que me importa más, porque se refiere a mi salvación. Yo no podré salvarme, y usted tampoco. Y lo más gracioso y terrible es que me condenaré sin comerlo ni beberlo.-No entiendo bien. ¿Quiere decir que se condenará por los pecados de otros?-No. Por mis pecados, sí, pero no por mi culpa. Por mis pecados y por la culpa de otros.-¿Es ésa la verdad que no viene en los libros?-No.Se levantó, fue al anaquel, echó mano a uno de los volúmenes más desvencijados, pero volvió a dejarlo en su sitio.-Mire, me he metido en un lío. Yo no debiera empezar por esto, ni siquiera mentarlo. Hay cosas que usted no entenderá, porque viene del extranjero y sabe poco de España. Para entenderlo hay que ser un español hasta las cachas, perdone la expresión, como yo; y sentirlo como yo.Se sentó, bebió. «Quiere más vino?» Mordió una galleta.-Iba a leerle el sermón de un francés antiguo, del que quizá haya oído hablar alguna vez, un tal Bourdaloue. Habla «Del escaso número de los que se salvan». ¡Terrible! No me explico cómo los que vivían fuera de España podían estar tranquilos. ¿Qué esperanza puede haber cuando el propio Cristo dijo «Muchos son los llamados y pocos los elegidos»? Es para mandarlo todo a paseo y echarse a la bartola, y pechar luego con lo que venga. Porque Cristo dijo: «Si quieres salvarte, haz esto». Pero, ¡amigo mío!, ¿quién es capaz de hacerlo? ¿Usted sabe lo que es ver una rapaza que pasa por la calle, con las tetas bailando debajo de la blusa, y en vez de mirarla como a una gloria, darle espalda y santiguarse?, pongo por caso de lo que no se puede hacer. De modo que, o renuncia usted a todo lo que hay de bueno en este pijotero mundo, o se condena. Y aquí viene el conflicto. ¿Quién es capaz de renunciar?Se oyó ruido de pisadas y voces en el portal. Don Baldomero, rápido, se acercó a la puerta y echó la llave.-Mi mujer. Ella no puede oír estas cosas. Ella -señaló vagamente en una dirección- es de las del monasterio. Ese puñetero fraile las embauca y les habla de esperanza. ¡Esperanza! ¿Es que hay alguna esperanza después de la República? ¡Dios nos ha dado la espalda, nos ha abandonado a nosotros mismos!… ¡Nos ha…!Carlos alzó una mano, interrumpiéndole.-Perdone, pero vuelvo a no entender. ¿Qué tiene que ver la República con la esperanza, la desesperación y todas esas cosas de que usted me habla?-¡Ahí le duele, don Carlos! -respondió Piñeiro, casi gritando; y añadió en voz baja-: Ahí le duele. No lo entiende porque no es, propiamente hablando, un español. Usted empieza, seguramente, por ignorar la Historia de España, como casi todo el mundo. A usted le hablaron de reyes, batallas y monumentos. Eso es secundario; son las consecuencias de la verdadera Historia, que empieza el día en que Dios buscó, entre los pueblos, aquel más capaz de defender su Iglesia, y nos vio a nosotros, dispuestos siempre a morir por una cabezonada. Desde entonces nos señaló y nos envió a Santiago, a san Pablo y a la santísima Virgen María. Fue como si nos dijese: «Quedáis elegidos para la muerte». Pero, amigo mío, con los soldados se tiene benevolencia, y el Señor la tuvo con nosotros. Volvió a beber. Carlos intentó detenerle con un gesto, pero Piñeiro le apartó la mano.-Déjeme. Lo necesito. Sólo una vez dije lo que estoy diciendo, y le aseguro que no basta el valor de un hombre. Hace falta el vino. Le miró de hito en hito.-¿No se ha preguntado nunca por qué se salvan ciertos españoles especialmente pecadores? Lope de Vega, por ejemplo.-Le pido perdón, pero, como es natural, ignoro si Lope de Vega se salvó.-Se salvó, se lo garantizo. Y uno se pregunta cómo pudo salvarse un hombre como aquél, fornicador y sacrílego como nadie. Y uno se pregunta, con más perplejidad todavía, cómo aquel hombre pudo tener siempre confianza en su salvación. Porque la tuvo; de eso hay toda clase de seguridades. La tuvo, lo dijo, y fue el primero en preguntarse por qué la tenía.Fue al anaquel, y, esta vez sin vacilar, hurgó en los plúteos y sacó un librejo, edición barata de Lope de Vega. Lo abrió y, abierto, vio Carlos que uno de los poemas aparecía encajado entre grandes rayas rojas.-Ahí lo tiene. Léalo.Carlos se acercó y leyó:¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?E, inmediatamente, el recuerdo de los versos restantes le vino a la memoria, y, con él, la clase de Literatura en el Colegio de jesuitas de Vigo. Apartó el libro y siguió recitando:¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,que a mi puerta, cubierto de rocío,pasas las noches del invierno, oscuras?-¿Lo sabe?-Claro. Soy bachiller.-¿Y no se le ha ocurrido nunca preguntarse cómo pudieron haberse escrito esos versos?-Le confieso que no.-En la respuesta se encierran muchos secretos. ¡Ah! -añadió; y retiró el libro de sobre la mesa-. Sin embargo, está bien claro. No hay más que ponerse en el lugar de Dios.Carlos dio un respingo evidente.-¿Le sorprende o le asusta?-Por lo menos, me sorprende. Porque, ¿quién podrá o sabrá ponerse en el lugar de Dios? Personalmente, no me atrevería ni a intentarlo. Que lo haga usted, que es creyente…Vaciló.-En fin: que me asusta un poco.-No pase cuidado. No hay pecado. ¡Si lo sabré yo! Tengo amigos teólogos. El doctoral de Santiago es mi amigo, y hemos discutido de esto muchas veces. Claro que él me decía que ando al borde de la herejía, pero me lo decía riendo. En fin: no se trata de ponerse realmente en el lugar de Dios, sino teóricamente. Es como un ejercicio escolar.-¿Estuvo usted en el Seminario?-Sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta?-No sé. Me lo pareció de pronto.—Claro que estuve. Hice toda la carrera, y colgué la sotana dos meses antes de ordenarme. Me gustaban las mujeres.Se sentó, encajó entre las palmas de las manos la cabeza, y se estuvo así unos instantes. Continuó luego, con voz sombría:-Si no fuera por ellas, yo podría ser santo. Son mi pecado. Los otros vienen detrás. Me gustan las mujeres. Me gustan con las tetas en punta, bien duras. Es una especie de obsesión.Miró a Carlos con los ojos ya extraviados por el vino.-Es una tragedia, don Carlos. Mi mujer no tiene tetas.

  8. Brazil

    Hablando de tetas, se me olvidaba.Magnífica la descripción femenina en la novela “Filomeno, a mi pesar”. Especialmente, esas luchas y rivalidades, esas guerras intestinas, odios africanos, malvadas, violentísimas que, otro contraste para la cole, o bien se desarrollan en el silencio más absoluto o sólo se permiten delicadas insinuaciones, que de prender fuergo ardería Troya.Magistral.

  9. edielpescadero

    ¿Cómo es que un escritor como Torrente Ballester, un tipo afiliado al partido galleguista, decidió finalmente cambiar el rumbo de su vida y hacerse de Falange? ¿Por qué se convenció que debía seguir escribiendo en España, pudiendo haber emigrado a Francia? ¿Qué tenía Falange para atraer a un tipo como él, que era un ilustrado? ¿Cómo aguantó 40 años de su vida en un regimen políticamente totalitario y culturalmente desierto? Son preguntas que me gustaría que respondiera alguien. No hace falta que con certeza, se admiten las hipótesis y las dudas? Gracias.

  10. Bremaneur

    edielpescadero dijo…***Sobre el tema hay bibliografía suficiente, si bien parcial. Es decir, que hay bastantes estudios pero todos abordan el asunto desde un punto de vista concreto y no global. La decisión ideológica de gran parte de la juventud española al inicio de la guerra responde en cierta medida a los imperativos de la intimidad y a la coacción histórica. Sus preguntas merecen una larga explicación. Abreviaré, aun a riesgo de parecer descortés.¿Cómo es que un escritor como Torrente Ballester, un tipo afiliado al partido galleguista, decidió finalmente cambiar el rumbo de su vida y hacerse de Falange? ***¿Tiene algún valor que fuera escritor? ¿Vale también fontanero? ¿Usted ha tenido, de joven, ideas inamovibles?¿Por qué se convenció que debía seguir escribiendo en España, pudiendo haber emigrado a Francia? ***¿De dónde se saca que pudo haber emigrado a Francia? ¿Por qué a Francia y no a Tombuctú?¿Qué tenía Falange para atraer a un tipo como él, que era un ilustrado? ***¿En qué se basa para decir que era un ilustrado? Su bagaje intelectual, antes de la guerra, se ceñía a un par de cuentos y un puñado de críticas teatrales y cinematográficas en periódicos de provincias y anarquistas.¿Cómo aguantó 40 años de su vida en un regimen políticamente totalitario y culturalmente desierto?***Lo de culturalmente desierto es discutible. Aguantó como aguantaron todos los que se quedaron. ¿Por qué no se fueron? No habría estado mal una emigración masiva para dejar a Franco solo. A ver cómo se las arreglaba la collares para freír un huevo.Con todo respeto, me parecen preguntas muy mal enfocadas.

  11. Anonymous

    Bremaneur, no sea bestia. Las preguntas no están mal enfocadas sino solo mal dirigidas. Eso se puede preguntar legitimamente y además se puede preguntar a otros intelectuales que se quedaron aquí en España esos cuarenta años, tal es el caso de Rodríguez.

  12. johnnielmecánico

    la pregunta es, por qué escritores que le hicieron la pelota a Torrente Ballester cuando vivía se dedicaron a denigrarle despues de que muriera?

  13. Brazil

    Pues mire, pescadero, ni idea. No sé, es como si me pregunta porqué mi abuelo, rojo hasta las trancas, se quedó en España 40 años. O si me pregunta que porqué Heidegger tuvo sus coqueteos con el nazismo. Qué manía con el materialismo histórico y sus ínfulas de querer reducir todo a términos materiales, biológicos, vitales. ¡Qué petardo, por Dios!

  14. Bremaneur

    johnnielmecánico dijo… la pregunta es, por qué escritores que le hicieron la pelota a Torrente Ballester cuando vivía se dedicaron a denigrarle despues de que muriera?***¡¡Coññññiiioooo, Susoteeeee!!El tema da para hablar mucho. Prometo más entradas.

  15. Schultz

    Hace poco y por pura casualidad me encontré con Off-side.Me descolocó un poco y me gustó un mucho.Muy recomendable.

  16. Bremaneur

    Así es, dotor. Gracias por recordarme el título. < HREF="http://62.15.226.148/fot/2006/10/31/3712554.jpg" REL="nofollow">Aquí<> está la cubierta.

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