La biblioteca fantasma

Keeler contra el Colectivo Mariona

Ejemplar nº 9 de La Tarde, que incluía el
consultorio hipocondríaco del Dr. López Bella,
las secciones “La tarde estuvo allí… cenando en un
chino” y “El cine y la madre que lo parió” y “Así escribe…
Eduardo Mendoza”, y los relatos “Mi primera novia”,
“Todas las profesiones que puede arruinar una mujer y
que usted, pequeño bastardo, nunca se atrevió a criticar”,
“Liberad a Willy”, “La prueba del delito”, “Voy por vosotras,
pero… (II)”, el poema “En el examen” y la sección de coña
“¡Se acabaron los gatillazos!”

No sé si se siguen editando fancines. Independientemente de la imaginación y del talento de sus autores, los fancines se distinguían por la escasez de medios con que estaban hechos. La tarde fue uno de éstos, aunque a quienes lo publicábamos nos gustaba llamarlo “revista”. Se componía de unos cuantos folios doblados y grapados. Los compaginaba yo con un programa de ordenador y me costaba mucho esfuerzo conseguir que me cuadrara todo, tan torpe era. Lo editábamos tres amigos y nos hacíamos llamar “Colectivo Mariona”. Mariona es el nombre del bar donde pergeñamos el primer número, entre cervezas y cervezas y cervezas y miradas lascivas –ellos, yo de amor- a una camarera soberbia que maldito el caso que nos hacía.

La tarde se subtitulaba “revista literaria infame” y durante gran parte de su vida, hasta la disolución del Colectivo Mariona, sus portadas eran grabados de Goya. Sus editoriales, de un clasicismo exquisito, contrastaban con el contenido de los relatos, eclécticos y feraces. Mis dos compañeros me superaban en edad. Casi diez años. Yo andaba por los veintiuno y ya entonces era un imbécil. Sentía unas ganas enormes de escribir, pero no sabía qué. Di rienda suelta a mis instintos, que en aquél momento estaban amordazados por las frustraciones, como era el caso de la mayoría de los que allí escribíamos, y el resultado fue nefasto. Nos acusaron de misóginos y de cerdos y es probable que no les faltara razón.

Parte gráfica de la revista que ilustraba la sección de cine,
ambas perpetradas por Gonzalo del Castillo.

Lo paradójico del caso es que el origen de la revista tenía que ver con esa obsesión por la escritura, que de ningún modo era compulsiva. Nos costaba mucho encontrar autores y teníamos que suplir su ausencia con textos nuestros. Y cada vez nos era más difícil escribirlos. De ahí, de esa nueva frustración, surge mi admiración por los forzados de la letra, por lo autores que han escrito de forma compulsiva y aparentemente fácil, independientemente de la calidad de su trabajo.

Hablé en su día de uno de ellos, Sánchez Pascual, y hoy quiero hacerlo de Harry Stephen Keeler. Este prodigioso autor ha merecido el homenaje de una página web propia en la que podrán encontrar toda la información posible sobre él. Les recomiendo especialmente la lectura de este artículo. Estoy seguro de que les fascinará.

Les extracto algunos párrafos:

Pese a sus sorprendentes tramas e incidentes, sus novelas tenían un buen estilo y presentación y eran bien recibidas. Otro punto de genialidad: en vez de utilizar folios como cualquier hijo de vecino, metía unos rollos de papel larguísimos en la máquina de escribir, y se ponía a soltar su historia, dale que te pego, hasta que la terminaba, sin preocuparse de la extensión.

Y no fue porque Keeler dejase de escribir, sino porque los editores ya no le hacían caso y pensaban que sus historias eran impublicables. Llegados a este punto, Keeler se vio obligado a ir vendiendo sus historias a su editor español, Rafael Reus, para su traducción directa a nuestro idioma, cobrando la ridícula cifra de 50 $ por novela, casi, casi, lo que los libreros caraduras te cobran hoy por una simple novela. Al parecer, Keeler tenía gran amistad con Reus y por ello visitó en alguna ocasión nuestro país. Quizás ese fuese el motivo real por el que siguió publicando sus novelas por estos lares. Gracias a ello gozamos en nuestra lengua de algunas obras inéditas en otros idiomas, como “Yo maté a Lincoln a las 10’13”, “La Misteriosa Bola De Marfil de Wong-Shing Li”, “El Caso de La Mujer transparente” o una de sus escasas incursiones en el género de la ciencia ficción, “El Círculo Blanco”, acerca del viaje en el tiempo. Existen 12 novelas en el tintero que jamás han sido publicadas por editorial alguna.

La principal carácterística de cualquier libro de Keeler es que el curso de la acción es absolutamente imprevisible. Puede suceder virtualmente cualquier cosa por más que esté traida por los pelos. Y las explicaciones a determinados hechos son de perogrullo, y todo presentado con una inocencia absolutamente “naif” en la que cualquier casualidad por atrevida que sea es válida. En los libros “serios” los autores intentan dar coherencia al argumento y que todo sea plausible dentro de un orden. Pues olvídense de todo eso porque en los libros de Keeler esos parámetros que para cualquier autor serían intolerables son perfectamente válidos.

Yo, personalmente, disfruto más con los más disparatados, pero comprendo que para iniciarse en su lectura es mejor empezar por uno cuya trama le enganche a uno y no dejen de pasar cosas, como “Noches de Sing-Sing” o “Las Gafas del Sr. Cagliostro” donde tambien tendrán la oportunidad de pillarle el punto estrambótico ahora que les he contado todo esto. Una vez iniciados, “La Trama Asombrosa”, haciendo honor a su título, hará las delicias de todos ustedes si se atreven con sus 700 páginas. Si son capaces de terminarse ese libraco, cualquier Keeler les parecerá bueno. Valga como muestra algunos argumentos que he seleccionado a continuación para que se vayan con buen sabor de boca:

* En El Caso del Cuerpo Loco(1954), la acción comienza cuando la policía saca un ataud del Lago Michigan. En el interior se encuentra un cuerpo desnudo: la mitad superior pertenece a una mujer china, y la inferior a un hombre de raza negra.

* En El Enigma del Craneo Viajero (1934), el protagonista visita un cementerio especializado en freaks. Allí encuentra la tumba de Legga, la araña humana, una mujer con 4 piernas y 6 brazos que nació en Canton (China) y murió en Canton (Ohio).

* En El Hombre de los Tímpanos Mágicos (1939), un empleado de una compañía telefónica llama por teléfono a cada hombre de Minneapolis para decirle que a la mañana siguiente aparecerá en los periódicos su nombre como el marido secreto de Jemimah Cobb, una asesina convicta que regenta un burdel especializado en mujeres con anomalías físicas. Este libro es impresionante y uno de los que más me han impactado por su estilo narrativo, más que por su argumento. La acción transcurre casi íntegramente entre las cuatro paredes de una habitación, entre solo tres o cuatro personajes, en forma de diálogo, como si de una obra de teatro se tratase. Y, sin embargo, los protagonistas nos transportan a mil y una situaciones y lugares con el simple poder de la labia. Daría la sensación, si no conociésemos al autor, de que está tomando el pelo al lector.

* La Caja de Japón (1932). Desafortunadamente inédito en España. Pese a estar escrita ese año, la ación transcurre “en el futuro” en el año 1942. En ese Chicago, funciona la televisión intercontinental en 3-D, un canal a través de Panamá… Un moderno Julio Verne.

* El Caso Marceau y X Jones de Scotland Yard son consideradas por Richard Polt sus obras maestras. La historia está narrada en forma de cartas, telegramas, fotografías, dibujos, poemas, chistes chinos, cartas astrales… El cuerpo de un hombre estrangulado aparece en medio del campo. Las únicas huellas dactilares que aparecen son las suyas. La policía sospecha del Bebé Volador Estrangulador, que es en realidad un enano que ataca a sus víctimas , vestido de bebé, desde un helicóptero. Toda la ciudad estaba vacía debido a una fiesta local, y el único testigo es un ciego. Además aparecen momias, una secta -los Astro-Extensionistas- y travestis.

… El caso se soluciona en el primer volumen, pero en “X Jones” se ofrece una solución absolutamente nueva para el mismo caso, basándose en la “teoría tetradimensional de la investigación criminal”. Lo siento, éstas son inéditas en nuestro país. Seguramente el bueno de Rafael Reus no se atrevió a tanto. Lo más cercano a estos disparates en nuestra lengua lo encontramos en: El Misteroso Mister Yo (1938) y El Camaleón (1939). Ambos forman una saga relatada por un enigmático narrador que asume 50 falsas identidades, incluyendo la de un profesor de filosofía que aporta una nueva solución al Caso Marceau.

Portada de un libro de H. S. Keeler, cuya primera parte se titula
“Joe Czeszciczki” y que termina
de la siguiente manera:
– No, dijo el señor Tuddleton
Trotter, matemático,
muy pensativo-; por lo menos
hasta que alguien
escriba un Cálculo Diferencial del
Arte de
Cocinar por la Electricidad… ¡no!

  1. Alberich el Negro

    BREMANEUR, no funciona el enlace al artículo dedicado a Keeler (a mí, por lo menos).

  2. Bremaneur

    Mil gracias por el aviso, Alberich. Ya está solucionado el problema y los enlaces funcionan perfectamente.

  3. Alberich el Negro

    Curioso personaje el tal Keeler. Las historias deben ser ciertamente delirantes. Y todo ello envuelto en la encantadora estética de los folletines clásicos de aventuras y misterio, o del cine Serie B de los años 30-50. Algo que se ha ido para no volver jamás. Claro, que siempre nos quedará José Luis (por lo del delirio, digo…).

  4. Bremaneur

    ¡Exiluso! ¡Menuda alegría saber de usted! Estuve en su ciudad hace poco y fui a la plaza S.F., con idea de llevarle a usted un regalito, pero no había nadie.

  5. Anonymous

    Brema, el café sigue pendiente, pero en Agosto va a ser dificil,espero que sea en otras fechas. Un saludo

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