La biblioteca fantasma

Tres mil quilómetros y sesenta libros (II)

La inutilidad de los viajes. La percepción que uno tiene de las ciudades varía en cada visita. Quizás se deba a nuestro estado de ánimo o cualquier anécdora fútil que influya en nosotros, pero lo cierto es que el Madrid que el año pasado nos recibiera hosco y violento pudiera en esta revuelta acogernos cálido y luminoso. Zaragoza, esta vez, ya no es inextricable y ha perdido su misterio. Sería fácil cumplir con la metáfora y hacer de la ciudad una mujer, imbricar el carácter de ésta en el devenir de aquélla y conseguir un efecto precioso y vicioso que diera lugar a esas descripciones sicalípticas que tanto me gustan. Pero me cuesta ahora humanizar esas moles desquiciadas de hormigón y asfalto que se levantan entre desiertos. Cambian y se me escapan. Ayer las entendía de una manera y hoy de otra. No se están quietas y no hay manera de meterlas en el lienzo donde las quiero dibujar. Esto me lleva a pensar en una teoría de los libros de viajes, posiblemente esbozada ya de manera magistral por algún ilustre, que propugne la idoneidad de éstos en función de ciertas obligaciones: la descripción firme y estática del pasado de los lugares visitados; la descripción hermana del estado de ánimo del viajero cuando describe lo que ve y lo que le pasa –el presente-; y la ausencia de profecías futuristas que no estén asentadas en hipótesis contundentes, basadas siempre en el conocimiento y no en la intuición.

Basta de pedanterías. Saltemos, goliárdicos y henchidos de humor y burla, y riámonos, exultantes, de nosotros mismos. He llegado a Zaragoza y como siempre la encuentro fea y sucia y admirable, tan fea y sucia como yo, tan admirable como los que amo. Cinco días por delante y cuatro bares y librerías en los que gozar, pero la Pilarica me ha abandonado y derelicto me echo en brazos de la desazón, que me aúlla improperios de pesadilla. Pese a todo como y bebo y trato de que la amistad no adquiera la triste pátina que el tiempo deja en todo lo humano, sea sentimiento o calzoncillo, y sí que restalle toda ella, tornasolada y centrífuga, como las atracciones de feria. Brinquemos, mequetrefes y chisgarabís, zoquetes de ralas galas, y expelamos céfiros granulentos, regüeldos rocosos que nos presenten como zafios y groseros, amantes de la gresca y la pendencia, espejo de perillanes, manual de equivocados, bocazas y tristes petimetres de ridiculez inveterada. Adjetivémonos como desean los torturados por nuestros cánticos lúgubres, calcémonos los coturnos de lo grotesco, pero por el Amor del Santísimo que en el Cielo nos observa, por la Gloria de la Virgen que nos acogerá en su seno, por la caridad que merece toda piltrafa, aun la que con testículos tentaculares desea con tanta baba como ardor enhebrar hembras no tanto por llamar al díscolo concubinato como por simbolizar la paz y el amor, el amorrr, el ¡¡amorrrr!!, expiemos el Mal del mundo con nuestro S I L E N C I O, que nuestro arrepentimiento quede aquí, en estas líneas de fúlgido y férvido turbión. Dejemos de atormentar al sensible, de torturar al bondadoso, de angustiar al de espíritu esponjado por la bondad y demos de beber al sedicente y de comer al sanguinolento. Callemos, pues ya en el mundo muchos males son. Caed exhaustos de depravación, agotados de ruindad, adormecidos por vuestra propia bilis venenosa, zupia que terminará con vosotros, vuestro espíritu y vuestra carne, que Jesucristo que es Dios quizás redima pero de la que los gusanos execrarán, ahítos de musculados en el Bien.

Merqué en mi primera mañana unos umbrales de portadas muy cachondas en una librería que es un paso atrás y, por tanto, la mejor manera de coger impulso. No tiene catálogo en internet ni lo edita impreso, así que la única manera de hozar en ella es acudir a su local, por lo que uno siente el hálito de la exclusividad. Es amplia y su fondo interminable, valga la exageración, y los precios, excelentes, muestran la indecisión que llevó a muchos de estos vendetrapos a no querer perder ni un solo céntimo en el año 2000. Un euro con setenta y cuatro es un precio algo extraño. No tanto si pensamos que son doscientas noventa pesetas. Una manera como otra de rizar el rizo. Conseguí, además, uno de los libros de viajes de Ramón Carnicer, el dedicado a Extremadura; otro de viajes de Marqueríe (creo, ahora no lo tengo a mano; sé, en todo caso, que era uno de esos escritores que rozaron el mundo de la gallofa); también una novela de Fernando Quiñones desconocida por mí, un libro de artículos de José de Arteche y alguna cosa más que no alcanzo a recordar, pero de la que daré cumplida cuenta si, una vez ante los libros, creo que merezca la pena.

Los ratos libres entre librería y librería los pasé tomando cañas, almorzando y ejerciendo de espolique en asuntos de fontanería, gas y calefacción. Así me ganaba la vida años ha, y así me la gastaba.

  1. Reinhard

    Excelente entrada, amigo Bremaneur. Un abrazo.Esta portada anticipa uno de los típicos libros de Don Paco: más pena que gloria.Altoser no lee a Bremaneur: lo estudia, compila, comenta, recensiona, disecciona y lleva a otros foros.

  2. Bremaneur

    Altoser no lee a Bremaneur: lo estudia, compila, comenta, recensiona, disecciona y lleva a otros foros.***Todo un exégeta. Estoy esperando la publicación de un libro sobre mi basta obra (basta, basta) pasada por el tamiz del marxismo althusseriano. Seré el máximo representante de la llamada “La Otra Sementalidad”.

  3. Lola

    Así que hubo kedada en Berlin … ?Ya les imagino a los dos; tomando un Milchkaffee en el Kudamm y divagando sobre liberías de viejo.Sana Envidia me dan ustedes … debo reconocer 🙂

  4. Reinhard

    Apreciada Lola:Bremaneur, excelente anfitrión, me acabó llamando Reinhard Schnaps, y eso que al final, sintiendo añoranza de España, acabé tomando copas de Veterano.

  5. Lola

    Mientras no se atiborre Vd con Bratwurst y Pommes mit Mayo seguiré considerándole un caballero 🙂 y un patriota.

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