La biblioteca fantasma

La caída de Berlín vista por dos españoles

En mis últimas visitas a librerías y catálogos me ha sorprendido ver la cantidad de libros publicados de españoles que asistieron a la caída de Berlín. Muchos de ellos son falangistas que se acercaron, con o sin permiso de los mandos, a la capital alemana para ayudar a las tropas nazis contra el ataque ruso. Pero también hay testimonios de otras personas que por cuestiones de diversa índole –imperativos biográficos- se encontraban en la ciudad cuando ésta terminó siendo devastada por las bombas aliadas. Entre estos testimonios sobresalen dos: los de Antonio Ansuátegui y Luis Abeytua.
Los cien últimos días de Berlín, de A. Ansuátegui, es una crónica de la caída de Berlín vista por un estudiante español que en plena guerra mundial decide abandonar su país para terminar sus estudios en una universidad berlinesa. Lo sorprendente de su decisión, justificada torpemente en el libro, puede hacer pensar en la falacia de todo lo narrado. No obstante, él insiste en que todo lo que escribe es cierto y no se sale un punto de la verdad, como diría Cervantes. No he encontrado ninguna referencia acerca del autor y no he podido consultar las ediciones que del libro se han hecho en los años sesenta y setenta, por si hay en ellas algún dato que ayuden a saber quién fue este personaje. Las dudas acerca de la veracidad de lo que cuenta éste se pueden disipar cuando se comprueba que en su narración no hay ningún tipo de apología ideológica. Ansuátegui se limita a narrar hechos y a transmitir los rumores que le llegan, dejando siempre constancia de que lo que está contando proviene de otras personas, normalmente de confianza y de las que no es necesario dudar. El periplo de Ansuátegui por el Berlín bombardeado le lleva a huir de la ciudad y refugiarse, con mal tino, en Breslau, la actual Wroclaw polaca. El avance demoledor de las tropas rusas le hará regresar a Berlín, donde se enterará de la muerte de una chica amiga suya en los bombardeos de la Siemenstadt. Él logra sobrevivir y escapa de la ciudad, entre el caos reinante, tomando camino a pie hacia España. Las observaciones de Ansuátegui son discretas. Se compadece de las personas con las que trata. Todas parecen ajenas a la guerra y llevan una vida paciente y dolorosa. No describe escenas de pánico y de terror o de locura desaforada como las que pueden aparecer en los diarios de Horst Lange. Las continuas idas y venidas a los refugios se cuentan con compasión resignada; la muerte de la chica con la que parece tener tratos la narra con estoicismo. Excepto algún detalle de interés (en algunas anécdotas coincide con el libro de Abeytua, como por ejemplo al destacar el hecho de que en un momento concreto los alemanes comienzan, de forma inopinada, a contar chistes sobre sus gobernantes) el libro transcurre sin que el olor a muerto se nos escurra por las pituitarias. En eso está su debilidad y su grandeza. Ansuátegui, al deshacerse de los extremismos retóricos inherentes a la narración del espanto, ha escrito un texto discreto y espiritual que parece escrito por un niño asombrado e incapaz de dar crédito a lo que ve: el hundimiento de un mundo que podía haber sido el suyo.

El libro de Abeytua, por el contrario, es más perspicaz. No en vano Luis Abeytua fue periodista. Y por lo que se intuye, un excelente periodista: las dotes de observación y escritura precisa que demuestra en Lo que sé de los nazis parecen avalarlo. Luis Abeytua Pérez-Íñigo nació en Logroño en 1910. Se licenció en Derecho y fue redactor de la agencia DNB entre 1938 y 1939. Colaboró en el periódico El Adelanto y fue corresponsal en Berlín en 1944 para los periódicos El noticiero universal, Informaciones, Abc y España. Su hermano Isaac, también periodista, escribió en 1935 El drama de Alemania y la tragicomedia de Hitler.

Transcribo los párrafos en los que el autor habla del germen del libro. Cómo surgió la necesidad de hablar de lo que sucedía en la ciudad que habitaba, Berlín, a finales de los años treinta:

“Prendió en mí la intuición -germen de este libro- de lo que era y de lo que podía llegar a ser el régimen de Hitler entre el alboroto de una turba de mozalbetes, retogos esclarecidos de la «raza de seüores», que, obedientes a consignas salidas de la altura, se entregaban a los desmanes más feroces contra los hijos de Judá.

Pasaba en taxi por el interminable Kurfürstendamm, camino del aeródromo de Tempelhof.; hacia mi casa, recién llegado al Reich, cuando una multitud expectante obligó a detenerse al coche. Era, si no recuerdo mal, en la madrugada del 9 de noviembre de 1938, dos días después del atentado en que el judío Grünspan causó mortales heridas en París a Ernst von Rath, secretario alemán de Legación. Un cordón de Schupos (Schutzpolizei: guardias de orden público), más que contener a una muchedumbre muy lejos del encono, hacía campo a un grupo poco nutrido de muchachos -Hitlerjungen- que arrastraban sobre el asfalto un guiñapo con figura humana. Sus victimarios se detenían a trechos para golpearle despiadadamente con porras y garrotes. El traje estaba reducido a un puro harapo; la cabeza, a una masa sanguinolenta e informe. Aquel hombre, inánime ya y acaso muerto, era -me lo dijo cualquier espectador de la repulsiva escena- un pobre judío.

-¿Qué ha hecho? -pregunté, sin ocurrírseme relacionar el suceso con el reciente asesinato de Von Rath. La respuesta, con refugiarse en la vaguedad de un pronombre indeterminado, me pareció más elocuente que toda una profesión de fe antinazi:

-¡ Nada!

Y como aquel pobre diablo de Kurfürstendamm cayeron en esa noche y las siguientes, entre la reprobación casi unánime, pero muda y cobardemente pasiva de la población alemana, millares de infelices semitas, que, después de haber visto saqueados sus hogares, desvalijadas o destrozadas sus tiendas e industrias y -muchas veces- escarnecidos en esposas e hijas los afectos más puros y entrañables, perdían la vida por motivos raciales que jamás pueden constituir figura de delito.

Allí, repito, nació este libro. Ya vendrían tiempos y climas más propicios a su publicación; pero había que ir allegando los materiales que algún día podrían contribuir con su modesta aportación a levantar el edificio de la verdad sobre Alemania.

Quizá se preste a una interpretación errónea esta reacción del autor ante aquellos hechos execrables. Ello requiere aclaración.

Nunca había creído yo en la inocuidad del nacionalsocialismo. Por motivos ideológicos y hasta por tradición familiar -un hermano mío escribió en 1934 un libro de título expresivo: El drama de Alemania y la tragicomedia de Hitler- me repugnaba el sistema nazi. Por otra parte, se sabía bastante del rigor empleado en la represión contra el grupo de disidentes que acaudillaban von Schleicher, Strasser y el homosexual Roehm, para creer a los adeptos del Führer capaces de detenerse en su furor homicida ante consideraciones humanitarias.

La revelación fué para mí aquel «¡NADA!» que dejaron escapar los labios de un alemán anónimo, crispados para retener la protesta, que hubiera significado el campo de concentración, con sus torturas infamantes, y acaso la muerte inmediata.”

Lo que se propone Abeytua con el libro lo deja muy claro en la misma introducción:

No voy a descubrir América en mi libro. Otras plumas han abordado el tema con más elevación; yo me refugio en lo humilde y cotidiano y no haré consideraciones doctrinales por cuenta propia ni desentrañaré con grave gesto doctoral secretos de Estado que, por otra parte, jamás estaban al alcance de la masa. Me limito a agitar el desván de mis recuerdos, desordenado y oscuro, y a dejar que vayan fluyendo por los puntos de la pluma. Mi narración está hecha de retazos; viene a ser como una recopilación de anécdotas, casi un reportaje. Si alguna vez hago una semblanza de figuras estelares, trazaré «mi» bosquejo o procuraré trasladar fielmente a las cuartillas el juicio que merecían a mis amigos el empleado, el estudiante o el soldado.

No se busque, pues, en esta obra la tesis que dejo apuntada al principio de la introducción. Aquello era un proyecto que se perdió en pavesas; si lo que queda acierta a reflejar la actitud del buen Hans Müller ante los acontecimientos v las personalidades del III Reich, me daré por satisfecho.

Nada más ajeno a mi intención que dar en las páginas siguientes la impresión de que siento odio hacia el pueblo alemán o desconozco sus virtudes. Es innegable que asumirá una inmensa responsabilidad colectiva en la gestación y desarrollo de los hechos que han transformado buena parte del mundo en feudo de los cuatro jinetes insaciables. Pero su culpa ha sido más bien de inhibición.

La capacidad de observación de Abeytua es extraordinaria y tiene el don de elegir la anécdota pintoresca y costumbrista capaz de resumir con veracidad la vida cotidiana del Berlín nacionalsocialista de los años treinta y cuarenta (ejemplo de ello son sus experiencias como traductor preso en el Adlon). Sus impresiones sobre de las personas que conoce y con las que convive son muy ricas, de una precisión fulgurante. Sus opiniones sobre los alemanes, su carácter y su “atavismo marcial” son extraordinariamente perspicaces. Baste una muestra:

Pero el alemán contemporáneo -reproduzco textualmente palabras de Winston Churchill- es “una peligrosa mezcla de esclavo y de guerrero”. Sumiso hasta la abyección y valeroso hasta el sacrificio, la obediencia y la disciplina han engendrado en él una segunda naturaleza.

Lamento escribir esta reseña sin haber terminado el libro. Estoy convencido de que podría resumir algunos pasajes sorprendentes y dar noticia puntual de cómo la contundente prosa de Abeytua (¡su capacidad planiana de adjetivar!) logra destacar hechos de interés. Pero me puede la impaciencia por compartir este descubrimiento maravilloso hecho en el Rastro. Como penitencia por este pecado les transcribo los dos primeros capítulos del libro para su disfrute.

CAPITULO PRIMERO
PRIMERAS IMPRESIONES

El taxi me dejó en la modesta pensión de Rankestrasse que al salir de Madrid me recomendara un compatriota. Hostal y hostelera, aquél con aspecto de maison meublée y ésta con aires de proxeneta, resultaban poco acogedores. Mi futura Wirtin (Patrona), desgreñada y fofa, mal envuelta en un quimono raído y vistoso, parecía indignada por lo intempestivo de la hora y casi herida en su honor por la penuria de mi alemán. La entrevista, de comicidad irresistible, amenazaba terminar sin un acuerdo. Entonces apareció en escena un nuevo personaje con atuendo de millonario y ojos somnolientos; era «Bosambo», un médico peruano, huésped también de la pensión, que me sirvió de intérprete e hizo posible una inteligencia con la iracunda patrona. Le soy deudor de una gratitud inextinguible. Sus exigencias pecuniarias -las de Frau Raschid- quedaron satisfechas de momento, aunque al día siguiente había de iniciarse, con pretensiones inauditas, el asalto a mi menguado erario.

Este «Bosambo» -alias de Asdrúbal Valencia- era un tipo singular, extraña mezcla de prócer y de pillo, con más figura de cholo mejicano que de orgulloso descendiente de los incas. Había hecho toda su carrera en Alemania, -con mucha brillantez, y tan pronto se le veía con costoso abrigo de pieles o trajes del mejor corte de «Herrmann und Hoffmann, Friedrischstrasse», como afrontando a cuerpo limpio, casi harapiento, los rigores de un día invernal. Solía explicar el contraste, con su charla voluble y pintoresca, haciendo referencia a los viajes del guardarropa a “Peñaranda”. Después supe, por confesión espontánea, que alternaba los estudios -jamás cobraba un penique por sus ser-vicios profesionales- con el tráfico de divisas v la explotación como agente teatral de los encantos de «Rosita», tonadillera chilena que privaba en los escenarios berlineses. Reunía Asdrúbal todas las características raciales del indio americano, con su cuerpo cimbreño, de movimientos ondulantes; el color cetrino; los ojos achinados, de un negro de azabache, y un pelo lustroso y ondulado que era, con la simetría de sus crenchas, el embeleso de las Fräulein ávidas de sensaciones exóticas. Daba una impresión de languidez, de sensualidad indolente y fatigada que explicaba sus éxitos en las lides amatorias.
Emma Raschid Bey, la pupilera, representaba el polo opuesto de Valencia. Más allá del climaterio, no se resignaba a abandonar el culto de Eros y ensayaba artes de seducción con todos los recién llegados a su feudo; era tacaña y cicatera, nos tasaba la luz y sentía odio por quien se bañase a diario. En aquella época disfrutaba de su privanza un turco con quien, acaso asqueado por su falta de escrúpulos, jamás llegué a tener el menor trato. Su Dulcinea se decía viuda de otro otomano y nunca dejaba de añadir al apellido del difunto aquel «Bey» que tan mal cuadraba a sus ojos claros, su pelo rubio y su marchita opulencia de valquiria en el ocaso.

Ni en aquella ni en varias noches pude conciliar el sueño, preocupado por lo incierto de mi situación; aun recuerdo lo lúgubre de mis ideas cuando vi sobre mi cabeza, en un trayecto aéreo, el ferrocarril urbano:

-Si no salgo adelante, me tiraré a ese tren.

Cuando lograba, con esfuerzo, apartar de mi mente estos pensamientos, me asaltaba el recuerdo obsesionante de la escena que relato en la introducción. “Bosambo” fué mi salvador: tenía amistades en la Radio, donde había actuado como locutor para Sudamérica, y su recomendación me proporcionó algunas traducciones, mal retribuidas al principio, pero que resolvían de momento el apremiante problema del condumio. Realmente, no se necesitaba mucho para vivir entonces en Berlín. La habitación me costaba 60 marcos mensuales -Frau Emma fué subiendo después el alquiler- y por uno y medio se saboreaba en los restaurantes económicos una minuta de dos platos. La inevitable sopa, insubstancial y transparente, y la fuente gigantesca del principio, cuyo contenido se dividía en tres partes : una de las infinitas variedades alemanas de la col; patatas, que daban a discreción, y carne, huevos o pescado. Sólo así se explica que pudieran subsistir los millares de empleados modestos y horteras cuyos sueldos raramente excedían de 1.500 marcos. La vida era fácil, y Berlín, monumental, gris y tristón, no conocía el agobio de la mendicidad callejera ni la aflicción de los sintrabajo.

Esto era obra del nacionalsocialismo y el argumento Aquiles de sus panegiristas. Causaba pasmo en los no iniciados la rapidez fulminante con que en obra de pocas semanas hizo desaparecer del Reich dos plagas sociales que seguían azotando con carácter endémico a países de economía mucho más floreciente y sólida. Pero el problema se había resuelto de modo ficticio : los miles de pedigüeños, parados, maleantes y vagos que antes nutrían los cuadros de la delincuencia y formaban un hampa terrible en algunos barrios urbanos, fueron a engrosar después de enero de 1933 las formaciones militares del partido -las S. S., o escalones de protección, y las S. A., o secciones de asalto- a trabajar forzados en la industria bélica -fábricas de armamento y obras de fortificación- o a dar con sus huesos en la cárcel. Acompañaron a estos últimos, los más recalcitrantes, en su éxodo hacia los campos de concentración, muchos miembros de los antiguos partidos políticos que jamás habían bordeado el Código penal. He pensado algunas veces que acaso -por un proceso subconsciente, desde luego- aludiera Goebbels a esta evolución cuando decía en alguno de sus discursos : «Los desheredados se han convertido entretanto en propietarios.» Muchos de los prohombres nazis, en efecto, habían salido de las más humildes clases sociales y sus méritos no bastaban a justificar el rápido, encumbramiento. Sepp Dietrich, por ejemplo, no tenía otros que su valor personal y 1a ciega adhesión al Führer cuando inició su ascensión de modesto Schupo muniqués a general de las S. S.; Heinrich Himmler, el Fouché de Hitler, había saltado de una pobre mesa de maestro de escuela, casi sin transición, a la jefatura suprema de las S. S. y de la policía, y después, cuando hacía falta un verdugo implacable, a la poltrona del Interior. Von Ribbentrop, sucesivamente embajador en Londres y ministro de Asuntos Exteriores, había sido a raíz de la Gran Guerra viajante en vinos espumosos. La casa francesa Pommery, primero, y luego la alemana HenckelTrocken, le tenían pagadas por sus ventas sabrosas comisiones.

También eran huéspedes de Frau Raschid dos muchachas, figuras destacadas del cuadro de baile del Scala, las dos guapas y bien hechas, una rubia, morena 1a otra, y un personaje prototipo en apariencia de la mediocridad, que se decía empleado del Arbeitsamt (La oficina del Trabajo). Pasaban días enteros sin que se pusiera ante mi vista. El enigmático Asdrúbal, boyante aquella temporada, me sirvió de introductor y rompió con su ingenio y su facundia el hielo de las presentaciones. Había enamorado a las dos bailarinas, chicas insignificantes que sólo vivían para sus ensayos y actuaciones. Ninguna tenía celos de la otra, y formaban con Valencia un triángulo perfecto. Asdrúbal, en el mejor de los mundos, les amenizaba las noches, cuando tenía humor de hacerlo -pues no aceptaba cadenas, ni aun forjadas por Cupido en la habitación que a las dos daba alojamiento. Las invitaba con frecuencia a cenar en un restaurante próximo al teatro, donde todos los artistas del Scala -nunca faltaba la pareja de danzas españolas- lo hacían en el intervalo entre dos representaciones. Waltraut y Hilde reían sin tregua y sin motivo; no para exhibir la dentadura, pues no estaban engreídas con su belleza, sino parque eran dos animales jóvenes, exuberantes de vigor y de alegría, para quienes la vida parecía no tener complicaciones. Algunas noches colgaban de su picaporte un cartelito : Nicht storen (No molestar). Así sabía «Bosambo» que había llegado el Verlobte -prometido- de Hilde o de Waltraut, que enderezaba endechas a su amada mientras la otra se entregaba a las caricias castas de Morfeo. Las dos faisaient l’amour, con la desenfadada naturalidad de los gorriones. No constituían estas Mädchen la excepción de la regla; el Grunewald -y hasta el urbano Tiergarten- deparaban asilo entre sus frondas a fogosas parejas que lanzaban estentóreo el grito de la raza.

En los primeros días no secansaban de hacer. me preguntas sobre España, que creían un país de pandereta : toreros por la calle en traje del oficio, crímenes pasionales, mujeres celosas, bandidos generosos, monjas raptadas y curas trabucaires. Creo que no habían leído un periódico en su vida.

C.APITULO II
LA CONFESIÓN DE MALLWITZ

Estaba próxima a su fin la guerra civil española con la llegada de las fuerzas nacionalistas al Mediterráneo y mis aún escasos amigos alemanes -en su mayoría empleados de la Radio- solían pedirme detalles de la contienda. Se veía que no prestaban entero crédito a las informaciones periodísticas:

-¿Es cierto que ha entrado Franco en Barcelona?
-¿Hay muchos rusas en España?

Casi siempre exigían que me adscribiera a uno u otro de los bandos, el que contase con sus simpatías.

Para entonces tenía ya la desagradable impresión de estar en una cárcel. Al día siguiente de llegar cumplí el inexcusable requisito de presentarme en la Comisaría del barrio para ser inscrito en los registros policíacos. Había que llevar, además del pasaporte, un certificado acreditativo de mi residencia en la pensión, suscrito por la señora Raschid Bey y por el portero del inmueble. El trámite me produjo mal efecto, porque siempre había vivido en países donde sólo los delincuentes figuraban en ficheros. Pero en el Reich de Hitler -o de Himmler- todos, alemanes o extranjeros, tenían su correspondiente ficha. En ella se iban anotando los cambios de domicilio y residencia.

He hecho una referencia a Heinrich Himmler porque su nombre se asociaba inevitablemente a la vasta organización policíaca del III Reich. Persona je omnipotente en Alemania; se decía de él que podía, si quisiera, hacer detener al propio Führer.
El 12 de noviembre se hizo pública la decisión de que los judíos residentes en Alemania expiasen el asesinato de von Kath con el pago de una multa exorbitante: mil millones de marcos. Creo que sobre este tema versó mi primera plática extensa con Erwin Mallwitz, el covachuelista de la Oficina de ‘Trabajo. Quiso conocer mi opinión sobre tal medida y me perdí en divagaciones y frases banales, molesto por la insistencia de aquel individuo sobre asuntos «tabú». No es que tuviera temor a posibles persecuciones si me expresaba con franqueza; le encontraba pinta de confidente y me contrariaba darle material de información. Pareció entristecerse ante mis evasivas y me espetó a boca de jarro:

-Usted desconfía de mí.

Me quedé perplejo, sin saber qué contestar.

-Mire esto -añadió, poniendo ante mis ojos un carnet de Sturmführer (Jefe de pelotón) de las S.S.- pertenezco, además, a la Gestapo.

Podía esperarse, tras esta revelación, que mi actitud se hiciera más hermética; pero había tal expresión de amargura en la mirada de aquel hombre, que el efecto fué contrario: sentí en el acto disiparse mis sospechas y desvanecerse mis recelos.

-Yo pertenecía desde 1924 al partido socialdemócrata -siguió Mallwitz, sin parar mientes en mi estupefacción- y tuve que afiliarme al nacionalsocialismo para conservar mi puesto. Se me miraba con desconfianza y sufrí, hasta ganarme la patente limpia, mil pruebas humillantes, como vigilar a mis compañeros de trabajo y dedicar las horas de asueto a la recaudación de cuotas o a la postulación callejera para el Auxilio de Invierno. Así, de resbalón en resbalón, me inscribí en las S.S.; acabé por percibir dinero de la Gestapo y por figurar en sus cuadros. Pero no creo haber causado a nadie males irreparables y soy -terminó solemnemente- el mismo de 1924.

Hizo una pausa para estudiar el efecto de su confesión :

-Mi hermana Annette -prosiguió- estaba casada con un judío desde 1921. Se querían; él ganaba bastante como comisionista y, en su aurea mediocritas, eran dichosos con mis dos sobrinos. Al promulgarse las leyes antisemitas de Nuremberg hubo de optar entre el divorcio y ser considerada judía. La primera solución equivalía a separarse de los seres queridos, marcados por el estigma infamante del pecado original; la segunda representaba la pérdida de hogar y consideración social; arrostraría el desprecio, ostensible al menos, de sus antiguas amistades, y acaso sacrificaría la libertad. De acuerdo con su marido, Annette dejó abiertas una noche las llaves de la estufa en el dormitorio de los niños e ingirió con mi cuñado una enorme dosis de veronal. El gas y el hipnótico hicieron su obra.

Comprenderá usted -terminó Erwin- que aquello no avivó mis entusiasmos nazis. La patética narración de Mallwitz terminó de operar en mí un cambio radical. Desde entonces tuve en él un amigo entrañable.

  1. Bremaneur

    Es curioso. En la “guía telefónica” de 1938 de Berlín hay una Emma Raschid, pero en la Uhlandstr.

  2. Mª Teresa Abeytua

    Me gustaría ponerme en contacto con la persona que ha hecho el comentario de “lo que se de los nazis” de Luis Abeytua. Soy su hija y quisiera cambiar impresiones con el/ella.
    Agradecida de antemano

  3. Mª Teresa Abeytua

    Soy hija de Luis Abeytua Perez Iñigo, autor de “lo que se de los nazis” y me gustaría contactar con la persona que ha hecho este comentario de su libro en la biblioteca fantasma.
    Atentamente

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