La biblioteca fantasma

Tres mil quilómetros y sesenta libros (I)

Me angustia el color de España visto desde el avión. Es el color de las hueseras donde los esqueletos quebrados se amontonan como leña o el de los cadáveres de ovejas tendidos en los yermos, acartonados y polvorientos como botas de vino olvidadas entre cascotes. Una vez en tierra ese desasosiego que tanto exagero se atenúa un poco, pues la vertical de algunos chopos y cipreses quiebra la horizontalidad infinita y ocre que se ve desde el cielo.

Ya en Madrid, me olvido de los regeneracionismos y ejerzo de chico de los recados para mí mismo. Recojo dos encargos en sendas librerías. En una de ellas sospechan de mi billete de cincuenta euros. Escarmentado por un timo sufrido unos días antes, el librero se disculpa y me da explicaciones. Le compro uno de los libros más importantes y menos citados sobre la vida de Torrente Ballester. Está escrito en gallego y quizás sea esa la causa de su olvido. Mi conocimiento de la lengua galaica se reduce a “lacón con grelos”, “Visca Catalunya”, “Ongi Etorri” y “Susiño de Touro”, pero leo de corrido varias páginas comprendiéndolo prácticamente todo.

Me sumerjo entre libros. Me hago la cuesta de Moyano como si caminara por un barrio de putas: con paciencia y templanza. Necesito ambas virtudes para no desesperarme y terminar sin un duro en el bolsillo cuando tengo al alcance de mi mano cientos de ejemplares que quisiera ver en mis plúteos. Paso la mayor parte del año alejado de las librerías y la compra por internet ha de hacerse con cautela si no quiere terminar uno sin un céntimo en el banco. Cumplo con el vicioso placer de comprarle a una bella librera Los timadores, de Jim Thompson. Hacer algo sucio con una mujer hermosa me redime de mi juventud delicuescente, y a nadie se le oculta que comprar un libro de J. T. tiene algo de perverso. En otro puesto encuentro los dos volúmenes de memorias de Mario Onaindia por tres euros cada uno. A la librera iracunda le compro alguna cosa de Guillermo y de Los cinco. No sólo no se muestra desagradable sino que llega a atenderme con paciencia y lentitud, como si estuviera drogada. Unas semanas después la veré sentada, escuchando beatíficamente una conversación entre otra librera y un amigo. Es probable que este cambio de carácter se deba a que está viendo de cerca la muerte. Hago más compras. Todorov. Días de llamas, de Juan Iturralde, una novela sobre la guerra civil que quizás sea interesante. También un libro de viajes de R. L. Stevenson y el Díptico español, de Laurie Lee, editados ambos por Península. Veo de la misma colección un libro sobre Islandia de Xavier Moret. No lo compro, y me arrepentiré de ello más tarde, cuando un amigo me lo recomiende encarecida y cariacontecidamente.

El fin de semana transcurre con una calma poco habitual. Me siento tranquilo, como una trucha en las frías aguas del Tajo. Los días siguientes me dedico a leer a Jim Thompson. Releo 1280 almas y le hinco el diente a Los timadores y a Noche salvaje, este último durante una noche de insomnio provocada por una gloriosa siesta crepuscular. También leo La mano armada, de Carlos Pérez Merinero. Posiblemente sea su novela más cerda y está a un tris de ser mi favorita. Repite el mismo esquema que en otras suyas, pero resulta igual de eficiente. Como otras veces, se desvela en la última línea que el narrador es un muerto. Este merecido final de sus protagonistas no sólo les resulta expiatorio a ellos sino también a muchos de sus lectores. Especialmente a quienes durante toda la novela nos sentimos excitados por la violencia y la porquería y terminamos comprendiendo al policía cabrón sólo porque acaba siendo la víctima de unos hijos de puta más grandes que él.

Los días transcurren plácidos y quisiera ser uno de esos personajes de Cunqueiro capaces de embotellar la risa infantil para destaparla luego en soledad. Estoy en Castilla, a pocos quilómetros de la ciudad de Ávila. Los pueblos de por aquí son pequeños y feos. Tendidos al sol, semejan esos trozos de carne que caen de la parrilla y se rebozan en las brasas, echados a perder. En las afueras, o sea, a dos pasos, se levantan chalés mastodónticos que desentonan con todo. Es la megalomanía del paleto. Aquí lo son, y mucho. Desde los chapuceros que se hacen pasar por albañiles y fontaneros hasta los tenderos y mesoneros que creen vender los mejores productos del planeta. Todo lo que nace de este polvo está llamado a causas imperiales, a asombrar a las todas las naciones que en el mundo son. Pero las construcciones son malas y feas y las escasas huertas están desordenadas. La gente chilla, alborota y se insulta con acento atroz. Visten bien, generalmente. Tratan de ser sofisticados pero el efecto queda anulado por el vicio que traslucen sus rostros. Las historias de alcoba de estos pueblos deben de ser tremendas, idóneas para una crónica veraniega inusual en nuestra prensa; en todo caso, adecuada para una novela escrita a la manera de Noel o de Ciges Aparicio.

Regreso a Madrid. En el tren, una joven gorda pone los pies en el asiento que tiene enfrente. Me irrita ese comportamiento y esa mala educación. Días más tarde leeré, creo que en un suplemento del diario El mundo, una entrevista al director José Luis Cuerda. Se queja en ella de los jóvenes que en el tren ponen sus pies en los asientos. Me siento menos solo, menos retrógrado. Ya en Madrid, noche cerrada, paso frente a la Audiencia Nacional. Un grupo de gente espera frente a las puertas. Son jóvenes con aspecto tribal, kaleborriko, mezclados con señores aparentemente respetables aunque igual de primitivos. Deben de estar esperando la llegada de los últimos etarras detenidos. Sus caras de intranquilidad y de dolor –alguna chica parece haber llorado- no me son indiferentes: me asquean. Son ellos, esos tipos que no dudaríamos en tildar de “normales”, los que alientan el crimen, los que en el mejor de los casos se muestran indiferentes ante los sesos esparcidos de un asesinado por eta. Más tarde, en la terraza del Café del Espejo, me olvido de las bestias. Observo detenidamente a una pareja que bebe gintonics en una esquina. Ella es hermosa. Su pelo caoba es un haz de noche y viste de negro, elegante y atractiva. Hablan y ríen y en torno a ellos no puede haber sino silencio.

Madrugo y me voy al Rastro. Coincido en uno de los puestos con Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Si yo estoy allí a esas horas, feliz entre trastos, con la esperanza de encontrar un libro que me alegre algo más que la mañana, es gracias a Trapiello. Antes que nada, ha sido para mí un maestro. Sin sus obras, posiblemente esta biblioteca fantasma haría realmente honor a su nombre. En uno de los puestos un hombre vende varios libros relacionados con la guerra civil. Hay decenas de títulos de la editorial G. del Toro. Se me van los ojos, pero logro calmar la ansiedad y me hago con unos pocos títulos, espero que bien seleccionados. En la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo acudo al tenderete del librero hijoputa. La última vez no paró de martirizarme con frases hirientes, de persona histérica y enferma. Ignoro la razón, aunque sospecho que me demoré demasiado en su puesto sin hacer visos de comprar nada. Aquel día me entretuve hablando con el dueño de un puesto propincuo regentado por un anciano pequeño y calvo. El librero hijoputa nos insultaba desde su tenderete. Le gritaba con esa voz arrastrada y meliflua que tiene: “¡Qué!, ¿ya le estás vendiendo los incunables?”, y se reía como reiría un cerdo ignorante de su suerte en el matadero. Esta vez voy con la intención de rescatar un libro que llevo viendo en su tenderete desde hace por lo menos cuatro años. Nada más llegar veo el título y lo cojo con determinación. No me apetece aguantar de nuevo sus chanzas y sus maledicencias, pero, oh, sorpresa, el tipo está hoy amabilísimo. Al igual que la librera iracunda de Moyano, se muestra dócil y solícito. ¿A qué se deberán estos cambios? ¿La edad? ¿Las fases de la luna? Es posible que haya una organización cuya misión sea recoger a estos libreros sempiternamente enojados y llevarlos a un hospital donde les sedan para tranquilidad de los lectores. Quién sabe. El caso es que además del libro redimido le compro Lo que sé de los nazis, de Luis de Abeytúa, editado por Febo. Parece un libro interesante y espero dar cuenta de él en la Biblioteca.

Subo por la calle de Mira el Río Baja y me entretengo frente a unos libros. Los están colocando en ese momento, cuando el resto de puestos está abandonado, a veces con libros rasgados para que nadie pueda aprovecharlos. Cojo dos o tres, casi sin mirar, apresuradamente. Están muy baratos y me interesan mucho. Entre ellos, la primera edición de Los contactos furtivos, de Antonio Rabinad. Se editó posteriormente en Bruguera con prólogo de Vázquez Montalbán. Querría leerla de nuevo, recorrer otra vez esos ambientes sórdidos y compadecerme de esos personajes que vagan por una Barcelona que rezuma orines, miseria y coágulos. También consigo Mi misión en Noruega de Florence J. Harriman, editado en 1942 por la editorial Minerva, fundada en México en 1940 por exiliados catalanes. Y un libro sobre Pierre Laval escrito por el periodista que le acompañó a España cuando iban a encerrarlo en Montjuic. Antes de irme echo otro vistazo. Sí, está ahí. Llevo dos años buscándolo y esta mañana, en el camino, me preguntaba a mí mismo por él. El abrazo de los muertos, al fin. Bendigo este momento, esta casualidad. Tuve ocasión de echarle un vistazo en una biblioteca y me atrajo peligrosamente. Conmueve su humanidad y es un ejemplo de que la coacción histórica, que no es otra cosa que la práctica imposibilidad de huir de los imperativos históricos de una época, puede asumirse y justificarse de forma digna y valiente.

Me desayuno con la lectura del Abc. Es domingo, escribe Juaristi y cumplo con el rito de la lectura, porque esto es como ir a misa. Paso la tarde en el Retiro dormitando y tomándome unas cañas y quedo por la noche con el Rufián Melancólico. Nos encontramos en el Café Comercial, en la glorieta de Bilbao, el primer sitio que visité en mi primera estancia en la ciudad, no hace tantos años. Nos saludamos afectuosamente, esto es, con timidez. Al menos por mi parte. Tanta que tardamos un poco en intercambiarnos algunos libros. El Rufián es un tipo que impone. Su voz le permitiría rugir, pero su tono es afable y sus ojos pueden escrutarte el alma pero en cambio se muestran acogedores. Me cuenta de su vida y le hablo algo de la mía, especialmente el luctuoso capítulo del que fui protagonista en el valetudinario Nickjournal. Le cuento con pelos y señales cómo se fraguó mi huida, le hago saber algunos detalles de trastienda y justifico la imposibilidad del retorno a un sitio cuyos administradores, sátrapas ultradelicados y megadivinos de vahído fácil, son incapaces de garantizar una mínima libertad de expresión. Salimos del café después de tomar algunas cañas y buscamos un restaurante donde poder cenar algo. Nos cuesta un poco dar con alguno que esté abierto. Ay, Madrid, “nada en el domingo”. Terminamos en Conde de Xiquena, a pocos metros de la casa de Trapiello. Dudo que mi arroz con bogavante pueda ser superado por nada en este mundo, pero ahí está el Rufián para desmentirlo y apaciguar mi ánimo exaltado. Su conversación supera cualquier expresión artística. Es inteligente y brillante. Hablamos de Gongren y del Marqués, a quien guardo devoción, como a todo maestro. También del ocaso de ciertas vidas y de la tragedia latente en cualquier ser humano. Mitigamos la resaca dramática de la charla hablando de libros y de arte. Surge de improviso la figura de Lilit y veo entre las brumas de mi bizarra pasión el ex libris largamente buscado: en la parte inferior, de izquierda a derecha, las cabezas atormentadas de un besugo, un cerdo y un toro. En sus hocicos, una argolla gruesa. De cada una de ellas surge, hacia arriba y hacia atrás, lo que parece ser una cuerda negra que termina por ser la trenza de unos cabellos. Éstos pertenecen a una figura femenina que se alza por encima de las cabezas de los tres bichos. Una figura de cintura vertiginosa y pechicos limoneros, de rostro angulado y seria expresión que en sus manos sostiene dos libros. Es un ex libris que exuda tensión y sicalipsis, devoción y sometimiento, intentos fracasados de fuga. Acabamos de cenar y nos resistimos a terminar la noche. Como dos giróvagos vamos en busca del último bar. Por el camino, rincones sandovalescos. Y después de las últimas cervezas, en un garito cercano al Santa Bárbara, las Escuelas Pías de San Antón, cárcel durante la guerra. De allí, me cuenta el Rufián, salieron los autobuses a Paracuellos.

El día siguiente es el de mi partida. Marchar, marchar siempre, que decía Pla. Picoteo algo cerca de Goya. Asisto a una conversación delirante sobre Auschwitz en una tasca que huele a sudor. Perplejo, como unos montaditos en la terraza de un bar donde los clientes han de acercarse a la barra a recoger las consumiciones, previa llamada por sus nombres: ¡Puri! ¡Paqui! ¡Manu! ¡Brema! Para ir a Atocha cojo un pelas cuyo conductor resulta ser un repugnante barbitas. Me ve propicio después de un ligero tanteo verbal y comienza a despotricar, desbocado, contra algunos miembros del Gobierno. Su exceso resulta tan asqueroso que quiero dejar ya estos intramuros de Castilla. Estoy de paletos hasta los cojones. Sin reserva, a pecho descubierto, como los hombres, me planto en Atocha y compro un billete a Zaragoza sin reserva previa. Ninguna de mis tarjetas pasan por la máquina, así que me toca pagar en metálico. Esto me ocurrirá varias veces en este viaje. De forma aparentemente arbitraria, unas veces son válidas y otras no. Chapuzas, chapuzas, chapuzas. La España chapucera. Me rehago en el Ave. Ni en Alemania existe algo así. En apenas una hora y cuarto atravesamos secarrales y huertas, yermos y colinas, y llegamos a la luminosa estación maña. La velocidad punta ha sido de trescientos quilómetros por hora, y dentro la comodidad y el silencio eran absolutos. Al salir de la estación vislumbro la pomposidad de la Expo. No me da tiempo a más. Me recogen y me hundo en la ciudad mudéjar de ladrillo oscurecido por la contaminación, el polvo y el calor. La bruma aciaga del verano me da la bienvenida.

  1. Luis E. Parés

    Ayer, en EL País, en un interesante artículo sobre Leslie Howard, aparecía una ligera mención sobre una vieja amiga nuestra, Conchita Montenegro. Además de bellísima, elegante como un témpano de hielo, resulta que nuestra diva era espía germanófila.Indaguemos, pues, indaguemos que algo queda.

  2. Bremaneur

    < HREF="http://www.elpais.com/articulo/Revista/Verano/estrella/quiso/ser/heroe/elppor/20080817elprdv_12/Tes" REL="nofollow">Aquí<> se puede leer el artículo.

  3. Anonymous

    Es muy posible que el hijoputa y la iracunda tengan un detector de estados de ánimo. Si entras en sus dominios despreocupadamente, en una de esas épocas un poco más felices en las que alrededor pasan cosas y no te enteras, y ni falta que hace, creo que se ven obligados a llamarte la atención con un estufido. En cambio si al pasar junto a ellos lo haces con los pies en el suelo, a plomo porque así te sientes, sensible y observador, alerta, entonces estás a nivel y no te hacen nada. Sólo faltaba.A lo mejor eres tú el que ha cambiado.

  4. Bremaneur

    No. Hay testimonios de que la librera iracunda lo es de forma natural. De hecho, el mismo día escuché una conversación entre una librera de Moyano y un cliente que hacía referencia a ella y su mala leche. La excusaban de forma falsamente conmiserativa y de paso reían de forma soez al meter al “novio” en la conversación. Muy triste.

  5. Anonymous

    Entonces tengo razón en parte: la que no cambia es ella. 🙂A mí intentó agredirme con una silla plegable porque cogí uno de sus libros cuando todavía no había terminado de montar el puesto (aunque sospecho que las circunstancias que van detrás de “cogí uno de sus libros” importan poco). La sensación de irrealidad es acojonante. En realidad parece un gag de cámara indiscreta. Los habituales ríen. (…)Me alegro de que haya vuelto, Brema.

  6. Bremaneur

    Así es como la conocí yo y cómo tuve conciencia de que existía: husmeando entre los libros antes de que terminara de montar el puesto. Estremece oír a una anciana soltando insultos desmedidos.

  7. Bremaneur

    Las imágenes han quedado de pena, pero me encuentro sin fuerzas para hacer la entrada más presentable. Discúlpenme.

  8. Reinhard

    Excelente relato, Brema, y excelente muestrario de libros. Saludos desde Fuerteventura.

  9. Bremaneur

    Reinhard, qué bien viven los que viven bien.*** Rallitas, esté donde esté y tanto si me lee como si no, debo reconocerle algo: es usted clarividente y tuvo y tiene más razón que un santo.

  10. CARLOS

    Pesada carga de libros si no es para un viaje largo y desocupado.. Pero algo se hará con tus apuntes… Muchas gracias por las recomendaciones. Enhorabuena por el blog!

  11. Lola

    Ya nos dirá cómo agradecerle semejante despliegue de inteligencia … 🙂 Extraordinario relato y extraordinaria selección bibliográfica!Un beso.

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