La biblioteca fantasma

Entrevista a Eugenio d'Ors


Cómo ellos se ven y cómo yo les veo


Hoy


Eugenio d’Ors


De pronto me he quedado un tanto perplejo y me he dicho: «¡Demonio! ¿Cuál de los tres? ¿Eugenio d’Ors, Xenius u Octavio de Romeu…?»


Las vastas habitaciones de la casa-palacio número 1 de la calle del Sacramento logran, gracias a la mano que coloca con acierto y a la intención del pensamiento, el apetecido carácter conventual. Los pasos se pierden silenciosos en la lejanía, o de ella vienen, con igual silencio, por los salones. Dos enormes ángeles, pero no en escultura grandilocuente, montan la guardia.


La voz, que mima las eses, valsa las palabras.


—En esto del autorretrato —está diciendo— estriba la primera dificultad. A mí me dibuja siempre Octavio de Romeu.


Uno comprende que se produciría como un palurdo si dijese:


—Bueno; pero al público conviene insistirle en que los tres son el mismo.


Verdaderamente sería imperdonable.


En la hoja de papel está el perfil del filósofo: las pobladas cejas, la frente poderosa. Y hay en el pelo como una fantasía de corona de laurel. ¿Es en realidad así? La personalidad puede descomponerse en una apariencia, en una corporeidad y en un emblema, y puede recomponerse con esos tres elementos. La apariencia puede ser lo que se aparente: Eugenio d’Ors, Xenius u Octavio de Romeu. La corporeidad es ostensible, sólida, el motivo fundamental para el emblema. Hace más bien el apellido que responder a él. En el emblema está todo, el Ors y el Rovira, y reza: «Ors i la Rovira cap força no gira» (la conjunción latina, ¿eh?), que quiere decir: «Al oso y al robledal ninguna fuerza los tuerce».


Volvamos a las discriminaciones. Ors es el oso. Hay el Ors catalán, que es lo que se ha dicho, y el Horts valenciano, que son los huertos. En Cataluña pierde, a veces, la r, como «Os de Balaguer».


El apellido Ors es universal y antiquísimo. Es muy rica la teoría totémica de los osos. La santa Úrsula no es sino el diminutivo femenino de oso; la catedral de Soleure se dedicó a los santos Oso y Mauricio. Este animal y el moro pueblan fuegos imaginativos de antaño…


Cuando la Sorbona conmemoró conjuntamente a Mistral y a Virgilio, Eugenio d’Ors y Marinetti figuraron entre los conferenciantes de aquella gran solemnidad, y la conferencia de nuestro filósofo tuvo por tema y título: «El oso convertido en ciudadano romano». El romano domestica al oso, que adquiere maneras sociales. El esclavo de ¿Quo vadis?, ¿lo recordáis?, se llama Ursus. Y después aparecen los Orsini y los Ursinos. El nombre se extiende: Da Beer, el oso germánico, los Bergman. Un día, don Eugenio d’Ors se sorprendió, al detenerse el tren, en el que iba de Lille a Bruselas, en un pueblecito que tenía su mismo nombre. Y el símbolo de Berna es ese oso de madera repetido en todos los tamaños, que a nuestras manos de niños llegó alguna vez atravesando los países en alguna de sus formas más pequeñas.


Así el oso se civiliza a lo largo de los siglos; se perfila, se afina, y llega el caso en que es un filósofo universal de nuestra época.


Pero el emblema tiene el Rovira, la Rovira más exactamente. Es la línea materna que imprime carácter. Es la otra mitad que pide el análisis. Estos Rovira son de Villafranca (la villa libre) y traen una corriente dulcificadora, pese a la dureza del roble. Emigran a América, a Cuba. De ahí que algún biógrafo, equivocadamente, diese el nacimiento de Eugenio d’Ors en La Habana. Y esa familia hace en Ultramar algunas cosas: fabrican los cigarros puros Hoyo de Monterrey; fabrican el Ron Bacardí; construyen el puerto de Manzanillo. De las adversas empresas mejor es no acordarse.


La Rovira es el robledal y, por eso, la leyenda d
el emblema.


Pero todavía queda algo importante: lo que determina la elección del castellano, del idioma castellano en el filósofo, en el escritor de filosofía. Le viene por rodeo: de la vuelta de Cuba. Al hablar del vals en las palabras, ¿no debí decir habanera…?


Y ahora tengo delante de mí como los pedazos de un rompecabezas. No es un rompecabezas de tarugos gruesos y cuadrados; es el puzzle difícil «para mayores». («¡Anda, para que te metas a decirle a la gente cómo ves tú a un filósofo tan importante; a un maestro! », me digo, no sin cierta consternación).


Me voy a mis papeles. Empiezo a ojear libros, textos y láminas. Tengo delante de mí el magnífico volumen de Hommages, del famoso pintor Mario Tozzi. Busco. ¿A ver…? El de Paul Claudel… Sigo… ¡Ya está aquí! Leo: «Hommage a Eugenio d’Ors». Contemplo: son tres cabezas clásicas; la clásica columna y la escuadra sirven de fondo a la composición. Una mano encuentra el pedestal…


Me vuelvo a Eugenio d’Ors, que me contempla con benévola sonrisa, porque ha llegado en mi ayuda. Y le digo:


—Ahora me parece que sí… Todo viene del frondoso árbol de la Filosofía: la orientación estética, la orientación literaria. Y por entre esas ramas entra y sale constantemente el gran soplo de lo universal.


Le tiendo un libro que he traído. Reza el título: Lo Barroco y el nombre del autor: Eugenio d’Ors. Me lo devuelve tras de haber escrito algo en la portadilla. Leo: «A Miguel Pérez Ferrero, que ya lo sabía».


—Sí; me parece que sí. ¿Será eso?


Pienso en todas las vastas y fundamentales orientaciones que más de una generación debe a Eugenio d’Ors; pienso en cómo, incansablemente, suavemente, casi confidencialmente, ha hecho beber los conocimientos básicos de la gran cultura y hasta los modos y modas de la misma a los ajenos. Y me digo que de seguro era eso lo que yo sabía ya.

Miguel Pérez Ferrero, Arriba, Madrid, 4-VIII-1946

  1. Luis E. Parés

    Está bien la entrevista. de hecho, hace poco leí “El valle de Josafat” y deseé saber más de ese loco con zapatos de charol. Ahora sólo falta esperar que algún rufián nos hable del que firma la entrevista, ese Miguel Pérez Ferrero, tan cercano, y, sin embargo, tan lejos.

  2. Gongren

    Estimado Luis:Por las librerías de viejo deben de correr antiguas ediciones del Glosario. Tan sólo he leído un poco las primeras entregas, que escribió en catalán, y merecen la pena. Hay también un librito que publicó Libertarias hace bastantes años, titulado Mis ciudades, que tampoco está mal.

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