La biblioteca fantasma

El abrazo de los muertos

Arteche
JON JUARISTI

Abc, 12-11-2006

LA vida, que causa más muertes que el cambio climático, se llevó hace treinta y cinco años a don José de Arteche, una de las pocas figuras con grandeza indiscutible en el País Vasco del pasado siglo. Nacido en Azpeitia en 1906, autodidacta, admirable escritor en español y eusquera, católico inquieto y hombre de amplia cultura, nos dejó una serie de biografías de guipuzcoanos ilustres (Ignacio de Loyola, Elcano, Urdaneta, Legazpi, Juan de Areyzaga), diarios y escritos autobiográficos y medio millar largo de artículos en ambas lenguas. Salvo en la narrativa de ficción y en la poesía, que no cultivó, su literatura respondió a impulsos afines a los que han movido la pluma de otro don José, Jiménez Lozano, con el que presenta Arteche más rasgos de semejanza que el nombre y la preferencia por el dietario. Su limpio amor al terruño propio nos hace pensar en el castellanismo acendrado del maestro de Alcazarén. Como éste, fue también Arteche un moralista cristiano, incluso con su pizca de jansenismo, como se demuestra en su biografía de uno de los hombres de Port-Royal, el abate de Saint-Cyran, vasco -es decir, gascón- de Bayona.

«Sin dejar de ser vasco soy capaz de sentirme castellano, aragonés, extremeño, andaluz y portugués al mismo tiempo. Concibo la patria española desde Creus al cabo de San Vicente, desde Finisterre al cabo de Gata y desde Irún a la última roca de Gibraltar con toda la fecunda complejidad de sus diferencias… Me considero más patriota que muchos vociferadores de hoy, porque soy capaz de comprenderlos y comprender al mismo tiempo lo que jamás comprenderán: las reacciones que su exclusivista manera de ser provoca en quienes no son patriotas ni sienten el patriotismo a la manera de ellos». Todavía recuerdo la emoción que me produjeron estas líneas cuando las leí por vez primera, hace cuarenta años. Arteche se refería al exclusivismo castellano, pero a mí me curaron o contribuyeron decisivamente a curarme del exclusivismo vasco. Fueron escritas en agosto de 1937, siendo Arteche suboficial en un Tercio del Requeté. Porque Arteche, miembro del PNV al estallar la guerra civil, aprobó, como el viejo escritor nacionalista Avelino Barriola, el golpe militar del 18 de julio, y fue, en consecuencia, tildado de traidor por los suyos. Tuvo la oportunidad de huir a Francia. No lo hizo: se quedó en Guipúzcoa hasta la entrada de los nacionales, salvando a presos de derechas de paseos y fusilamientos, e hizo lo que pudo desde las filas del Requeté para suavizar la terrible suerte de los prisioneros republicanos. Su diario de guerra, El abrazo de los muertos, recoge sus experiencias como combatiente de primera línea en los frentes de Vizcaya, Aragón y Valencia. No conozco un testimonio literario de la contienda tan noblemente humano, en el mejor sentido, y en esto coincido con vascos de ideologías y credos diversos, como José Miguel de Azaola o Antonio Elorza, por citar sólo dos ejemplos.

La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País ha conmemorado el centenario del nacimiento de Arteche con una edición antológica de sus obras, que presentó en Madrid, hace un mes, en la Fundación José Ortega y Gasset. Tanto el Gobierno Vasco como la Diputación de Guipúzcoa, el Ayuntamiento de Azpeitia y la Sociedad de Estudios Vascos, instituciones dominadas por los nacionalistas, se han sumado a este homenaje. Sorprende ver tanta unanimidad en el reconocimiento -no deben ser ajenas a ella las posibilidades de manipulación de la figura de Arteche en beneficio de la ley de punto final con la que los nacionalistas pretenderán culminar el «proceso de paz»-, pero, si hay algo claro en la obra del escritor de Azpeitia, es su incompatibilidad absoluta con el nacionalismo étnico y con los proyectos de construcción de una memoria rencorosa de la guerra civil. O sea que bienvenido sea este rescate editorial, por desgracia todavía incompleto, de alguien que ni por su calidad literaria ni por su estatura moral merecía el olvido: «José de Arteche, hombre de paz», como reza el título acertadamente escogido de estas sus obras escogidas.

Arteche, José de. El abrazo de los muertos. Zarauz: Icharopena, 1970. 301 p.

Reeditado en Espejo de Tinta.