La biblioteca fantasma

Del cubismo al clasicismo (III)


Gino Severini, Mar=bailarina, 1914 (Museo Guggenheim, NY)

(Prosigue el capítulo I.)

Tras haber reflexionado mucho e interrogado a los maestros, me convencí de que el Arte no es más que la Ciencia humanizada.

Si para el matemático el número es una abstracción, para el arquitecto se convierte en templo. Pero deben trabajar juntos. El Arte debe desarrollarse en contacto con la Ciencia: estas dos expresiones del hombre son inseparables una de la otra y ambas son inseparables de aquel principio y religioso que es el origen del Todo.

Una cultura así entendida está reservada a muy pocos. Pero ¿por qué debe haber necesariamente tantos intelectuales? Por mi parte, creo que el desorden de nuestra época estriba en esa multiplicidad de intelectuales incompletos. Todos desean decir la suya sobre el arte antiguo, sobre el arte moderno, sobre los filósofos, etc. Cualquiera que presuma de poseer un fina sensibilidad frente al espectáculo de la naturaleza compra un juego de acuarelas y se convierte en pintor. Y de ese modo caemos en el diletantismo y el individualismo, mientras el verdadero artista, el verdaderamente instruido, permanece aislado, a veces incluso desconocido, y las grandes ideas generales que han guiado a la humanidad en todas las épocas ya no encuentran eco en el alma del individuo, quien se deja llevar tan sólo por su instinto. Tanto en la vida como en el arte, «cada cual quiere vivir su vida», como decía el anárquico Bonnot, en una maravillosa síntesis de nuestra vida social y artística.

En esta exaltación del instinto y los sentidos no han faltado tentativas de reacción en el campo artístico.


Desde Ingres, de quien siempre hemos sostenido su influencia positiva, se han escrito ensayos más audaces, incluso divergentes y contradictorios, pero a veces también voluntariosos y dignos de respeto, como los de Gauguin, la Escuela de Pont-Aven, Van Gogh, etc. Pero resultaban demasiado desordenados y llenos de lagunas como para ser verdaderamente útiles. He leído con gran interés La estética de Beuron, del padre Pierre Lenz, quien reconduce el problema de la creación artística al problema originario del número, según las enseñanzas de los egipcios. Sin embargo, el elocuente tratado estético de este fraile no posee una base científica claramente declarada, por lo que de su maravillosa demostración ideológica no se extrae ninguna regla técnica precisa. Y lo mismo puede decirse de las bellísimas Teorías de Maurice Denis, la obra de estética más importante de nuestro tiempo.


Tales teorías e ideas, pese a su lucidez, permanecen en el plano de las intenciones porque no se apoyan con firmeza en demostraciones técnicas y prácticas.


(Traducción de Gongren)